Sin prisas. Autor: Esther Maroto Almarcha

07:30 A.M. Suena el despertador con ese estruendoso pitido que me despierta todas las mañanas. Voy al baño, me aseo y me empiezo a vestir con los ojos aún cerrados. El café no me sabe a nada y las tostadas se caen por el lado de la mantequilla. Parece que hoy el pie izquierdo ha querido levantarse primero y no me espera un buen día. Tomo un par de galletas, friego la taza del café, cojo el bolso, el abrigo, el paraguas por si acaso tampoco es un buen día para la meteorología y decido que ya es hora de salir de casa. ¡Ah! Las llaves.

07:48 A.M. Definitivamente llego tarde. Mi jefe me va a matar. La estación de Cercanías está abarrotada de gente y el tren no llega. Bueno, sí, parece que sí llega. Me meto en el vagón y empiezo a recordar todo lo que tengo que hacer esa mañana: comprar el periódico, llamar a la agencia, firmar 200 papeles… Me empiezo a agobiar y todavía no son ni las ocho de la mañana. ¡Vaya día!

08:05 A.M. Llego a la estación de Atocha. Todo el mundo se baja del vagón y cada uno va a lo suyo. La chica rubia escucha música, el hombre con traje gris lee un periódico y la mujer del vestido largo no para de hacer llamadas. Me paro, me agobio, estoy rodeada de gente y a la vez no encuentro mi sitio, mi lugar, mi destino. Me voy para el siguiente andén, al fin y al cabo todavía me quedan 6 paradas y un transbordo y no es seguro que llegue a tiempo, así que cojo fuerzas, respiro profundamente y me dirijo a la estación.

Leo el indicador. No puede ser. El próximo tren llegará en 3 minutos. Eso es una eternidad cuando llegas tarde. En ese momento me fijo en uno de los bancos. Un joven de unos 30 años también espera la llegada del tren, pero al contrario que el resto, él está tranquilo. No hace nada: ni escucha música, ni lee una revista, ni siquiera tiene el móvil en la mano y está enfrascado en algún grupo eterno de Whatsapp. Mira alrededor y tiene una mueca de sonrisa.

08:15 A.M. No puedo parar de mirar al chico e inevitablemente se da cuenta. Entonces él me mira y aparto tímidamente la mirada pero ya sabe perfectamente que le estaba observando. ¿No puedo ser discreta nunca? El tren va a hacer su entrada en la estación. La gente empieza a acercarse al andén pero el misterioso chico no se mueve, sigue sentado, observa a la gente y sonríe, como si el jaleo de Madrid no fuera con él.

Extrañamente decide no subir. ¿Por qué? No lo sé pero yo hago lo mismo y me siento a su lado.

Hola. Me llamo Roberto.

No puedo esconder mi sonrisa y él lo nota.

Tranquila, entiendo que no es normal que la gente te hable y sea simpática a estas horas de la mañana

Cada vez me sorprende más.

¿Por qué no has cogido el tren? – Le pregunto.
Tú has hecho lo mismo, ¿no?
Bueno, pero es que… no tengo prisa. Por cierto, soy Elena.

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