Paraty. Autor: Beatriz Afonso Santos

Eran las 10.37am e íbamos de camino al aeropuerto de Galeão. El vuelo UX607 estaba a punto de aterrizar y a Daniela le temblaban las manos de la emoción. Hacía un buen tiempo que no la veía gesticular tanto con las manos ni mirarme con los ojos tan abiertos. Esos fueron los primeros detalles que me enamoraron de ella.

En el asiento de atrás, Viola iba dormida. Daniela la había amamantado justo antes de salir de casa y eso nos daba un margen de unas cuatro horas de tranquilidad. Por suerte, tampoco había mucho tráfico y hacía el calor justo para llamarlo un buen día.

Íbamos a recoger a Claudia, cuyo nombre resonaba en mi cabeza desde hacía una semana. No la conocía en persona, pero los últimos siete días había sido el nombre que más se repetía en la casa. Daniela y Claudia no se veían hacía 4 o 5 años; ella se había ido de Brasil unos meses antes de que Fernando me presentara a Daniela.

Por las historias a medias que me contaba Daniela, entre pañales, teta, baño y arrullos, me hice una idea bastante épica de Claudia. Me imaginaba a una mujer fascinante, de esas que se ríen con la boca bien abierta y que no le tienen miedo a nada de este mundo. Como una extensión poco más inquieta de Daniela.

Claudia venía de recorrer más de 9000 kilómetros en tren entre Asia y Europa. Había llegado a Portugal hacía una semana y media y sin pensarlo dos veces se compró un billete a Río. Luego llamó a Daniela y le dijo que vendría de visita, que no quería saber más nada de Siberia ni de los arrozales chinos; ahora necesitaba sol, mar, tapioca, pinga y pasar un rato en familia. Daniela se emocionó muchísimo y le dijo que aquí la esperábamos con los brazos abiertos, y antes de que nos hiciésemos del todo a la idea de la visita ya Claudia había alquilado una casa en Paraty para irnos 4 días.

La verdad es que no podía haber escogido mejor fecha, justo esa semana yo terminaba de emparejar una casa y Daniela se quería tomar una descanso de la escritura. No obstante, con las noticias y planes repentinos me sentí un poco revuelto, no sabía muy bien lo que me pasaba por dentro y, para no darle más vueltas al asunto, opté por pensar que eran solo nervios ante tanta improvisación.

Nos estacionamos en el área de espera del aeropuerto y diez minutos después apareció Claudia. A primera vista no me resultó especialmente llamativa, sin embargo, unos minutos más tarde noté cómo poseía un atractivo pícaro e ingenioso.

Desde que se montó en el carro empezó a hablarme como si me conociera de toda la vida. Tomó a Viola en brazos y mientras jugaba con ella nos contó la historia de su vuelo cual aventura de ciencia ficción. Entonces me di cuenta de por qué Daniela la quería de aquella manera desenfrenada.

Era especial, de pensamiento rápido y muy decidida. Además, no paraba de morderse el labio inferior, un gesto que me resulta delicioso. Estaba seguro de que si la hubiese conocido hace 4 o 5 años habría querido hacerle el amor hasta que su mente dejase de andar a 200 km por hora.

Del aeropuerto nos fuimos directamente a casa y nos quedamos allí todo el día. Daniela había preparado un bobó de camarão para sorprender a Claudia y nos extendimos toda la tarde conversando en el sofá. Cumplimos con el protocolo usual de los reencuentros esporádicos; hablamos de todo lo relevante y a la vez poco interesante. Siempre ocurre que, incluso cuando hay confianza, el tiempo borra lo cotidiano y a veces la naturalidad resulta un tanto forzada, y así pasaba entre ellas dos, se les veía tan cercanas, tan cómodas, tan feliz, pero a la vez tan perdidas. Nadie es la misma persona ni siquiera de un día para otro.

Esa noche nos fuimos a la cama pronto porque nos esperaban unas cuatro horas de conducción al día siguiente para llegar a Paraty; el viaje tan esperado. Sería una incursión en territorio neutral para conocernos sin prisa y sin condicionamientos.

Nos despertamos a las 8am. Claudia no había dormido mucho por el jet lag, pero estaba contenta de estar de nuevo en suramérica y de disfrutar del clima húmedo y cálido de Río. Se dio un baño rápido y luego cargó a Viola en brazos mientras Daniela y yo terminábamos de preparar las maletas y arreglábamos un desayuno rápido.

