Los tambores de Aruba. Autor: Andoni Aldasoro

La leyenda dice que cuando llegó la noticia del fin de la Segunda Guerra Mundial, por ahí de 1945, un grupo de vecinos tomó las calles de Lago Heights, en la parte sur de Aruba, cerca de la refinería, en una especie de desfile improvisado. Se dice que en la isla había pocos instrumentos musicales disponibles, al menos para las clases trabajadoras; así que tomaron cualquier cosa que estuviera a la mano que sirviera para hacer ruido. La mayoría de los habitantes de la isla en ese entonces eran descendientes de esclavos provenientes de África, y tenían un gusto marcado por las percusiones. Unos tomaron ruedas de coches; otros, viejas ollas de cocina; sólo uno de ellos, el único del grupo que no era arubeño, sacó algo parecido a un instrumento. El rumbo que tomó la escandalosa turba es incierto, quizá se enfilaron hacia Baby Beach, o al área de San Nicolás, al Charlie’s Bar, famoso en aquella época; o tal vez sólo se trataba de armar alboroto y dieron vueltas a la misma calle. Lo que sí se sabe es que el extranjero que se unió al grupo provenía de Trinidad, y que se llamaba Leonard Turner. El instrumento, que tampoco se trataba de un instrumento formal, era la tapa de un barril de aceite que, después de ser deformada, emitía sonidos peculiares, armónicos. De no ser por el trinitario, aquella noche se habría olvidado; pasó todo lo contrario, en ese momento se empezó a escribir uno de los capítulos más importantes de la historia musical de Aruba. A la postre, Turner sería conocido como Shoo-Shoo Baby, y la tapa de barril, como steel drum o tambor de metal.

Setenta y dos años después
El sol da con todo; el clima del Caribe no es el mismo que el clima de aquí. El viento, que sopla sin encontrar obstáculo a su paso, agita sin descanso una bandera azul con franjas amarillas y estrella roja. Los árboles de la isla, por la misma razón, están eternamente inclinados hacia un lado, todos hacia el mismo. La localización geográfica exenta a Aruba de los catastróficos fenómenos naturales que amenazan de manera constante al resto de las islas de la región. Hace mucho calor, sí, pero el viento se encarga de hacer la estancia más soportable. One Happy Island, así nombraron los lugareños a ésta, su casa: una isla feliz.
Aruba, al sur del Mar Caribe y a 25 kilómetros de las costas de Venezuela, es un país autónomo perteneciente ahora, junto con las otras islas Curazao y Sint Marteen, al Reino de los Países Bajos. La isla es muy pequeña, mide apenas 179 kilómetros cuadrados (para hacernos de una idea más cabal bastará decir que en la Comunidad de Madrid caben 44 Arubas). En un día ajetreado se podría recorrer todo el país en dos horas. El Aeropuerto Internacional Reina Beatriz, situado casi a la mitad, divide la zona turística y hotelera, al norte; de las colonias más reales, al sur. Oranjestad, su capital, en encuentra en la mitad norte.
La influencia neerlandesa es evidente no sólo en la arquitectura; sino también en el idioma, que junto con el papiamento, son las dos lenguas oficiales. El papiamento, un dialecto amerindio que se habla en Curazao, Bonaire y Aruba, es una mezcla de castellano, portugués y varias lenguas africanas. Aunque en 2003 haya sido declarado como el idioma oficial de la isla, en las escuelas primarias también se enseña el neerlandés. Los visitantes hispanoparlantes no encontrarán problema para comunicarse, su cercanía con Venezuela y el resto de Sudamérica hacen indispensable que todos o casi todos lo puedan utilizar.
El ambiente en la isla es tranquilo y agradable; la gente: amistosa y despreocupada. En verdad el visitante se sentirá en una lugar feliz, sin embargo esto no siempre fue así.

