El secreto. Autor: Mercedes Bagó Pérez

Tenía cuatro años, cuando vi un carrito azul de pedales  en  el estante más alto del garaje, pedí que lo bajaran, porque quería jugar con él.  Si era la única niña en la casa y aquello era un juguete, debía ser mío, pero nadie mostró interés en complacerme, solo trataron de desviar mi atención hacia otros juguetes. A los pocos días, mis padres creyeron que lo había olvidado, pero volví al garaje y no estaba, ese hecho se convirtió en la primera confusión entre lo que es real y lo que es imaginario.  Papá y mamá seguro pensaron que eso no me afectaría, porque es normal que los niños imaginen cosas, afirmaron: «ya se le olvidará».  Para ayudar en el proceso del olvido mi padre me regaló mi primer velocípedo.  «Hay que distraer la niña con algo que le llame la atención, además, tiene pedales, ¿cuál será la diferencia para ella?» aseguró mi madre.  En varias ocasiones más pregunté por  el carrito azul y mamá me traía una muñeca de Holguín,  de las que cierran los ojos azules al acostarse y las que al apretarla, les suena un pito que tenían en la espalda, otro día me traía  un jueguito de tacitas, platitos con cubiertos y vasos.  Papá  me regalaba la pelota, el trompo, la pistola de misto fulminante, el carrito que le prendían las luces, le sonaba la bocina y se manejaba con un aditamento remoto conectado a un cable.  Jugaba con todos, sin percatarme de que mamá y papá competían para lograr mi atención.

Nunca entendí que mis juguetes fueran “híbridos”.  Nombre con el que una prima los bautizó.  Le pregunté a mamá: «¿Qué significa “híbridos”?» Contestó molesta: «Una tontería que se le ocurre a una envidiosa, que nunca tuvo tantos juguetes como tú», pero mamá regañó a mi padre por traerme juguetes “para varones” y le pidió, que de ahora en adelante, trajera juguetes “para niñas”.  Llegué a tener cinco muñecas ciegas o tuertas y cuatro de ellas sin pito en la espalda.  Al investigar como aquellas chicas cerraban los ojos, se reveló que el secreta estaba en una pesita entre ambos ojos.    Ahora tenía que encontrar cómo funcionaba el pito de la espalda, así que hice mi primera cirugía, la segunda y así con todas, extraje todos los pitos de las espaldas de las muñecas.  Descubrí que el pito funcionaba con aire, así que al soplarlo el aire hacia que sonaran, con la práctica aprendí que los pájaros del campo respondían al pito, ahora era que la cosa se ponía divertida, hasta que mamá recogió todos los pitos.  Su argumento era que los pitos eran metálicos y podía tragármelos, quizás se me insertarían en el intestino o en el estómago y tendría una hemorragia interna.  Esos presagios negativos por parte de mi madre eran limitantes y frustrantes para mí.  ¿Por qué mamá siempre pensaba que me iban a ocurrir cosas terribles que podían causarme la muerte?  Pregunta que fue contestada varios años después, cuando conocí el secreto largamente guardado de mi familia.

En los momentos de casi un mortal aburrimiento recurría a las tazas del juego de café y los platos, pero estos terminaban llenos de piedras y fango mientras imitaba servir una suculenta comida, que para nada era comestible, lo sabía muy bien, porque tuve la osadía de probarla.  Por supuesto, en esos momentos de incontenible necesidad de saber más, averigüé cómo funcionaba el trompo, el carrito y la pistola de misto.  Al fin y al cabo el más extraordinario de todos los descubrimientos resultó ser, que los juguetes de los niños son más interesantes que los de las niñas.  Por eso mi obsesión con el carrito azul de pedales.   Cuando papá comenzó a traerme muñecas de diferentes tamaños, se llenó mi cama con todas ellas, vestidas con trajes de vuelos, con muchas flores y colores.  Nunca más jugué con ellas, para qué, ya sabía por qué cerraban los ojos azules y cómo funcionaban los pitos de sus espaldas.  En una de esas tardes de siesta de mamá, encontré una cajita escondida entre las costuras, ahí estaban todos los pitos de las muñecas.  