A las diez nos pusimos en marcha hacia Paraty y pasadas las 3 de la tarde, después de la merecida pausa a la altura de Angra dos Reis para almorzar más delicias de mar a petición explícita de Claudia, estábamos entrando en la linda casita que había alquilado.

Nos instalamos con calma y sobre las cinco salimos a dar un paseo por la playa. No nos dio tiempo de hacer mucho más ese día porque desde que Viola llegó, la interminable logística marca el ritmo de nuestras vidas. Claudia parecía adaptarse sin esfuerzo, pero yo notaba como sus hábitos de mujer sin ataduras le hacían falta y buscaba pequeños respiros para recordar que era libre. Cuando pasábamos por un tramo solitario de la playa, se desnudaba en dos segundos y corría a darse un chapuzón, y cuando llegamos a casa se tomó quince minutos antes de cenar para mecerse en la hamaca y escribir en una pequeña agenda forrada en piel oscura. Yo la observaba todo el tiempo y una parte de mí envidiaba esa ligereza que transmiten quienes son dueños de su tiempo.

La segunda noche estábamos más animados, aunque un poco cansados por el sol en la piel, pero Claudia tenía ganas de salir a beberse la noche. Se le veía en los ojos. Cada vez que la palabra pinga salía de su boca parecía que estaba hablando de un objeto precioso y yo me iba sintiendo más y más cómodo con su desparpajo y picardía, me empezaba a soltar y a seguirle el juego.

Salimos de la casa a las 8 de la noche y fuimos primero a comer una pizza. Viola no paró de reírse durante toda la cena y eso nos quitó un peso de encima, parecía que tenía tantas ganas como Claudia de irse a bailar a alguno de esos botecos poco encantadores de Paraty.

El dueño de la pizzería, Gabriel Perera fue como se presentó en cuanto entramos al local, nos recomendó un lugar en el que ponían forró y samba esa noche. No tocaba ninguna banda, pero al parecer siempre había algo de ambiente. Compartimos un par de pizzas funghi y después nos fuimos sin prisa caminando al bar para disfrutar de la brisa y bajar la cena.

El bar de Lucas se llamaba el lugar recomendado por Gabriel y era como cualquier otro bar de litrón con las paredes forradas de carteles de brahama. Nada más llegar, Claudia se abalanzó hacia la barra del bar y pidió tres pingas y un litro de cerveza. Daniela la acompañó para cumplir con el vals oficial de quién pagará las bebidas, número que nunca falta en las noches de bohemia y que siempre produce una gran somnolencia en el bartender de turno. Mientras tanto, yo me fui a sentar en una de las mesas al aire libre con Viola.

El bar estaba ocupado a medias por personas que parecían de por allí. Se notaba que no eran turistas porque se movían como Pedro por su casa y en cuanto nos vieron llegar, un par de ellos se acercaron a conversar unos minutos. Vinieron a chequear quienes éramos los nuevos y le hicieron unos mimos a Viola antes de regresar a su mesa.

Nos tomamos el primer trago sentados, sorbo a sorbo, hablando de las buenas cachazas de Minas Gerais y ellas se pusieron a recordar y reír sin parar con las anécdotas de cuando bebían pinga como si el mundo se fuese a acabar. Yo las miraba con algo de distancia y una sonrisa apacible. Eran felices. Se veían espléndidas.

Pusieron un forró y Claudia me sacó a bailar. Se excusaba diciendo que hacía mucho que no bailaba con un brasilero y que seguro había perdido el ritmo, pero se le notaba que los pies le ardían y no podía contener las ganas de moverse. Se agarraba fuerte a mi cuello y movía la cadera con un poco de vergüenza -Ya me iré soltando. Dame uno o dos tragos más -me dijo al oído.

Un poco más tarde empezó la samba, se levantaron varias mesas e improvisamos una pequeña roda. En medio de las palmas y los panderos Claudia trajo el segundo litro de cerveza a la mesa y la tercera o cuarta ronda de pinga. Daniela ya había parado de beber, pero yo no me corté esa noche.

Otra vez sonó un forró y esta vez me quedé yo en la mesa con Viola. A dos o tres metros de nosotros se pusieron a bailar ellas dos. Dos pasos para un lado, dos pasos para el otro, dos para adelante, dos para atrás. Sus vestidos sueltos y ligeros se ondulaban en el aire, y el sudor los abrazaba a sus pechos que jamás se encerraban en un brasiere.

