Pasaje para Kingston. Autor: J. Martín Alcaid

El viejo barco de cabotaje paró las máquinas y continuó deslizándose por inercia sobre la superficie del mar,  suavemente, en dirección al muelle, mientras hacía  sonar  la sirena  para anunciar su llegada. Una densa humareda negra brotó de su chimenea y una profunda vibración se extendió por  toda la estructura, señal inequívoca  de que los motores habían vuelto a funcionar para contrarrestar el impulso de la nave. La hélice  removió con fuerza el agua, enturbiándola con  los sedimentos del fondo marino, algas, y pececillos que eran incapaces de evitar el poder succionador de las aspas. Por encima de la nave revoloteaban unas cuantas gaviotas peleonas, que no cesaban de graznar y de disputarse cualquier cosa comestible que aparecía en la superficie.

     Acodado en la barandilla, contemplaba los remolinos y los borbotones que se producían. El agua parecía hervir, su calma se había convertido de repente en rabia al ver su reposo interrumpido, y lo demostraba con islotes de espuma que iban a la deriva como pequeños icebergs. Comparé la situación con la vida misma, cualquier momento apacible  puede alterarse de pronto y convertirse en un torbellino enloquecido y arrasador.

     A dos horas y media de la costa,  el navío tuvo problemas mecánicos, quedándose   al garete, es decir, a la deriva.  Se tardó  un buen rato en solucionar la avería, y esta delicada situación sembró la  inquietud entre el pasaje; por añadidura, se levantó un molesto y fresco viento que no facilitó las cosas.

     Alcé la vista para seguir las maniobras de atraque. El barco fue  virando lentamente de popa para acostar por babor al muelle, entre un modesto pesquero y  una esbelta goleta; el personal de tierra y los tripulantes afianzaron las amaras y colocaron una pasarela. «Tout le monde à terre!», ¡todo el mundo a tierra! —lanzó una voz en cubierta. «Menos mal —me dije— que ya hemos llegado.»

 Efectivamente,  habíamos arribado al puerto de Kingston, la  capital  de Jamaica, una población de clima marítimo tropical con alta humedad  situada al sur de la isla. La ciudad actual, con sus casitas y sus negocios pintados de blanco, no se parecía en nada a  la que había conocido en mi  juventud,  cuando embarqué como polizón  en un carguero  rumbo a Panamá con la pueril intención de entrar luego en los Estados Unidos.  Las cosas no salieron como yo pensaba, porque a pesar de estar bien oculto y alimentado gracias a la complicidad  de un cocinero chino, alguien me delató. Me desembarcaron en la citada isla caribeña,  la misma que  años después era incapaz de reconocer. Dicen que cuando   transcurre  demasiado tiempo sin volver a pisar la tierra que se visitó una  vez,  la memoria se confunde y se pierden los recuerdos  que teníamos almacenado. Ya  no destacaba  la  figura bañada en la niebla de la Montaña Azul, con  sus  más de dos mil metros dominando la ciudad que se extendía en la llanura de Liguanea, una planicie aluvial a orillas  del río Hope. ¿Dónde estaba la bahía alrededor de la cual debería de hallarse los Palisadoes con su largo banco de arena? ¿Y las playas blancas de aguas cálidas y cristalinas? ¿Seguiría el espectáculo de las famosas cataratas en el río Dunn? ¡Era tan diferente el paisaje actual! En lugar de la vegetación tropical de antaño, una de las más exuberantes del Caribe, se apreciaba ahora  un paisaje rocoso, yermo, amarillento, con una fortaleza amurallada en lo alto de un cerro.   

