El camino de ida y vuelta a las cascadas Havasu. Autor: Andoni Aldasoro

No se escucha nada. Fuera del sonido constante de mis pisadas, no se escucha nada. El grupo, unido al principio, se ha venido distanciando, formando pequeños grupos. Las animadas pláticas quedaron varios kilómetros atrás, y la introspección y el silencio se han adueñado de este primer recorrido. El viento, que cuando llegamos a una zona abierta nos pega y nos cubre de arena, me da la sensación de sonido, pero en realidad no hay nada.
Apenas llevo dos horas caminando y las botas ya están cubiertas de tierra. Una vez que estuvo reunido todo el grupo (exploradores y guías), dejamos Phoenix de madrugada, y nos tomó más de cuatro horas llegar al campamento que supone el inicio del camino. El cuadro que se presentó desde la cima de la meseta donde está el campamento, de una belleza abrumadora y violenta, me hicieron olvidar por un momento que llevaba una cámara, y que debía registrarlo todo. La pequeña plática que tuvo lugar antes de comenzar el descenso nos recordó que esta era una de las caminatas más largas del viaje (la otra sería el mismo trecho pero de regreso): 16 kilómetros que, traducidos a tiempo, debían ser completados más o menos en seis horas. Habría dos descansos, uno en los primeros kilómetros, para desayunar; y otro, para descansar, a la mitad del trayecto. Pero apenas llevaba dos horas caminando y mis botas ya estaban cubiertas de arena.
Tras el descenso de un poco más de 300 metros sobre suelos arenosos y de piedras sueltas, el sendero nos condujo por parajes casi planos, que nos permitieron apreciar la imponente belleza del Desierto de Sonora, en la parte que ocupa del estado de Arizona.
El horizonte, cuadro formado por una gigantesca roca erosionada como un cráneo al descubierto, se extiende para todos lados, quemado por la fiebre de los días, y lijado por el viento de las noches. Nosotros seguimos la ruta que por siglos hicieron las corrientes de agua, llevándose, poco a poco, miligramos de tierra; formando, después de millones de años, estos caminos abiertos y ásperos, llenos de vacío.
Caminamos ahora en un silencio casi absoluto. El rítmico sonido de las pisadas es tapado por los ocasionales vuelos de helicóptero que van y vienen desde la cima de la meseta hasta la villa, llevando provisiones, agua, comida, y a algún visitante que no desee realizar este recorrido a pie.
Miro la ruta trazada en el mapa que llevo en el bolsillo trasero, de acuerdo a mis cálculos nada científicos faltan más de diez kilómetros para llegar a una serie de manchas azules, rodeadas de pequeñas manchas verdes. Todos quienes emprendemos este recorrido vamos con un objetivo que bajo este sol se disfraza de anhelo: las cascadas Havasu.

Promesas verdiazules
“¿Por qué no se ven animales en ningún lado?” pregunté a Annemarie, una de las guías, después de trotar ligeramente para alcanzarla. “Porque el hombre es el animal suficientemente estúpido como para salir a caminar bajo este sol”. Miro alrededor buscando algo que me sirva para refutar, pero sólo encuentro matorrales pegados al piso. Habiendo quedado claro eso, seguimos caminando ahora en fila india, portando con orgullo nuestra poco favorable pero merecida denominación.
El calor y las quemaduras del sol son un factor que no hay que desestimar, especialmente si nos encontramos en Arizona, que entre junio y agosto el termómetro rebasa los 40°C. Entre muchas recomendaciones que se deben tener en cuenta para hacer este tipo de caminatas está hidratarse constantemente; cubrirse del sol ya sea con ropa o un sombrero, o con bloqueador solar; y tomar tantos descansos como se necesiten.
Los Havasupai, que se traduce a “gente de las aguas verdiazules”, han vivido en este páramo desde el año 1300, y ha sido una de las únicas, si no es que la única, tribu que el hombre blanco fue incapaz de doblegar. Por décadas a los Havasu se les arrebató gran parte de sus tierras, obligándolos a sobrevivir con menos espacio para la siembra y el ganado. Tras una feroz lucha por defender su territorio ancestral, esta tribu amerindia logró recuperar sus tierras y el derecho a administrarlas como mejor les parezca. En la actualidad hay un poco más de 600 personas que viven en la villa, misma que es reconocida como uno de los pueblos más remotos de toda la Unión Americana continental.
Aunque sea ampliamente superado por su vecino el Parque Nacional del Gran Cañón, destino que recibe anualmente casi 5.6 millones de visitantes; Havasupai y sus hermosas cascadas es visitada por más de 20 mil personas. Lo vistoso de estos paisajes y el reto que significa llegar a sus cascadas, han convertido a esta pequeña Reserva en un destino muy solicitado por los viajeros con vena aventurera de todo el mundo. La única manera de tener acceso a este parque es por medio de una larguísima lista de espera, llevada por los propios Havasu. Es por esto que la mejor manera, si no es que la única, de hacer este viaje es a través de compañías como Arizona Outback Adventures, quienes convenientemente se encargan de todas las tareas administrativas. Independientemente de la experiencia en sí misma, ésta se ve enriquecida por la convivencia con los demás viajeros. El grupo que nos acompaña en esta aventura está conformado por dos canadienses, una alemana, un francés, una inglesa, un chino y un mexicano: yo.
El primer receso llegó pronto. Nadie parece mostrar el menor atisbo de cansancio. Uno de los requisitos más importantes para emprender este viaje es tener una buena condición física. Aunque no se pongan a prueba habilidades para escalar, hacer rappel o disciplinas parecidas, las distancias que deben ser cubiertas son considerables. Tras un ligero y saludable desayuno a la sombra de una gran roca, el grupo retoma la caminata. El siguiente descanso, según nos dicen los guías, se celebrará justo a la mitad del camino, frente a una piedra con forma de oso.

