Desde un autobús… . Autor: Jesús Curros Neira

Desde un autobús, 3 de julio de 2003.

Querido Pablo:

Me resulta muy difícil explicarte lo que me ha ocurrido, creo que ni yo misma lo entiendo muy bien. Te estoy escribiendo mientras viajo en un autobús. Anoche me despedí de ti como siempre, con un beso y un “hasta mañana”, y ya en ese momento sabía que hoy no te iba a ver. He tardado casi dos horas en comenzar a escribir esta carta porque estoy segura de que si te confieso todo, absolutamente todo, no me comprenderás y no te culpo. Perdóname por lo que te voy a decir pero no quiero mentirte: esta huida — voy a llamarla así, creo sinceramente que es lo más acertado — no ha sido fruto de ningún arrebato. No, lo cierto es que llevo planeándola desde hace meses y, sin embargo, esto no significa que no te quiera de igual modo, o incluso más, que al comienzo de nuestra relación. De hecho, ahora mismo — sí, en este preciso instante —, mientras intento escribir esta carta como buenamente puedo, con un papel apoyado en la carpeta que tengo sobre las rodillas, no puedo dejar de pensar en ti y tengo que hacer esfuerzos para no echarme a llorar. No sé cuándo volveré a verte porque no sé cuándo regresaré a Oviedo. Todo me resulta confuso, ayer mismo estaba en un aula de la facultad haciendo el examen de Arte Medieval; al salir busqué con ansiedad los apuntes para comprobar que no me había olvidado de nada importante, ésa era entonces mi única preocupación; luego te vi, y no puedes imaginar la alegría que sentí cuando me dijiste que habías pedido el día libre para pasarlo conmigo. Pero todo eso ocurrió ayer; ahora me parece que fue hace fue un siglo. Estoy sola en un autobús viajando lejos de ti y no sé por qué lo hago. No es culpa tuya, ni de mis padres. No es culpa de nadie, es sólo que lo necesitaba…

Te envío desde aquí el beso más tierno y sincero que te he dado nunca. Perdóname, Pablo y trata de comprenderme.

Isabel.

*          *          *

Desde un autobús, 4 de julio de 2003.

Querido Pablo:

No me he atrevido a encender hoy mi teléfono móvil. Sé que tendré mensajes tuyos y todavía no estoy preparada para hablar contigo. Prefiero escribirte una carta aun sabiendo que todavía no has recibido la que te envié ayer.

He pasado la noche en un hotel de carretera. Me acosté tarde, no podía dejar de dar vueltas por la habitación mientras pensaba en ti y en lo que estoy haciendo. ¿Cómo es posible que pueda querer a alguien con una intensidad que llega a resultar dolorosa y, al mismo tiempo, que necesite tanto alejarme de ti? ¿O no eres tú la razón de esta huida? Cuanto más pienso en ello, menos lo entiendo. A duras penas pude dormir unas horas, y esta mañana, mientras me vestía, llegué a olvidarme del lugar en el que me encontraba. Me duché como siempre. Elegí la ropa y me arreglé como cada día. Desayuné un plato de cereales y un zumo igual que todas las otras mañanas, pero esta vez todo era diferente, todo era más triste porque, finalmente, recordé qué es lo que estoy haciendo y adónde me dirijo y comprendí que hoy no te veré.

En este momento no dejo de pensar que cada minuto que pasa estoy más lejos de ti. Ahora son las dos de la tarde y estarás saliendo del trabajo. Luego cruzarás la calle Uría y te irás a casa por el campo San Francisco. Sé que tampoco hoy me harás caso y no tratarás de tomar el sol, aunque sólo sea durante unos pocos minutos. Estás muy pálido, cariño, pero te da igual. Ya ves que ni yo misma me tomo en serio y te hablo de la palidez de tu cara como si hoy fuera un día más, un día de verano como cualquier otro…

Te echo mucho de menos, aunque esto resulte difícil de creer.

Isabel.

*          *          *

Desde un autobús, 6 de julio de 2003.

