La odisea de Ulises Sánchez. Autor: Jesús Curros Neira

Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos                                                                 

CANTO I                                                                      1 de julio de 2004.

Nací bajo el signo de una estrella errante. No por casualidad me llamo Ulises, Ulises Sánchez Bushnell, y mi destino ha sido, es y será no hallar jamás acomodo en ningún lugar de este mundo. Es cierto que durante los largos meses de otoño, invierno y primavera vivo recluido en una ciudad cualquiera en la que trabajo, me alimento y duermo como el resto de los mortales. Pero ésta no es mi auténtica vida; se tata, más bien, de un estado de hibernación en el que me encuentro todo ese tiempo gris que separa mi anterior viaje del que haré a continuación. Y revivo, como la mariposa que abandona el capullo, el día que dejo mi aburrida ciudad para comenzar una nueva aventura en cualquier sitio, lo más lejos posible de mi cueva habitual. Y sucede que hoy, 1 de julio, es ese día, pues hoy me he embarcado en un avión y he llegado a Bruselas. Viajo con un buen amigo, Néstor, casi tan inquieto como yo, y con veinticuatro desconocidos con los que voy a recorrer los Países Bajos, el valle del Rhin y las capitales centroeuropeas. En el aeropuerto nos esperaba el vehículo que va a convertirse en nuestra casa durante los próximos diez días. Se trata de un viejo autobús con el techo ligeramente abombado ─ diríase que es cóncavo ─, y dotado de unas enormes cristaleras tan sucias que nos van a permitir ver sin ver vistos. En estos momentos escribo mis reflexiones mientras mi amigo se acuesta y me exige que apague la luz para que pueda dormir. Dado que no tengo nada relevante que contar de cuanto nos aconteció en esta primera jornada de travesía continental cumpliré sus órdenes y, sin que sirva de precedente, también yo me meteré en la cama y apagaré la luz. Mañana será un día agotador.

CANTO II                                                                     2 de julio de 2004.

Al mostrarse en el día la Aurora de dedos de rosa… nos levantamos Néstor y yo y bajamos a desayunar. El resto del grupo ya estaba en el salón y discutía con nuestra guía, una atractiva malagueña llamada Penélope que reside en Bélgica desde hace cuatro años. El problema, al parecer, se originó cuando uno de nuestros expedicionarios decidió sentarse fuera del ámbito que habían acotado para nosotros en el salón del hotel. Pensaba el atrevido comensal que cualquier mesa era buena para hacer su primera colación mientras recibía al nuevo día, por eso prefirió situarse cerca del ventanal que daba al jardín. Mas quiso la Fortuna que apareciese en ese momento un tiránico empleado que lo expulsó de allí con cajas destempladas, lo cual no fue más que la antesala de una sorpresa todavía más trágica, una sorpresa que llegó de la mano de los camareros que traían las bandejas con las viandas. El grupo pudo ver entonces el trato desigual que recibían los nuestros comparados con los afortunados huéspedes del otro lado. El exiguo, escaso, raquítico, paupérrimo y miserable desayuno que nos ofrecieron era ya motivo suficiente como para molestar a cualquiera, pero cuando nuestra gente vio la bollería variada, los ricos embutidos, las mermeladas de mil sabores, olores y colores y los platos salados repletos de huevos, salchichas y panceta frita que llenaban las mesas cuyo acceso se nos vedaba no pudo resistir más provocaciones y dejó que estallase su justa ira. Los veinticuatro rodearon a Penélope como una jauría salvaje y le exigieron que solucionase aquel entuerto. Fue en ese preciso momento cuando aparecimos Néstor y yo y tratamos de calmar los ánimos soliviantados de nuestros compañeros. Penélope, con su hermoso semblante aparentemente sereno, prometió hablar con la agencia que organizaba el viaje para mejorar nuestros desayunos. Tristemente nada pudo conseguir, pues las promesas que le hacían todas las tardes quedaban en nada cuando, a la mañana siguiente, volvían a ofrecernos aquella miseria de almuerzo, causa de tantas pesadillas. Se diría que lo que nuestra heroína conseguía al final del día se perdía cuando la Aurora de trenzas hermosas volvía a hacer su esplendente aparición. Y así, tejiendo y destejiendo promesas, transcurrió nuestra odisea entre los lamentos de veintiséis estómagos roídos por el hambre.

