Un peculiar viaje. Autor: Elisa Negro Morilla

María llevaba planificando este viaje unos tres años. En ese tiempo había hablado con Inés, su hermana, un millón de veces sobre la idea de verse y llevarle las cosas que su madre le había dejado, pero siempre con excusas o por distintas circunstancias, ese viaje no se había materializado.

El día que falleció su madre, una gran parte de su vida se vino abajo y cuando, unos años después, Juan le planteó el divorcio, se dio cuenta que se había quedado sin excusas para no visitar a Inés. María era la que se había encargado de su madre en sus últimos días de vida y la que había prometido cumplir con todas las tareas que su madre le encomendó. Entre otras, hacerle llegar a su hermana varios objetos de su infancia: su osito de peluche, su primer chupete y su manta de soles y lunas que mamá le había tejido y con la que había dormido hasta que cumplió los 6 años.

Mientras conducía el largo trayecto desde su Alicante natal hasta Milán, donde actualmente vivía Inés, iba recordando a su hermana y lo fácil que había sido su vida cuando eran pequeñas. Era cierto lo que le decían cuando era niña y que ella no lograba entender: con los años, todo se complica. Estaba inmersa en sus recuerdos cuando de pronto vio una figura menuda al lado de la carretera haciendo autostop. Tenía una melena rubia algo despeinada y llevaba algo en los brazos con mucho cuidado. Aminoró la marcha y al pasar por su lado se fijó en ella. Sus ojos destilaban miedo, pero al mismo tiempo había algo en su cuerpo, en su postura, que mostraba determinación. No sabría explicar qué le hizo parar; si el hecho de que le recordaba a su hermana o a ella misma cuando una vez, siendo adolescente, intentó escaparse de casa y sólo llegó a la calle principal, o que ya estaba hastiada de sentirse sola. Pero se paró y la invitó a subirse al coche. Con cierto temor y casi temblando, se sentó y cuando María le pidió que se abrochara el cinturón, la chica le mostró lo que llevaba con tanto cuidado. Era un bebé diminuto, de apenas unos días de vida que sonreía ajeno al desconcierto que transmitía su madre. A María se le despertó el instinto maternal que durante tantos años quiso ejercer, pero que nunca se le concedió y la acarició y la tranquilizó. Durante las largas horas de viaje, se contaron sus historias, sus miedos, sus esperanzas y entablaron una conexión que en cualquier otro contexto no se hubiera dado. La diferencia de edad no las separó porque eso se convirtió en un pequeño detalle sin importancia pues ante todo eran mujeres. Mujeres sensibles y de aspecto débil, pero con una gran fuerza interior que con ese viaje empezaban una nueva vida. María huía de una vida anodina y solitaria que había perdido todo su sentido con la muerte de su madre y la separación de su marido y Laura huía del que ella pensaba era el amor de su vida, pero que cuando vio al bebé no supo que hacer más que volver a pegarle. Ella no toleraría que tocara a su hijo, así que con lo puesto había huido. Volvía a casa, de donde se escapó siendo una adolescente para vivir un amor loco y a la que regresaba como mujer para disfrutar de un amor sereno y eterno por su hijo.

Cuando ambas mujeres se separaron, no eran las mismas que se habían encontrado en mitad de la carretera. No sólo habían realizado un viaje físico por carretera, sino que también habían hecho un viaje interior determinante en sus vidas. Laura se dio cuenta que todavía quedaba gente buena en el mundo y que te podías cruzar con ella en cualquier momento. María aprendió que el destino siempre te depara sorpresas, no siempre desagradables, que pueden convertirse en un gran descubrimiento si tienes la mente y los ojos abiertos a esa realidad que está ahí pero a la que no sueles prestar atención.

Se dieron un largo y sentido abrazo en el que se transmitieron todo el amor y cariño que en esas horas habían compartido. Como recuerdo, María le entregó la mantita de soles y lunas. Con ella sabía que no sólo le daba una parte de sí, de sus recuerdos, sino la protección y el amor que su madre les transmitió. Laura le dio las gracias con lágrimas en los ojos y se disculpó por no tener nada que ofrecerle. María la abrazó y susurrándole al oído le dio las gracias por despertar a la antigua María. A la que no se aminoraba por nada ni nadie y se enfrentaba a la vida con entusiasmo y optimismo. Y fue eso lo que cautivó a Pietro cuando la vio salir de la estación decidida y con una sonrisa en los labios. Ese brillo, lo que hizo que se acercara a ella para invitarla a conocer Milán junto a él. ¿Sería verdad que la vida es un viaje lleno de segundas oportunidades?

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