La novia loca de Simbad. Autor: Jesús Villarino Pérez

Mi encuentro con la novia loca de Simbad sucedió hace tres años, cuando con la impaciencia e imaginación de la juventud partí de mi cómoda casa en los helados fiordos de Groenlandia en busca de aventuras Había atravesado Europa y visitado África cuando decidí viajar hacia el este para atravesar el desierto y conocer las exóticas tierras de Arabia. Me habían advertido de la crueldad de la arena hacia los viajeros que lo cruzaban por primera vez pero mi orgullo, imprudencia sería más honesto decir, me hizo desoír los consejos de cuantos pensaban en mi bien. Demasiado tarde comprendí que ellos tenían razón y yo no y terminé por perder mi caballo, mi agua y a mí mismo en aquellas dunas idénticas que nunca acababan. Sabía muy bien que un hombre no resiste más de tres días perdido en el desierto por lo que acepté con resignación mi final y me encomendé a mi dios cuando se acabaron mis esperanzas de ser rescatado. Alguna vez que había pensado en la muerte me había imaginado muriendo en la cama de mi casa, con avanzada edad, rodeado de mi mujer y de los hijos y nietos que algún día tendría. Lástima, me dije, que lo último que vea antes de morir no sea mi tierra y mi familia sino un espejismo absurdo fruto de mi debilidad, ¿Cómo, si no, podría estar viendo un bajel en el desierto de Mirashab, a más de ochocientos kilómetros del puerto más cercano?

Pasaron tres días, me diría ella después, antes de que abriera los ojos y me encontrara sobre el catre de una habitación vacía. Me incorporé y, todavía débil, recorrí la distancia que me separaba de la ventana. Sólo vi arena. Busqué la puerta, la abrí y con esfuerzo subí los peldaños de la estrecha escalera hasta llegar a una segunda puerta. Lo que encontré tras ella hizo que dudara de mi cordura; ¿Seguía agonizando o realmente me encontraba en la cubierta de un velero semienterrado en la arena? Asombrado, acepté lo segundo tras recorrerlo. Tendría unos treinta metros de eslora y diez de manga y parecía listo para navegar salvo por el mástil y unas pequeñas tablas que le faltaban. Bajé a la bodega, subí al castillo de proa y entré en la cocina, estaba vacío. Oteé el horizonte, nadie en las cercanías. Me pregunté quién sería su dueño y mi salvador y por qué construía un navío si jamás podría navegar en él. Me hacía estas preguntas cuando oí crujir la escala que subía al barco. Me asomé por la borda y vi que una joven ascendía. Tendría poco más de veinte años. Su belleza arábiga era excepcional, su cuerpo fuerte y su mirada mostraba una determinación y una seguridad que no había visto jamás en los ojos de una mujer. Me saludó y me dijo que su nombre era Ishaé, con una indicación me preguntó por mis quemaduras y después de presentarme y agradecerle sus cuidados me pidió que me sentase. Obedecí. Desapareció un instante para volver con dátiles y agua que dejó depositados a mi lado. Con gestos me invitó a probarlos. Mientras cogía el primero señalé la nave y la arena y, pronunciando torpemente las pocas palabras que había aprendido de su idioma, le pregunté qué hacía un barco anclado en las dunas de un desierto.

–Algún día me llevará al mar.

No quise indagar ni insinuarle la locura de su repuesta, ella tampoco habló más. Cuando llegó la noche me indicó que la siguiera, señaló el camarote y la cama, aplicó nuevos ungüentos en mis heridas, me cambió el vendaje y se fue. Por la mañana me dijo que se iba a la ciudad y, como me vi con fuerzas, le pedí que me dejara acompañarla. Accedió. Subimos a su camello y tras subir y bajar interminables dunas llegamos a Samarath poco después del amanecer. A pesar de la hora temprana la plaza bullía de gente que la cruzaba, esperaba sentada o charlaba animadamente con amigos.

