Bossa Nova de Salvador. Autor: Balthazar M. Royuela

Cuando la lancha rápida recalaba al atardecer en la estación marítima, el sol teñía las nubes de color anaranjado sobre la línea del horizonte. La travesía desde la isla de Tinharé, de hora y media de navegación, había llegado por tanto a su fin. Y yo desembarcaba muy mareado y con el estómago revuelto, porque la lancha no había dejado en ningún momento de rebotar a gran velocidad sobre el fuerte oleaje del Atlántico. Así que, durante toda la singladura, me había visto obligado a permanecer postrado en una silla del camarote, vomitando en una bolsa de plástico.

 Una vez en tierra firme, me dirigí al ascensor público que comunica la Cidade Baixa con el Centro Histórico, encaramado en la parte alta de la ciudad. Ese breve recorrido a pie sirvió para que me sintiera más aliviado, sin embargo, bastaron treinta segundos de subida en el elevador para que volviera a marearme de nuevo. Y cuando la cabina se detuvo en seco y las puertas automáticas se abrieron, salí dando tumbos y me aparté a un lado del pasillo, para no obstaculizar la corriente de apresurados pasajeros. Agarrado al pasamanos, esperé unos instantes a que remitieran las náuseas, antes de enfilar lentamente la galería hasta alcanzar la salida.

 Ya en el exterior, encontré en la plaza un banco de madera desocupado, donde tomé asiento, ajeno a los turistas que tomaban fotografías del crepúsculo. Y acomodado allí, en aquel mirador sobre la Bahía de Todos los Santos, presencié consternado la puesta de sol, como si se tratara de la hemorragia de una herida sentimental que había sufrido recientemente, que aún estaba sin restañar, y que supuraba recuerdos dolorosos. Mientras mis lágrimas brotaban hacia adentro, fui experimentando una sensación creciente de bienestar. Hasta que al fin un manto de oscuridad fue cubriéndolo todo delicadamente, como una gasa sanadora, que detuvo la hemorragia en el cielo y en mi alma.

 De pronto advertí la presencia de alguien a mi lado. Giré la cabeza y descubrí a una chica sentada en el otro extremo del banco, tan oscura como la misma noche recién llegada, expectante e inmóvil, como un felino al acecho. La presencia de aquella desconocida, que se había acercado de forma tan sigilosa, me llenó de inquietud. Y un escalofrío, provocado tal vez por la brisa marina del anochecer, me recorrió la espalda.

 Pero la muchacha enseguida me dedicó una sonrisa, y el blanco de sus ojos y de sus dientes refulgió en la oscuridad, y su rostro de ébano se iluminó tanto que mis murallas defensivas, levantadas con las duras piedras de la desconfianza, saltaron en mil pedazos. Al pronunciar sus primeras palabras para presentarse, fue como si su voz áspera y ronca rasgara el silencio que nos separaba. Dijo que se llamaba Cibele y manifestó tanto interés respecto a mí que, casi sin darme cuenta, le fui desvelando las razones personales que me habían empujado a huir de mi vida en Europa y emprender ese viaje.

 La chica, conmovida por mi revelación, me aseguró que iba a implorar a los orixás para que intervinieran en mi favor. Ante mi perplejidad, me confesó que estaba iniciada en el Candomblé, una práctica religiosa de la que yo tenía algunas nociones y que ella me ayudó a comprender con mayor profundidad. Así, me explicó que el culto del Candomblé se basa en las tradiciones yoruba de Nigeria, con cierta amalgama de tradiciones originarias del Congo y Angola, y que gira en torno a diez u once divinidades principales, denominadas orixás, con un número variable de dioses menores. Cada orixá está relacionado con un elemento de la naturaleza, donde habita, y representa unos atributos humanos determinados. Además, estas divinidades tienen incluso colores específicos y requieren determinadas ofrendas alimenticias y animales para su sacrificio.

