La Montañas de la Luna. Autor: Antonio Ortuño Casas

No voy a escribir este relato de viaje con la mente en lo que en libros de historia o de geografía, en Internet, o en folletos de turismo, sobre el lugar ya se diga. Habrá suficiente información en todas esas fuentes, aquí lo que cuenta es mi propia experiencia, y de lo que ella recuerdo unos días después de haber disfrutado de un paraje excepcional, simplemente gozando de su belleza, de sus gentes e inesperadamente de sus historias.

Esos tres ingredientes, unidos al deleite e ilusión de considerarme una vez más agradecido, acaso privilegiado, por contar con la suerte de viajar y empaparme con lo aprendido durante los mismos.

África puede ser quizá el escenario perfecto para ello; estos últimos años, aprovechando que vivo en su seno, me permiten ir conociéndola en todo su esplendor. El lugar que puede ser casi perfecto por su ubicación para desplazarme fácilmente a otros, y también en su interior encontrar todos ellos, o muchos al menos. Uganda, a pesar de ser un pequeño país, es grande en lo que guarda; puedes decir que se podría echar en falta el mar, aunque el lago Victoria casi pudiera jugar ese rol.

Pero me olvido ya de esta introducción y me aboco ya a la historia, al viaje, y de lo que de él puedo destacar para contar, sobre sus gentes, sus historias y la belleza del lugar, ya lo he dicho antes es cierto, sin olvidar que mi sentido, casi inherente, por el juicio de las cosas, no va a faltar tampoco. Vamos pues a ello.

Mágicas, las Montañas de la Luna, como son a menudo consideradas, Montains of the Moon, un término que viene de la época de Ptolomeo y que se refería a una antigua montaña con forma de luna nueva y en la que se creía estaría la fuente del Nilo; y todo el entorno es igualmente mágico. Y ahí nos dirigimos a esa parte de Uganda, cerca de la frontera con el Congo, para escapar por unos días del bullicio y caos de Kampala.

La región de Rwenzori las alberga y de ella toma el nombre oficial que aparece en mapas y libros, Rwenzori Montains, donde Kithasamba, el dios Bakonzo, divisa desde sus más de 5.000 metros de altura la inmensidad y grandeza del lugar. Aunque su esplendor aún existe, y en especial dentro del parque nacional que lleva el mismo nombre, fuera del mismo la mano del hombre empieza a hacer sus efectos, negativos como no puede ser de otra manera. Uno se imagina como debía de haber sido antes ese entorno, adornado casi enteramente del verde de los árboles, de azul del agua en ríos y arroyos. Y en las cumbres de los principales picos, todos con nombre occidentales, mucha más nieve de la que ahora sobrevive en ellos.

Nos alojamos en uno de las cabañas, lodges, cerca de la entrada principal al parque nacional, después de casi 7 horas conduciendo desde Kampala. Nos enteramos al llegar que no había Wi-Fi, perfecto, y de que la señal de teléfono apenas llegaba, más que perfecto. Pasaríamos unos días desatados de esos locos artilugios que no sólo nos están también convirtiendo en maniáticos, peor, en patosos, combinación perfecta para los únicos seres que pensamos, bueno esto último habría que matizarlo.

Yo me alegré y así podíamos centrarnos en las actividades que el lugar ofrecía, naturaleza en abundancia y cultura adornada de historia, que es lo que en especial un día nos hizo olvidar la monotonía. Ese día, nos volvimos a dar cuenta de que el pasado, la historia en la vida de las gentes, puede marcar un presente, distinto, muy distinto, y el futuro es todo incertidumbre, pero con varias dosis de malos augurios. De eso no escapamos ningún pueblo, visto lo que en no muchos años, incluso pocas décadas, hemos contribuido, todos, para poner al mundo en peligro.

Entre las actividades otro par de días pudimos disfrutar de largas caminatas entre inmensos bosques, bordeando ríos y arroyos. Escuchando el canto de decenas de pájaros, quedarnos embobados con los movimientos de unos camaleones camuflados entre el verde de ramas y hojas de los árboles que esconden también micro mundos.

Y el día especial lo dejamos para conocer la village y la gente del lugar. Aquí es donde el viaje tuvo su clímax, amén de la belleza y magia cuando mirabas esas montañas con los picos maquillados de nieve, contrarrestando con el azul del cielo y el blanco de las nubes que de vez en cuando jugaban a su alrededor.

A lo largo de la jornada fuimos conociendo a personajes, personas humildes, con magia también en sus vidas, cada una en la suya, barnizada del pasado, al que se mantienen como pueden y al que ven como poco a poco se les escapa.

De la mano y sapiencia local del guía Bwabu Elly nos fuimos metiendo poco a poco en las entrañas de la comunidad, Ruboni village, a unos veinte minutos del lodge. Nos íbamos cruzando a lo largo de la marcha con la gente, saludando amigablemente; mujeres con sus bebes colgados de sus espaladas, niños portando grandes botellones de agua que llenaban en un pozo próximo. Todos ellos descendientes de los Bakonjo, todos ellos Bajonjo people, originarios del otro lado de las Montañas de la Luna, en lo que hoy es el Congo.

Así fue como empezó a contárnoslo Matheke Eriphaza, el contador de historias, storyteller. Una forma de pasar su cultura de generación en generación; lo fue por lo menos su abuelo, su padre, y ahora la sabiduría es traspasada a uno de sus hijos. Sentado sobre una esterilla que ellos mismos hacen del árbol Bark, nos empieza a contar historias. Uno de esos árboles enarbola en su pequeña parcela; ahora son sedentarios, antes eran nómadas yendo de un lado para otro sembrándolos en cada uno de los nuevos lugares donde se establecían por un tiempo.