–Tengo que hacer algunos recados. No te muevas de aquí.

Debí escucharla pero ¿qué hace un viajero cuando llega a un lugar hermoso y desconocido? Recorrerlo, por eso me metí imprudentemente en el zoco. Nórdico como soy, la palidez de mi piel, mi estatura y mi pelo rubio y largo llamaron enseguida la atención de vendedores, compradores, paseantes y curiosos que pululaban por los estrechos callejones del milenario bazar. Pronto me vi rodeado por una muchedumbre que se agolpaba ante el primer extranjero que había llegado a la ciudad. Sus miradas de sorpresa y curiosidad cambiaron cuando uno de ellos rompió el silencio para ofrecerme sus baratijas. De nada sirvieron mis gestos de incomodidad y ruegos para que me dejaran continuar. No sabía cómo escapar y temí por mi vida. Afortunadamente, Ishaé apareció y con sólo una palabra suya el bullicio de los hombres cesó de inmediato durante unos instantes, lo que tardaron en comenzar a reírse de ella y a gritarle palabras cuyo significado desconocía pero que eran claramente una burla hacia la mujer que me había salvado. Enojado y agradecido a mi salvadora me enfrenté a ellos pero fui de inmediato detenido por ella.

– Déjalo, no merece la pena.

Nos dejaron ir sin atacarnos pero las burlas continuaron hasta que desaparecimos por un estrecho callejón. Cuando me sentí a salvo le pregunté por las causas de sus insultos pero tan sólo sonrió y siguió su camino en silencio por calles cuyo pavimento y paredes empobrecían a medida que avanzábamos. Si la inesperada reacción de los hombres del zoco me había sorprendido, también lo hizo la algarabía que produjo un grupo de niños que jugaban en una placita pequeña cuando la vieron llegar; gritaron y llamaron a más niños y niñas y entre todos la rodearon. Suplicaban con sus voces y sonrisas algo que no entendí pero que ella aceptó. Sonrió, se sentó en el suelo y pidió a los niños y a mí que hiciéramos lo mismo. Entonces comenzó a hablar y a gesticular con viveza algo que yo no entendía pero que embelesaba a los niños y los mantenía expectantes y callados. Cuando acabó chillaron, aplaudieron y la llenaron de besos y abrazos y terminaron por retirarse.

–¿Qué les has contado? –pregunté.

–Historias de héroes y esperanza.

Salimos de la ciudad y regresamos al velero. Su nombre estaba pintado en la proa en color oro.

–¿Qué significa?

–Adelante, siempre adelante.

–Me gusta –confesé. Y a ella le agradó mi aprobación.

Subimos por la escala y nos sentamos en la cubierta. Ella miraba al norte y sonreía. Parecía feliz.

–¿Por qué los niños te quieren tanto mientras los adultos te insultan? –me atreví a preguntar.

–¿Has visto lo pobres que son? Me quieren porque les cuento hermosas aventuras que les hacen olvidarse momentáneamente de sus penurias.

–¿Y los hombres del zoco, ¿Por qué se reían de ti? ¿No les gustan tus relatos?

–No les gusta que una mujer tenga sueños.

–¿Cuál es el tuyo?

–Salir de aquí, viajar, vivir.

–No es razón para reírse de ti.

–¿Has oído hablar de Simbad?

Asentí.

–Le admiran y cuentan sus venturas una y otra vez en las reuniones junto al fuego pero nadie me cree cuando digo que fui yo quien le animó a viajar; me acusan de mentir, de fantasear, de querer compararme con él, por eso me llaman la novia loca de Simbad y se burlan de mí cuando me ven.

–¿No te importa?

–No. Cuando sabes por qué haces las cosas, lo que digan los demás carece de importancia.

–Pero construir un barco en el desierto es extraño –no quise decir absurdo.

–No porque sea extraño ha de ser una locura.

