La Barrera. Autor: Ana M Almeyda

Como todos los años en el mes de marzo me gusta abandonar Madrid por unos veinte días y partir a mi Buenos Aires querido. Unos días antes empiezo a sentir la excitación que antecede a la preparación de mi deseado viaje cuyo objetivo es reencontrarme con mis afectos. La llegada  a Barajas para abordar el avión que me llevara a mi destino es de por si una aventura fenomenal ya sea por el tránsito, por los nuevos controles de pasaportes instaurados o por cualquier otro motivo.

Ya en el avión me relajo y empiezo a disfrutar de mis días venideros. Como de costumbre aterrizo en Ezeiza donde tengo que padecer las largas colas que se arman en Migraciones. ¡Un infierno! Pasan los años y este trámite empeora. Una vez solucionado el tema de Migraciones paso al carrusel donde recojo mi maleta y de allí  a la Aduana.  En esta instancia siempre veo caras sudorosas; miradas furtivas entre los pasajeros;  hoy no es la excepción. A la salida están  mi querida tía Consuelo y mi prima Susana. Respiro hondo, estoy en casa.

Consuelo vive en la zona norte del Gran Buenos Aires. El barrio se llama Acassuso y su casa queda a escasos metros de la estación perteneciente al Ramal Tigre. La estación fue remodelada pero conserva la fachada inglesa. Suelo ir a tomar café a uno de los bares que se encuentran cerca de la estación. Mi preferido es “El Encuentro” ubicado al lado de un colegio privado y mi mesa está en la acera al lado de la ventana de una de las aulas.  Ahí mismo a las 8  de la mañana estoy sentada, frente a un humeante café, hojeando una revista cuando algo llama mi atención. Dirijo mi mirada hacia la esquina.

Noto que los automóviles están parados frente a una barrera de ferrocarril inmóvil. El ruido de los bocinazos es ensordecedor y a medida que los minutos  pasan el sonido es cada vez más  insoportable. El tráfico atascado indica que  la barrera esta inoperante. Recuerdo que esta barrera siempre ha sufrido desperfectos, casi a diario, pero nadie de la empresa de ferrocarriles se ha hecho responsable, por lo tanto la desidia gana y su arreglo queda pendiente. Pasan unos minutos y la barrera se levanta. Llegan a cruzar unos cinco autos y de nuevo se baja. Quedan muchos autos atascados y los bocinazos comienzan. Sin embargo otra cosa atrae mi atención. Y ahí la veo.

Una niña, porque es una niña, de unos trece o catorce años, menuda, mal vestida y sucia que camina entre los autos junto a otros niños de la calle. Piden limosna a los automovilistas. Uno de ellos recibe unas monedas e inmediatamente se acerca a un hombre mayor y le entrega las monedas. El hombre las cuenta y luego de guardarlas en el bolsillo se retira del lugar.

Sigo observando a la niña y veo que se dirige a la esquina opuesta al colegio donde  una mujer, pobre y mal  vestida,  está sentada en el cordón de la vereda debajo de un árbol. La mujer, rodeada de dos niños pequeños, se está  limando las uñas. Cuando termina observa sus manos y sonríe con satisfacción. Saca un esmalte y comienza a pintarse las uñas. El niño más chico  tose varias veces y los mocos corren hasta los labios. Ella no se inmuta, sólo  observa a la niña  de trece años, y le marca, con la cabeza, un auto importado parado frente a la barrera que sigue baja.

A esta altura, me siento una fisgona; mi café está helado al igual que yo cuando veo otra escena. La niña  se acerca y pide limosna al conductor del auto importado, toma unas monedas que éste  le da y luego, como si nada, se las entrega a la mujer quien las guarda en su bolsillo. De repente un automóvil frena frente a mi mesa en el café y del mismo desciende una jovencita rubia, con uniforme quien camina hacia la entrada del colegio y entra. Mayor es mi sorpresa cuando me percato que la niña pobre sigue con su mirada a esta  jovencita de aspecto angelical.

