A las dos en punto de la tarde. Autor: Jesús Curros Neira

Recuerdo esta historia como si fuese un viejo y entrañable cuento infantil. Por eso me gustaría comenzarla como deben empezar todos los cuentos, repitiendo esas maravillosas palabras que sugieren que algo extraordinario está a punto de suceder: érase una vez… Así pues, érase una vez una peculiar familia formada por tres hermanas huérfanas que vivían en una casa muy humilde de un suburbio en una villa cualquiera, cuyo nombre no viene ahora al caso, situada a la orilla del mar. Su único sueño desde su ya lejana juventud había sido conquistar a un estudiante. Tras la guerra civil española, en medio de la miseria y del hambre, un estudiante universitario podía ser, para tres mujeres pobres y solas, todo un príncipe.

La más joven de las hermanas se llamaba Elena. Desde muy niña sus compañeros de escuela la habían martirizado a causa de la forma de su nariz, un apéndice largo y ganchudo que era el signo distintivo de toda su familia. Elena era baja de estatura y de apariencia enfermiza, pero su debilidad era engañosa puesto que tenía fuerza y habilidad suficientes como para derrotar en una pelea a cualquiera de los chicos del pueblo.

Casandra era la mediana de las tres, tanto en edad como en estatura, y siempre fue la más extraña, la más enigmática en su comportamiento debido a su afición a las ciencias ocultas, a las artes de la adivinación y a los conjuros. Seguramente fue por culpa de ella que todo el pueblo conoció muy pronto a las hermanas como “las tres brujas”.

Silvia era la mayor aunque nadie, ni siquiera los pocos amigos de la familia, la llamaba así. Un marinero pretendidamente gracioso la bautizó, nada más desembarcar de una travesía por distintos puertos del mar Egeo, con el absurdo apodo de Andrómaca con el que fue conocida el resto de su vida. Le parecía al marinero que ese nombre, que había escuchado vaya usted a saber a quién en algún puerto de Grecia, debía significar “andrógina” y, por tanto, era perfecto para Silvia que tenía, justo es reconocerlo, un aspecto algo hombruno.

Quiso la fatalidad, ese destino de los que han nacido marcados por un hado trágico, que el villorrio formado por la casa de las hermanas y tres o cuatro construcciones más fuera conocido por los restantes habitantes de la villa como la aldea de Troya. En el lugar había estallado en tiempos inmemoriales una tremenda trifulca entre vecinos causada por la apropiación indebida de un árbol, al parecer un manzano, por parte de uno de ellos. En la época en que sucede nuestro relato ya nada ─ o casi nada ─ quedaba de la enemistad que tal batalla campal había provocado, pero el nombrecito les quedó a los aldeanos como un sambenito para los restos y troyanos fueron desde entonces todos los habitantes del diminuto suburbio. Así pues Elena, Casandra y Andrómaca eran para su desgracia, además de “las tres brujas”, las tres troyanas, sonoro apelativo que contrastaba con la pobreza en que se veían obligadas a vivir. Cultivaban el pequeño huerto trasero de su finca y conseguían, tras muchas horas de trabajo cosiendo vestidos para las vecinas, algunas perras chicas con las que iban tirando mal que bien. Así se las fueron apañando hasta que, después de muchos años ahorrando de un modo casi inverosímil un céntimo de aquí y otro de allá, lograron el dinero que necesitaban para emprender, una mañana de abril, la gran aventura que iba a marcar sus vidas para siempre… porque fue efectivamente una mañana esplendorosa de abril, allá por el año 1950, cuando las tres subieron por primera vez al coche de línea que salía cada día a la una y media de la plaza del pueblo con destino a Sacromonte de Libredón. Las troyanas llamaron la atención de los demás viajeros y de todos los habitantes de la villa. Nunca habían sido precisamente guapas ni elegantes, pero al menos siempre habían vestido con una pobreza digna y con limpieza. Pero las tres mujeres que tomaron el autobús de Sacromonte aquel 24 de abril de 1950 no eran las brujas. No eran ni siquiera las tres troyanas…¡ eran las tres Desgracias! La falta de liquidez las había llevado a avivar la imaginación, la loca de la casa que decía Santa Teresa. Seguramente la santa de Ávila tuvo alguna visión profética de Elena y sus hermanas cuando pronunció sentencia tan acertada, al menos en el caso que nos ocupa, porque esa loca imaginación las había ayudado a suplir lo que la carencia de medios impedía adquirir; a falta de un vestido elegante, buena era la tela de unas cortinas o un retal regalado por alguna vecina que trabajaba de modista. No faltaba en sus atuendos la presencia olorosa y colorista de algunas flores, arrancadas del huerto trasero, para decorar una blusa o un sombrero. Los zapatos, gastados y ya pasados de moda, habían sido reparados y casi parecían nuevos (voy a ser magnánimo, al menos en esto). Y así, con fantasía y mucho desparpajo, se presentaron en el autobús dispuestas a iniciar la cacería del estudiante. Era la primera vez que abandonaban su pueblo y aquel viaje fue para ellas todo un descubrimiento. Dispuestas a dejarse ver en todo momento, no tuvieron ningún reparo ─ ¿por qué razón habrían de tenerlo? ─ en acomodarse en los asientos delanteros. Querían lucirse, ser admiradas incluso por aquellos pobres aldeanos. La espera fue breve, la duración del viaje entre su pueblo y la ciudad de Libredón no llegaba a la media hora, pero ellas vivieron con una enorme ilusión aquella odisea que las llevaba desde su amada aldea de Troya hasta aquella desconocida ciudad en la que tendrían que andarse con mucho ojo pero en la que estaban seguras de triunfar. Los pretendientes acabarían luchando entre ellos por conquistarlas.