El resto de la jornada discurrió plácidamente entre dulces micciones de un niño de bronce, el asombro causado por la contemplación de las doradas filigranas bordadas en la piedra de la plaza grande de los mercaderes y el arrobo que nos produjo la música de las esferas de acerado brillo en el gigantesco monumento a la diminuta esencia de la materia. Rendidos por el sueño, hijo de la noche, nos dejamos vencer por el cansancio Néstor, yo y los veinticuatro y ni una línea de mi diario pude escribir aquel segundo día ni los siguientes, tal fue el número de esforzados trabajos a los que tuvimos que hacer frente. Aún no había amanecido y ya estábamos todos a bordo del autobús dispuestos a continuar la travesía.

CANTO III                                                                    3 de julio de 2004.

Por la noche y al alba siguió navegando la nave… de cuatro ruedas por las carreteras infinitas que surcan las tierras llanas del brumoso país de Flandes. Sin apearnos del autobús recorrimos la intrincada red de callejuelas de Gante. A lo lejos pudimos entrever la prometedora silueta de un castillo, que no pasó de promesa pues no se nos permitió acercarnos. El vehículo circuló raudo en exceso sobre canales rodeados por tejados de puntiaguda frente y torres esbeltas como lanzas. Sólo nos detuvimos cuando ya la esfera incandescente del sol había alcanzado el punto más alto que logra conquistar en su recorrido por el cielo el carro que guía Febo Apolo con puño de fuego. Nuestra cóncava nave motorizada se detuvo entonces junto a un restaurante de carretera y pudimos descansar y estirar nuestros anquilosados miembros. No obstante, no todo fue allí tan placentero, pues el almuerzo que nos ofreció la agencia podía haber sido mejor. En honor a la verdad ─ ya lo dijo el sabio: no se consuela el que no quiere ─ también podría haber sido peor dado que nuestros huéspedes todavía no habían descubierto las exquisiteces de una sopa de ortigas o de un apetitoso plato de hierba del campo rehogada. Mas ninguno de nosotros albergaba duda alguna de que ese gozoso momento llegaría antes o después.

Cuando ya de comer ─ poco ─ y de beber ─ agua ─ estuvimos saciados regresamos al camino. El autocar voló como una saeta sobre una carretera guardada por mudos cipreses. El mar estaba muy cerca, una niebla que difuminaba el ilimitado horizonte de aquella llanura anunciaba su presencia invisible. A media tarde llegamos a Brujas, la hechizada, la ciudad que el mar abandonó dejando un reguero de su sangre. La sangre del mar distante, que tiempo atrás bañó los muros de sus casas, todavía recorre las pequeñas calles de Brujas en forma de arroyos a los que se asoman ventanas cubiertas de hiedra. Y en medio de tanta hermosura humilde y escondida nos apeamos del autobús, aunque nadie que nos viese en esos momentos podría reconocer a aquella gente educada que había abandonado España con el corazón henchido de gozo y libertad tan sólo dos días antes. Ahora eran más bien una piara de cerdos marranos que, nada más salir de su encierro entre las cuatro latas de nuestra nave, buscaron donde evacuar en los más inverosímiles lugares. ¡Diríase que Brujas, la hechizada, nos había transformado en vulgares puercos de cochina faz! De allí la piara fue conducida a una tienda de recuerdos donde Penélope nos mostró las maravillas del encaje flamenco. No se nos permitió salir de aquel sitio sin antes comprar unos manteles primorosos, justo pago por los sucios pecados cometidos contra tanta belleza a nuestra llegada. Mas ─ ¡ay! ─ pocos minutos pudimos gozar de la amenidad del lugar puesto que la tienda de recuerdos nos había demorado más de lo que hubiera sido deseable. De allí partimos, entristecidos por la brevedad de la visita, para alcanzar ya de noche Amberes, la soberbia.