Querido Pablo:

No me has hecho nada, no tengo nada que perdonarte, deja de culparte. Yo soy la única responsable de mi marcha, preferiría que te enfadases conmigo y que me insultases antes que escuchar cómo lloras por el teléfono mientras te acusas injustamente de ofensas que jamás me has hecho. Tampoco es verdad que te abandone sin darte una oportunidad para explicarte, en realidad no te he abandonado puesto que ya ves que no he dejado en ningún momento de pensar en ti y de escribirte. Verás, cariño, después de darle muchas vueltas a todo esto he comprendido que, en el fondo, lo que yo necesitaba es tomarme un tiempo para mí, unos días, quizá algunas semanas para pensar con tranquilidad acerca de lo que realmente deseo. Creo que nunca me he parado a reflexionar seriamente si de verdad estaba satisfecha con mi vida actual y con la que me espera si todo sigue igual. Eres la persona más especial que he conocido y jamás dejaré de quererte, pero necesito que tengas paciencia conmigo, sólo eso, un poquito de paciencia. Sé que esto no es pedirte mucho, ¿verdad, mi amor?

¡Cómo desearía poder estrecharte entre mis brazos ahora mismo, aunque se escandalizase la señora que está sentada a mi lado! Recibe ese beso diario, que no te ha de faltar nunca.

Isabel.

*         *          *

Desde una estación de autobuses, 8 de julio de 2003

Querido Pablo:

¡Cómo me acordé ayer de ti! Es cierto que siempre te llevo conmigo en todo momento aunque no esté pensando en ti. Tú estás presente en todos mis recuerdos. A veces, durante esas larguísimas horas que paso viendo paisajes siempre iguales al otro lado de mi ventanilla, mis ojos dejan de percibir lo que tienen delante y vuelvo a ver las calles de Oviedo. Los campos llanos y monótonos por los que viajo se convierten en la calle San Francisco y me veo dándote un beso bajo la lluvia en el claustro de la Universidad; o vuelvo a pasear por los soportales del Fontán mirándote de reojo mientras me hablas de esa historia que siempre has soñado rodar en esa plaza; y de pronto dejo de estar recostada en el asiento de un autobús para volver a respirar el aire frío que viene del Naranco las tardes de invierno, cuando te espero en mi banco del Milán… porque ese banco es mío, ya lo considero de mi propiedad, ¡después de las horas que he pasado sentada allí tendrían que haberle puesto mi nombre! Sí, Pablo, no te miento, nunca dejas de estar a mi lado, pero ayer deseé con todo mi corazón que esa presencia tuya fuera algo más que un recuerdo muy querido, porque ayer estuve en… bueno, no importa el nombre de la ciudad, lo que quiero decirte desde que he comenzado a escribir esta carta es que estuve en un auténtico rodaje. Y me dio pena que tú no lo vieses conmigo, ¡habrías disfrutado tanto! Ahora revivo esos momentos como si fueran parte de un sueño, imagínate: un río, un puente muy elegante de piedra con balaustradas talladas, un palacio que servía de fondo a toda la escena y dos personas, un hombre y una mujer, vestidos con ropas de los años 40, abrazados sobre el puente en medio de la noche. Una farola de hierro forjado con cuatro brazos iluminaba a la pareja mientras caía sobre ellos una suave nevada. Los copos de nieve brillaban en la noche y parecía que iban a teñir de blanco la fachada del palacio, el puente y el río. Casi llegué a olvidar que sólo era una película y que estamos en verano, no en diciembre de 1941. ¡Ojalá que algún día tú también puedas dirigir una escena así, Pablo! Te he visto trabajar con tu cámara y me he dado cuenta de lo mucho que disfrutas. ¿Te acuerdas de aquella película que hiciste hace ocho años, la de Superman? Fue muy divertido aunque sé que para ti aquello no tuvo ninguna importancia, no sabes valorar lo que haces. Recuerdo aquella mañana en la que filmamos al protagonista, vestido con su traje azul y su capa, paseando como si tal cosa por la calle Jovellanos. Tengo que reconocer que ese momento fue menos mágico que el que viví anoche pero, sin ninguna duda, fue muchísimo más excitante. Cuando haces una película con cuatro pesetas te pasan esas cosas, por ejemplo que no haya un lugar adecuado para que se cambien los actores, ¡y tuvimos que entrar cinco personas y el chico que hacía de Superman en el ascensor de un edificio para que se vistiera ahí, mientras subíamos al octavo y volvíamos a bajar! De repente el ascensor se detiene en el tercer piso, la puerta se abre y, en medio del pánico general, dos señoras mayores se encuentran a un chaval en calzoncillos, rodeado por otros cinco, con un disfraz de superhéroe en las manos. Yo no sé quién gritó más fuerte, si ellas o nosotros. Y más tarde, en la calle, el recochineo fue general cuando nuestro protagonista entra en al pastelería Camilo de Blas y se pone a comer, disfrazado de aquella guisa, un carbayón… Nunca he entendido por qué lo dejaste, Pablo, tú disfrutabas con el cine, tenías sueños y por algo hay que empezar. Te quejas de lo monótono que es tu trabajo, siempre encerrado en un despacho, haciendo día tras día las mismas cosas, sin creatividad, sin que puedas aportar realmente nada de ti mismo. La Administración es una fábrica aburrida y mediocre de papeles o, al menos, eso es lo que me dices cada vez que te quieres quejar de tu trabajo, pero parece que lo has aceptado y que ya no esperas otra cosa de la vida. Deberías darte otra oportunidad, Pablo. Y puedes llamarme soñadora e infantil si quieres, pero yo deseo algo más que un futuro monótono y mediocre.

