Cuentos desde el sur, Autor: Pau Llambies Balle

Al verme, desde el otro lado de la calle, el señor Gege me saluda con el brazo y me hace señas para que le espere, mientras busca un hueco entre el incesante torrente de tráfico para cruzar. Lleva el periódico bajo el brazo y, al verme con la cámara en el hombro, viene a preguntarme donde he tomado la última fotografía.

El primer día que le vimos no eran aún las ocho de la mañana y andaba dando tumbos. Apestaba a licor, iba desharrapado y llevaba ya el diario bajo el brazo izquierdo. Entonces no llevábamos ni una semana en la India y le dimos largas, mientras él preguntaba de donde veníamos e insistía en ponernos al tanto de las noticias futbolísticas de nuestro país. Desde entonces, muchas mañanas nos cruzamos, mientras él se dirige hacia el puesto callejero donde muchos se aglutinan para tomar un chai, y yo aprovecho las primeras horas para dar un paseo, antes de que el calor empiece a ser insoportable.  

Las flores que cubren las aceras solamente duran dos meses, me comenta. Luego subirá más el calor y vendrá el monzón, que no se irá hasta comienzos de septiembre. También me enseña fotos en el periódico de la celebración del Holi, que tuvo lugar ayer en Bangalore, y del que aquí, en la ciudad, apenas quedan unos tímidos rastros de color sobre el asfalto. Me habla además del elefante que murió en el zoológico de Mysore, que según creo entender padecía de un problema grave en la rodilla. Como hoy es lunes, Gege aprovecha para enseñarme los resultados del Barça y del Madrid y, al responderle sobre mi equipo preferido, asiente con la misma sonrisa que intuyo que me regalaría si mi respuesta fuera la contraria.      

De vez en cuando me pregunta si ya he desayunado y, al responder que sí, se interesa por saber qué he comido exactamente. Una curiosidad que, al menos en el sur, es muy habitual y se expresa siempre muy cortésmente, incluso en los sitios más inesperados. Entonces me sonríe y me invita a tomar un chai en el chiringuito donde acude él todas las mañanas.

***

Al hundir los dedos en el arroz para mezclarlo con el curry, me invade un ancestral sentimiento de culpa. Como si en el mismo instante en que mi mano derecha rozara la comida fuera a escuchar la voz de mi madre diciendo que no se juega con la comida.

Se hace extraño para mí comer con las manos, pero con el tiempo se convertirá en una agradable costumbre. Al tocar la comida directamente, sin intermediarios, puedo sentir la textura y la temperatura antes de introducirla en la boca, algo muy obvio de lo que no me había percatado hasta el momento. Así, puedo saber si lo que voy a comer está demasiado caliente y debo esperar, o desvelar previamente el tacto de los alimentos para evitar malentendidos. El picante, sin embargo, será siempre la sorpresa de cada plato.

Paso más de la mitad del tiempo observando a la gente comer y me dejo fascinar por el hecho de que todos repiten exactamente los mismos gestos con la mano, manteniendo una posición concreta del cuerpo y masticando enérgicamente los alimentos. Así que, tratando de imitar a los comensales de mi alrededor, vierto uno a uno todos los cacitos que componen el thali sobre el arroz blanco, dispuesto en mitad de una hoja fresca de plátano. A partir de entonces, con los dedos empiezo el juego de mezclarlo todo, mientras siento como la culpabilidad va disminuyendo. Poco a poco voy agarrando pequeñas porciones, que me llevo hasta la boca tratando de perder la menor cantidad posible durante el trayecto. Finalmente, con la ayuda del pulgar, impulso la comida para que llegue a su destino, y vuelvo a repetir la operación hasta que el verde de la hoja de plátano queda nuevamente visible.

Al terminar, con la boca al rojo vivo y el estómago lleno, busco el cartel de Hand Wash para lavarme la mano y limpiar mis pecados.

***

Detrás de nuestra casa, en mitad de los callejones que se intuyen más del jardín, hay un lugar donde pastan las vacas. Colocadas en paralelo y castigadas contra la pared, están atadas a una cuerda tan pequeña que apenas les permite levantar la cabeza.

En ambos lados de la vía hay un poyo para ver pasar el tiempo, y es que, en esta tarde gris, no se alcanza a ver mucho más desde aquí. A poca distancia de donde nos hemos sentado, una señora y un joven permanecen a la espera de la lluvia inminente. Algo más lejos, al principio del callejón, una mujer vistiendo sari y con jazmín en el pelo muñe las vacas, sonriéndonos de vez en cuando mientras sostiene el cuenco metálico en una mano. En el balcón de enfrente, un matrimonio de mediana edad inmortaliza nuestra presencia con la cámara de fotos de su móvil, mientras se escucha el griterío de un grupo de niños que juegan al criquet bajo la luz de una farola.  

Al poco de reemprender nuestra marcha, cuando nos acercamos al templo de Krishna, el cielo comienza a regalarnos las primeras gotas. Allí, junto a la puerta de entrada, dos caballos deambulan en la acera y un señor pide limosna a los fieles. Huele a tierra mojada y, en el asfalto empapado, las luces de neón del cine de enfrente se reflejan tímidamente, anunciando otra increíble historia de amor. Un sentimiento tan fuerte como el que nos amarra irremediablemente a esta región, el mismo que nos ha traído de vuelta casi diez años después.       

