El Conde de Benalprado y la condesa de los fósforos. Autor: Miguel Angel Prada Muñoz

El Conde de Benalprado y la Condesa de los fósforos

Él, un hombre ya entrado en muchos años con la sien plateada y la piel tan rosada como la de un cerdo yorkshire; ella

una mujer de edad indescifrable bien mantenida, con lujo y estilo, como sacados de una revista pret a porter parisina.

Él, el más fiel exponente del colonialismo español, con más de 3 apellidos en su nombre y la altivez y prepotencia

propias de un conquistador de la corona Española en tiempos de la reina Isabel, la Católica; Ella no se quedaba atrás, no

habían tantos apellidos en su nombre, pero si pesetas en su linaje (aún los euros eran algo exótico en la España de

aquella época), mujer de sólo, las palabras necesarias, amabilidad, sólo la debida, siempre en su sitio casi sin hacer

ruido, como un fantasma de categoría.

El Conde era socio capitalista de una contratista petrolera que operaba principalmente en América, podríamos decir que

era fiel a su tradición colonizadora, antes explotaron oro e indígenas, ahora explotaban recursos naturales y los

indígenas seguían siendo sus víctimas. No podría decir si el gordo Conde habría forjado con su pulso aquella empresa;

por su carácter autoindulgente y caprichoso, diría que no, que sólo estaba allí por la fortuna de la vida que lo puso en su

cuna de oro. La Condesa en cambio, también disfrutaba del azar del destino que la ubicó en medio de una familia

adinerada, pero al contrario de nuestro gracioso noble, ella había sabido administrar sus dones y dotes, forjándose una

vida de bienes y lujos, escalando socialmente, gracias a la venta e industrialización de un producto inesperado, “los

fósforos”, (si, de esos de la cajita para encender la estufa). Esta era la singular pareja que tenía parada frente a mí

esperándome en la estación de tren de Ciudad Real y para quienes iba a trabajar durante un tiempo indefinido, que al

final resultó siendo, muy corto, el más corto de todos los que trabajé como inmigrante.

La rutina era más bien simple, pero intensa, no representaba ningún reto mental, limpiar pisos, tender camas, lavar

carros, limpiar muebles, sacarle brillo a platería u adornos, y atender los requerimientos diarios de los “señores” de la

casa; el problema era que dicha casa era tan grande como dos cuadras haciendo esquina. Ese era mi lugar de trabajo;

uno que nunca pensé iba a tener que desarrollar en mi vida, pero que ya puestos en gastos había que asumir

estoicamente para poder permanecer agarrado a la tarjetica rosada de la residencia en España. No hay drama “sólo

haces lo que haya que hacer. El día a día era otra cosa; un viejo gordo envuelto en bata, que muy temprano estaba

sentado en el comedor de confianza de la cocina esperando por su café, no sabías si estaba malhumorado, pues su tono

de voz era siempre el mismo, apuntalando bien las sílabas de cada palabra y con un volumen más alto de lo normal, pero

arrastrándolas por la garganta (carraspeándolas), lo que les daba una aire de reclamo, o de demanda, pero no de

solicitud, sino de imposición; en otras palabras: ”el tono de un comemierda!”. Pareciera que Él sabía, que nosotros (los

sirvientes!), a esa hora 5.30 am aún no funcionábamos a plena máquina, gracias al corto periodo de sueño, 4 a 5 horas

que habíamos podido conciliar, debido a que el conde decidía irse a la cama muy tarde en la madrugada, obligándonos a

esperar por cualquier llamado. Pero tal vez lo peor de todo, lo que no pude tragarme durante mi estancia en esa

residencia, era esto que parecía más bien el acto de una comedia; resulta que el conde tenía como ritual, quedarse

desnudo en la noche, sentado al pie de una copa de vino y un libro; ese era el momento de metamorfosis inverso como

en el cuento de cenicienta, donde la niña humilde se convertía en princesa, en este caso nuestro Noble se transformaba

en el cerdo gordo, del que les hablé al principio; (otra de las razones por la que tampoco podíamos conciliar el sueño, el

repaso de las odiosas imágenes de ese gordo empeloto eran toda una pesadilla…).

Mientras que el conde nos amargaba en la cocina, El desayuno de la condesa de los fósforos, era otra cosa; una mesa

con manteles y cubiertos, repleta de frutas panes, quesos y cereales, además de jamones y embutidos; bueno, los

embutidos aquel primer día empezaban a ser proscritos pues el conde había sido puesto a dieta, ya que su panza

describía una muy grande circunferencia, y al lado de la lineal condesa, definitivamente se veían muy dispares. La

condesa, si al caso tocaba el café, dos tostadas y rápidamente se calaba sus gafas y abrigo para salir a la calle.

