Canto a París. Autor: Ylenca Franc

Hoy desperté con la desazón de tu ausencia y la calidez de tu recuerdo. Con ganas de amanecer en ti. Acurrucada en tus rincones; embriagada por tu idioma dulce y sensual.

Hoy, desperté con tu esencia como un río inundando el universo de mi piel. Quiero encontrar el antídoto capaz de saciar esta sed de ti.

Te canto, París, en el graznido de los cuervos; de Baudelaire, en los oscuros versos.

Quiero sentir tu lluvia en un octubre. La misma de aquel día, cuando por primera vez abrí los ojos en ti.

¡Cómo quisiera recorrer la calle de Sant Sulpice rumbo a la Iglesia! La que el Código da Vinci colma de símbolos. Volver a oír el órgano estremeciendo el ambiente.

Quiero cantarte, París, a dúo con la Piaf: “No, no me arrepiento de nada”

En cada niña veo a Cosette escapándole a la maldad de Madame Thenardier. En cada hombre, pasa Jean Valjean, huyendo. En cada suspiro, muero la muerte de Fantine, de la mano de Víctor Hugo.

Navegando por el Sena te canta mi corazón, con la mirada prendida a los caballos dorados, los querubines y los candelabros negros del Puente de Alejandro III; atrapada por las trescientas máscaras del Puente Nuevo; emocionada por los amores obligados a ser eternos en los candados del Pont des Arts.

Percibo el golpe seco de la guillotina cayendo sobre el cuello de María Antonieta en la Plaza de la Concorde. Me estremezco. Santa Genoveva, patrona de París, me alivia al cruzar el puente de La Tournelle.

A través del techo vidriado del barco, las torres de Notre Dame buscan majestuosas el cielo. Quisiera besar de nuevo sus góticas paredes; entrar por el Portal del Juicio Final.

Cae la noche; la ciudad se viste de luces. A la Tour Eiffel acuden miles de luciérnagas y besan su cuerpo con una pasión desenfrenada.

El Sena es un lienzo brillante y colorido que tiembla atravesándote.

Llegamos tarde a la buhardilla en el barrio latino. Sellamos con champagne nuestra primera noche. Contemplo los techos por la pequeña ventana. Todo París duerme. La luna lo baña de una fantasmagórica luz nacarada. Los sueños se elevan como volutas de humo y se dispersan lentamente.

Amanece. Un velo de tules grises cubre la ciudad.

Quieto y lóbrego nos recibe un Café típico. El olor a café y a croissant caliente nos alegra los sentidos. Miro el péndulo del antiguo reloj de pared; me hipnotiza. Una especie de opio me invade y mi contemplación se vuelve torpe, como fuera del tiempo y del espacio.

Quiero hacer mías las empedradas callejas de Montmartre; las notas desgranadas por un viejo organillo; el llanto de un bandoneón. Montmartre huele a romance, a noches de bohemia. Espero inmóvil que un pintor acabe mi retrato. Sobre el cielo la magnífica cúpula blanca del Sacre Coeur pone la nota de recogimiento. Desfile de seres queridos por la mente. Una vela encendida; la firma en el libro de visitas. Por un momento olvidamos la lujuria sugerida por el Moulin Rouge que recién visitamos.

París huele a libros, a pintura, a arte. El viento trae olor a tabaco, me envuelve en una atmósfera encantada.

El timbre de una bicicleta me sobresalta.

Corro alrededor de la pirámide del Louvre. Me abro paso entre cientos de turistas para ver la Mona Lisa. Me sorprende su tamaño. Descubro que es su enigmática sonrisa la que la agiganta.

Los cuervos nos rodean picoteando migas en los Jardines de las Tullerías.

Te canto, París. En los versos amorosos de Safo reclinada en el Museo de Orsay. En el tic-tac del reloj de vidrio tras el que observo el Sena y al que le busco los engranajes, desesperada por detener el tiempo.

En el Museo de L`Orangerie saco uno de los nenúfares del cuadro de Monet. El agua escurre por mi mano y cae mojando el suelo.

La Virgen nos recibe en la portada de la Capilla inferior de la Sainte-Chapelle. Los ángeles de las arquerías bajan hasta mí. La divinidad nos envía su luz a través de los hermosos vitrales.

Tras la visita a los Jardines de Luxemburgo retornamos a la buhardilla, cada uno inmerso en su pensamiento, quizá agradeciendo la concreción de un sueño.

Te canto, París. Por soñar bajo tu cielo. Por delirar contigo. Por respirar tu aliento.

Me enceguece la resplandeciente Galería de los espejos de Versalles. Aunque veo mi imagen reflejada mil veces, no creo estar allí. Por los lujosos pasillos se acerca el roce de sedas del vestido de María Antonieta.

Salimos temprano hacia el Valle del Loira. Llueve. El trayecto es edénico. La vera del camino es un manto continuo de flores.

Mi canto se levanta silente sobre las torres de tus castillos; sobre las ramas ocres de tu otoño; sobre las flores aún adormiladas del pueblo, en el que, dicen, alguna vez soñó Leonardo.

Bajo la lluvia, recorremos el Castillo de Cheverny. Los tilos, los cedros y los naranjos de sus parques y los ladridos de los perros de la montería,  te sumen en la alucinación de un lugar detenido en el pasado.

En el Castillo de Chenonceau conviven en absoluta armonía, los jardines de Catalina de Médicis y de Diane de Poitiers.

Es la última noche. Oigo la voz de Gilbert Becaud cantando: “Au revoir”.

Quiero cantar por ti, París. Pero no me salen las palabras. Me desespero. Una mudez pesada me atenaza la garganta.

Hoy, con la cara mojada por un nenúfar que amaneció en mi almohada, desperté añorándote, París.

 

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