El chico de la sudadera roja. Autor: Gorety Campos

Ella miró a la gente buscando una figura conocida. No la encontró.

En cambio, vio aquel chico de suéter rojo entre la multitud vestida de negro, gris o azul oscuro.

Parecía estar esperando, igual que ella, pero tenía un tono despreocupado a diferencia de las demás personas.

Ella pasó de largo, recorrió aquella plaza viendo las bancas y la gente que departía en los bares cercanos. El no estaba.

Ella había llegado al punto de inicio. Vio de nuevo a chico de la sudadera roja, relajado, tranquilo con una de sus piernas arriba de la banca y su brazo reposando en la rodilla, tal como hubiera estado ella, si en ese instante cambiaran de sitio. Se veía humano y se veía vivo.

En su interior ella supo que el ya no llegaría, pero debía dar el beneficio de la duda. No se debe dejar de creer decía. Nunca dejaba de creer.

Fue a sentarse junto al chico de rojo, lo miró, le sonrío, y como cosa extraña en esa ciudad, el le devolvió la sonrisa. Eso no era común, la gente en aquel sitio era amable pero fría, casi nadie sonreía a una desconocida.

Ella se alegro al verlo y aun más al escuchar un -hola-. Respondió y colocó su mochila. Pasaron unos instantes y después de acomodarse el chico escuchó: -Te apuesto a que el tuyo viene antes que el mío-. El la miró con cierta duda y ella agregó: ¡Sí! un euro a que vienen antes por ti que por mi. El dijo: -no, porque lo voy a perder. Yo estoy seguro que viene por mi-.

Y ambos rieron un poco.

Hablaron de quiénes eran, de a qué se dedicaba y de lo absurda que había sido la forma de conocerse. De vez en cuando miraban el reloj, y cuando la conversación iba en buen tono, se dieron cuenta que incluso se habían sentado de la misma forma.

Ella supo que ya no tenía caso esperar.

A el le llamaron para decirle dónde lo esperarían. Así que era tiempo de despedirse. El pregunto si ella llamaría al otro chico, ella respondió que no. No valía la pena, estaba acostumbrándose a la frialdad de la ciudad y a la de algunas personas. Pero siempre se conserva la fe.

El le hizo una propuesta: irse con el y conocer a sus amigos. Ella aceptó acompañarlo. Después de todo se veía de fiar, y había sido la conversación más larga que había sostenido en mucho tiempo.

El la acompañó a dejar su mochila. A ella le gustaba llevar alguien conocido a la que ahora era su casa.

Recorrieron las calles y fueron a un bar cercano. El le presentó a sus amigos. Eran muy simpáticos y celebraban un cumpleaños, una excelente nota en un trabajo final de grado, y quizá el encuentro fortuito entre el chico de la sudadera rojo y ella.

Fueron a otro bar y la conversación fluía sola. Al encaminarse a un nuevo bar, otra chica se unió al grupo. Tenía la inocencia de una niña traviesa y adornaba el nombre de una diosa griega con su personalidad. Tocarían jazz en ese lugar. La dueña del local los conocía bien, y era amable como solo se puede ser con los viejos amigos. Ahí encontraron a más conocidos y fueron presentándose y charlando mientras las copas, la música y las risas acentuaban el ambiente.

Bailó con uno de los chicos, los miraba disfrutar de la música y después de mucho tiempo volvió a sentirse viva. Entre una y otra melodía, era hora de marcharse, había sido una noche estupenda.

Los chicos se despidieron y se alejaron en medio de la calle pasada la media noche. El y ella caminaron juntos. ¿Te lo has pasado bien preguntó el? ¡Sí! respondió ella con un tímido gracias. Mientras en su mente pensaba que nunca había estado tan contenta de que la plantaran.

Era su cuadra, un doblez a la derecha y estaría directo a casa, pero prefirió caminar un poco más para gozar de su compañía. No quería acabar aquella noche. El dio su número para mantener el contacto.

Antes de irse ella le pidió que le cantará, el dijo que no se sabía la canción que ella pedía, pero que algún día se la tocaría con la guitarra. Se inclinó y le dio los dos besos de despedida. Se inclinó de nuevo y le dio un abrazo que logró llegar a su alma. Ella cantó para el en su mente. Le susurró al oído las notas de esa vieja canción: Bésame, bésame mucho… mientras sentía el sabor de sus labios y recordaba la letra: como si fuera esta noche la última vez…

Así acabo todo. Ella tenía su número, lo anotó bien, pero no deseaba llamarlo, en sus adentros quería conservar intacto ese recuerdo. ¿Qué pasaría si lo llamaba? El no la recordaría, contestaría por cortesía, habría que seguir el ritual social, y probablemente nunca más volvería sentir la magia de aquella noche.
¡No! No lo llamaría. Ni siquiera para agradecerle darle vida con ese abrazo, con las voces de sus amigos, con la sonrisa de aquella niña con nombre de diosa griega. Lo recordaría así para siempre en su memoria y lo aguardaría en un lugar especial de su corazón.

Pasaron los días, las correcciones, los meses, los libros, los artículos devorados, citados, casi aprendidos, y terminó las presentaciones de su avance doctoral. Eso que había venido hacer a España. Estaba a punto de marcharse.

Aquella ciudad estaba de fiesta, ahora todos sonreían y lo frío del ambiente parecía ser solo un vago recuerdo, un fantasma del pasado que pocos recordaban. Era un día antes de partir, la plaza tenía mucha gente y ahora todos vestían de rojo en sus pañuelos. Era San Fermín.

Ella se sentó en la misma banca de la Plaza del Castillo, a pesar del poco espacio. Recordó aquel muchacho de sudadera roja, despreocupado con su pierna arriba y su brazo apoyado en la rodilla. Ella estaba perdida en sus pensamientos a pesar de la algarabía de la gente.

-Te apuesto que vienen antes por mi, que por ti-. Dijo una voz ¡Vamos un euro!
Ella no volvió la mirada, pero respondió: -No, porque perdería, yo ya no espero a nadie, aunque nunca dejo de creer-.

-Tienes razón- contestó la otra voz: -hubieras perdido, ya ha venido a quien yo esperaba-…

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