 La actividad religiosa se organiza en torno a templos, llamados terreiros, donde el sacerdocio lo desempeñan principalmente las mujeres, pues según Cibele éstas son más aptas para intermediar entre las personas y las divinidades. Así pues, son las sacerdotisas o mais de santo las que ocupan el más alto grado en la jerarquía religiosa, inician a los adeptos y dirigen los rituales para curar dolencias y solucionar cualquier otro tipo de dificultades, como problemas de trabajo, de vivienda, de compañía, de amor, etc. En muchas ceremonias, los orixás se encarnan en los fieles, cuando éstos entran en trance por medio del baile y al son de tambores denominados atabaques.  

 Cibele me explicó que gracias a la iniciación se pasa a formar parte de un terreiro y de su familia de santo correspondiente, asumiendo un nombre africano y un compromiso con su sacerdotisa y con su orixà personal. En su caso, ella dijo ser devota de Oxum, la divinidad yoruba de la sexualidad femenina, la fertilidad y el amor, una divinidad que habita en las aguas dulces de los ríos, lagos, manantiales y cascadas. Según me contó, el color favorito de Oxum es el amarillo, razón por la cual la chica llevaba un abalorio de ese color en el cuello.

 Para mostrarme el collar, se levantó del extremo del banco que ocupaba y se acercó a pocos centímetros de mí. Me di cuenta entonces de que su presencia desprendía un aroma afrutado e irradiaba calor, lo que me provocó una gran turbación que no pude disimular. Y, luego de un largo silencio, en el que pude escuchar el sonido de su respiración, comenzó a dedicarme palabras bonitas, adoptando un tono de voz más susurrante y cadencioso, como si entonara una dulce canción, una bossa nova cuyo estribillo delicioso repetía, una y otra vez, las palabras voçê é lindo.

 

 

*   *   *

 

 Cuando nos levantamos del banco y nos dispusimos a pasear juntos, me agarró de la mano y me sucedió lo que les sucede a veces a los niños y a los enamorados, que se sienten elevados por la felicidad a dos palmos del suelo. Y así caminé de su mano, como si flotara por encima de calles luminosas, empedradas y turísticas, que pronto dejamos atrás. Me dejé llevar después, cuesta abajo, por callejuelas oscuras, jalonadas por bolsas de basura, devastadas por las lluvias torrenciales del Trópico. Pero ya no había marcha atrás; había decidido traicionarme a mí mismo, al ser desconfiado y temeroso que hasta entonces era yo en realidad.

 Así que atravesamos juntos el umbral de un viejo inmueble en el que se alquilaban habitaciones, pese a que no tenía indicación de ningún tipo. Y, aferrado a su mano, subí las crujientes escaleras de madera hacia el primer piso como si ascendiera al séptimo cielo y la cháchara estridente de la televisión de la planta baja sonara a música celestial. Cibele abrió con destreza la puerta desportillada de la habitación, como si ya lo hubiera hecho muchas otras veces, y se metió en el baño, en tanto que yo me dediqué a inspeccionar el cuarto, que suscitaba una impresión de decadencia general.

 Me senté a esperar a Cibele en el camastro y comprobé cómo el colchón se hundía en una malla metálica oxidada. No obstante, la colcha y las sábanas, olían bien y parecían limpias, aunque estuvieran festoneadas por algunas manchas imborrables y agujeros. En cuanto a la decoración, no había nada en las cuatro paredes, de color amarillo limón, salvo unas cortinas negras, que ocultaban una ventana enrejada de cristales translúcidos, que se abría con dificultad a un oscuro patio interior. Por lo demás, aparte de la cama y la mesilla con la lámpara de noche, completaban el mobiliario un exiguo armario ropero y un vetusto diván, donde la chica se sentó al salir del baño.