    Descendí del navío al igual que el resto del pasaje y me zambullí de lleno en una  época  bulliciosa  con nuevos estilos de vida, un periodo en el que muchas de las normas morales tradicionales habían sido relegadas; me encontré de repente en los locos años veinte,  los «roaring  twenties»  que dirían los americanos, un tiempo de coches rápidos,  de jazz y de charlestón; de collares largos y  pelo corto; de bares clandestinos y de juventud salvaje. Eran también los años  de la Prohibición, de la llamada Ley Seca. En los Estados Unidos duró hasta 1933, y  se prohibió la fabricación,  importación, exportación,  transporte y venta de  bebidas alcohólicas,  propiciando así la elaboración clandestina y el contrabando.

     Los traficantes se abastecían de ron en Jamaica, lugar donde  se producía a partir del  principal cultivo de la isla: la caña de azúcar.  Luego, navegaban a  lo largo de las costas norteamericanas sobre la línea de las tres millas;  allí aguardaban  las «rum-runners» a las que transbordaban la mercancía para introducirla en el país. Se trataba de  embarcaciones ultra  rápidas propulsadas por motores  potentes de avión V12 Liberty, fabricados por  la firma estadounidense de automóviles de lujo  Packard, y que procedían de excedentes de la Primera Guerra Mundial. Debían eludir la férrea persecución de los guardacostas americanos, que no dudaban en embestir y hundir  las embarcaciones de los infractores de aquella  ley.

     En cuanto pisé  tierra, me perdí entre el abigarrado y ajetreado gentío que se afanaba   en sus quehaceres diarios.  El puerto era una auténtica algarabía donde no resultaba fácil entenderse;  se   hablaba en  español, no en vano la isla había sido descubierta por Colón; también en inglés, porque Inglaterra ocupó posteriormente  el territorio desde 1670,  se conversaba en francés y  se discutía en cualquiera de los dialectos de la mayoría negra resultante de la etapa de la esclavitud. Con tanto ruido no me  percaté  de que una voz femenina  me estaba llamando. Me enteré de ello más tarde.

    Fui sorteando, de la mejor manera posible, todos los obstáculos que encontraba a mi paso: calesas, ruidosos automóviles  que hacían sonar sus bocinas, puestos callejeros cuyos propietarios pregonaban a voces su mercancía, carros cargados con toda clase de géneros y, por supuesto, camionetas con el producto estrella: el  ron; hasta  me crucé  con un grupo de bucaneros que marchaba desordenadamente en dirección a la goleta; todo este  carnaval  —porque eso es lo que parecía con tanto escándalo y colorido—   se desarrollaba   bajo la atenta mirada de unos agentes de policía que trataban de poner  orden en esta especie de caos. Pasé delante del  “Bargain Center” y de un local  cuyo rótulo rezaba: “Assayer Civil Engineer”  o algo parecido; llevaba tanta prisa por salir de aquel bullicio que no me entretuve en leerlo bien. A la izquierda estaba el cinema Victoria; de buena gana hubiera entrado a ver una película, pero parecía cerrado.  Finalmente, llegué acalorado a la parada del tranvía de la Jamaica Public Service Company. Allí estaba el número  29, vacío,  sin conductor, esperando a unos pasajeros que Dios sabe cuándo iban a llegar.

    En aquel momento sentí una mano que me agarraba el brazo izquierdo y tiraba de mí, al tiempo que una voz femenina —la que  no había oído antes—  me pedía  que frenara  mi marcha. Se trataba de Monique, una mujer francesa, rubia y atractiva, que había conocido semanas atrás. Cuando recuperó  el aliento, me dijo con su peculiar acento galo:

   —¡Uf! Como corres, te he estado llamando desde que bajamos del barco, parece que estás sordo.

—Perdóname, pero es que con tanto jaleo  no te he oído; dime, ¿pasa algo?

—No, no ocurre nada malo;  es que con tantas  cosas  en la cabeza se me olvidó  decirte  esta mañana que esta noche una parte del equipo va a cenar en el restaurante Imperial,  ya sabes,  en la Puerta Purchena. Los hermanos Nicolás y Cristóbal nos tienen preparada una cena a base de mariscos y carnes selectas. Después  iremos al bar de  Manolo Manzanilla  a tomar una copa y te presentaré   una persona que te va a  encantar. Además, te tengo que contar algo interesante, «tu vas venir, n’est-ce pas?» —terminó preguntando.

