La firma del pintor. Autor: Mª Luisa Sánchez de la Torre

Un viaje al pasado

Estaba sentada delante del ordenador, cuando recibí un correo electrónico de una galería de arte. En él me informaban que vendían obra original de varios pintores, desde 100 euros. En la pantalla aparecieron dibujos y acuarelas que me gustaron mucho; unos trazos más intensos que otros, con ligeras aguadas de color. Los temas eran variados: iglesias, árboles, casas, ríos, puentes; en el borde inferior derecho, aparecían dos iniciales: A.H. ¿Cómo se llamaría el o la artista? Quizás Antonio o Ángela y el apellido Hernández o  Huete…

Acudí a la galería con la intención de adquirir algunas acuarelas. Al entrar, me dirigí a una joven rubia, muy risueña, que estaba casi oculta detrás de una mesa cubierta de objetos variados: un ordenador, una impresora, teléfonos, revistas, carpetas, libros. Apoyados en la pared, había lienzos de gran tamaño, apenas cubiertos con papel marrón. Cuando le conté el objetivo de mi visita, se incorporó rápidamente. Iría a buscar los dibujos a la planta baja.

A los pocos minutos, volvió con una carpeta azul; tras revisarlas detenidamente, escogí cinco acuarelas de pequeño formato. A continuación, le entregué la tarjeta de crédito; era una buena compra. Le pregunté por la identidad del pintor. La expresión de su rostro cambió y se tornó seria y ausente. En seguida volvió a recobrar su sonrisa y me contó que el artista había vivido en una casa con jardín, en la calle López de Hoyos, aquí en Madrid. Estuvo trabajando hasta que murió, casi centenario. Un amigo había traído los dibujos para su venta y les dijo que si estaban interesados, traería más, pues necesitaba el dinero. El anciano no quiso revelar el significado de las iniciales.

No sé si es una virtud o un defecto, pero soy bastante curiosa. Pensé que las palabras de la vendedora, encerraban algún misterio. Investigaría por mi cuenta.

Un sábado por la mañana, me dirigí en Metro, hasta el lugar donde había vivido el protagonista de este relato.

Paseaba disfrutando del sol, cuando llegué a una zona solitaria, donde se alineaban casas de dos alturas. Me llamó la atención una que parecía abandonada. La fachada estaba casi oculta por grandes árboles, que no habían sido podados desde hacía mucho tiempo; sus ramas, leñosas y resecas, sin rastro de hojas, se extendían en todas las direcciones. Las únicas señales de vida eran los agudos pitidos que emitían varios mirlos, desde las ramas más altas, a los que se unía el guirigay de los gorriones. Numerosas plantas silvestres emergían de las juntas de los ladrillos y baldosas,  tanto del suelo como de la fachada.

Las ventanas estaban protegidas por gruesos barrotes, completamente cubiertos de óxido. Detrás de ellos, se veían las persianas en diferentes posiciones: subidas, a media altura o bajadas. Parecían formar parte de un cuadro cubista. Y los cristales acumulaban tanta suciedad, que eran opacos. Toda la vivienda estaba rodeada de una verja de hierro, que todavía conservaba algún resto de pintura negra y que terminaba en puntas muy afiladas.

A H, A H, la H ligeramente inclinada. Ambas letras presentaban un color verdoso, por el musgo que crecía sobre ellas; se encontraban adheridas a la pared, encima de la puerta principal. ¡Por fin había encontrado la casa que buscaba!

A estas alturas de la narración, creo que debo contaros que yo también soy pintora y aspiro a tener en un futuro, espero que no muy lejano, un lugar donde poder trabajar, sin que nada me distraiga.

Al bajar la vista de las letras, me sorprendió oír una leve tos, pues creía que estaba sola. Al volver la cabeza, vi a un anciano apoyado en su bastón que me observaba desde la acera de enfrente. Me dirigí hacia él y le conté la historia, abreviada, de las acuarelas que había comprado en la galería. Al preguntarle si había conocido al pintor, cuyas iniciales se veían en la fachada, sus ojos grises se clavaron en mí. Al cabo de unos segundos, y con ligero acento extranjero, comenzó a hablar:

– Creo que su interés es sincero y por primera vez, voy a contar lo que yo sé de la persona que vivía ahí.

Lentamente, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, y sacó una fotografía en blanco y negro, muy deteriorada. El rostro que mostraba, de un hombre maduro, me resultó familiar.

Cuando el anciano volvió a hablar, el tono de su voz era diferente, mucho más grave. Me contó que el pintor y él, habían nacido en un pequeño pueblo de Austria, cerca de la frontera con Alemania. Desde la infancia, cuando asistían a la escuela primaria, su amigo había tenido muy claro lo que deseaba ser cuando fuera mayor. Llenaba de dibujos los márgenes de las hojas de los libros, como si una fuerza extraña impulsara a la punta de grafito, a trazar garabatos sin parar; a veces, el papel se rasgaba. Un día, le dijo al padre que quería ser un gran artista y no un vulgar funcionario; aquel se enfadó tanto, que le rompió todos los dibujos. Estuvo a punto de huir de su casa para no volver jamás.