CANTO IV                                                                     4 de julio de 2004.

Cuando al valle fragosodel Escalda llegó la luz de la mañana partimos de nuevo. Nos hubiera gustado ver la espléndida Amberes pero no había tiempo. Debíamos cumplir un horario y ya se nos hacía tarde. Pudimos, eso sí, visitar un lujoso establecimiento en el que nos mostraron toda la delicadeza de la talla de los diamantes con la intención de vendernos imprescindibles objetos inútiles. Y algunos de los nuestros los compraron sin reparar en que adquirían el perenne y valioso recuerdo de un  lugar que no habían visto y del que nada podían recordar. Así enriquecieron el botín que íbamos acumulando, más bien escaso por aquel entonces dado que sólo contábamos con los agujereados encajes de Brujas.

Nuestra cóncava nave a motor navegó por las autopistas holandesas entre un piélago de molinos gigantescos, chimeneas monstruosas y praderas artificiosas que muy poco, o nada en absoluto tenían que ver con la auténtica naturaleza. El desayuno y el almuerzo fueron nuestras únicas paradas, tras las cuales veintiséis estómagos rugientes anhelaban, mientras contemplaban la satisfecha estampa de las vacas paciendo bajo el sol, hacer un alto para alimentarse de musgo, siquiera de un modo tan placentero como aquel ganado que parecía henchido de felicidad y bendecido por el propio Febo.

Amsterdam, la distante, la inalcanzable, la soñada ciudad a la que no llegamos puesto que nuestro hotel se levantaba a más de una jornada a pie, fue nuestro destino aquel día. Desde mi ventana veía en la lejanía las luces de la ciudad que se nos escapaba, que parecía huir de nuestras manos como el rayo huye fugaz de las manos poderosas de Zeus tonante.

CANTO V                                                                      5 de julio de 2004.

De su lecho, dejando a Titón el glorioso, la Aurora levantóse a ofrecernos el díaa todos los seres humanos y a los tristes prisioneros del hambre que viajábamos a esa hora en un viejo autobús que corría como podía, traqueteando y resoplando, hacia la ciudad surgida de las brumas del río Amstel. Con la ayuda de Eolo, que nos empujó todo el trayecto, logramos alcanzar la plaza. Mas, una vez en ella, la brisa cesó de pronto y el grupo bajó del cóncavo autobús guiado por Penélope, la de claras pupilas. Aquellos de nosotros que pensamos que la calma del viento anticipaba una jornada apacible no tardamos en comprobar cuán errados estábamos. A ritmo de marcha atlética penetramos en el Palacio Real. Tan apresurada fue la estancia que no hubo ni un minuto para que el señor Alcinoo, el guarda del regio edificio, nos explicase por qué se llama así un palacio que jamás fue sede de un rey. A la salida nos esperaba Penélope que, con pasos alados, echó a volar hacia un museo de rojos ladrillos que se adivinaba en el horizonte de la ciudad. Con grandes dificultades seguimos el pisar de la de bellas pupilas, viendo lienzos a tal velocidad que las imágenes se confunden en mi mente y no distingo la “Noche de Ronda” de una noche de juerga flamenca en Ronda. Tras una sencilla ─ aunque quizá sería más apropiado decir austerísima, humildísima, pobrísima ─ colación en una hamburguesería, nos dejaron sueltos, como al ganado, en los peligrosos canales del Barrio Rojo. Las ninfas que por doquier trataban de atraernos a sus brazos no cesaban de repetir su canción: “50 euros, guapo”, “conmigo no te aburrirás, 30 euros”, “ven, ven, ven… 20 euros”. Muchos fueron los débiles expedicionarios que aquel día se dejaron engatusar por los infames cantos de las sirenas.