Lo más extraño para ellas fue dejar atrás el mar, su mar unas veces amable y otras veces, quizá con mayor frecuencia, colérico y peligroso. Pero, tanto si era un espejo en el que se reflejaban las bandadas de gaviotas como si su superficie se encrespaba hasta convertirse en el puro espumarajo de una fiera rabiosa, esa imagen del mar entrevisto por la ventana trasera del autobús mientras se iba alejando de ellas, quedando oculto por los árboles que bordeaban la carretera, fue lo único triste de ese primer viaje a Sacromonte. La carretera no era, por aquel entonces, la vía ancha y de varios carriles que hoy podemos ver, sino que se trataba de una angosta pista asfaltada que iba subiendo por las colinas que rodean la costa hasta llegar a una llanura irregular en la que curvas inexplicables, aparentemente absurdas e innecesarias, iban esquivando montículos cubiertos de árboles, casas salpicadas en un paisaje eternamente verde y muros construidos con piedras toscas colocadas simplemente unas encima de las otras.

Pocos minutos después de salir del pueblo el autobús tuvo que detenerse. No era algo inesperado, el conductor estaba habituado a estos incidentes en cada uno de sus viajes. Esta vez se trataba de una piara de cerdos que cruzaba la carretera con toda parsimonia, seguida por una campesina vestida de negro de los pies a la cabeza. Superado este obstáculo el vehículo arrancó y enfiló una larga recta que atravesaba una población. Estaban en fiestas; un grupo de varias mujeres cantaba sobre un palco de madera una canción muy popular durante los años de la posguerra. Los habitantes de la aldea se habían reunido en la explanada de tierra que se abría entre el palco y la capilla. El autobús se detuvo allí unos segundos, los justos para dejar a una pasajera y ponerse nuevamente en marcha, perseguido por aquella música pegadiza que se filtraba por la ventanillas mal cerradas. Los pasajeros volvían atrás sus miradas atraídos por el espectáculo de aquellas mujeres y su canción sugerente, entrañable, envolvente… de buena gana se hubieran bajado muchos de ellos allí mismo de no ser por el estruendo del motor del autocar, que muy pronto ahogó la melodía mientras aquella explanada de tierra, con su pequeña iglesia, su palco de madera y sus insinuantes mujeres, iba quedando cada vez más lejos.

