Tras las huellas de Neruda. Autor: Arlés Henao Montoya

Cómo hubiese querido que aquella muchacha que me miraba sonriendo desde bien adentro de esos grandes ojos negros, no notara el galopar dentro de mi pecho o el temblor de mi mano cuando le leía los versos del soneto XXV:

“Antes de amarte, amor, nada era mío:
vacilé por las calles y las cosas:
nada contaba ni tenía nombre:
el mundo era del aire que esperaba.”

Pero es que nunca pude pasar de largo por la obra de Neruda. Ni su prosa, ni sus poemas, ni su lucha política me fueron ajenos en aquella ya lejana adolescencia en Quimbaya, ese pueblo del corazón cafetero de Colombia, pueblo que por entonces ya no lo era, pero que tampoco alcanzaba las dimensiones de ciudad.

Sabía que toda aquella muchachada leía con entusiasmo el trabajo de tantos autores latinoamericanos: Rulfo, Cortázar, García Márquez, Borges, Vargas Llosa, …, y por supuesto al gran poeta chileno, pero estaba seguro que nadie lograba el nivel de emoción con el que yo leía todo lo que nos llegaba firmado por Neruda. Ahora, desde la lejanía de los años transcurridos, esta emoción aún se mantiene, tal vez un poco más “racional”, más “controlada”, pero siempre chisporroteando aquí bien adentro.

Es por eso que aprovecho una coyuntura en mi vida que me pone en una situación de “libertad” bien extraña, y decido marchar a Chile en busca, entre otras cosas, de las huellas de Neruda, un viaje que me parece mentira pues mi economía nunca me permitió ni siquiera soñar con algo semejante. Pero no me lo pienso dos veces, así que empaco algo de ropa en mi empolvada mochila, y en compañía del “Confieso que he vivido”, que espero ilumine el camino, emprendo esta búsqueda.

¿Dónde encontrar a un poeta? ¿Qué debo buscar? ¿Por dónde comenzar?, preguntas como esas me acribillaban mientras no podía dejar de mirar por la ventanilla del avión la grandiosidad de las montañas andinas, o jugaba a adivinar el perfil del continente siguiendo las luces nocturnas de las ciudades.

Al arribar a Santiago, la capital chilena, ya tenía una certeza: debía comenzar por el principio. Por eso decidí buscar en Temuco los rastros iniciales del poeta.

Recordaba cómo Neruda narra sus primeros recuerdos en Temuco, cómo hablaba de una ciudad fría y lluviosa. Busqué en el libro y leí: “Frente a mi casa, la calle se convirtió en un inmenso mar de lodo… Por las veredas, pisando en una piedra y en otra, contra frío y lluvia, andábamos hacia el colegio. Los paraguas se los llevaba el viento. Los impermeables eran caros, los guantes no me gustaban, los zapatos se empapaban. Siempre recordaré los calcetines mojados junto al brasero y muchos zapatos echando vapor como pequeñas locomotoras”.

¡Eso es! Debía buscar la casa, ¡esa casa! La casa en la que transcurrieron sus primeros años. Así que luego del descanso obligado en la capital, tomé un bus que me llevara a Temuco, el pueblo de la infancia de Neruda.

Bueno, Temuco ya no es un pueblo, ya no es el pueblo de ferroviarios que describe en aquel libro. Me pareció una ciudad grande, fea, ruidosa. Pero, algo sí le agradecí: que me recibiera con una llovizna fría, muy fría. Esa señal la tomé como un augurio.

Con la ayuda del mapa de turismo que me entregaron en la terminal de buses, y con el corazón en un galope trotón, la busqué por la calle Lautaro, como bien decía aquella guía. Por más que recorrí la acera una y otra vez no pude encontrar las señales que me indicaran el lugar exacto. Es más, llegué a pensar que aquélla no podía ser la calle que buscaba, sólo veía sucios almacenes, ferreterías, mercados, … Pero al preguntar, me confirmaron que efectivamente esa era y que si miraba bien, vería un letrero en la fachada.

Y lo encontré. Hay un pequeño cartel que dice “Puerta de Neruda”, ¡pero es pequeñito! Se pierde con el gran aviso que a su lado anuncia “Centro de carnes don Ramón. Oferta: Chorizo parrillero”. Sí, en la casa de Neruda no hay nada de Neruda, ni siquiera un recuerdo, nadie que te dé información, … un consuelo.

En Temuco, ahora los ferrocarriles están en un museo, la escuela donde Neruda aprendió sus primeras letras ya no existe, su casa la convirtieron en una venta de chorizos, … No lo podía creer. Pareciera que Neruda no fuera importante para las gentes de esta ciudad. ¡Y yo viajé desde tan lejos para esto! El galope trotón se convirtió en un peligroso andar cansado y sin ritmo.

Me ajusté el gorro de mi chaqueta, el frío arreciaba, y busqué de nuevo la terminal de buses. Quería irme de allí, necesitaba alejarme de aquella ciudad.

Mientras decidía hacia dónde ir, se me ocurrió que si buscar por el inicio no había sido una buena idea, tal vez por el final pudiera ser que la suerte cambiara. Entonces me dirigí a Isla Negra, la casa en la playa que edificó el poeta, lugar en el que escribió tal vez sus mejores obras, y sitio de su tumba.

Así que tomé un bus hasta Valparaíso y luego otro que me dejaría cerca de mi destino. Al llegar al lugar y abandonar la agitada carretera para caminar por la calle de tierra roja que lleva hasta la casa, de nuevo el corazón comenzó a encabritarse. Eso lo notó el vendedor de recuerdos que tiene su puesto frente a la casa, porque al acercarme me dijo: “¿primera vez, cierto? Le recomiendo que se fije en la sala de estar. Note que hay dos sillas. En esa sala recibía a sus amigos preferidos. Y trate de adivinar en cuál de las dos le gustaba sentarse a Allende. Al salir me cuenta.”

Hice el recorrido varias veces por los numerosos espacios de aquella casa. Allí están tantos objetos que el poeta nombra en sus memorias e incluso en sus poemas. Los mascarones de proa, los barquitos en sus botellas, la gran campana en el patio, las máscaras, las caracolas, su biblioteca, su escritorio, … pero … todo es tan … tan … no sé cómo decirlo. Tan puesto para los turistas. Son cosas que fueron muy importantes para aquel hombre y ahora yo estoy aquí en medio de tantas personas que tocan, miran, se toman selfis, … Me sentí un intruso, un mirón, un voyeur, me sentí … sucio.

Al salir alcanzo a escuchar al vendedor que me dice, “En la de la izquierda, por supuesto”. No tengo corazón para decirle nada y me marcho.

De regreso a mi casa comprendo que es tarea inútil buscar las huellas de los artistas en sus casas o llevando flores a sus tumbas. Allí, en el mejor de los casos, no quedan sino vagas referencias, objetos sin vida, fríos. Tal vez una forma de encontrarlos sea revisitar sus obras. Tal vez eso tenga más sentido. Tal vez.

Yo, ahora lo sé, a Neruda no tengo por qué buscarlo en Chile, ni siquiera tengo que buscarlo en sus textos o en sus biografías. Neruda está donde nunca se ha ido. Está en mis recuerdos, en los ojos de aquella muchacha. Está, bien abrigado, en mi corazón.

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