Paella para todos- Autor: Raquel Rodríguez Pérez

Asomada a esta ventana, observando las flores, oyendo el aleteo de palomas y sintiendo pasos a lo largo del pasillo, me doy cuenta del viaje emprendido hace 85 años.

Me doy cuenta de que todo está impoluto, todo resuelto, cada cosa en su lugar.

¡Cuánto me alegra verlos acercarse a mi cuarto! No importa si no sé quiénes son. Me saludan. Me hablan. Me prestan atención. Algunos días me hablan de cosas que no entiendo. ¡Temas de la juventud! Creo que incluso me cuentan algo, de vez en cuando, en otro idioma.

Me gusta mirar sus caras. Si están cerca observo sus expresiones. Así sé si se comunican desde el cariño, el enfado, la insatisfacción, la alegría… Si se mantienen alejados de mi butaca o de mi cama, no distingo las facciones. Todos los rostros se vuelven sombras. Prefiero no mirarlos demasiado. Me asustan con ese círculo oscuro anulando todos sus rasgos humanos. Yo no digo nada por si se molestan y deciden marcharse. Prefiero la compañía de los seres sin rostro a quedarme largas horas en soledad.

No tengo reloj en el cuarto. ¡Y eso que antes nunca me separaba de él! El tiempo era mi prioridad. Todo lo que yo era y hacía estaba vinculado a las fracciones horarias: la costura con plazos cortos de entrega, la comida para todos, la compra, las visitas a la capital para hacer compras de telas o material para coser, las celebraciones familiares y los regalos calculados en las huchas a lo largo de los meses,… Todo en mi vida era tiempo. Ahora está tan perdido como yo. El tiempo se ha desubicado conmigo. Jejejeje… ¡cómo si fuésemos viejos amigos envejeciendo juntos!

Se ha desarrollado en mí algo animal: voy al ritmo de la luz solar. Sé que es de día cuando hay sol y que la noche llega cuando la luz exterior desaparece. Es el momento de buscar el aliento del sueño.

Llamo a mi hijo muchas noches. Necesito que me ayude a salir de mis pesadillas. No recuerdo si aparece siempre o no. Recuerdo que me esfuerzo por gritar para que me escuche y venga. Desde que se marchó mi esposo, él ha estado siempre conmigo. Nos apañamos bien en casa los dos juntos. Cada día baja de su casa mi hija y pasa la mañana a mi lado. Algunas tardes se queda arriba, en el ático, porque está exhausta de tanto trabajo familiar y se tumba. Si no baja a estar conmigo, me llama por teléfono. Es una gran ventaja vivir en el mismo portal a tan sólo cinco plantas de distancia. Nos separan las alturas. Si puedo, algún día, en fin de semana, subo yo a su casa para estar con ellos, con mi yerno, que me trata como si fuera su madre aunque me llame de usted, por respeto; con mis nietos, de los cuales, ya han creado sus vidas independientes las dos mayores, y aún viven con sus padres los dos más pequeños; y con mi hija, con quien comparto labores del hogar, porque no sé estar parada y así, ayudándola, me siento útil.

¡Si me quedo quieta me llevan los demonios! Mis manos nunca han dejado de trabajar desde los once años. Antes ya ayudaba a mi madre en el cuidado de la casa y de la familia. ¡Galerías Preciado! ¡Qué recuerdos de entonces! ¡Quién puede advertirte de cómo corre la vida por delante de ti y hacia dónde te dirige!