 La observé atentamente mientras, ensimismada, se desvestía e iba apilando cuidadosamente su ropa sobre el sofá. En ese momento, parecía sumida en un diálogo consigo misma o acaso en la recitación de una plegaria que no expresaba en palabras, sino sólo a través de un levísimo temblor en sus labios gruesos. Cuando al fin quedó únicamente ataviada con un conjunto blanco de ropa interior, que casi resplandecía sobre la negrura de su piel, levantó la mirada y pareció extrañarse al verme sobre el jergón. Si bien, acto seguido, se abalanzó repentinamente sobre mí, como si estuviera bajo el influjo de una divinidad invocada, tal vez de Oxum, el orixá al que dijo profesar devoción.

 Durante la cópula, no cesó de emitir un jadeo ahogado, semejante al ronroneo de un felino, un sonido gutural constante, que se elevaba por encima del ruido chirriante del catre y que se hizo más agudo en el momento final, antes de derrumbarse a mi lado. Después, mientras los latidos de nuestros corazones se fueron acompasando, percibí que nos envolvía un olor denso y penetrante, una mezcla embriagadora de sudor, fluidos corporales y la fragancia de fruta selvática que exhalaba el cuerpo de la muchacha. Tan dulcemente anestesiado me sentí, que enseguida me quedé dormido.

 En el sueño, me hallaba sentado sobre un tronco, al borde de una ciénaga cubierta de hojarasca, contemplando como una larguísima serpiente sucurí emergía lentamente a la superficie. Antes de que la sucurí hubiera sacado su cola del agua, escuché una voz que me llamaba desde muy lejos. Y al despertar de ese vívido sueño, vi los ojos de Cibele clavados en los míos, resplandeciendo como llamas en la penumbra de la habitación.

 Estaba en cuclillas al borde de la cama, completamente vestida. Durante unos segundos nos miramos fijamente en silencio, mientras sus dedos dibujaban sobre mi rostro caricias que significaban la despedida. Para intentar borrar la tristeza, que se había asomado a mi cara como a la de un niño que pronto va a ser abandonado, me restregó sobre el cutis su abundante cabello encrespado. Los estallidos de risa que me provocaron las cosquillas se apagaron, sin embargo, muy pronto, cuando poco después, sin perder su acostumbrada delicadeza, me pidió que le pagara. Atolondrado, me levanté del catre en busca de los pantalones, donde guardaba la cartera, y le entregué los billetes que ella consideró suficientes.

 Antes de partir, me suplicó que no me demorara, puesto que el barrio era de noche muy peligroso. Luego abrió la puerta y se fue, y yo permanecí allí de pie, desnudo, escuchando el eco de sus pasos en la escalera, como si escuchara los compases finales de la canción, esa bossa nova cuyo estribillo repetía voçê é lindo una y otra vez.

 

*   *   *  

 Joâo era uno de esos jóvenes atléticos, de aspecto risueño y despreocupado, vestido con una sencilla camiseta y unas bermudas, además de las gastadas chancletas havaianas. Me topé con él al bajar la escalera, mientras bostezaba y sonreía de forma simultánea, en un gesto gracioso que me inspiró confianza. Joâo dijo ser amigo de la familia que regentaba la pensión y, cuando le pregunté por el modo de llegar a la parada de taxis más próxima, se ofreció a acompañarme.

 Nada más emprender la subida de aquellas sucias y fantasmagóricas calles, sentí las piernas entumecidas, de modo que tuve que esforzarme para seguir el paso rápido del chico. El lugar realmente infundía temor a esa hora, aunque sólo tuvimos que esquivar a unos inofensivos meninos da rua, que yacían en la acera sobre cartones, inhalando efluvios tóxicos de pegamento en bolsas de plástico. Así que en pocos minutos llegamos a la zona turística del Centro Histórico, donde había bastante animación, al amparo de la vigilancia policial.

 Nos sentamos en un puesto de bebidas de la Praça da Sé para tomar unas cervezas y platicar un rato. Y enseguida pregunté al chico por Cibele, porque tuve la intuición de que la conocía bien, mientras que yo había caído de pronto en la cuenta de que, más allá de su religiosidad, no sabía absolutamente nada de su vida. Sin embargo, se mostró bastante lacónico y evasivo al responder que no era una piranha de tantas, sino una chica muy especial, que de vez en cuando acudía a la pensión en compañía de algún turista.