–¿Por qué te quieres ir de tu ciudad? Aquí te conocen, eres parte de ellos.

–Soy una humilde criada y siempre lo seré salvo que me revele contra mi destino. Lo poco que gano lo gasto en este barco para vivir la vida de aventuras que deseo vivir.

–¿Y si tu sueño no se cumple?

–¿Por qué no habría de suceder? ¿No me estoy preparando para que así ocurra? –me miró sorprendida, como si mis dudas estuvieran fuera de lugar –Piensas como ellos –lamentó.

Los días pasaban con relativa monotonía, Ishaé salía temprano a servir mientras yo ponía en papel las historias que contaba a los niños. Por las tardes charlábamos. Preocupado por ella, seguía haciéndole preguntas acerca de su proyecto.

–¿Qué hay de malo en ser sirvienta? Muchas mujeres lo son.

–No hay nada malo, si es lo que quieres ser pero yo deseo aprender, conocer y nunca lo lograré si me quedo aquí.

–Pero no tienes dinero. Tú misma dijiste que eres pobre. ¿Cómo vas a viajar?

–Mi espíritu es mi joya más valiosa y es suficiente para dar la vuelta al mundo si así lo deseo.

–¿No te da miedo el viaje? Eres mujer, lo más seguro es que fracases.

–Me asusta más quedarme y preguntarme cada día qué habría pasado si hubiera tenido valor para zarpar. En cuanto al fracaso, ¿Qué es el fracaso? ¿Salir y no cumplirlo o ni siquiera haberlo intentado? Aunque no encontrara lo que busco daría por bueno mi viaje porque cada día habré disfrutado del camino, de la alegría que da la esperanza, de la ilusión que produce lo nuevo. Yo no puedo vivir repitiendo lo mismo cada día, sin esperanza de que un minuto sea distinto a otro

En ocasiones me contagiaba su entusiasmo y le rogaba que me enseñara a navegar, a guiarme por las estrellas, a calcular distancias mientras narraba aventuras por cumplir que yo escuchaba embelesado. A veces se burlaba de mi sofisticada seguridad en lo que percibían mis sentidos y en la ignorancia que mostraba al dar por imposible lo que ella me contaba pero a mí no me importaba porque a su lado era feliz. En las semanas que llevaba con ella nunca le había visto un gesto de duda.

–¿Nunca has pensado en abandonar?

–¿Y dejar que mi vida sea tan aburrida como la de los demás?  Jamás. La rendición supondría mi muerte. Cada día que coloco una nueva pieza, encargo un travesaño o instalo una maroma es un paso hacia delante que me hace feliz ese día; y gracias al barco estoy viviendo muchos días así; está mereciendo la pena ¿Cuántas ilusiones y días felices tienen los que de mí se ríen?

A veces no hablábamos pero yo la observaba. Se dirigía a la proa y, junto al mascarón, permanecía horas impasible oteando el horizonte, como si navegara por el océano.  La veía tan contenta, tan convencida de que algún día saldría de su ciudad que me apenaba su locura pero por temor a que mi silencio fuera culpable de su desilusión terminé por confesarle mis dudas de que un barco pudiera navegar por el desierto.

–No te guíes sólo por la razón, lo que soñamos en nuestra imaginación también puede hacerse realidad.

–Pero querer hacer los mismos viajes que Simbad… es peligroso.

–No deseo repetirlos sino hacer mis propios viajes. Nadie debería seguir los pasos que alguien ya dio.

Y mientras transcurrían estas conversaciones el tiempo pasaba y el barco se iba terminando pero tuvo que esperar seis meses más para ahorrar y pagar el mástil. Cuando le dijeron que estaba a punto de llegar, le anuncié que era hora de iniciar mi regreso, algo de verdad había pero el verdadero motivo era que no quería ver cómo aquella joven excepcional quedaba en ridículo ante sus vecinos.