A finales de 1958 seguía corriendo en mi velocípedo y de vez en cuando preguntaba por el carrito azul de pedales.  ¿Dónde estaba?  ¿De quién era?  ¿Por qué no pude usarlo?  También, tras bambalinas conocidos y familiares hablaban de la existencia de un niño llamado Pepín.  Tubo que pasar mucho tiempo para comprender que había una relación entre el carrito azul y ese niño.   Ese chico travieso llamado Pepín me llevaba dos años.  Todos hablaban de él, menos en casa, una sola vez pregunté y las miradas fueron fulminantes, con negativas de su existencia en tono de regaño.  Mi hermana privadamente me dijo:

—Ese nombre no se menciona, está prohibido.  

—¿Por qué? —pregunté intrigada—.

—Cuando crezcas lo sabrás todo.  Es por la salud de mamá, si no quieres que se muera no puedes hablar de eso, nunca.

Los vecinos, familiares en casa de mi abuela materna y ciertas amistades hablaban de Pepín en mi presencia y fui atando cabos, hasta que una amiga de la familia me preguntó si realmente no me acordaba de Pepín.  Le aseguré que nunca lo conocí.

—Lo conociste, eras muy chiquita cuando eso, será por eso que no lo recuerdas.   ¿Quieres que te cuente sobre él?

No me atreví a contestar, pero mi corazón de niña curiosa, se derramó en mi mirada inquisitiva. Mi amiga, unos 5 años mayor, estaba resuelta a contarme todo el secreto familiar y satisfacer mi curiosidad.

—Era un niño lo que se dice bonito, rubio, ojos café, sonrisa hermosa y gran simpatía.

Me contó que Joseíto el hermano de papá, rayaba en la locura al verlo, se comportaba como si fuera propio, quizás por no tener hijos varones.  Tanto los abuelos como los tíos estaban embrujados con Pepín.  Papá lo paseaba en su moto negra, luciendo su vástago y presumiendo su tesoro de varón.    Tenía 11 años cuando escuché esta historia y para ser sincera no entendía las dimensiones que representaba lo que mi amiga me decía.  Pensaba: «¿Por qué el secreto, el miedo, el silencio?  ¿Dónde estaba Pepín?».

Fueron varias sesiones de plática, unas veces comiendo guayabas u otras frutas, algunas veces mientras caminábamos por el campo, en las tardes.  Mi amiga tejía aquella historia y desenrollaba un pasado triste para todos, especialmente para mamá.  Entonces entendí, “el carrito azul de padales” era de Pepín.  

Como parte de esta historia mi amiga me contó detalles de la construcción de mi casa que tuvo relación con la muerte de mi hermano.  En los años cincuenta, las casas eran de madera y se acostumbraba usar unas planchas de madera prensada como revestimiento de las paredes internas, para darle mayor belleza al interior.  Pepín le dio por sacar pedazos de esa madera prensada de las paredes y se las comía.  Al cabo de un tiempo el niño tuvo una obstrucción intestinal.  Las razones médicas, en ese momento no las entendí, pero hubo que operar el niño y le cortaron parte del intestino.  Al regreso de esa intervención quirúrgica todo parecía estar bien, pero tuvo otra obstrucción y esta segunda vez no sobrevivió, muriendo de infección severa a los pocos días en un Hospital de Holguín.  Corría 1954, estábamos bajo la dictadura Batistiana con sus manoseados arreglos electorales, mientras la Revolución Cubana se gestaba en la conciencia colectiva.  La efervescencia estaba presente en toda actividad y traer el cadáver a los Moscones, resultaría en un papeleo incomodísimo y todos se encontraban desechos de tanto dolor e impotencia.  Joseíto, hermano de papá, decidió sacar al niño del hospital en brazos, como si este estuviera dormido, lo vistió, lo cubrió con una frazada y salió del hospital hacia donde estaba su Ford del los cuarenta y lo acostó en el asiento trasero.  Con fortaleza y determinación controló su propio llanto sin que se notara nada.  Al llegar a casa después de recorrer unos 40 kilómetros, lo colocó en la cama y lloró sobre su cuerpecito yerto e inmóvil.  Mis padres regresaron después junto a otros familiares que estaban con ellos en el hospital.  Mi hermano, José Benito, al que todos llamaban Pepín, tenía escasamente 4 años cuando murió; fue velado en casa, al igual que posteriormente lo fue mi abuela paterna.

Según me contó mi amiga, mamá calló en un letargo indescriptible tras aquella terrible pérdida, tenía intervalos alternos de profundo silencio y gritos, acompañados de una mirada perdida.  Posterior al sepelio del niño, mi madre se abandonó de sí misma, perdió el interés en todo lo que antes la desvivía.  Descuidó su higiene personal y volvieron los letargos con intervalos de gritos y silencios.  Se sentía culpable por la pérdida de su hijo, porque según algunas personas decían, los sucesos ocurridos fueron por descuido, por no haber estado pendiente a un niño tan travieso como lo fue Pepín.  