No sé si debería guardarme esta carta. La vas a tomar como un reproche y nunca he tenido la intención de criticarte. Es sólo que creo sinceramente que tú mereces más, mucho más… Te quiero corazón.

Isabel.

*        *         *

Desde un autobús, 13 de julio de 2003.

Querido Pablo:

Estaba segura de que no tenía que haberte enviado esa última carta, te has enfadado y, lo que es más doloroso para mí, crees que te he llamado cobarde y mediocre. Perdóname si te he ofendido, nunca he tenido semejante intención. Tampoco es verdad que esté huyendo de ti y de la vida que me ofreces. Ya te he dicho que ni yo misma me comprendo… Mira, para que veas que no estoy decepcionada ni molesta contigo, voy a proponerte un juego: iré describiéndote todo lo que veo en mi viaje para darte pistas, ¡de ese modo tú mismo podrás encontrarme… si todavía lo deseas, claro!

A ver, a ver qué te diré para empezar nuestro juego de detectives… ¡ya sé! Estoy en un lugar acerca del que me has oído hablar en muchas ocasiones. Mi sueño siempre ha sido venir aquí, ver estas piedras que, probablemente, no le dirán nada a la mayoría de la gente; para muchos turistas sólo serán eso: piedras tiradas en el suelo. Pero a mí me producen nostalgia de otros tiempos, me hacen viajar con la mente a otro mundo. Yo no veo ruinas, para mí estos edificios todavía están ahí, con toda su belleza y su esplendor. Ahora mismo mi autobús pasa a toda velocidad junto a un muro formado por rocas enormes sin labrar, muy toscas. Es una ciudad muy antigua, ni siquiera sabía que existía. Es increíble estar viéndola ahí, en pie, tan entera, cuando hace tan sólo una semana este lugar no era para mí más que un mito. ¡Qué pena que el autocar no se detenga aquí!

Este paisaje es muy extraño para una persona que, como yo, viene de una tierra verde y lluviosa. Desde mi ventanilla veo una montaña de piedra, la tierra es muy llana a su alrededor. Todo es de color marrón, incluso las pocas plantas que salpican el paisaje son de un verde pardusco, no sé si me gusta. El cielo, en cambio, es claro y limpio. La luz no está matizada por nieblas, ni las nubes hacen palidecer el azul intenso de esta mañana de verano. Hace calor, mucho calor, es sofocante, y hasta parece que los olivos que bordean ahora la carretera están retorciéndose por el tormento de este sol de fuego que domina el horizonte… pronto llegaremos al mar. Estoy alojada en un hostal muy cerca de la costa. Es una casa pequeña, familiar, como aquélla a la que me llevaste en Llanes la primera vez que pasamos una noche juntos, pero ésta en cambio se encuentra en medio de una ciudad enorme y, a pesar de eso, parece una casita de turismo rural, con las paredes encaladas y una parra en el jardín. En las sombras del atardecer me gusta sentarme bajo los racimos y mirar las ruinas del templo que, desde una colina próxima, domina con toda su solemnidad el valle por el que se extiende esta ciudad. Vayas a donde vayas las columnas del templo están siempre ahí, las ves desde todos los rincones, brillando con el sol del mediodía o adquiriendo una tonalidad dorada con la luz del crepúsculo. No sé cuánto tiempo estaré aquí, aunque no creo que me encuentres si algún día te decides a venir.