CANTO VI                                                                     6 de julio de 2004.

Cuando estaba durmiendo el pacientey rendido grupo, vino a sacarnos del sueño el horrible estruendo de unos turistas americanos que se acostaban cuando el resto del mundo se despertaba. Por sus extraños y erráticos movimientos deduje que no estaban en sus cabales, y Néstor me dijo entonces que era una gente extraña que se alimenta de plantas, como aquel mítico pueblo de los lotófagos, si bien éstos prefieren los frutos de la coca y de la amapola.

Con las primeras luces del día montamos en nuestro curvo autobús y rodamos durante interminables horas entre campos de tulipanes de multitud de colores y prados de monótono verde esmeralda. A media mañana el autocar se detuvo junto a un enorme molino de madera. Las aspas semejaban los brazos de un gigante, como imaginó un escritor de cuyo nombre no puedo acordarme, y la ventana que lindaba con el techo brillaba como un ojo de cristal maligno. Diríase que era un gigante de un solo ojo, que se tragó a toda nuestra gente cuando la alada Penélope nos guió al interior de sus tripas de madera y metal. Allí nos esperaba un joven rubio, destinado a hacernos descubrir los secretos del maravilloso mundo del queso de bola holandés. No podría ahora decir cuántas horas pasamos contemplando todos los curiosos procesos que llevan a la elaboración de tal exquisitez. No, ni aunque quebraran mis huesos para hacerme hablar sería yo capaz de detallar cuántos tipos de quesos logramos ver aquella jornada memorable en la que viajamos horas y más horas en nuestra vieja nave con ruedas para visitar un gigantesco molino y empaparnos del mundo de fantasía en el que habita el queso Gouda. Muchos de los nuestros sucumbieron a tales tentaciones y adquirieron remesas lácteas como para alimentar a un regimiento, a un ciento de regimientos hambrientos… Tristemente el queso no sobrevivió a aquella noche. Al concluir nuestra cena y ya de vuelta a nuestras habitaciones, la Resistencia distribuyó nutritivas porciones entre todos los famélicos expedicionarios, que lograron por una vez saciar su atrasada hambre y dormir después con el estómago bien lleno. Yo, satisfecho mi apetito de igual manera, logré finalmente escribir en unas páginas del diario todos los increíbles sucesos de mi odisea tras los pasos de la bella Penélope, la de claras pupilas.

CANTO VII                                                                    7 de julio de 2004.

Cuando hubimos llegado a la navea la mañana siguiente, iniciamos una nueva singladura dejando atrás para siempre aquella mítica isla de lotófagos vociferantes, palacios reales sin rey, sirenas arrulladoras, gigantes de un solo ojo y quesos de bola. Nuestro esforzado autocar corría, tratando de adelantar a la brisa, junto a la cinta de plata del río Rhin, que brillaba como una serpiente de fuego en el fondo de un valle amplio y luminoso.

