Jazz en Guadalajara: La suave melodía de los salmones. Autor: Andoni Aldasoro

Llegué muy temprano al Primer Piso. Una cálida noche de viernes se ha instalado en Guadalajara. Todavía no son las 10:00. Me adueño de una pequeñísima mesa cerca del escenario, en el que un DJ solitario oprime botones en una computadora. A parte de mí, solo cuatro mesas más están ocupadas. Luego sabré que los que ocupan dos de las cuatro mesas se habrán ido antes de que los instrumentos de la banda estuvieran siquiera instalados. Después sabré que la hora a la que se supone comenzaría la presentación significa muy poco. Todos, al parecer, lo sabían, menos yo.
—¿Va al local donde tocan jazz?— preguntó el taxista tras escuchar la dirección de mi destino. —De repente, cuando no tengo pasaje, prosigue encaminando una conversación que se tornaría corta, me gusta ir a escuchar; no subo al local, me quedo afuera, en la calle, venden unos hotdogs muy buenos y desde ahí se escucha bastante bien. Es refrescante escuchar otro tipo de música—. El trayecto desde el restaurante iLatina hasta Pedro Moreno fue muy corto, al menos en escala Ciudad de México. Llegaba justo a tiempo, aunque en ese momento no sabía que en realidad era demasiado temprano.
Se podría pensar que la música de mariachi es ama y señora de Guadalajara, y de alguna forma lo es, al menos así es como se lo pintan al extranjero y al visitante nacional, que buscan la Guadalajara del mercado San Juan de Dios, la Guadalajara del tequila, la capital del Jalisco que no se raja. La realidad es la misma que en las grandes ciudades de nuestro país: hay de todo, nada más se debe saber buscar.

Un legado improvisado
La historia del jazz en la capital de Jalisco, de hechura reciente, debe gran parte de su relevancia nacional a Carlos de la Torre, Carlitos como le dicen todos los músicos que lo conocieron. Este pianista tapatío tocaba diario en el Copenhagen 77, un extinto club de jazz frente al Parque de la Revolución. Carlitos no fue el primer jazzista en la ciudad, pero sí se convirtió en una figura medular del género en una región que desconocía este tipo de música. El legado que dejó tras su muerte es palpable en todos los foros donde se aborda este género musical.
Hoy en día, los músicos tapatíos de nacimiento o por adopción que figuran en los carteles son muchos, pero los locales que dan foro a sus presentaciones se podrían conatr con una sola mano: Café André Bretón, Escarabajo Scratch, Rojo Café, Coltrane Café y Primer Piso, más alguno otro que ocasionalmente se podría añadir.
A pesar de esto, la escena aparenta buena salud. El Jalisco Jazz Festival, organizado por Fundación Tónica, sigue acercando al público nacional a buena parte de los mejores jazzistas de todo el mundo. Los músicos extranjeros que han hecho de Guadalajara su nuevo hogar han formado una verdadera escuela, incluyendo integrantes tapatíos muy jóvenes en sus bandas. Este es el caso de Klaus Mayer.

Es viernes y el jazzista lo sabe
Pasadas las siete espero a que el líder de la Klaus Mayer Big Band, acuda a nuestra cita en La Borra del Café, un animoso local en la también animosa (y animadora) Av. Chapultepec, donde, a todo lo largo del ancho camellón, puestos de artesanía se terminan de armar. Las varias habitaciones de esta casa acondicionada están llenas de adolescentes con pinta de estudiantes. “Es uno de los mejores cafés de Guadalajara” había comentado Klaus por teléfono.
Klaus vino de Austria buscando algo que él mismo no puede precisar, nuevos horizontes musicales, quizá, o un clima más agradable. Su español denota un acento inusual, en ocasiones su mirada busca en el vaso de café las palabras que parece no encontrar, pero, como buen jazzista, improvisa.
—El jazz en Guadalajara es más rico que el que se practica en otras partes del mundo, la misma música en México es más rica, más variada, y lo ha venido enriqueciendo—. Géneros como el chachachá, el son huasteco, hasta la misma música de mariachi han contribuido a este jazz nacional, que por naturaleza volátil, absorbente e incluyente, se alimenta de todo lo que le rodea.
Aunque Klaus vaya de regreso a su casa, “no salgo mucho” arguye, aún queda mucha noche. Tras mirar el reloj me convencí de que lo mejor sería cenar algo, para después dirigirme al Primer Piso. No quería llegar tarde.