Te dejo cariño… pero no para siempre, ¡no te asustes! Es una despedida sólo hasta mañana. Ahora estoy viendo, por fin, la costa recortada y llena de islotes rocosos. Desde este lugar tan evocador te mando mi beso. Un beso desde el mar.

Isabel.

*          *           *

Desde un autobús, 20 de julio de 2003.

Querido Pablo:

Como ves no te guardo rencor y sigo comenzando mis cartas con ese encabezamiento, pero me has hecho mucho daño. ¡No te puedes imaginar cuánto dolor me has causado! Siento mucho que no te gustase mi juego, siento mucho que pienses que sólo me burlaba de ti cuando te hablé del lugar en el que estoy (o, más bien, en el que me encontraba la semana pasada) sin decirte su nombre. Te consideraba una persona más imaginativa, alguien capaz de seguirme… pensaba sinceramente que, bajo tu aspecto gris de burócrata, te quedaría algo de ese espíritu de aventura que tanto me atrajo de ti cuando te conocí hace una eternidad. Ya veo que me equivoqué ¡y no sabes cuánto lo lamento!

Dos filas más adelante viaja un chico muy parecido a ti. También él tiene el cabello negro y ensortijado. Los rizos que le caen sobre la frente forman unos caracoles muy graciosos, como ésos que tenías cuando eras más joven, antes de que te cortaras el pelo como si fueras un viejo. Es más moreno que tú pero sus ojos miran con la misma intensidad, con tu misma picardía… sí, lo sé porque se ha fijado en mí. Desde hace un buen rato no deja de volver la cabeza y mirarme con descaro. Se comporta con la seguridad altanera del que sabe que es guapo, igual que tú cuando te conocí… hace de eso ya toda una eternidad, ¿verdad Pablo?

Isabel.

*           *            *

Desde un autobús, a 29 de julio de 2003.

Querido Pablo:

Gracias por mandarme tu mensaje al teléfono contestando a mi última carta, aunque hayas necesitado casi una semana para hacerlo. No, no tienes razón cuando me recriminas que te hable de mis ligues. No te he hablado de ningún ligue, Pablo, sólo hice un comentario inocente (bueno, puede que no fuera tan inocente) acerca de un pasajero que me recordaba mucho a ti. No hablamos, no se dirigió a mí en ningún momento. Y tampoco habría tenido ninguna importancia si lo hubiera hecho: no le habría entendido ni una palabra porque yo no hablo turco. Además ¿por quién me tomas, cariño? Sólo pretendía que te dieras cuenta de lo mucho que pienso en ti y que me creyeras cuando digo que todo cuanto veo a mi alrededor, aquí, tan lejos de Oviedo, me recuerda a ti.

Fíjate si es cierto lo que te estoy diciendo: ayer, cuando me dirigía a la estación para comprar el billete, me detuve ante una iglesia que sobresalía por encima de los tejados. Era una colección disparatada de cúpulas, pináculos, estatuas y colores chillones, y empecé a reírme yo sola como una tonta, allí mismo, en medio de la calle, porque me vino de pronto a la cabeza el comentario que haces cada vez que pasamos cerca de la iglesia de San Juan: “Ahí está esa tarta de cumpleaños”. Eso es exactamente lo que habrías dicho ayer si hubieses estado conmigo viendo esa iglesia que sobresalía por encima de los tejados de una ciudad de Asia, una cualquiera, no te diré su nombre.

A mi lado viaja una niña, sus padres van en el asiento de atrás. Pues también ella me trae tu recuerdo. Sí, una niña de seis años hace que me ponga a pensar en ti porque no ha dejado de comer dulces desde que salimos. Lleva una cesta repleta de dátiles y otras golosinas y tendrías que ver la cara que pone, cómo disfruta la cría con tantas cosas ricas. La he mirado sonriendo y he pensado: “Es igual, igual que Pablo”. A ti también se te ilumina el rostro cada vez que te detienes frente al escaparate de Rialto y ves las moscovitas, las casadielles, los carbayones… ¡Pero si has llegado a discutir con unos belgas que no hay bombones en el mundo como los bombones de Peñalba!

Ya ves, puedes pensar lo que quieras de mí, pero yo no te olvido tan fácilmente.

Isabel.

*          *          *

Desde un autobús, 14 de agosto de 2003.