Entonces la vi. Vi la historia que no conocía detrás de esas dos mujeres. La vi cuando frotaban sus frentes al bailar. La vi en la mano de Claudia sujetando con firmeza el coxis de Daniela. La vi en esos cuatro muslos que se rozaban en cada vaivén y en el brillo del sudor en sus espaldas.

De repente sentí un nudo en el estómago y me empecé a marear. No sé si la cachaza tendría algo que ver o si solo era el vértigo ante lo desconocido, pero me sentía extraño. No eran celos, era un miedo diferente.

Perdí por un rato la noción del tiempo y no me di cuenta de si bailaron una, dos o veinte canciones. Volví en mí cuando Viola comenzó a llorar y fue la excusa perfecta para levantarme y decirles que me iría con la nena a la casa. Daniela notó que me encontraba algo descompuesto y no me dejó ir solo, pero Claudia estaba en la cresta de la ola, así que Daniela la animó a quedarse un rato más y ella no se lo pensó demasiado.

Llegamos a la casa y Viola se durmió pronto. Yo me refresqué con una ducha y me metí en la cama. Daniela me trajo un vaso de agua y luego me hizo el amor. Me abrazó, me besó, me desnudó y me amó con unas ganas limpias que casi rozaban el ansia, mientras yo la sentía con lejanía, como en un sueño, porque estaba aún en el limbo. Era un extraño en mi propio cuerpo y en aquella cama, un ser pusilánime que presenciaba ese soberbio momento de Daniela vibrando con la misma energía que tenía cuando nos conocimos.

Al día siguiente me desperté un poco después de las 8am. Dejé que Daniela se quedase en la cama un poco más y me fui a arrullar a Viola al salón. Allí estaba Claudia dormida en el sofá con las sandalias a un lado y el vestido medio desecho. Quién sabe a qué hora y cómo llegó. Con los murmullos de Viola se despertó, abrió un ojo, me hizo un guiño y yo sonreí con gesto de disculpa. Me sentía incómodo, perdido. Poco a poco se incorporó y me ofreció un café; se notaba su cansancio y su resaca, pero no perdía la sonrisa. Puso el agua a hervir y se metió rápido en la ducha. Yo aproveché el momento a solas para moverme tranquilo por la cocina y preparar un plato de frutas. Me di cuenta de que la estaba intentando evitar a toda costa una conversación.

Un par de horas más tarde nos fuimos a pasar el día en la playa, esta vez sí nos llevamos el parasol y nos quedamos debajo de él toda la mañana acompañados por el silencio. Ellas probablemente por cansancio y resaca, yo por incertidumbre. Claudia estaba blandita, como ella misma se describió -Blandita como una guanábana, así me deja el alcohol cuando abre la puerta que da al abismo de la emocionalidad absoluta. Cada día me gusta menos asomarme por allí, pero parece que no sé echarle bien la llave a ese cerrojo.

Empecé a fijarme en todas las pequeñas debilidades de Claudia que había estado pasando por alto, y saltaba mi alarma cuando la escuchaba hacer una pausa un poco más larga de lo normal o cuando cambiaba el tono de voz. Me empeciné en probarme a mí mismo que aquella mujer no era tan maravillosa como parecía y que no suponía un peligro para mi mansa relación con Daniela. Me mantuve al acecho con sigilo y esa noche, mientras preparábamos la cena en casa, desvelé su secreto y me llené de satisfacción.

Estábamos los tres en la cocina cortando vegetales y frutas para hacer una gran ensalada y Daniela comenzó a contarle a Claudia que planeábamos comenzar un proyecto de escuela infantil en Río. Claudia la escuchaba a la vez que mezclaba maracuyá con yogurt para aderezar la ensalada y por primera vez noté que estaba incómoda, incluso diría que algo irritada. Cuanto más Daniela se apasionaba contándole nuestro proyecto, más ácida, como la maracuyá que tenía entre los dedos, le respondía Claudia en un contrapunto sin armonía. A primera vista parecía que intentaba jugar el papel de amiga consejera, pero rascando detrás del tono de sus comentarios pude ver su frustración.

Claudia que mostraba un talento excepcional para llevarlo todo con absoluta diplomacia, estaba herida porque Daniela no la necesitaba para ser feliz. Así fue como tuve la segunda revelación de este viaje, Claudia estaba fuera de juego, revivía el desengaño con Daniela que volvía a apartarla de su vida. Daniela una vez más la excluía de sus proyectos e ilusiones.