Pasados unos años, el padre falleció ¡Ahora podría dedicarse en cuerpo y alma al Arte! Era lo único que le interesaba. Salía cada mañana de su casa, con la intención de dibujar todo lo que encontrara en su camino. Para él, ser artista era igualarse a Dios o a un mago: el lápiz, el pincel eran su varita mágica. Tenía el poder de convertir cualquier cosa, por vulgar que fuera, en algo maravilloso.

Años después, la madre también murió. Ya nada le retenía en el pueblo. Ahora podría trasladarse a la gran ciudad y cumplir su sueño: entrar en la escuela de Bellas Artes. Se presentó al examen de ingreso:

– Lo siento. No ha aprobado el examen. Aquí queremos dibujos de  cabezas, manos, pies, etc. Sus bocetos son más indicados para la escuela de Arquitectura.

No lo entendía. Como se podían comparar los grandes monumentos, que perdurarían durante siglos, con el cuerpo humano, que tenía una existencia efímera. No se rendiría. Volvería a intentarlo.

Y suspendió de nuevo.

El anciano interrumpió su relato y tuve la impresión de que sus ojos contemplaban algo o a alguien que era invisible para mí. Se despidió:

– Espero que su curiosidad haya sido satisfecha.

Entonces reparé en un Mercedes negro, que se encontraba aparcado al final de la calle. Me dirigí hacia la estación de Metro. Al volver la cabeza, el anciano y el vehículo habían desaparecido.

A raíz de este encuentro, se desencadenaron una serie de sucesos que me resultaron extraños.

Algunas mañanas, camino del trabajo, veía un coche igual al anterior, aparcado junto al semáforo que tenía que cruzar. El conductor permanecía inmóvil dentro del mismo.

Más tarde, salía a desayunar a una cafetería cercana; atravesaba un pequeño parque, donde merodeaban gatos de diferente pelaje y color. De pronto, un vehículo de la misma marca y color, se deslizaba lentamente por detrás de los árboles…

Al salir del trabajo y llegar a casa, frente al portal, se repetía la misma escena. Tras el volante del Mercedes, una camisa, una corbata, pero el rostro permanecía  invisible para mí. Unos minutos más tarde, al mirar entre las lamas de la persiana a la calle, ni rastro de él.

Y si me sentaba delante del caballete, dispuesta a trabajar, no podía concentrarme; por mi mente pasaban, a gran velocidad, imágenes en blanco y negro. Un tema se repetía: desfiles con miles de individuos uniformados y banderas movidas por el viento.

Por las noches, no conseguía dormir o me despertaba inquieta. Oía fragmentos de conversaciones lejanas, que no entendía; o sentía una presencia extraña en la oscuridad de la habitación. Tenía tanto miedo que permanecía inmóvil, en posición fetal, con los ojos cerrados.

No podía continuar así. El temor a lo desconocido era más fuerte que mi curiosidad. Ponía punto final al tema del pintor.

Y volvió la tranquilidad a mi vida. Las mañanas, ocupadas con mi  trabajo monótono de funcionaria y las tardes, dibujando y pintando. Las imágenes que  me habían inquietado desaparecieron.

Los dibujos que compré en la galería, colgaban de las paredes del salón. Me gustaba contemplar esos paisajes idílicos: montañas, iglesias, bosques, puentes de piedra; en tonos malvas, verdes, azules, rosas… Me transmitían paz, como si yo formara parte de ellos.

Una mañana, me encontraba en la cafetería desayunando y hojeaba al mismo tiempo, el suplemento cultural de un periódico. Me fijé en la foto de una acuarela que se subastaba; abajo a la derecha… ¡la misma firma de mis acuarelas, A.H.! Al leer el pie de foto, mi sorpresa fue tan grande, que durante unos minutos no reaccioné. La taza de café que sostenía en mi mano derecha, cayó sobre la mesa con gran estrépito.

En esas líneas, el periodista explicaba que las letras A. H. eran las iniciales del nombre de uno de los protagonistas de la Segunda Guerra Mundial. Según los libros de historia, al finalizar la contienda y habiendo perdido ésta, se suicidó; y sus cenizas fueron enterradas en Berlín.

Pero yo sé ahora, que no ocurrió así. Estoy segura de que dicho personaje y el pintor de mi relato, son la misma persona.

Antes de que las tropas rusas llegaran a Berlín, pudo transformar su aspecto para no ser reconocido: sin bigote, con sombrero… Un pasaporte con una identidad nueva, por ejemplo Alfred Hermann. En un pequeño aeropuerto le podía estar esperando una avioneta, que despegaría rumbo a otro país. Allí comenzaría una nueva vida.

Ahora, cuando contemplo los paisajes firmados por él, me parecen extraños e inquietantes. Sobre ellos, se superponen imágenes de los desfiles, las banderas, el hombre de la fotografía…

 

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