Una chimenea redonda de ladrillos que se levantaba entre unas colinas anunció a todos que estaban aproximándose a la ciudad. La chimenea era una gigantesca torre ennegrecida por los humos densos que salían a través de su único ojo. Muy cerca estaban descargando de un camión corderos destinados al matadero. Una sirena sonó en algún lugar próximo; iban a dar las dos de la tarde y un turno de obreros estaría saliendo en ese momento de alguna fábrica mientras otro turno se preparaba para entrar en las destartaladas instalaciones. Poco después el autocar atravesaba el centro de la ciudad y se detenía definitivamente bajo la marquesina de un edificio de hormigón coronado por caprichosas torrecillas y pináculos. Fue allí donde las tres hermanas bajaron y tocaron por primera vez en sus vidas las losas de Sacromonte. Eran las dos en punto de un día de primavera de 1950.

Vestidas para seducir, Elena, Casandra y Silvia iniciaron su paseo por las callejuelas de la ciudad antigua. Hasta los maniquíes, desde los escaparates de las tiendas de moda de la calle del Príncipe, parecían observar con envidia el lento caminar de las tres mujeres. El sol del mediodía proyectaba las sombras de las troyanas, unas siluetas graciosas aunque desgarbadas, sobre los muros de piedra del edificio de la Universidad. Allí se sentaron en un banco esperando la salida de los estudiantes, que no tardaron en aparecer a su alrededor como moscones atraídos por el colorido pintoresco y el aroma a perfume barato que se desprendía de aquel peculiar grupo surgido de no se sabía dónde. Las bromas y comentarios crueles que ellas tuvieron que soportar sonaron a piropos en sus oídos y las llenaron de ilusión. Cuando la soledad y el silencio se adueñaron se nuevo de la plaza de la Universidad, las hermanas prosiguieron su marcha a través de calles con soportales, escalinatas que abrazaban la montaña de piedra de la catedral y plazas soñolientas a esa hora de la comida en la que sólo ellas llenaban con su presencia fugaz los rincones que iban descubriendo a su paso. Su ronda, esta primera y mágica ronda, terminó en los paseos limpísimos, recién lavados por los jardineros municipales, de la Alameda, reluciente bajo los rayos del sol de esa tarde de primavera. Allí esperaron al estudiante, sentadas en los elegantes bancos del parque que rodea la hermosa montaña de Santa Susana a la sombra de los robles y las magnolias. Pero las horas transcurrieron con lentitud sin que él apareciera por aquel romántico lugar en el que las tres hermanas aguardaban pacientemente. A las cinco tuvieron que abandonar la ciudad en otro autobús, y si alguien en ese momento las hubiera observado con atención habría podido percibir cómo en sus rostros se dibujaba un sentimiento de decepción, aunque teñido de esperanza.