 Por el contrario, Joâo se mostró más locuaz al referirse al barrio en el que nos encontrábamos, el Pelourinho. Dijo que a veces trabajaba como guía turístico, de modo que conocía muy bien la historia del barrio. Además, se había criado en sus calles, aunque luego se vio obligado a trasladarse a vivir, junto a su familia, a otra zona de la ciudad, cuando las autoridades acometieron la rehabilitación urbanística que había convertido el Pelourinho en una especie de parque temático para turistas.

 El Pelourinho era la zona de la Cidade Alta donde se concentraron en la época colonial los grupos sociales privilegiados, por lo general de origen portugués, como los comerciantes y los señores de los ingenios del azúcar. Y su nombre hace referencia a una picota, instalada aquí en aquella época, donde se amarraba a los esclavos infractores para someterlos a suplicios públicos. En la actualidad, el barrio es un escenario de postal, de calles y plazas adoquinadas, lindas casas de color pastel e iglesias bellamente iluminadas durante la noche. Pero antes de su profunda remodelación en los años 90, cuando Jôao era un menino, el barrio era una zona muy degradada, donde muchas mujeres ejercían la prostitución y donde casi todos los vecinos vivían en condiciones precarias como inquilinos, en edificios en pésimo estado de conservación y con servicios higiénicos de uso colectivo.

 No obstante, según Joâo, la reconstrucción del barrio se acometió sin tener en cuenta a su población residente, a la que por el contrario se la expulsó sin miramientos. Como los habitantes eran personas muy humildes, los gestores públicos consideraron que no podrían hacer frente a los costes de mantenimiento de los edificios que se iban a restaurar y optaron por desalojarlos masivamente. Además, sólo algunos propietarios de los inmuebles recibieron indemnizaciones, por otra parte, insuficientes. Como consecuencia de esta operación urbanística, las antiguas construcciones del barrio, concebidas en su origen como viviendas, pasaron a ser bares, restaurantes, galerías de arte, museos, tiendas de souvenirs, etc. Y mientras sus antiguos moradores tuvieron que buscar alojamiento en otras partes de la ciudad, los pisos superiores de muchos edificios restaurados del Pelourinho quedaron desocupados, ya que los nuevos establecimientos se ubican generalmente en la planta baja de los mismos.

 Sea como fuere, lo cierto es que el barrio, más allá de funcionar como imán para atraer la visita de los turistas a la ciudad, se ha ido desarrollando también en torno a la difusión de actividades que difunden su rico patrimonio cultural. Un patrimonio que se ha ido gestando durante siglos, a partir de las tradiciones de origen africano, mezcladas con la cultura colonial portuguesa y las costumbres amerindias anteriores a la colonización. Así que hoy en día, el Pelourinho sigue siendo el genuino corazón de la ciudad, un corazón muito bonito, cuyos latidos suenan rítmicos y vigorosos, como los tambores de sus numerosos grupos de percusión. Sólo que, llegados a ese punto de la conversación, las pulsaciones del Pelourinho habían bajado mucho, porque era casi la medianoche.

Joâo me acompañó a una parada de taxis cercana y no se separó de mí hasta que estuve dentro del vehículo que debía llevarme al hotel. El conductor resultó ser un hombre taciturno que, con el fin de evitar posibles asaltos y ante el escaso tráfico nocturno, se saltaba incluso los semáforos en rojo. Dentro del taxi el silencio era incómodo, así que para distraerme iba mirando por la ventanilla del asiento de atrás, aunque esas calles desiertas no tuvieran mucho interés sin el bullicio propio del día. Siempre tenía esa impresión en el Trópico: la luz diurna es de una intensidad inigualable, pero también parece más profunda la oscuridad de la noche, aunque estuviera en una gran ciudad como Salvador de Bahía.