Lo primero que vislumbramos de la renombrada villa de Estrasburgo fue el desmesurado campanario de la catedral, que lanzaba destellos desde sus vidrieras como si tratara de guiarnos en nuestra navegación con su haz de luz. La ciudad se arremolinaba a la sombra de esa torre, que en verdad es digna de encerrar aquella escala dorada que Jacob vio descender directamente del cielo, tan alta y hermosa se ofrece a la vista de los valientes expedicionarios que vienen a reposar a este lugar anclado a la orilla del Rhin. Los canales surcan las alegres calles, que parecen flotar sobre las aguas del río que guarda en su seno el tesoro de Sigfrido, el héroe sin mancha. En un rincón oscuro del viejo burgo que allí se conoce como la “Pequeña Francia” Néstor y yo encontramos el descanso que tanto anhelábamos, después de una semana de entuertos y sinsabores. Existe en aquel escondido callejón una taberna que más parece una cueva. Calipso se llama el establecimiento y sirven en él la más suave y rubia cerveza que se puede beber en aquella orilla. Largo tiempo permanecimos olvidados del mundo y de la alada Penélope, la de ágiles pantorrillas, en la cueva de Calipso y, cuando finalmente volvimos a respirar el aire libre, hasta nosotros llegó el frío vapor de la noche. Estrasburgo ya no era la colorida ciudad que nos había recibido unas horas antes, ahora la soledad y el silencio parecían haberse adueñado de sus canales. El frío y la humedad penetraron en nuestros huesos, sobre todo en los de Néstor, hasta entonces alegre señor de los jarros de cerveza de Calipso. Con el frío de la noche y el suave rumor del agua corriendo mansamente a nuestro alrededor, entróle a mi compañero unas irreprimibles ganas de miccionar. Mas, hombre educado en exceso, trató de contenerse para no hacerlo en cualquier esquina como un perro callejero. Noté su indomable deseo de evacuar aguas menores por la rapidez de sus ágiles pasos, muy distintos de aquellos tumbos desordenados que dábamos él y yo tras abandonar nuestra querida cueva. Diríase que la desesperación por no poder satisfacer su ardiente anhelo lo había convertido en un verdadero atleta, pues ni en sus carreras más alocadas había alcanzado Penélope, la de pies rodantes, tal velocidad. Sin embargo, quiso el Olimpo en pleno aquella noche probar el temple del noble Néstor y al llegar al hotel topamos con la puerta del aseo cerrada a cal y canto. Ante la desesperante lentitud del ascensor, subió mi amigo por la escalera hasta nuestra habitación abarcando los escalones de cuatro en cuatro. Pero de nada sirvió tanto esfuerzo porque, una vez allí ─ ¡ay, Néstor, triste de ti!─, la llave no quiso abrir la cerradura. ¡Qué alaridos pudieron entonces escucharse rompiendo el silencio de Estrasburgo! Sólo una salida le quedaba al heroico Néstor, una puerta al fondo del pasillo coronada por un letrero en el que se leía una profética palabra: EMERGENCIAS. Y allí acudió raudo mi aguerrido compañero para saciar su deseo contenido. Así nació un arroyo dorado y alegre que descendió en forma de cascada por donde antes no había más que una fría y oscura escalera auxiliar.

CANTO VIII                                                                   8 de julio de 2004.

Desde el alba, en la choza…, porque aquel hotel más parecía choza que otra cosa, estuvimos Néstor y yo aguardando con impaciencia para salir antes de que llegaran a descubrir el feliz nacimiento del arroyo en la escalera de emergencias. Una vez que el grupo subió al autobús y marchó de allí pudimos respirar tranquilos, mientras Estrasburgo quedaba atrás en la distancia y en la memoria. El resto de la mañana transcurrió apaciblemente, recorriendo interminables y monótonas autopistas a lo largo de una Alemania veraniega y calurosa. Yo me adormecí y en el más extraño de mis sueños pude ver una gran laguna de agua amarilla surcada por un barquero. Un gran río recién nacido la había teñido de ese alegre color y Caronte, el barquero, se quejaba amargamente de la poca seriedad que ahora tenía la otrora tenebrosa y espeluznante laguna Estigia.

Al abrir de nuevo los ojos, tras mi regreso de la tierra de las sombras, pude ver las calles de una ciudad enorme e industriosa. Alguien me susurró al oído: “es la patria de innúmeras cervecerías”. Y, alta y clara, la voz de Penélope, la de hermosas mejillas y crespos cabellos, anunció que habíamos llegado a Munich, la asombrosa.