Así, sin saber exactamente cuándo es que dejaron Congo, cree que podrían ser al menos unos tres siglos, sus antepasados decidieron ir al otro lado de las montañas en dos grupos, uno atravesándolas y el otro a través del extenso valle. Huían de conflictos con otras tribus, bajo la guía del dios Kithasamba, el dios Bakonzo, el que está en la cima, the one on the top, arriba. Nos lo iba contando en su lengua, mientras uno de sus pequeños hijos retozaba en sus brazos. Con la traducción que iba haciendo el guía nos íbamos imaginando cada parte de la historia.

Ambos grupos sufrieron terribles calamidades durante sus largas travesías, hasta encontrarse bastante tiempo después cerca de la zona en la que ahora están establecidos. En ellas iban sufriendo perdidas por enfrentamientos con otras tribus, por enfermedades y por las inclemencias del clima, en particular aquellos que atravesaron las montañas y a cuya climatología no estaban acostumbrados.

Son muy supersticiosos y solían antes, ya que ahora prácticamente dejaron de ser nómadas, dejar la tierra donde moría un familiar u ocurría alguna otra desgracia para abandonarla e ir a otro lugar.

Nos podíamos haber quedado perfectamente escuchando horas y horas sus historias, pero la siguiente visita no dejaría tampoco de sorprendernos. Baluku Debesi, el curandero, traditional healer, nos dejó sin palabras durante un buen rato, y no precisamente por su atuendo con pieles de animales salvajes, o por su humilde choza en la que vivía. Sus ritos nos llevaron a una época imaginaria, y con la quietud tras la breve ceremonia nos expresó, con ayuda del guía que nos iba traduciendo cada situación o explicación, cómo veía la situación actual de su gente y la gran diferencia con respecto a otras épocas, no tan pretéritas en el tiempo, cuando su gente era según él bien diferente.

Augura un futuro nada halagüeño ni para su gente ni para el resto de los mortales, y a mi pregunta de si veía alguna solución me respondió que solo dios la tiene, el suyo, porque por culpa de los dioses que los extranjeros habíamos llevado a su gente, ésta había perdido el verdadero espíritu de la vida. Esos dioses eran culpables de lo malo que está pasando con su gente, por ello también cada vez más se olvidan de sus costumbres, y entre ellas el que recurran a lo que antes hacían sin problema, visitarlo para curarse sus enfermedades. No podía ocultar su frustración, era clara la repercusión que en él había tenido esa invasión.

Compartió conmigo la preocupación por la deforestación en la zona, la falta de lluvias, consecuencia de lo anterior, y así hasta casi todas mis mismas inquietudes por el futuro de la humanidad, que él ve ya en su propia gente.

No teníamos ganas de irnos de aquel pequeño habitáculo, donde pequeños animalillos disecados y plantas colgadas en las resecas paredes de adobe colgaban de ellas jugando con la gravedad.

La siguiente visita nos delataría alguna esperanza por una vida mejor. Mary, una madre más de un grupo de mujeres trabajadoras de sol a sol, trabajaba en una pequeña estancia haciendo canastos con unas largas y finas hojas de un arbusto de la zona; las manipulaba con un arte y maña que sólo ellas manejan, y con ellas hacen también posavasos de diferentes tamaños y colores, los cuales secan de forma natural. Con semillas de diferentes arbustos igualmente hacen collares y pulseras con los que adornan también su cuerpo.

Constituyen una especie de cooperativa, donde cada día se van turnando para poder producir cierta cantidad de productos y venderlos a los turistas que visitan la zona. Con ello consiguen llevar alguna cantidad de dinero a sus casas, como complemento para comprar lo que de la tierra ellas mismas con sus manos no pueden sacar con lo que cultivan.

Las horas pasaban rápido y la satisfacción por lo vivido estaba alcanzando su auge, habíamos conseguido adornar con una gran guinda todo el viaje.

La zona, de la que destacan aparte de la región de Rwenzori también el distrito de Kasese, desde hace bastante tiempo ha venido siendo por sus propias características de índole histórica y social, en la que la componente tribal juega un importante protagonismo, una dificultad para el gobierno central. Un carácter reivindicativo con su propio nombre, Yiira, como se llamaría la república.

Con este último apunte terminamos la jornada y una merecida comida con comida local nos esperaba en el alojamiento. En el camino de vuelta, que hicimos también caminado, el calor era casi agobiante, nada normal en la época en la que estábamos. La conversación con el guía acerca de ello, me confirmó lo que el curandero estaba augurando. Era época de lluvias, apenas estaba lloviendo, la deforestación inundaba nuestras retinas, a pesar de las nuevas plantaciones en muchas zonas; pero he ahí el problema añadido, plantaciones con árboles de eucalipto y pino, especies de rápido crecimiento pero no nativas, con la consiguiente erosión adicional en el terreno. El caudal de los ríos era pequeño, y el polvo del camino inundaba ya casi todo a su alrededor, y poco a poco a nosotros.

Y las gentes en la village, devorando los móviles, tienen por supuesto el mismo derecho que nosotros, mientras transportaban en sus cabezas grandes recipientes de agua, ramas de árboles, y los niños en las espaldas o de las manos de las mujeres nos mirabas con ojos extraños, como preguntando quiénes éramos estas extrañas gentes que pululaban por su tierra. Al menos esta vez no llegábamos con nuevos dioses.

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