Se está haciendo de noche y, de regreso, envuelto todo en la luz de las farolas, reina el silencio. Ha cesado ya el murmullo lejano de los niños correteando y los mayores permanecen en la calle, pensativos, sentados en los escalones de su portal. Contemplan la llegada del ocaso. No va a llover más y es el momento de retirarse, hacia casa y hacia uno mismo.

***

Al oír que comienza el ritual de la pooja nos apresuramos en dejar los zapatos en la entrada del templo y en comprar unas flores de loto para dar como ofrenda. Comienza a anochecer y, a lo lejos, entre los nubarrones, se divisan algunos relámpagos.

Cuando termina la música y la danza, iniciamos una larga cola que nos acercará cada vez más al relicario, que solamente se abre durante unos instantes al día. Al llegar nuestro turno, sin embargo, la rapidez obligada y la presión de los que nos siguen hará que solamente intuyamos vagamente su interior. En el pequeño recinto donde nos encontramos hay algunas personas vestidas con túnica blanca, otras murmullando una plegaria en un rincón y una mayoría de turistas, todos impacientes. Los que no hacen cola toman fotos desde la lejanía, asomando de puntillas la cabeza y haciéndose lugar entre los demás para tratar de ver algo. Visitamos los lugares como si todo fueran museos y nos olvidamos a menudo que allí hay que gente que trata de llevar a cabo su vida cotidiana. Abarrotamos los espacios ignorando lo que significan para aquellos a quienes les pertenecen, mientras les observamos tras nuestras cámaras como si estuviéramos en el zoo.

Ha pasado más de una hora desde que entramos y decidimos salir para dar un paseo tranquilamente, rodeando el templo y disfrutando de la iluminación nocturna. Detrás de una fuente, en un rincón de la esplanada que rodea el templo, nos llama la atención una pequeña habitación acristalada, donde unos pocos cingaleses se reúnen para prender una luz en el interior de unos recipientes de barro repletos de aceite. Al poco de entrar, todavía abrumados por el calor y la belleza del lugar, un señor de unos cincuenta años nos llama haciendo un gesto con la mano para que le acompañemos y, después de prender fuego a la mecha, nos ofrece una vela para que la encendamos. Todavía hipnotizados, sin decir ni una palabra, el señor nos ofrece unas barritas de incienso y nos indica que le sigamos hacia fuera del recinto, donde tras quemarlas las clavamos en la tierra de unos grandes recipientes. Sonriente, se despide juntando las palmas de las manos y nosotros le damos las gracias emocionados, devolviéndole el gesto mientras su silueta se pierde entre la oscuridad de la noche.     

Lejos de la multitud y del fervor religioso, sumidos en el silencio, entiendo el significado profundo de la palabra ofrecer. Y, mientras volvemos lentamente a recoger nuestros zapatos, siento como se me empañan los ojos de gratitud.

***

El agua suena con fuerza al impactar en el fondo del cubo vacío y, mientras se va llenando, coloco la ropa sucia a mi lado y preparo la pastilla de jabón. Al levantar la vista, en lo alto del edificio que queda a mi derecha, un muchacho me sonríe y deja ver sus dientes blancos.

Es casi el final de la tarde y, mientras aprovecho para hacer la colada, un bullicio constante llega del callejón de la mezquita, donde un grupo de mujeres están en sus quehaceres. El recipiente casi está por la mitad con la ropa enjabonada, cuando oigo que alguien saluda, también desde lo alto del mismo edificio azulado. Al dirigir hacia allí la mirada diviso otro niño junto al primero, que a su impecable sonrisa añade un tímido gesto con la mano. Entonces, tras el saludo, ambos levantan la mirada para fijarla al infinito. Mientras los observo recuerdo que, hace tiempo, oí en la radio que alguien decía que lo más fascinante de la India era que la gente simplemente estaba, sin necesidad de hacer nada. Y así es, pienso mientras les veo con la mirada perdida, en silencio. Cuando nos cruzamos nuevamente con los ojos, sonreímos desde la distancia y continuamos con nuestras cosas; ellos con su contemplación, yo con mi ropa.

Hay algo mágico y profundo en las tareas domésticas. El sonido del agua, el olor del jabón, la precisión de unos gestos aprendidos, la futilidad y trascendencia de las acciones que representan. Sumido en mis pensamientos, me sobresalta la voz de un tercer joven que, no contento con saludar y sonreír, pregunta también por mi nombre. Al pedir el suyo creo entender Abdulsalam y, mientras me percato del origen árabe del nombre, los altavoces del minarete comienzan a llamar a los musulmanes para la penúltima oración del día. El mismo sonido que nos despierta cada madrugada y que en el norte del país sigue generando tensiones, pero que aquí parece formar parte de la normalidad más absoluta.  

Hace un rato que las farolas se han encendido y, al terminar la llamada del muecín, el bullicio recobra su protagonismo. Todo sigue su curso y, desde la atalaya, los tres muchachos vigilan que así sea. Antes de entrar en casa, tiendo la ropa en el jardín para que también siga su rumbo. Luego, como siempre, vendrá la noche y las estrellas, y después, de nuevo, el amanecer.

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