  • ¿Pero no teníamos que navegar mañana por el Cabo de… —objeté.

—Olvídate, tienen que revisar la maquinaria del «Lady of my heart»; si acaso, iremos allí por tierra o utilizaremos la goleta si no hace mal tiempo. « Lino, tu vas venir ou non?» — insistió Monique—, que no me  llamaba por mi nombre real desde que nos conocimos,  utilizaba éste en su lugar por una razón que explicaré más adelante.

—«Bien sûr», claro que iré.

        Soy  descendiente   de colonos españoles que se instalaron hace tiempo en Argelia: los «pieds noirs» (pies negros),  denominados así por las botas negras que calzaban. Aunque no nací en ese país, heredé parte de la cultura francesa y aprendí la lengua de Molière desde mi infancia.  Por otro lado, como  Monique hablaba español  no era extraño que se mezclaran palabras de ambos idiomas en nuestras conversaciones. Suele ocurrir en las zonas geográficas de dos o más hablas.

     Monique  se quedó descansando cerca del tranvía  y yo me encaminé por el parque Nicolás Salmerón  hacia el hotel donde me alojaba.

     La cena en el Imperial fue amena y exquisita. Yo sentía curiosidad por ese ‘algo interesante’ que debía desvelarme la francesa,  pero cada vez que le preguntaba se reía y me respondía: ‘estás intrigado «mon ami»’, o bien, ‘después, después, no seas impaciente, aquí hay  demasiado ruido para conversar con tranquilidad y, además, no se habla con la boca llena’.

    —¡Anda, que en el bar vamos a poder hablar mucho!

   El bar Manzanilla se encontraba en la calle Jerez, junto al Zapillo, un barrio de la ciudad cercano al  antiguo cargadero de  mineral.  Como no estaba muy lejos del restaurante, en lugar de ir en coche  bajamos a pie por la calle principal hasta el puerto,  luego torcimos a la izquierda. ¡Cuestión de hacer mejor la digestión! Nada más llegar a las puertas del anexo que el bar mantenía para determinados eventos, reconocí  la música  que se escapaba del local:   pertenecía al inconfundible  Count Basie, uno de los mejores intérpretes  del “swing” del que yo  era un ferviente  admirador. En este caso, no se trataba de una grabación sino de una actuación en directo.  El ambiente cálido nos envolvió enseguida. Monique  me cogió de la mano y me condujo hasta el músico; yo la seguí, entre obediente y pasmado, ¡qué dulce era dejarse llevar! Conforme avanzábamos hacia el artista,  la mujer iba saludando a los asistentes. Monique  hizo las presentaciones de rigor, le explicó quién era yo y conversó un momento con él; finalmente le pidió  que interpretara el tema más popular de su repertorio: ‘One O’Clock Jump’.

  Sin yo darme cuenta le había solicitado un segundo tema. Me enteré  cuando el músico tocó “I’m tired of waiting for you” y  Monique me dijo  que si no había entendido  el título de la canción podría traducírmela más tarde. Luego, la mujer  esperó un gesto de complicidad  del americano al iniciar un tema lento  para pedirme  que la sacara a bailar.

  —Sabes, el “Conde”  —así llamaban a Basie—  tiene que hacer un cameo en la goleta.

  —¡Ah! —dije—. Oye, ¿qué era eso importante que tenías que contarme?

  —¿Lo de la canción? —preguntó riendo.

  —No, lo otro, lo que me comentaste esta tarde.

La francesa iba a lo suyo, me susurró al oído:

  —Quiere decir: ‘Estoy cansado o cansada de esperarte’. «Bon, tu comprends?», ¿Sabes por qué lo digo? ¿Es que estás casado o tienes alguna «liaison»? Si es así, olvídate de mí, pero si  te gusto aunque sea un poco, dímelo.