Tengo una gran familia. Grande en muchos sentidos. Es numerosa. Fueron cuatro hijos. Dos de ellos, el segundo y el cuarto, ya con más de 40 tacos cada uno, siguen solteros. Los mayores, el primogénito y la niña, formaron una familia tempranamente. Los dos han mantenido a sus cónyuges durante todos los altos y bajos que la vida les ha puesto frente a ellos. Los dos han sido padres. Tengo seis nietos. Ellos llenaron de colores nuestras vidas hace ya más de dos décadas. Los niños siempre acercan la alegría a los hogares por muy duras que sean las circunstancias. Mi marido y yo hicimos todo lo que pudimos por que todos salieran hacia delante. A menudo estábamos en desacuerdo. Sobre nuestros hijos y darle apoyo nunca dudamos ni nos enfrentamos los dos. Era nuestro cometido y nuestra responsabilidad. Vivimos tiempos muy difíciles para todos. No quiero hacer memoria de las etapas más angustiosas. Me cuesta mucho superar la pena si logro acordarme de algún incidente vivido. Él ya no está. Se fue hace mucho. Tanto que no puedo enumerar los años con atino. He envejecido sola. Se marchó dejando demasiadas cosas pendientes. ¡Dios habrá perdonado todas sus faltas y estará acogido en su regazo! Lo encontraré cuando yo parta. Estoy segura. Ya no estoy enfadada con él por haberse ido tan pronto. Ahora tengo ganas de estrecharlo entre mis brazos o de que él me devuelva uno de sus brutos achuchones. ¡Seguro que sigue siendo igual de alto!

¡Jaime, Jaime!- llamo a mi hijo porque quiero levantarme para ir a la cocina; no consigo impulsarme. ¿Qué porras tengo aquí en la cintura que no me deja moverme con soltura?- ¡Jaime, Jaime!- ¡no se entera! ¿Qué estará haciendo? A lo mejor ha salido y no me he dado cuenta. Volveré a intentarlo- ¡Jaime, Jaime… Jaimeeee…!- ¡nada! ¡Está sordo como una tapia! Voy a intentar poner de pie… ¡No hay manera! ¡Buffff! ¡Pero qué flojita estoy! ¡No soporto estar así! ¡Qué agobio! ¿Por qué no estoy tumbada en la cama? ¿Cuándo me ha puesto aquí? ¡Qué incómoda!- ¡Jaime, Jaime, Jaime!- ¡una sombra! ¡Ha pasado por la puerta!

Esto me molesta. ¿Qué es? Lo toco con la mano pero no consigo verlo… Me hace daño en la cintura… Parece de plástico. ¿Cuándo me he puesto esto? No sé… ¡Qué día tan soleado! Cuando venga mi hija Paula le diré que vayamos a dar un paseo. ¡Nuestras escapadas! ¡Me divierten tanto! Los maridos se creen que vamos a hacer recados. Aprovechamos para hacer alguno que nos sirva de tapadera. En realidad damos largos paseos y nos sentamos en alguna terracita a tomarnos una horchata fresquita en verano o un chocolate con churros, si ya hace frío.
Le voy a decir a Paula que hoy nos vayamos por Ibiza. Tengo que dejarlo todo listo en casa. No sé si tengo que poner una lavadora o no.
¡Jaime, Jaime!- ¡no me responde! Cuando venga a la habitación le voy a preguntar si él ha puesto ya la lavadora.

Tengo que buscar el trajecito que bordé para la niña. No sé dónde lo he dejado. ¿Y la niña? ¿Quién se la quedó?… La llevaba en brazos y la dejé en la escalera… pero… ¿luego? ¡Ay, no sé!

Los días como hoy me devuelven a la infancia, cuando jugaba por las calles madrileñas, aún sin apenas tránsito. Soy del 31… ¡Demasiadas transformaciones en menos de un siglo! ¿Dónde estará la niña? Me preocupa que nadie haya ido a buscarla y siga solita en la escalera.

Ha venido mi madre varias veces a cuidar de mí. No sé por qué. ¿Quién la habrá llamado? Me he encontrado mal algunos días. Se me viene a la cabeza la imagen de enfermeras y médicos. Debí de estar hospitalizada por algo. No me pasó nada. Mi madre estaba todo el tiempo pendiente de que me pusiera mejor.

Cuando venga Paula, mi hija, le voy a preguntar si ella sabe por qué estuve en el hospital. Nos vamos a ir a dar un paseo. Tengo la ropa preparada para salir en el armario de la habitación grande. El bolso lo he dejado en la entrada. No sé dónde he guardado el dinero. Paula me ayudará a buscarlo porque sino no podré invitarla a merendar.