Querido Pablo:

Ahora soy yo quien no te comprende a ti. No puedo decir nada que no tergiverses, nada que no entiendas al revés. A todo le encuentras un doble sentido, todo lo que digo tiene para ti mala intención. Si te cuento que veo una iglesia tan recargada y desmesurada como San Juan, te enfadas porque consideras que me río de tus opiniones artísticas. Si hago memoria y te hablo de esa época en la que soñabas con llegar a ser director de cine, crees que sólo lo hago para recordarte tus fracasos. ¡Y ahora resulta que, si bromeo con tu afición a los dulces, te estoy llamando glotón! Ya no sé qué es lo que puedo decirte. ¿De qué te puedo hablar sin que lo tomes inmediatamente como un motivo para enfadarte conmigo?

Por la ventanilla estoy viendo el Taj-Mahal. Es un poco triste escribir una carta como ésta cuando frente a mí se levanta algo tan maravilloso como ese mausoleo, ¿o es que para ti el Taj-Mahal es sólo una tarta de nata? Perdona, no quiero ofenderte. Aunque tampoco voy a tachar este último comentario, quiero que mi carta sea lo más sincera posible, que refleje mi estado de ánimo y la decepción que me ha causado descubrir cómo eres realmente.

Acabo de leer una historia preciosa que cuentan por aquí acerca del Taj-Mahal. Dicen que después de entrar en esa tumba — porque ese monumento es, en realidad, un enorme sepulcro — el espíritu de la princesa Arjamand Banu abrió los ojos por primera vez desde el día de su muerte y preguntó:

— ¿Veré las estrellas desde aquí?

—Princesa — respondió la voz de una sombra que la acompañaba — la cúpula de mármol que nos cubre se deshará como si se disolviese en el aire. Sí, podréis ver las estrellas.

— ¿Cómo ha de ser eso posible si tendré los ojos cerrados y la tapa del sarcófago cubrirá mi cuerpo?

— Ninguna losa cubrirá los ojos de vuestra alma, ni la fatiga os los cerrará nunca más. Vamos…

— Espera, antes quiero saber si podré ver la luz del sol.

— Disfrutaréis de una luz mucho más bella, la luz de la Verdad y el Amor Absolutos. Jamás volveréis a conocer la noche.

— Me gustaría despedirme…

— ¿Qué necesidad tenéis de hacerlo?

— He amado mucho a mi esposo, que aún sigue llorando mi pérdida, y a mis hijos pequeños.

— Volveréis a encontrarlos.

— Pero eso será dentro de mucho tiempo.

— No, princesa. Mañana mismo habréis de verlos.

— No seas cruel, ¿por qué quieres llevártelos cuando aún son tan jóvenes?

— Ellos vivirán cuanto tengan que vivir, eso no lo decido yo. Sois vos la que está ya fuera del tiempo. Los días no son nada ahora. Los años no pasarán por vos. Los siglos, los milenios, las eras transcurrirán como en un suspiro. Sólo son palabras vacías. No significan nada. Venid, ya es la hora.

— Dejadme al menos contemplar este mausoleo de mármol que mi esposo levantó para recordar a todos que pasé por la vida.

— Eso sí os lo concedo. Mientras exista este mundo la cúpula de piedra blanca brillará bajo el sol para que la generación presente y todas las generaciones que están por llegar recuerden a la princesa Arjamand Banu y al emperador Shah Jahan, que no la olvidó jamás. Y ahora acompañadme. Debemos partir.

— Esta vez sí que muero definitivamente, gimió la princesa.

— No, Alteza — contestó la Muerte —, es ahora cuando estáis, al fin y para siempre, viva.

¿No es una historia emocionante? La he leído mientras el autocar viajaba hasta este lugar. Me impresionan sobre todo esas palabras finales: “es ahora cuando estáis, al fin y para siempre, viva”. Yo también tuve que dejar mi vida anterior para poder sentirme, al fin y para siempre, viva.

Isabel.

*           *            *

Nueva York, 30 de septiembre de 2003.

Querido Pablo:

He necesitado todo este tiempo que ha pasado sin escribirte para atreverme a decir las palabras más difíciles que he pronunciado en toda mi vida:

He sido muy feliz a tu lado pero todo tiene un final. Jamás te olvidaré, querido, mi muy querido Pablo. Hasta siempre.

Isabel.

*           *            *

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