El hombre encuentra al oso
Hay una leyenda que ha pasado de boca en boca, que responde a la eterna búsqueda por explicaciones, ya sea reales o fantásticas, de las cosas que suceden y se encuentran rodeando a los habitantes de esta región.
El único camino que comunica a la villa de los Havasu con la entrada al Cañón, y por consiguiente, el resto de Arizona, es el mismo sendero que hemos estado caminando desde que bajamos de la camioneta, y eso ha sido así siempre. Por ello, el cargamento con las provisiones que los antiguos pobladores necesitaban para subsistir debía cruzar por estas mismas piedras. En una de las curvas que las corrientes de agua han venido formando en la piedra, afirma la leyenda, vivía un oso. Este oso exigía un pago simplemente por pasar, un tributo. Los Havasu, pueblo pacífico, accedían a sus peticiones. Con el tiempo, la avaricia se apoderó del oso y les empezó a hacer exigencias irracionales: más comida, más agua, un niño. Los havasu no estaban dispuestos a pagar tal cuota. Bajo la guía de uno de los viejos sabios de la villa, acordaron lanzarle un hechizo al oso y convertirlo en piedra, pero para esto debía alguien distraerlo mientras el viejo se acercaba lo suficiente. Dos niños gemelos se ofrecieron, su agilidad y astucia les permitiría entretener al oso sin que este pudiera atraparlos
El momento llegó en que los dos hermanos comenzaron a correr y saltar, mientras el viejo, agitando las manos, cantaba las estrofas del encantamiento. Lo que tendría que haber sido una distracción derivó en una feroz lucha. El viejo pudo lanzar el hechizo pero los dos gemelos, al casi ser apresados por las zarpas del gran animal, lo recibieron también.
Desde ese momento, justo en el lugar donde se libró tal batalla, se encuentra la silueta del oso, atrapado en una cárcel de piedra; mientras que los dos gemelos, ahora petrificados, fueron llevamos a la entrada de la villa, y ahí permanecen en una interminable vigilancia. Aún se afirma que el día en que alguno de estos pilares caiga, los Havasu tendrán que abandonar estas tierras, pues no habrá nadie que los proteja.
Mientras hacemos una pausa de la caminata, vigilados por la piedra con una perfecta forma de oso, dos bandadas de caballos pasan cargando el equipaje (quizá el nuestro). “Los caballos conocen el camino, no tienen necesidad de que nadie los guíe” dice Annemarie. Y así es, sólo una cuerda mantiene unidos a los cinco caballos, nadie tira de ella. Solamente un jinete havasu los sigue a una distancia bastante larga, como para asegurarse que no se queden rezagados. Esta es una de las grandes ventajas de viajar a esta Reserva: la entrada al parque incluye utilizar a los caballos para llevar casi todo lo necesario para montar un campamento en la zona destinadas para ello. Tiendas de campaña, sillas, tanques de gas, comida, y una pequeña maleta por cada visitante, todo va a lomos de estos respetables y bien orientados animales.