  — No, en absoluto, ni estoy casado ni  tengo una relación —fue lo único que respondí. No me atreví a confesarle que me atrajo desde el primer día

   Ella soltó un ‘uf’ de alivio, como si se hubiera quitado un peso de encima.

    Monique y yo nos  habíamos conocido de forma circunstancial  en la primavera de 1970, cuando llegué a la ciudad después de una prolongada ausencia. Tras registrarme en un hotel y tomarme una ducha reconfortante, me fui a dar  un paseo por la zona portuaria hasta casi llegar a la salida de la carretera que conduce a Málaga.  Descubrí  una aglomeración de curiosos cerca de un pequeño poblado de casas de madera muy cercano al muelle. Como la cortina humana me impedía ver lo que ocurría por delante, pregunté a los de atrás qué sucedía. Una de las personas se volvió brevemente y contestó:

    —Están rodando una  película con actores franceses, italianos y españoles; me parece que es una coproducción. Trabaja la BB esa… —Después, como un resorte, se giró de nuevo, me miró con detenimiento y exclamó: ¡usted  se parece al actor principal!— y volvió  a mirar entre las cabezas.

     Sonreí. No era la primera vez  que me comparaban con el actor Lino Ventura,  un duro “simpático” del cine francés, famoso por sus películas de acción. Era cierto que ambos teníamos  aproximadamente la misma estatura y, más o menos, semejante complexión, pero yo  no encontraba ningún parecido entre mi  semblante  y  la cara ancha y bonachona, la  nariz gruesa y la  mirada de acero del artista, por mucho que me digan que todos tenemos un sosias en nuestra vida.

     Busqué un hueco por un lateral y  me colé hasta la primera fila de los mirones para contemplar mejor lo que sucedía; esto provocó algunas protestas que motivaron la intervención de un guardia y de una persona  del equipo de rodaje  para poner orden. El hombre se me quedó mirando  sin decir nada y fue a contarle algo a una mujer rubia: Monique. Ella se inclinó hacia un hombre barbudo, seguramente el director de la película o el de fotografía, que estaba mirando  por el visor de la cámara  los detalles de la próxima escena y le comentó algo señalando hacia mí; la persona asintió con la cabeza y un meritorio  vino a buscarme.

    Ellos  hallaron  la  similitud a la que me he referido antes. Me propusieron trabajar  como «stunt»  —nombre inglés de actor de doblaje—  en determinadas escenas, siempre y cuando no fuesen  de acción;  prácticamente sería un doble de luz. Me enteré de que Lino Ventura  no  se maquillaba en sus películas y que tampoco besaba a la protagonista de turno, que en este caso  era Brigitte Bardot. Ante las  miradas interrogantes de Monique y del director, accedí sin dudarlo. «Le jeu en vaut la chandelle», sí, merece  la pena  — me dije—, una oportunidad como esta no se presenta todos los días. Y aquella experiencia me atraía, tanto como  los bellos ojos de la francesa.  

     Así fue como Monique y yo nos conocimos, no lejos del Barrio de Pescadería,  origen de la que fuera en su día ciudad califal de Almería, convertida por aquellas fechas en el plató de filmación del “Bulevar del ron”, una película  que me facilitó un pasaje para viajar en el tiempo hasta Jamaica.  De la noche a la mañana,  me vi envuelto  en el ambiente bullicioso de un Kingston ficticio, rodeado de focos, cámaras, jirafas de sonido,  actores y figurantes,  con el megáfono dando órdenes de ‘¡silencio, se rueda!’, al ritmo de claquetas y  de voces de ‘¡acción!’ Monique resultó ser la ayudante del director. Desde el primer momento empezó a llamarme ‘Lino’, como el actor, y cuando le pregunté por qué no me llamaba por mi nombre me contestó que era el diminutivo de Paulino, su abuelo materno.