La de finos y ágiles tobillos nos guió por un laberinto de plazas y calles en las que se dice que existen bellos palacios, campanarios de bulbosos remates e iglesias de majestuoso porte. Cuentan también que, como en una Roma germana, se elevan allí arcos triunfales, pórticos columnarios y gráciles obeliscos. Todo eso es lo que dice la leyenda, pues nosotros, pobres nautas arrastrados por el vigor y el encendido amor por la velocidad de Penélope, nada pudimos contemplar de tales maravillas, que permanecieron para siempre perdidas en las brumas de los enigmas insondables. Y atrás quedó también Munich, envuelta para los expedicionarios en el misterio. Una vez en el autobús, fuimos conducidos por largas avenidas hasta el lugar en el que la ciudad termina. Y la odisea continuó después sin límites, hasta el infinito y más allá. Vimos valles verdes, vimos majestuosas montañas cubiertas de nieve en pleno verano, contemplamos en las cumbres caprichosos castillos salidos de la imaginación de un loco… todo esto y más contemplamos desde la distancia, pues en ningún caso logramos acercarnos. Al final de aquella enigmática travesía hacia lo desconocido llegamos a puerto seguro: nuestro hotel para aquella noche, una casa cutre, muy cutre pero poética en la que pudimos extasiarnos con la visión del cielo desde nuestros lechos. Sí, así fue porque habéis de saber que las habitaciones tenían unos enormes agujeros en el techo que, además de permitir que la roña se apoderase de sus cuatro esquinas, nos dejó dormir a la luz de las estrellas.

CANTO IX                                                                     9 de julio de 2004.

Nueve días singlamos sin tregua de día y de nochey al noveno llegamos, rendidos por el cansancio, a la mágica y cautivadora ciudad de Praga. ¡Qué multitudes poblaban sus calles, qué masa de gentes sin fin se apretujaba entre los muros de su castillo! Innúmeras fueron las ocasiones en las que tuvimos que luchar para atravesar las huestes de turistas japoneses armados con amenazadoras cámaras de vídeo, mas ninguna hazaña puede compararse al horripilante paso del estrecho puente que cruza el Moldava, entre el bazar de recuerdos “Escila” y el restaurante especializado en salchichas “Caribdis”. ¡Cuántos cayeron aquel día entre las apreturas y estrecheces de aquella marea humana! Pero que no se diga que a Ulises lo derrotan tales peligros y dificultades, ¡eso de ningún modo! En medio de la angustia claustrofóbica de las masas yo logré gozar de la belleza de las alegres mansiones de la Plaza de la Ciudad Vieja; y logré embriagarme con la lírica visión de la catedral coronando la colina del castillo; y logré, a pesar de todo, sentir el misterio que envuelve cada rincón de la Judería. Sí, porque Ulises consiguió, finalmente, sobrevivir a Praga.

CANTO X                                                                      10 de julio de 2004.

Ya la luz se esparcía en la tierrala mañana del último día de nuestra odisea cuando nos levantamos de nuestros duros lechos y penetramos por última vez en el autocar. Unas horas más tarde estábamos circulando por un elegante puente que cruzaba el portentoso Danubio en el centro de Budapest. La florida cúpula, blanca y bermeja, del Parlamento del país se reflejaba en las aguas del río a nuestra derecha, mientras frente a nuestro cóncavo autobús se alzaba, fuerte y airosa a un tiempo, la ciudadela que se enseñorea de aquella vasta llanura desde hace mil años…

Poco más puedo ya contar de mi aventura. Ahora sólo me queda esperar el juicio de los siglos. Ellos serán los que dictaminen si esta odisea merece ser recordada  o, por el contrario, si ha de ser olvidada como la más espantosa de las experiencias vividas por un viajero. Sólo añadiré que aquel día en Budapest disfruté de la belleza de semejante ciudad ─ ¡qué duda cabe! ─, pero por encima de todo disfruté soñando con mi regreso a casa, mi retorno a esa añorada Ítaca en la que me esperaban los pérfidos organizadores de mi expedición por el corazón de Europa. Relamiéndome con lo que pensaba decirles y, sobre todo, hacer a tan siniestros señores ─ ¡allí iba a arder Troya! ─ pasé mi última jornada. Porque, como bien dice el pueblo, la venganza es un plato que se sirve frío.

Trotamundos 50-grandes-viajes

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