Villa Havasupai
Lo primero que nos hizo saber que habíamos llegado a la villa fueron los dos monolitos sobre una montaña de piedra, a la izquierda del camino: los dos hermanos que sacrificaron su vida por el bienestar de su gente. Poco después empiezan a verse casas y otras edificaciones de poca altura que conforman el precario asentamiento.
Lo segundo que nos hizo saber que habíamos llegado a la villa fueron los incesantes chirridos que todos nuestros celulares comenzaron a emitir. Aquí en la villa es uno de los únicos lugares en todo el parque donde se puede encontrar señal de wifi. Muchos aprovechamos, quiero suponer, los pocos minutos que permanecimos en el pueblo para mensajear a amigas, amigos, novios, novias, esposas, padres y demás. Yo nunca había caminado tanto en un sólo día, y era motivo de preocupación en todo mi entorno. Los próximos días estaríamos lejos de cualquier señal, y a menos que quisiéramos regresar a la villa, lo que supondría caminar dos o tres kilómetros, estaríamos totalmente incomunicados.
El pueblo es en verdad muy pequeño, está compuesto por 136 casas-habitación, una cafetería (Havasupai Tribal Café, famosa por preparar pan frito, un platillo tradicional havasu), una tienda de insumos, una escuela primaria, dos capillas, una oficina turística, una oficina de correos, un albergue, y un helipuerto, rodeado este último de gente esperando poder encontrar lugar en alguno de los varios vuelos diarios que se hacen del lugar de acceso al parque y la villa.
Una observación importante: a los havasu no les gusta ser fotografiados. A pesar de ser callados y poco sociables con el visitante, es posible entablar una conversación con ellos, siempre y cuando haya un gran respeto hacia sus creencias y sus modos de vida. Al fin y al cabo somos unos invitados y debemos acatar sus reglas en todo momento.
Todo el camino que siguió hacia el campamento estuvo flanqueado por árboles y arbustos, señal inequívoca que las corrientes de agua estaban muy cerca.

Lower Navajo Falls y el primer chapuzón
Con las fuerzas renovadas que la cercanía de nuestro destino nos dotó, llegamos a las primeras cataratas: Lower Navajo Falls, una pequeña pero caudalosa caída de agua. Por esto mismo, por lo caudalosa, es que no pudimos meternos saltar al agua, este esperado placer tardaría muy poco en concretarse.
La distancia a esta altura del recorrido había dejado de medirse, al menos para mí, en kilómetros o en horas. ¿Cuántos pasos más para llegar al campamento? Estas inútiles cavilaciones se vieron interrumpidas por el estruendo de una cascada, más alta que la que habíamos pasado varios cientos de pasos atrás. Al ir descendiendo a un lado de, esta sí, una gran caída de agua, pudimos ser testigos de una de las promesas cumplidas del viaje: Havasu Falls. Los fotógrafos o cineastas la llamarían la “money shot”; los pintores dedicarían gran parte de sus colores azul y verde a tratar de capturar este raudal vertical; los escritores darían rienda suelta a los sinónimos más elevados, enalteciendo esta maravilla natural; los viajeros que vienen de caminar casi 14 kilómetros rodeados de calor desértico, presentarán sus honores al dejar a un lado mochilas, sombreros, teléfonos y demás implementos no sumergibles, y saltar a sus heladas y puras aguas. Algunos de nosotros, cegados más por la euforia que por el calor, saltamos aún con las botas puestas.
Agotados, primero por caminar, y después por saltar y nadar, llegamos al campamento pasadas las dos de la tarde. Nuestras mochilas, con los ansiados cambios de ropa, ya nos esperaban dentro de las tiendas. Alrededor de dos mesas (está prohibido hacer fogatas, de lo contrario habría estado acomodado todo alrededor de una), estaban distribuidas nueve tiendas de campaña.

Hay una serpiente en mi bota
Primero vi una pequeña, de camino a la cabaña que contiene los baños; luego una más grande, misma que se alojó debajo de una tienda vecina, a pocos metros de la mía. La zona de campamento se sitúa junto al cauce del Río Colorado, que provee agua para enjuagarse (que nos es lo mismo que bañarse), y para remojar la ropa usada durante el día. Para beber, es mejor traer el agua que se filtra de la meseta, que brota a través de una llave en uno de los extremos del campamento. Por las noches, el impresionante sonido del agua corriendo hace parecer que está lloviendo, y la amenaza, por más irracional que sea, de una inundación o una lluvia monzónica, se vuelve más atemorizante que la presencia de un alargado reptil que busca una sombra donde descansar.
Al amanecer, las botas mojadas siguen mojadas. Para cuando la avena ha desaparecido de mi plato, el sol comenzó a pegarle de lleno a la mesa, es momento de moverse. Ante la mala noticia de que el Havasupai Tribal Café se encontraba cerrado por la temporada, decidí quedarme en el campamento para descansar. En un par de horas teníamos planeado visitar otras dos caídas de agua: Mooney y Beaver Falls; cuyo camino de llegada, como era de esperarse, sorteaba varios retos, desde atravesar grietas oscuras (la primera), hasta caminar otra decena de kilómetros entre la maleza, siguiendo el cauce del río (la segunda).