Comencé a sentí compasión por Claudia cuando entendí su soledad, pero por encima de eso sentí placer al verla frágil y sin poder sobre Daniela. El nudo en mi estómago se soltó. Nunca antes había sentido un rencor tan genuino en mí.

Tenía miedo. No le temía al deseo entre ellas ni le temía al abandono, le temía con toda mi alma a la fuerza de su complicidad. Más allá de la ignorancia intencional de Daniela para no reconocer el dolor que le producía a Claudia su felicidad y más allá de las mordidas que le lanzaba Claudia cual fiera convaleciente, entre ellas reinaba la familiaridad; sus manos se agarraban con amor, sus risotadas hacían temblar las paredes y su pasión al analizarlo todo sin demagogia era contagiosa. Se permitían ser incorrectas, irreverentes, cuestionar la ética imperante y, lo más hermoso, se escuchaban. Era única su relación llena de magulladuras y remiendos. Una relación que yo jamás tendría con Daniela.

Esa noche después de cenar me excusé y me fui temprano a la habitación con Viola. No quería quedarme allí con mi silencio amargo y mi boca llena de ganas de escupir verdades y atrocidades fruto de la envidia.

Ellas se quedaron un buen rato hablando en el salón y luego las escuché salir. Imagino que fueron a pasar junto al mar porque cuando Daniela se metió en la cama traía los pies llenos de arena. Se abrazó a mí y yo fingí que dormía, aunque lo cierto es que no paré de darle vueltas a la cabeza en toda la noche.

A la mañana siguiente seguí ausente. Claudia notó desde el primer momento mi incomodidad y se inventó la excusa de querer comprar unas artesanías para irse ella sola al pueblo. El plan era recoger las cosas con calma para salir alrededor del mediodía de vuelta a Río. Teníamos cuatro horas por delante en las que nos veríamos obligados a compartir en el carro, así que no era necesario forzar ningún plan mañanero en grupo.

Se hicieron las doce y Claudia no regresaba. Daniela y yo teníamos todo listo para partir y entonces la vimos llegar sin prisa y con un par de bolsas llenas de frutas y verduras -He cambiado de parecer, creo que me vendrá bien quedarme unos días más por aquí, yo sola. Esta casa es muy agradable y me puedo organizar una dieta equilibrada durante una semana, sumada a unos buenos baños de mar y siestas en la arena. Regresaré a Río en bus y podemos compartir unos días juntos en la ciudad.

Por lo general, las decisiones repentinas que rompen con el orden de los planes resultan un poco difíciles de encajar aunque no le vengan mal a nadie. Pero no voy a mentir, para mí fue gran un alivio. Claudia se retiraba discretamente porque sus viejas heridas aún supuraban y usaba la táctica que más le funcionaba, romper con todo y empezar de cero por su cuenta.

Cargamos las maletas en el carro y salimos de Paraty casi a la una. Daniela estuvo tímidamente callada durante el trayecto, se le veía un poco resentida y evitaba hablar de Claudia. La dejé pasar en silencio ese pequeño luto del adiós inesperado, puse su disco favorito de los Secos & Molhados y le agarré la mano un buen rato. Parecía que poco a poco íbamos regresando de un viaje que había alterado nuestra conciencia.

Claudia nunca pasó por Río. Nos llamó y nos dijo que había decidio visitar a unos amigos en São Paulo y de allí volaría a Recife. Hasta el día de hoy no la he vuelto a ver, pero a veces me visita en sueños y me la encuentro en la mirada de algunas mujeres que me cruzo por la calle. Daniela y yo tampoco llegamos a hablar su pasado juntas; decidimos seguir viviendo en nuestro dócil día a día y en la belleza de ver crecer a Viola.

Breve glosario:
Tapioca: Plato típico de Brasil que consiste en una especie de tortilla hecha con fécula de mandioca y se le añaden diversos rellenos.
Pinga: Cachaza. Aguardiente de caña.
Bobó de camarão: Plato típico de Brasil que consiste en una crema muy espesa de camarones preparada con mandioca, vegetales, especias y aceite.
Boteco: Bar popular.
Forró: Tipo de música y baile típico de Brasil.
Litrón: Botella de cerveza de un litro
Brahama: Marca de cerveza brasileña.
Roda: Círculo que se forma para tocar y/o bailar samba.
Secos & Molhados: Grupo de música pop brasileño formado en los años 70 que se convirtió rápidamente en un gran éxito de ventas.

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