¡Hola! ¿Puedes llamar a Jaime? Lo estoy esperando- es un señor que ha pasado por delante de la habitación. Ni caso. No me ha hecho caso. ¡Qué maleducado! ¿De dónde viene ese hombre? No sé. Tal vez ha venido a visitar a mi marido. ¡Qué raro!- ¡Jaime, Jaime, Jaime!- ¡este hijo mío! A veces se encierra en su cuarto a pintar con su música y no se entera.

¡Hola, hija! ¡Qué ganas de verte!

Hola, mami… Ya sabes que tardo un poquito con el autobús

¿Qué autobús?

¿Qué autobús, mamita? ¡Pues el que cojo desde mi casa hasta aquí!

Pues vale- a veces no sé si Paula me toma el pelo y me gasta bromas que no entiendo. ¿Qué autobús tiene que coger del quinto a la planta baja?

¿Cómo te encuentras, mami?

Bien.

¿Has desayunado?

No sé- ¿he desayuno? Ni me acuerdo. ¡Qué despiste!

Te he traído una cosita.

¡Chocolate! ¡Qué rico!- Paula siempre sabe cómo complacerme.

¿Quieres una onzita?

Después para la merienda.

Vale, mamá pero todavía son las 12 de la mañana. Tienen que traerte de comer.

¿Quién?

¿Cómo que quién? Pues las auxiliares.

Aahhh- no tengo ganas de hablar. Paula me dice cosas que no entiendo. Me cuesta mucho rebatir lo que me explica.

Mami, ¿qué tal has pasado la noche?

Jaime… no viene… ¿dónde está?

Trabajando, mamá, ya lo sabes.

¡Ah sí, es verdad! Está contento…

Sí, lo está.

¿Sabes que he pensado?

Dime, mamá, ¿qué has pensado?

Que vamos a bajar a comprar y preparamos una paellita para todos.

¡Pero mamá, qué dices! ¿Dónde estamos bonita?

Ummmm- ¡en mi cuarto pero éste es más blanco! No sé… me cuesta reconocerlo… No sé…

Estamos en la residencia, donde has venido para que te atiendan mejor. Yo vengo cada día a verte. ¿Recuerdas?

¡Aaah, sí! Ésta es mi habitación…- ¡qué bonita es! Todo está tan limpio y bien colocado.- Entonces Jaime no está aquí.

No, mamita.

Vale… claro… ¡dónde tengo la cabeza! Yo estoy… un poquito turuleta… ¿eh?

Sí, mamita, un poquito loquita… jejejejeje.

Paula, ¿mirarás una cosa?

¿Qué quieres que mire, mamá?

No sé dónde…

¿Dónde qué, mami?

Dónde está la niña… la dejé en la escalera y no sé dónde está…

¡Mamiiiii! Bueno… seguro que la recogió su padre y se la llevo a casa…

¿Crees?

Sí, mami. Estáte tranquila. La niña está bien.

¿Tú la has visto hoy?

No. No la he podido ver.

¿Irás a verla para decirme que está bien?

Claro, mamá.

Paula, ¿por qué tienes esa carita triste? Acércate más que sino no te veo bien. ¿Ha pasado algo?

No, mami. Todo está bien.

¡Pues venga, vamos a preparar una paellita para que todos vengan a comer!

Mamita, no estamos en casa. ¿Dónde estás?

¡Uy! Ummmm… no sé, Paula.

Sospecho que se me está yendo la cabeza. Es como un viaje hacia ninguna parte. La memoria me falla. No me doy cuenta de las cosas que digo. Paula me graba en vídeo para que pueda verme incoherente o molesta, en los momentos de lucidez en que puedo aceptar lo que me está pasando. ¡Qué extraño destino nos aguarda a algunos seres humanos! Viajo a través del tiempo. Puedo estar en mi casa de la infancia o en la que ha sido mi casa hasta hace muy poco. Sin embargo la realidad es que ya no estoy en ningún lugar y en todos a la vez. ¿Cómo explicarlo? No puedo. Me faltan las palabras y las fuerzas.

Antes de partir, prepararé una gran paella para todos. Así se acordarán de mí siempre.

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