La dieta del conde era algo curioso, el hombre frente a su mujer, se mataba de hambre siguiendo las estrictas reglas

sobre menú, porciones y cantidades, pero una vez se liberaba del incómodo momento juntos del desayuno, el conde se

pasaba el día, repetidas ocasiones, incursionando clandestinamente a la cocina en busca del chorizo y los jamones, para

comer rápidamente 2 o 3 bocados y compartir otros tantos con sus inseparables amigos, los 7 perros de caza Terrier que

mantenían por toda la casa y que él amaba incondicionalmente. Este cuento no va a ser largo, será tan corto como para

hacerle honor al corto tiempo que dure allí trabajando, no me detendré en comentar como el Conde tenía unos grandes

cuernos proporcionados por un fornido Cubano que cada tercer día, venía a darle masajes energéticos – relajantes a la

condesa de los fósforos (no sabría si el sexo era energético o más bien la parte relajante), tampoco contaré cómo el

conde además de comer en exceso, bebía jerez y vino como cosaco, y tampoco hablaré sobre cómo se regodeaba

hablando y contándole a sus amigos, de que tenía comprado a un montón de servidores públicos corruptos en América

Latina, donde su empresa de exploración petrolera operaba. No, de eso, ya no hablaré más, me concentraré en la razón

por la cual salí, “cagando leches” de allí (cagando leches quiere decir rápidamente): Un día, no recuerdo que día era, uno

malo de eso estoy seguro (no tuve días buenos allí), el ilustre conde panzón llegaba a su casa después de una jornada de

caza de jabalíes (tal vez era domingo), el caso es que Yo estaba parado en la puerta atento a cualquier detalle, por el que

me pudieran necesitar, y he aquí que efectivamente surgió uno; el Gordo trastabilló levemente al subir la escalera para

entrar a su casa, (eran apenas 3 pasos amplios un poco altos, pero lisos) y en ese momento, Yo, solícito como siempre,

alargué mi brazo para sostener el suyo, algo que seguramente cualquiera de nosotros haría sin siquiera pensarlo, para

asistir a una persona que pueda estar en peligro de resbalar o caer; Casi me caigo en ese instante de la mirada

fulminante que el Conde me dio, y una mueca de desagrado que acompañaba con su cara, entonces con su voz de

“come mierda”, me dice, “no me toque!”, no hubo un insulto, ni más palabras o regaños, sólo NO ME TOQUE, creo que

el madrazo existió pero tuvo que haber sido pronunciado tácitamente.

NO ME TOQUE!, me quedé quieto, aún tenía mi mano en su brazo, mi mano crispada, como si quisiera que ese brazo ya

no fuera parte de mí, me sentí absurdamente vulnerado, no sé, rechazado!, y tarde unos 2 segundos en reaccionar (una

eternidad), por lo que sentí como el hombre retiraba airadamente su brazo. Me quedé allí parado al lado de la escalera,

como un perro regañado, y miraba hacia la nada, muy adentro de mí, me preguntaba, que carajos estaba haciendo allí,

me cuestionaba seriamente, si valía la pena, apostar mi dignidad, por la puta tarjetica rosada de residencia; en fin, allí de

pie fue toda una revelación, y sin mediar palabra calladamente me dirigí a mi habitación, empaque mis posesiones (que

apenas llenaban un morral), dejé el uniforme que me habían dado pulcramente doblado en la cama y salí a la puerta

principal. Era algo incómoda la situación, decir “me voy no trabajo más”, “páguenme por estos 4 o 5 días que trabajé o

mejor no solicitar ningún pago”, etc. Todas esas ideas rondaban por mi cabeza mientras caminaba la cuadra de distancia

entre mi habitación y la puerta principal, hasta que al fin llegué; allí estaba parado el gordo, como si supiera lo que iba a

pasar, me quedé mirándole y le dije señor me voy no trabajo más, todas las razones que pretendía dar, las excusas que

pensaba inventar, se quedaron sin fondo, cuando el viejo, me dice “Yo sabía que usted no servía para este trabajo”, no

sé si fue un halago o más bien tomarlo como un fracaso, lo que si me quedó claro, es que no negociaría mi dignidad y

mis valores, rebajándome; no, a servir, porque ese es un trabajo formal e importante como cualquier otro, pero si a

tolerar que otros me menospreciarán sólo por un salario. Bueno; y debo corregir que si hubo momentos buenos, este

fue el momento bueno, vivimos para los finales y los nuevos comienzos, y ese era un nuevo comienzo para mí, me sentí

liberado y feliz conmigo mismo, aunque por poco tiempo, la realidad siempre se te viene encima, cuando te das cuenta

que hay otros días para sobrevivir y tienes que empezar de nuevo.

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