En los días felices que siguieron a ese primer paseo, las tres hermanas se presentaron puntualmente en la plaza de su pueblo para coger el autobús de la una y media de la tarde. Y a las dos en punto cada día, todas las semanas, todos los meses y todos los años que se fueron sucediendo en esta paciente búsqueda del estudiante, Elena, Casandra y Silvia ─ a la que todos llamaban Andrómaca sin saber realmente por qué ─ descendían del autocar en el centro de Libredón. Sus paseos eran como las campanadas del reloj de la catedral, exactos, no fallaban nunca. A las dos en punto recorrían con calma la calle del Príncipe para llegar a la Universidad. Una vez allí, como si fueran una parte más del paisaje de la ciudad, se sentaban con dignidad en los bancos de la plaza y esperaban… y, con la frustración en el alma, continuaban horas después su caminar por la penumbra de los pórticos en las rúas mojadas por la lluvia del invierno, o bañadas por el sol del verano. Lucían su palmito calma en la plaza de la Quintana, recorrían las calles en medio de burlas y llegaban a la Alameda, el destino final de todos sus paseos. En el parque les gustaba mirar a los estudiantes, coquetear con ellos, pavonearse con gracia mientras escuchaban los piropos que les decían al pasar… piropos que, desafortunadamente, no eran más que bromas; jamás hubo uno, ni siquiera uno, que fuera sentido de verdad porque las tres hermanas ─ que algunos desalmados habían bautizado como las tres troyanas, o las tres brujas ─ eran, como ya habréis supuesto desde el comienzo de este relato, feas, tremendamente feas. Intentando ocultar su nariz ganchuda y su mentón saliente, comenzaron a experimentar con toda clase de potingues y productos de cosmética y el resultado no pudo ser más lamentable. Las tres hermanas ocultaron sus rostros bajo máscaras de gruesas capas superpuestas de maquillaje pintarrajeadas con manchones de color carne, sombra de ojos azul intensa y carmín rojo fuego de labios. Con la edad el maquillaje se fue haciendo más espeso sobre las caras en un vano intento de ocultar las arrugas, y los cabellos canosos desaparecieron bajo gruesas pañoletas de colores vivos.

Una mañana de octubre el corazón de Silvia no pudo resistir más y se detuvo. La digna Andrómaca fue incinerada en medio de una niebla espesa, que no se quiso retirar en todo ese día de dolor, y sus cenizas quedaron esparcidas por ese mar que fue su segundo amor. El primero, ese añorado amor que siempre fue dueño de sus pensamientos, no se pudo despedir de ella. Donde quiera que estuviera tampoco en esta ocasión apareció el estudiante.

Esa noche, muy tarde ya, la lluvia cayó con una intensidad desconocida. La cortina de agua, monótona, constante, incansable, densa, abarrotó los riachuelos que recorren los valles de Libredón. Una ola como no se había visto antes fue inundando las vaguadas. Los caminos quedaron anegados y las lomas se cubrieron por segunda vez desde los lejanos tiempos del Diluvio Universal. El agua avanzó por las carreteras y entró en la ciudad silenciosamente. Ninguno de los que dormían en sus casas fue despertado por la tromba. Como un millar de ríos recorriendo Sacromonte desde todas las direcciones posibles, las corrientes de agua se dirigieron hacia el centro de la ciudad. La niebla se había levantado pocos minutos antes del anochecer. Cuando, al fin la lluvia cesó, las nubes se retiraron rápidamente y dejaron paso a un cielo claro, luminoso, cuajado de estrellas. La enorme tromba, dividida en multitud de corrientes, llegó hasta las proximidades de los muros de piedra que rodean el parque de la Alameda y se paró durante un breve instante, tan sólo unos segundos, el tiempo suficiente para cobrar nuevos bríos. Después, con fuerza inusitada y en medio de un estruendo ensordecedor, se arrojó contra los muros como una ola gigantesca. La espuma blanca producida por el impacto saltó por encima de las paredes que bordean los paseos y llegó a cubrirlos completamente. El mar había llegado por la noche, en medio del silencio y el sueño, y había hecho desaparecer ─ aunque sólo fuera por un segundo ─ los jardines. Sólo la soledad, que reinaba en los paseos recorridos tantas veces por las tres hermanas en el pasado, fue testigo del milagro del agua estrellándose, retirándose y volviendo a chocar contra la costa de la Alameda. Luego, tan misteriosa y rápidamente como había venido, retornó a su cauce. Nadie pudo explicar a la mañana siguiente por qué los muros del viejo parque habían amanecido cubiertos por una espuma blanca ni, lo que todavía resultaba más extraño, por qué esa noche de octubre todos los sacromontinos habían soñado, misterio de los misterios, con el mar. Con el paso de las horas sólo una reliquia de esta misteriosa inundación permaneció sobre un banco de la Alameda: unas cenizas que allí quedaron durante muchos años sin que a nadie se le ocurriera jamás, vaya usted a saber por qué, retirarlas de la piedra.