    Volviendo a la velada en el bar Manzanilla, la rubia francesa y yo aprovechamos un descanso del pianista para sentarnos a una mesa que se había quedado libre  tras la marcha de varios miembros del equipo de cine. Intuí que iba a ser el momento de que me desvelara  aquella información ‘interesante’.

    —Tú sabes que la película que estamos rodando trata sobre la Ley Seca y el contrabando de alcohol, pero quizás  ignoras que hubo varios  bares-casinos flotantes a lo largo de las costas americanas,  en el límite de las  tres millas de aguas territoriales para evitar violar la ley. Cuentan que hubo hasta diez entre 1920 y 1930.

    Solo me voy a referir a uno de ellos, el ‘SS MonteCarlo’, que se situó  entre las Islas Coronado y Coronado, ciudad y balneario del condado de San Diego, California. Procedía del litoral de  Long Island, en el estado de Nueva York.  Con sus 90 metros era tan largo como un campo de fútbol.  Había sido construido a base de hormigón y  barras de  acero con el nombre de ‘SS Mekittrick’, como buque cisterna para  la ‘Navy’, pero la Primera Guerra Mundial  terminó antes de que fuera acabado. De petrolero se convirtió en casino flotante, o mejor dicho, pasó a ser una especie de  isla artificial dedicada al juego, al alcohol y a la prostitución, que  funcionaba las 24 horas del día. Destacaba  a lo lejos por su larga chimenea de popa. Hizo su gran debut en mayo de 1932, anticipándose a los Juegos Olímpicos  de Los Angeles de aquel mismo año. Unos  ‘taxis acuáticos’ transportaban gratuitamente  los clientes desde la costa. Su eslogan publicitario, ‘dados, bebidas y muñequitas’, atraía  mucha gente, sobre todo de la clase media, pero también a famosos; dicen que entre los visitantes figuraron   Clark Gable y  Mae West. Se jugaba a la ruleta, al póker, al ‘blackjack’, a la lotería china y al ‘chuck-a-luck’. Por esa razón los evangelistas lo llamaron “el barco del pecado”.

    —¿Quiénes eran los propietarios? —pregunté.

    —No se sabe, aunque todo apunta a la mafia.

  • Si me estás contando todo esto es porque hubo algo más…

    —Efectivamente. El 1de noviembre de 1936, el casino flotante ofreció una gala  para  clausurar  la temporada estival. Lo que nadie imaginaba es que sería un cierre definitivo.

    —¿Qué pasó?

    — Ocurrió que, el 31 de diciembre de ese año, una fuerte tormenta, con olas superiores a cuatro metros, hizo que el barco perdiera su anclaje y encallara en la playa de Coronado. Para los evangelistas fue un castigo divino por tanta depravación. Nadie reclamó.

    Yo estaba sobre ascuas, solo tenía oídos para lo que me estaba contando Monique,  y a ella  le brillaban los ojos. Prosiguió:

    —Creo que los dos vigilantes  del barco se salvaron. Los que no pudieron ser rescatados fueron los 100.000  o 150.000 dólares  en monedas de plata que, según dice la leyenda, siguen a bordo. Tú me dijiste que habías hecho submarinismo en tu juventud, y yo conozco una empresa de Marsella que estaría dispuesta a prospectar en la zona del hundimiento. Son amigos míos, únicamente nos cobrarían los gastos de desplazamiento y de material. Si se encontrara el tesoro les tocaría un tanto por ciento. Creo que con el dinero que hemos ganado en este trabajo podríamos intentarlo. Total, como decís en España: «Más se perdió en Cuba».

     —No sé, no sé, de verdad; me parece arriesgado. ¿Qué ocurrirá si no hallamos  nada? No contestes, te lo voy a decir: habremos desperdiciado nuestro dinero.

     —No estoy de acuerdo —contestó Monique  entrecerrando los ojos como una gata—  habremos disfrutado juntos de un precioso viaje a California.

     —Visto así, merece la pena…

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