Los primeros acordes
Sentí un gran alivio cuando The Jazz Standard Trio empezó a tocar. La sala estaba llena y el espacio para caminar entre las mesas se había reducido hasta niveles impensados. Las bebidas salían de la barra del fondo con la misma facilidad como la de las manos de Willy Zabala al acariciar su piano.
Tras un poco más de una hora de improvisación del mejor nivel emprendo la retirada, no sin antes comprobar que desde el puesto de hotdogs de la esquina de Pedro Moreno y Escorza se escucha bastante bien la música que sigue saliendo del Primer Piso.

Mañana de una noche no tan difícil
Las mañanas en Guadalajara llegan muy temprano y Palreal está muy consciente de ello. Con una decoración que grita “hipster” a los cuatro vientos, la versión de Palreal de lo que debe ser un desayuno se traduce a lonches de pancita (su especialidad) y a café recién tostado (otra especialidad). Tras dos de lo primero y uno de lo segundo, abandono el local.
El jazz pareciera ser un ente nocturno y a estas horas solo se encuentran los ecos de los tamborazos y trompetazos improvisados de la noche anterior. Por ello decido caminar la avenida Ignacio Luis Vallarta para después tomar la Diagonal Golfo de Cortés. ¿Mi destino? El restaurante La Squina, donde además de platicar con Valentina González, talentosa cantante y compositora tapatía, quiero probar la hamburguesa de camarón que, según palabras de la misma Valentina, era la favorita de Gustavo Ceratti, “siempre venía a La Squina cuando tocaba en la ciudad, y siempre pedia lo mismo”.
La conversación fluctuó entre la escena musical de Guadalajara (una comunidad variada y numerosa, pero al mismo tiempo pequeña); la dura vida de ser músico en México, particularmente en esta ciudad (las bandas se dividen en dos: los que viven de su música, léase Maná; y los que no, léase el resto), y de las diversas maneras de acompañar una hamburguesa de camarón. Convenimos de manera bilateral que, de lo primero, Guadalajara ha sido y sigue siendo cuna de unas de las bandas más relevantes y propositivas de la música nacional; de lo segundo, que es triste; y de lo tercero que lo mejor es ponerle mostaza, lechuga y jitomate. La verdad, de la preparacion de la hamburguesa nunca se habló.
Habiendo perdido el miedo a las distancias, decidí dedicar la tarde a caminar hasta el Café André Bretón, esperando distraerme en varios puntos del trayecto. Un poco más de dos horas después, me encontraba en la puerta del café, pagando mi entrada y asomándome al interior del local, sospechando que otra vez llegaba muy temprano.

La teoría de los salmones
Nathalie Braux, francesa de nacimiento pero tapatía por adopción, tiene una peculiar manera de ver al jazzista. El llegar dos horas antes de que Nathalie Braux Jazz Project tomara el escenario tuvo su recompensa. En un perfecto español, Braux compara los circuitos de jazz de París con el de Guadalajara, y de paso el de la Ciudad de México; habla de la genuina camaradería que se da, especialmente en la capital jalisciense. “Eso se nota en la música, el ánimo de sacar lo mejor de los demás, de pasarlo bien por medio de la música, improvisando”. Al preguntarle de la dirección y del futuro que le depara al jazz de Guadalajara, Nathalie sonríe:
—El músico que decide dedicarse al jazz sabe que, desde un inicio, tiene todo en contra: la falta de apoyos de disqueras, de estaciones de radio, la falta de foros donde tocar, lo poco que estos generalmente pagan, los estudios que debe completar para ser un buen ejecutante de su instrumento. Somos como salmones que nadamos a contracorriente—.
Pronto me quedo solo en la mesa, el grupo ya ocupa el pequeño escenario (vaya alegoría) y se vuelven a escuchar los primeros acordes de otro grupo, en otro lugar. Afuera, la noche de Guadalajara es cálida, con un olor que según los tapatíos significa lluvia. Dentro del André Bretón, las velas que iluminan escasamente las mesas, bailan al son de las improvisaciones de cada uno de los cuatro integrantes. A nosotros nada más nos queda disfrutar de los agradables sonidos de sus aleteos al enfrentarse a la fuerte corriente en contra.

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  1. Ruth

    Disfruté mucho el recorrido musical y gastronómico por Guadalajara. El relato hace una grata invitación a la ciudad.

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