Campo de piedra pómez. Autor: Rafael Restaino

Un paisaje blanco de nieve y luna

I

Marchar hacia la puna catamarqueña es transitar caminos que lo introducen a uno a sentir que no somos nada, sentir por momento que sólo somos un silencio desnudo. Son caminos, por momentos huellas de piedra y arena, por los cuales se asciende a dos mil, a tres mil a cuatro mil metros de altura sobre el nivel del mar haciendo que las estrellas parezcan que están al alcance de la mano.

No quiero detenerme en anécdotas, ni enumerar los majestuosos volcanes, los llamativos arenales, las lagunas llenas de flamencos rosados, las nieves eternas, las minas abandonadas, los fantásticos salares, ni los personajes maravillosos que hemos conocido en El Peñón, en Antofagasta de la Sierra, en Antofalla. Cada uno de ellos merecen generosos párrafos. Desde la cocinera Elina Ramos, el coplero de origen aymara Don Romualdo Galván, hasta el jovenzuelo catalán Enric. Todo aquel que haya viajado sabe que en estos lugares, a los cuales se llega no sin cierto sacrificio y molestias como la falta de aire por la altura, no existe otra posibilidad de encontrarse con maravillosas personas.

Pero, como lo ya lo he expresado, quiero ir al grano. Quiero ir inmediatamente hacia ese monte de piedra pómez que se encuentra al norte de la provincia de Catamarca, una de las veintitrés que componen nuestra gigantesca y maravillosa Argentina. Quiero decir de un tirón, vomitar lo más rápido posible lo que sintió todo mi ser ante esa lejanía plena. Decir como sentí una extraña angustia al estar metido en este paisaje de nieve y luna, donde bastaron sólo unos pasos para percibir la sensación de encontrarme pequeño, detenido, inmutable. Bastó un minuto, menos de un minuto, caminando entre estas extrañas formas que el viento peina y despeina a su antojo para dejar atrás mi ritmo, mis tristes colores, mis ojos antiguos y sentir que mi andar comenzaba a ser reposado, apacible, como si hubiese ingresado a otra dimensión.

Como no querer ir al grano en este relato si en ninguna otra parte del mundo me sentí tan elemental, soledoso como el árbol que calla o como ese pequeño río que pasa con espejos de colores huyendo en soledad sobre el mismo.

Sentí, y no es poca cosa, que entre estas sombras blancas y venerables  estaba en una extraña ruta de sueños y congojas, en una ruta de vuelo y sacrificio. Sentí que aquí en este lugar de mar blanco existía un centro del mágico andamiaje.

Sentí que en este lugar se encuentra un secreto que se oculta desde los inmemorables tiempos, sentí que estas piedras porosas son auténticos templos llenos de vida sobrehumana.

Vagamos ese espacio lleno de grutas siderales, llenos de claridades, de sonidos que revolotean por el espacio con giros estelares. Vagamos en silencio con Marita, María del Valle, Stella, Elio y Eric. No queremos irnos de este lugar. Aunque no nos digamos una sola palabra, de algunas manera, estamos sintiendo lo mismo. Estamos sintiendo ese mutismo fino, ese silencio casto y al mirarnos sabemos que hemos comprendido que existen milagros visibles.

II

El campo de piedra pómez es el resultado de eventos morfogenéticos en los cuales participaron procesos tectónicos, endógenos y exógenos que modelaron el paisaje actual donde se observan numerosos volcanes, en particular el Volcán Blanco o Robledo, el cual es proveedor de la piedra Pómez. Se entiende que esta formación se produjo ante la emisión de flujos y depósitos de caída donde estos se extendieron como depósitos de ignimbritas.​                  

                                                      Universidad Nacional de Catamarca

Es posible que sea como señala ese reciente documento emanado de la Universidad Nacional de Catamarca en el cual se asegura que este monte de piedra pómez es el resultado de esos eventos morfogenéticos, que es el producto de la actividad volcánica, ya que en este lugar se encuentran aproximadamente unos  200 volcanes de los cuales se destacan el Volcán Blanco, cuya erupción –según se asegura- dio origen al campo de piedra pómez y el volcán Galán, conocido como el coloso de la Puna con su cráter de 40 Km de diámetro. El cráter más grande del planeta. Pero en honor a la verdad lo único que siento como  certeza, ya que realmente es comprobable, es que el fuerte viento se ha encargado de manera paciente y constante de tallar cada piedra de este lugar, convirtiéndolas en “esculturas naturales” de color blanco, rosa, ocre y amarillo adornando este campo único y poco conocido.

Puede ser cierto toda esa información científica que intenta explicar el curioso fenómeno de un campo de hectáreas y hectáreas de blanca piedra pómez que semeja a un puro mar sin elementos ni extraños cuerpos,  pero en mi caso, como creo que en todo aquel que se deja llevar por su sensibilidad, se nos hace imposible detenerse en esas palabras emanadas desde la razón y, seguramente, la mayoría debió presentir, de una u otra manera, que en este horizontal plano, severo en símbolos eternos, indefinidos, ha sido llevado adelante por algún extraño constructor. Por mi parte no puedo dejar de decir que escribí sin pensar, de un tirón, las sensaciones que me produjo como estos versos desparejos:                      

                         En este extraño lugar de nieve y luna

                        En este espacio de permanente belleza

                        Soy tan solo un aliento que se pierde.

                        Un vuelo encadenado a su destino                        

III

Es cierto que existen lugares en el mundo como Petra, ese edificio monumental excavado y esculpido en piedra en la milenaria Jordania; o los colores fluorescentes que cruzan como un relámpago la oscuridad de una aurora boreal en el norte increíble de Canadá; o lo extraordinario que es ese camino hacia Machu Pichu, un camino modificador entre columnas, templos y estatuas de rodillas que sobreviven a la fuerza de una naturaleza implacable; o la Mezquita de Córdoba, donde uno presiente que en ese lugar se guarda un secreto, una vieja ternura y que en sus piedras se atesoran voces de lejanía. Existen lugares que son faros que iluminan acantilados y a veces iluminan recónditas miserias. Lugares que merecen los más firmes adjetivos, indudablemente. Lugares de silencio, de fontana clara, de música de metales, de centellas de fuego, de agua derramada, de tierras pardas, ocre, verdosas. Hay lugares de luces, de reflejos, de lirios, de olivares y vides añejas. Y hay lugares como este Campo de Piedra Pómez en plena puna catamarqueña donde uno encuentra una especie de gigantesco altar que irradia una gracia perdurable que se refleja desde el alto cielo. ¡Aquí está la cosa! Es cierto, existen lugares que son de otro mundo. Pero no todos los lugares, por más maravillosos que sean, tienen esta fuerza ciega y legendaria que eleva, acomete y lo hunde a uno en armonía planetaria. Una fuerza sorda que arremete contra nuestra pobre condición humana. Es cierto –vuelvo a repetirlo- existen lugares que son de otro mundo, pero no todos despiertan en uno, entre otras cosas, la sensación de que uno podría haber sido otro en ese espacio. No todos los lugares, como es el caso de este gigantesco campo blanco y de luna,  pueden devolverme -como si tal cosa- mi ritmo acompasado, mi dimensión, mi sombra, mi estatura.   

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