Mi abuela materna se quedó con ella en casa para atenderla, asegurando que en poco tiempo la sacaría de la profunda tristeza.  Abuela Pancha estaba muy segura de sus métodos.  Mi hermana se fue a casa de nuestra abuela materna, a estar con unas tías y me llevó con ella.  Norma con casi 18 años se convirtió en mi madre por casi dos, ella también lloraba a escondida la pérdida de su único hermano.  Papá estuvo deshecho llorando y fumando su pena en cigarros Partagás, hasta que una mañana decidió que la vida continuaba, porque tenía dos hijas y una esposa destrozada, a las que no podía abandonar.  Abuela Pancha, pacientemente atendió a mamá, tomándole la recuperación mucho más del tiempo predicho.  Papá y Joseíto mi tío, desnudaron las paredes interiores de la casa de toda la madera prensada que la revestía en su interior.  

—Quizás no se ve tan elegante, pero será más segura para cuando regrese la niña — afirmó mi padre, refiriéndose a mí.

El día de las madres de 1956, mi hermana y yo fuimos a ver a mamá a casa, corrí hasta ella, se encontraba sentada en uno de los balances del portal, con su pelo ondeado sujeto tras la oreja, dejando ver sus pequeños aretes, estaba bañadita y perfumada, me extendió los brazos sonriendo.  Parecía que la habíamos recuperado.  Abuela le explicó a mi hermana que no debíamos hablar de Pepín, al menos por un tiempo prudente.  Nuevamente el tiempo prudente se extendió, nunca en casa se mencionó a mi hermano, así convirtieron su existencia en un secreto.

Mi madre se convirtió en mi guardia de protección, para ella cualquier cosa representaba un peligro para mi vida.   A finales del año 1964, para mi cumpleaños número 12 papá fue a mi rescate regalándome una bicicleta checa color verde esmeralda.  La había visto en Mir días antes, le conté a papá que aquella bici era lo más extraordinario que había visto, mamá descartó la idea por ser algo muy peligroso.  Una tarde para mi sorpresa mi padre vino desde Mir montado en ella, no podía creer lo que veía, corrí a recibirlo, me senté en el sillín y con un leve empujoncito salí como si hubiese nacido sobre aquella bicicleta.  Creía que papá seguía tras de mi sosteniéndome sobre aquellas dos ruedas y cuando miré hacia atrás papá estaba distante de mí, la sensación de libertad que producía el aire en mi rostro, peinando mi pelo hacia atrás, era nuevo para mí y una de las cosas más maravillosa que había vivido hasta entonces.  Había crecido lo suficiente como para cambiar el velocípedo por una bicicleta, la seguridad de tres ruedas por la aventura de dos, donde misteriosamente me sostenía sin caerme.  Mi padre luchó con mi madre y ésta accedió a que paseara todas las tardes mientras ella sentada en el portal me seguía con la vista de un extremo al otro del camino real.  Era un trecho largo comparado con el portal de mi casa y lo recorría de 10 a 15 veces cada tarde, pedaleando, sentada, parada, sin manos, sin piernas y cuanta monería me era posible inventar, mientras mi madre se desesperaba mirándome desde el portal, sufriendo con su enorme secreto latiendo presuroso en su corazón.

Cuando mi padre decidió llevarme al cementerio para mostrarme la tumba de José Benito, ya estábamos en 1965,  yo tenía 12 años, el sol estaba coronado de poder ese día y la sombra del flamboyán a la entrada del cementerio era  una paradoja de alegría.  Papá debelaría esa tarde ante mí, aquel secreto familiar.

—Tengo algo que enseñarte y además, una historia que contarte.  Porque estoy seguro que tú volverás a esta tierra algún día y deseo que vuelvas aquí, para que coloques flores sobre…

—No me interesa ver nada. —interrumpí—.  Sé esa historia y no porque ustedes me la contaran.   Además si nos vamos, no voy a regresar sola —no era mi intención ser descortés, pero realmente el secreto y el afán de ocultar la historia de Pepín, me llegó a resultar incómoda a medida que crecía y maduraba.

Mi padre se refería al regreso a Cuba después de nuestro futuro exilio.  Exilio que producía sentimientos encontrados en mi interior, los cuales siempre guardé, porque yo también tenía derecho a mi propio secreto.

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