Decido que es hora de marcharme. Sigilosamente me paro y le indico a la moza que cobre mi café.  Mientras  la espero me doy cuenta que estoy ubicada en una posición estratégica desde donde puedo ver lo que sucede dentro del aula. En ese momento veo que la niña  pobre empieza a caminar hacia el colegio, se acerca a la ventana que se encuentra a mi  lado y estira su cuello para poder mirar adentro del aula. Así nos convertimos en testigos oculares de la escena que se desarrolla allí dentro.

Una profesora entra al aula y les indica a sus alumnos que saquen el libro de literatura “Romeo y Julieta” de William Shakespeare. La jovencita rubia está sentada frente a la profesora y le pide poder leer. La profesora asiente. El resto del curso escucha con atención.

“–Mi amor ha nacido de mi único odio. Muy pronto le he visto y muy tarde le conozco. Fatal nacimiento de amor habrá sido si tengo que amar al peor enemigo.”

Presencio un momento mágico que me eriza la piel cuando veo que la niña pobre cierra sus ojos y repite susurrando:

“–Amar al peor enemigo.”

Toda llega a su fin de manera caótica ya que la moza se acerca a cobrarme y la niña escucha que alguien la llama. Inmediatamente veo a la mujer que estaba sentada bajo el árbol que se dirige furiosa hacia la niña quien se aleja de la ventana y corre hacia los automóviles para pedir limosna.

Han pasado unos días y hoy retorno a Madrid pero antes me siento en mi mesa sobre la acera frente a un humeante café. Me gusta despedirme de mis lugares, sola sin compañía. Todo parece seguir igual sin embargo me equivoco.

La campana del colegio anuncia el comienzo del recreo y el bullicio de los estudiantes se escucha por todos lados. Giro mi cabeza y veo que la niña pobre camina  directo hacia la ventana del aula llevando un libro en su mano. Miro con detenimiento a la ventana y, para mi sorpresa, la rubia angelical está allí sonriente, esperando a la niña. Las dos están frente a frente, se miran con picardía y finalmente la niña pobre abre su libro. Maravillada la escucho leer y me doy cuenta que la rubia angelical se ha convertido en su maestra quien la corrige o le indica como leer alguna palabra. El aprendizaje ha comenzado y es imparable. La generosidad de una de ellas y la determinación de la otra desafían  todo tipo de prejuicios y juntas superaran barreras y transcenderán. ¡Menuda lección de amor y coraje!

Hurgo en mi cartera y me aseguro tener el pasaporte y el boleto de avión. Llamo a la moza, pago el café y veo a mis parientes que se acercan con el auto para llevarme a Ezeiza. Respiro hondo y miro a mi alrededor.  Sorpresa. La barrera funciona, finalmente la han arreglado.

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  1. javiertorresgomez

    Viajé
    Viajé por los cinco continentes, recorrí los más extensos mares, descubrí civilizaciones perdidas, caí enfermo en lugares remotos y descubrí la bondad y la alegría en donde reinaban el caos y la desolación.
    Viajé por mis recuerdos y hasta penetré en mis olvidos y recuperé experiencias que intentaron rellenar los vacíos que anidaban en mi alma.
    Viajé al infierno y al paraíso y descubría al extraño que anidaba en mi interior.
    Viajé, Viajé, viajé…
    Pero nunca aprendí lo que he aprendido al emprender el viaje a tu interior.
    Tú, mi amada, mi musa. Tú me has enseñado en las distancias mínimas que separan nuestros cuerpos las respuestas que siempre he buscado y has saciado mi sed de sabiduría pues eres una flor única y he tenido la suerte de descubrirte por casualidad.
    Viajaré, pero lo haré a tu lado y cada noche emprenderemos una nueva aventura que nos haga sentirnos vivos y exploradores de un mundo que solo a nosotros nos pertenece.
    Dame la mano, amada, mía y comencemos a viajar.

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