–Por favor, espera un poco más. Me haría ilusión que mi primer viaje fuera llevarte a casa.

¿Cómo podía negarme a aquella súplica? Me quedé a su lado.

Seis días después vinieron unos hombres a traer el mástil. Los vecinos lo sabían y se acercaron para contemplar su fracaso.

–¿Es hoy cuando zarparás? –preguntaron entre risas.

–Cuando llegue el momento.

–¿Y cuándo llegará? ¿Esta semana, este mes, este año?

–¿Estás esperando a Simbad, tu novio? No le vemos –reían.

La muchedumbre permaneció con nosotros hasta que llegó la noche y también durante los días siguientes hasta que el hastío les hizo regresar a casa. Fueron días en los que sufrí por ella, sin embargo, pese a las humillaciones, repetía: Ten fe, pronto saldremos.

Pasaron tres meses durante los cuales me sentí culpable por haberla dejado vivir una ilusión imposible de cumplir. Tenía que convencerla de la verdad, que su barco jamás navegaría. Se lo diría cuando regresara de la ciudad. Lo hizo mucho antes de lo habitual. Venía eufórica y me saludaba desde lejos con alegría. La seguían decenas de ciudadanos.

–Nos vamos –me gritó cuando llegaba al barco.

Miré a los acompañantes, se sentaron entre risas para celebrar su fracaso.

–Quiero decirte algo –dije serio. No me dejó continuar.

–Ahora no, vamos a zarpar en unos minutos.

Los espectadores continuaron con sus burlas y yo con mi tristeza y todos la miramos atónitos cuando comenzó a soplar un fuerte viento que movió la arena como si fuera agua.

–Prepárate para levar anclas e izar las velas. Voy al timón.

Desplegué la del trinquete y nada sucedió, tampoco cuando solté la del palo mayor pero todos gritamos asombrados cuando al liberar la del palo de mesana las maderas crujieron y las maromas se tensaron hasta casi romperse. Como si realmente flotáramos sobre un mar embravecido, el velero comenzó a moverse ante los ojos atónitos de los vecinos y de los míos. Ishaé miró con orgullo contenido sabiéndose vencedora sobre la incredulidad de los hombres, sonrió victoriosa y levantó la mano para despedirse de los niños

–Adiós amigos. No dudéis de vuestros sueños.

Como si vieran normal lo que a los adultos parecía magia, levantaron los brazos para despedirla con alegría mientras nos alejábamos sobre las dunas. Mi temor a que el barco se detuviera a los pocos metros se desvaneció cuando les perdimos de vista y desaparecimos entre las crestas de las dunas.

Pese a mis dudas llegamos al mar y atracamos en mi pueblo ocho meses después. En nuestro viaje hasta allí nos ocurrieron muchas de las aventuras que Ishaé había contado en sus historias; fuimos perseguidos por piratas, atravesamos tempestades, vimos sirenas, salvamos esclavos, comimos con reyes y peleamos contra dragones. No mentiré si confieso que aquellas aventuras y desventuras me llegaron a unir profundamente a mi compañera y por ello la invité a que se quedara a mi lado cuando desembarcamos.

–Eres un gran amigo pero no quiero detenerme, en cuanto lo haga llegará la comodidad y con ella la pereza. Y si hay pereza no hay deseo de aventuras y sin ilusión aparece la monotonía que tan poco me gusta.

–Adiós, mi capitana –dije con tristeza al escuchar su rechazo –Espero que algún día nuestros caminos se junten de nuevo.

– Adiós, marinero. Sé que a pesar de haber llegado hasta aquí sigues pensando que estoy loca. Prueba un poco de locura, la vida es más feliz si añades una pizca.

Le hice caso y ahora construyo un barco a pesar de que mis vecinos se burlan de mí y me llaman loco. No me importa, sé que al final extenderé mis velas y navegaré por los hielos hasta cruzar el polo. Tal vez al otro lado esté Ishaé.

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