La muerte de una de las tres hermanas no alteró los hábitos de las que quedaron. Elena y Casandra siguieron tomando su autobús de la una y media en la plaza de la villa marinera. Siguieron recorriendo cada día la carretera que subía por las colinas que bordean la costa, siguieron atravesando la pequeña población, ahora mucho más crecida, con aquella explanada de tierra entre el palco de madera y la capilla y siguieron viendo a los obreros que salían de las fábricas poco antes de las dos. Los habitantes de Libredón sabían que, pasase lo que pasase, a las dos en punto de la tarde llegaban dos mujeres en un autobús y que las verían recorrer las calles de la ciudad, fieles a sus paseos y a su esperanza ─ ¡qué gran verdad es que la esperanza es lo último que se pierde! ─ de encontrar al novio tanto tiempo y con tanto afán buscado. El estudiante añorado no llegó jamás pero, como consuelo, toda la Universidad española las convirtió en sus novias oficiales. No había tuna que visitase Sacromonte que no las buscase con ansia para darles una serenata bajo el sol. O bajo la lluvia, que para un mozo de veinte años el clima no tiene importancia.

Los años sesenta y setenta fueron particularmente tristes para “las dos en punto”, mal nombre por el que también eran conocidas. La incorporación creciente de la mujer a la Universidad supuso para las dos hermanas un incremento intolerable del número de rivales. Ahora se veían obligadas a competir con multitud de lagartonas que estaban allí dentro, con ellos. Al uniforme habitual de las troyanas se incorporó un nuevo elemento: un enorme paraguas que llevaban tanto si llovía como si hacía sol. Cada vez que en su paseo diario veían a una lagartona con los libros bajo el brazo se lanzaban contra ella empuñando el temible paraguas, transformado en sus manos en una suerte de “espantapájaras”.

Terrible fue la ira de Elena y Casandra cuando descubrieron que la hija de su vecino, el descendiente directo de aquél que se había apropiado indebidamente del manzano, iba a iniciar sus estudios en la facultad de medicina.

─ ¡Y NO PODÍA SER EN OTRO SITIO ─ gritaba Elena desesperada ─, NO, CLARO, A LA NIÑA LE APETECÍA TENER UN NOVIO MÉDICO AHORA QUE EL NUESTRO ESTÁ A PUNTO DE CAER!

El día en que Marta, la famosa hija del vecino, subió al autobús con su maleta para ir a Sacromonte, allí estaban también las dos troyanas dispuestas a impedir semejante despropósito. Se colocaron en la puerta del autocar e impidieron a la chiquilla que subiera, sin hacer caso de sus protestas e insultos. El enorme paraguas de Elena hizo trabajo extra cayendo sobre la cabeza de Marta una infinidad de veces. Cuando el conductor intervino al fin para que Marta pudiera entrar y sentarse, el paraguas acabó roto sobre su espalda tras una larga y singular batalla que no terminó ahí, ni mucho menos. Casandra y Elena subieron detrás de su vecina decididas a impedir que el autobús marchara con semejante intrusa como pasajera. Sangre, sudor y lágrimas costó que las troyanas bajaran aquella tarde del vehículo, que marchó finalmente sin ellas por primera vez desde el ya lejano día de la desaparición de Andrómaca. Nunca le perdonaron esta ofensa a Marta y, cada vez que las dos hermanas se topaban con la estudiante de medicina en alguno de sus inevitables paseos, estallaba en las calles de la ciudad una nueva guerra de Troya más atroz que aquella mítica y casi olvidada guerra de las manzanas.