Grietas, viñedos y más cataratas
Resulta sencillo imaginar cómo era el estado de esta región cuando los primeros mineros llegaron a la zona, buscando las vetas de minerales preciosos entre piedras y cascadas. Uno de ellos fue D.W. “James” Mooney, famoso por razones poco favorables para su persona. En 1882, fiel a su ambición por encontrar literalmente una mina de oro, Mooney decidió descender los 64 metros de la esta catarata amarrado a una cuerda. Desconocemos el estado físico del que gozaba el poco afortunado minero, lo que sí sabemos es que, después de caer desde cierta altura que probó ser mortal, le pusieron su nombre a esta caída de agua. Hoy en día hay una manera menos mortífera de subir y bajar, pero no por ello más sencilla. Se debe caminar por una angosta grieta entre las rocas; a veces obligados a ir a gatas, por el poco espacio que en varios trechos existe.
Tras el lento y trabajoso descenso, empieza el largo recorrido hacia Beaver Falls, un conjunto de cataratas de poca altura. Lo atractivo de éstas, fuera de que se encuentren en una grieta entre un acantilado, es que tiene varias piscinas naturales a las que se puede saltar y nadar: uno de los puntos más fotogénicos del parque.
“¿Creerían que en el desierto de Sonora había viñedos salvajes?” pregunta Nick, el guía líder cuando emprendemos la caminata, entre altos y densos matorrales verdes (verdísimos). Obviamente ninguno de nosotros lo creería. “Aquí mismo, en los meses de otoño, crecen uvas silvestres. Todo esto se llena de uvas.” El camino serpentea por los lados y a través del río, para esto es necesario llevar calzado apto para los dos tipos de terreno.
¿Ya había dicho que dejé de medir las distancias por kilómetros u horas? Durante este trayecto encontré una forma menos práctica pero más ilustrativa. Desde que dejamos Mooney Falls he cruzado seis veces el río, en partes poco profundo, en otras llegando más arriba de las rodillas; deben faltar de seis a ocho remojadas más.
Poco después llegamos a Beaver Falls, el quinto conjunto de cascadas del parque, el sitio más complicado para llegar de todo Havasupai. Lo estrecho del cañón convierte a este punto en el de mayor riesgo en caso de haber una inundación. La última gran catástrofe ocurrió en 2008, cuando la Presa Redlands liberó toda el agua recaudada tras varios días de lluvia. Todos los habitantes de la villa fueron evacuados y no hubo pérdidas humanas. Por fortuna, la parte del cielo que el cañón permite ver está totalmente azul, no hay nubes que amenacen con romper en lluvia.
El resto de la tarde se dividió en cuatro actividades que se sucedían de manera intercalada: subir a la “piedra de salto”, saltar al agua, nadar a la orilla, hacer fila, subir a la “piedra de salto”, y así. Me gustaría en este momento tocar temas de profundidad viajera, que nos motiven a reflexionar sobre el por qué estamos aquí, por qué viajamos, las razones de los humanos para buscar respuestas a preguntas trascendentales en lugares remotos, pero me toca saltar, y la fila de saltadores es cada vez más larga. Habrá momento para pensar en ello cuando esté caminando de vuelta.
Ya lo dijo Stephen King en sus de sus primeras obras, que los caminos de regreso siempre son silenciosos, y si no lo dijo él, debió haberlo hecho. Regresamos horas después al campamento, el ambiente esta noche se torna un tanto nostálgico. A la mañana siguiente emprenderemos el larguísimo camino de vuelta al sitio donde descendimos, y nada nos volverá a la realidad, esa realidad que no podemos esquivar, como el repentino chirrido de mensajes, correos y llamadas a teléfonos celulares al pasar por la Villa Havasupai, marcándonos el inicio de la larga recta final hacia el lugar donde partimos.

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