Una isla musical
Aruba, como todos los demás países de las Antillas y el Caribe, está asociado con la música y el baile, manifestaciones ambas que se han distinguido por sus ritmos trepidantes, alegres e hipnóticos. Los vestigios arqueológicos encontrados en la isla muestran que los amerindios tenían una arraigada cultura musical, destacándose especialmente en los instrumentos hechos con madera. Con la llegada de los colonizadores españoles, arribaron los esclavos africanos, y con éstos, una manera de hacer música que enriqueció a la ya existente, dotándola de una estructura más acelerada, más vertiginosa.
En el hervidero cultural y social que suponían las colonias europeas en el continente americano, con la constante mezcla racial, la llegada de esclavos, la desigualdad, y las consecuentes amenazas de rebelión; la autoridades británicas, durante una breve ocupación a Trinidad en el siglo XIX, prohibieron el uso de los tambores, pues, según ellos, animaban los instintos primitivos en las personas. Esta resolución funcionó a medias pues la gente empezó a fabricar sus propios instrumentos con cualquier objeto que estuviera a su alrededor, uno de estos fueron las tapas de los viejos barriles de metal.
Era el año 1924 cuando se inauguró la Refinería Lago en Aruba, y los trabajadores que llegaron para trabajar en esta compañía eran originarios de varios países, principalmente de Trinidad. Con un bagaje cultural diferente a cuestas, los trinitarios aportaron a su nuevo hogar un elemento crucial para su desarrollo musical. Aquí es cuando entra en escena Leonard Turner.

Hasta pronto, baby
Siendo un músico respetado en su natal Trinidad, Leonard Turner desembarcó en Aruba para trabajar en la recién inaugurada refinería. Pronto descubrió que la oferta de entretenimiento del lugar era más bien escasa, así que no tardó en reclutar a varios jóvenes a quienes les enseñó el sonido que unas piezas cóncavas de metal podían producir. Así surgió la primera steelband en la isla: Shoo-Shoo Baby y los Aruba All Star Boys. El grupo comenzó tocando variaciones de samba, de rumba, y de cualquier otro estilo de música que estuviera en boga. Lo fácil de asimilar del ritmo convirtió a este instrumento, parecido al vibráfono y a la marimba, una popularidad inmediata. No sólo se formaron más grupos, sino que algunos de ellos llegaron a sumar hasta cuarenta integrantes. Por cierto, le llamaban Shoo-Shoo Baby porque cada vez que el trinitario abordaba un barco que lo alejaría de su tierra, las personas que lo despedían le gritaban “Shoo shoo, baby”, una manera cariñosa de despedirse de él.
Para los años 60 se organizó la primera competencia de steel drum, en la cual ocho grupos buscaban, a golpe de metal, el primer premio. Los ganadores fueron los Aruba Invaders. De ahí en adelante, los tambores de metal eran el invitado de honor en todos los desfiles y carnavales celebrados en la isla.
Tristemente, en las calles de Lago Heights, y de todo San Nicolás, que en otra época sirvieran de vibrantes salas de concierto, hoy permanecen en silencio. Pareciera que el incesante viento que peina la isla se hubiera llevado muy lejos las notas de los tambores de metal, tan lejos que resulta imposible escuchar su eco. Como un volcán que de golpe se vio apagado.
Cuando la refinería Lago se renovó, automatizando muchos de sus procesos, un gran número de trabajadores tuvieron que abandonar la isla. Así muchos de los músicos más respetables se vieron obligados a buscarse la vida en otro lugar. Eventualmente, el espacio que dejaron los tambores de metal lo ocuparon las bandas de alientos, tanto en los desfiles como en el gusto de la gente. Actualmente, salvo unas contadas excepciones, sólo es posible escuchar este instrumento amenizando eventos sociales, como bodas o fiestas privadas. Los pocos grupos musicales que quedan han tenido que adoptar otros instrumentos, otros estilos quizá más populares.
Sin embargo, hay gente que tiene el propósito de revivir aquél armónico escándalo, de atizar el fuego que yace en el centro del volcán, animándolo a volver a hacer erupción. Porque hay pocos sonidos que nos puedan remitir inequívocamente a una región del mundo; uno de ellos es el tambor de metal. Basta pues apenas reconocer los sonidos que una placa cóncava de metal percutida produce para situarnos en un Caribe hecho a base de recuerdos, de fantasías y de deseos.

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