Con los años el incómodo y ruidoso autobús en el que las hermanas habían pasado media vida fue jubilado. Ahora un flamante autocar, con ventanales grandes y cómodos sillones en los que te dormías suavemente sintiendo el zumbido constante del motor, hacía la misma ruta en apenas veinte minutos. Sí, el nuevo autobús era mucho más moderno pero Elena ─ más romántica y menos práctica en esta cuestión que Casandra ─ añoraba el bamboleo ruidoso y alegre del viejo coche de línea, aquél que había cogido por primera vez con tanta ilusión un día de abril de 1950. Los restos oxidados del viejo vehículo acabaron tirados muy cerca de su aldea, en un huerto en donde pasaron a desempeñar la triste función de gallinero. Elena lo miraba siempre con melancolía cada vez que se dirigían al pueblo para tomar, fieles a sus hábitos, el nuevo autobús de la una y media.

Una mañana fría y gris muy temprano Casandra se presentó en la puerta del cuarto de su hermana. Era el último día del año. Su voz sonó triste, profunda, lejana…

─ Mañana ya no estaré contigo ─ le dijo.

Elena la miró con ternura

─ Lo hemos esperado medio siglo ─ contestó sonriendo ─, ¿y si fuera hoy el día en que tiene que venir y nosotras no estamos?

Pero aquella tarde no pudieron ir a Sacromonte. Casandra enfermó de repente y, a medida que transcurrían las horas, fue encogiéndose como una flor marchita, cada vez más pálida. Con la llegada de la noche Casandra enmudeció. Elena sabía que no les quedaba ya mucho tiempo, tomó a su hermana de la mano y la condujo hasta el viejo autobús abandonado. Limpió con cuidado un asiento que todavía conservaba su relleno y se acomodaron allí, esperando…

La gente celebraba aquel 31 de diciembre la llegada del nuevo año. Un sonido lejano y apenas perceptible recorrió entonces la atmósfera festiva del pueblo. Era como el retumbar de una manada de caballos desbocados, como un trueno que surgiese de las entrañas de la tierra. En medio de la alegría de aquella noche especial ninguno de los vecinos de la pequeña aldea de Troya, ninguno de los habitantes de aquella villa marinera, ningún ser humano salvo Elena pudo comprender que aquel sonido era el rugido del mar, que retornaba por segunda vez. Elena esperaba su llegada. La esperaba desde hacía mucho tiempo. Y el mar llegó finalmente desbordándose, saliendo por todos los caminos que desembocaban en aquel lugar. Las olas venían desde todas las direcciones posibles y rodearon pacíficamente el olvidado autocar, que se elevó suavemente sobre ellas para ser arrastrado por la marea. Elena vio pasar como en un sueño los caminos, los montículos cubiertos de árboles, los muros de piedra, la plaza de la iglesia, donde ya no había palco de madera, y los desangelados bloques de viviendas que ocupaban ahora el lugar de las desvencijadas fábricas de otros tiempos.

Ningún sacromontino se molestó en averiguar qué ocurría en las calles y por qué las ventanas parecían estar cubiertas por una extraña espuma blanca. Elena y Casandra pudieron descender del autocar y recorrer una vez más el entrañable jardín que evocaba tantos momentos de esperanza, de ilusiones perdidas y de frustraciones. Pero el parque estaba triste y vacío. Las dos hermanas se quedaron quietas, una junto a la otra, protegidas por el tronco de un árbol enorme que crecía muy cerca de la entrada principal. Y así han permanecido hasta hoy. Con los años la gente se acostumbró a verlas allí, estáticas, petrificadas, impasibles, a la sombra del árbol, más alto cada día que pasa. Pero no están petrificadas, sólo están esperando en la puerta principal de la Alameda ─ ¿dónde si no? ─ a que llegue, al fin, el estudiante.

Muchos otros sucesos extraordinarios ocurrieron aquella noche de final de año. Algunos testigos, a los que a decir verdad jamás se les concedió demasiado crédito, afirmaron haber visto ─ fruto seguramente de una monumental borrachera ─ la silueta recortada contra la luna de un autobús rechoncho y destartalado navegando a todo trapo por los montes que rodean la ciudad de Sacromonte de Libredón.

edv losdiasdebirmania

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