 Al sentir sobre mí la mirada circunspecta del taxista, a través del espejo retrovisor interior, me di cuenta de que inconscientemente estaba tarareando una vieja y famosa canción, un clásico de la bossa nova, que trata del sentido efímero de la felicidad respecto a la tristeza. Y aunque básicamente siempre había estado de acuerdo con el mensaje de la canción, durante ese trayecto en taxi sentía una mezcla extraña de ambos sentimientos. Sentía felicidad, sobre todo por la fantástica experiencia íntima con Cibele. Pero también sentía tristeza, al pensar en serio por primera vez que, si se entregaba a los hombres para conseguir dinero, sus circunstancias personales tal vez fueran bastante difíciles.

    

 *   *   *   

 Desde mi habitación del hotel, situado frente al mar, la vista era magnífica. Podía contemplar la playa de punta a punta, hasta el Faro de Barra, instalado en el fuerte de Santo Antônio. Esta edificación, que a su vez alberga en la actualidad el Museo Náutico, es un emblema de la ciudad, pues está considerada como el primer fuerte militar que los portugueses levantaron en América. Antes de dormir, me gustaba ver las olas romper en la playa desierta, iluminada por las luces de la Avenida Oceánica, mientras las ráfagas de luz del faro penetraban en la oscuridad del Atlántico para señalar la entrada norte de la bahía. Un escenario cargado de magia e historia en el que resultaba muy fácil entregarse a la ensoñación.

 Antes de acostarme, inspeccioné a fondo el mini bar e improvisé un cóctel de refresco de cola con hielo, bien cargado de ron, que allí se llama cachaça. Y sentado frente al mirador comencé a divagar. Durante los días pasados, había dedicado bastante tiempo a la lectura de un libro de viajes, que incluía mucha información sobre la historia de la ciudad. De modo que guardaba recientes en la memoria algunos datos básicos de su fundación.

 San Salvador de Bahía se constituyó como sede del Gobierno General de Brasil en 1549 y fue durante mucho tiempo la perla de la Corona de Portugal en América. Para su asentamiento, los portugueses escogieron este enclave estratégico, a medio camino entre los límites norte y sur de Brasil, y situado a la entrada de esta amplia ensenada, a la que bautizaron con el nombre de Bahía de Todos los Santos. La ciudad se consolidó pronto como principal enclave comercial, ya que a través de su puerto se exportaban diferentes productos, como el azúcar o el tabaco. Y a pesar de que la capitalidad se trasladó a Río de Janeiro en el siglo XVIII, eso no impidió que Salvador siguiera desarrollando sus actividades comerciales y portuarias, gracias al crecimiento de la agricultura y el descubrimiento de oro y diamantes en regiones limítrofes. Tras la independencia de Brasil en 1822, muchos comerciantes portugueses abandonaron la ciudad, y después ésta fue perdiendo pujanza económica, debido también a la cotización desfavorable del algodón y del azúcar en el mercado internacional.

 Pero no se podía entender la historia e idiosincrasia de Salvador sin mirar hacia donde lo estaba haciendo yo en ese momento, hacia el este, a través del Océano Atlántico, hasta las costas de África, puesto que es allí donde están los orígenes de la mayoría de habitantes de la ciudad. Me sentí conmovido al pensar que Salvador fue durante mucho tiempo el mayor mercado de esclavos africanos del Brasil y al imaginar que justo por ahí, frente a esa playa de Barra que estaba contemplando, llegaban en el pasado naves cargadas de personas apresadas en África, para ser utilizadas aquí como esclavos en las plantaciones. Hasta que por fin el tráfico de esclavos se prohibió en la mitad del siglo XIX, aunque la abolición definitiva de la esclavitud no se produjo hasta 1888.

 Desde entonces la población negra pudo desarrollar más libremente su legado cultural y espiritual, entre el que destaca el Candomblé, una religión perseguida durante mucho tiempo y cuyos adeptos fueron acusados de brujería por la Iglesia Católica del Brasil colonial. Los indígenas amerindios y los esclavos de origen africano tuvieron que convertirse al catolicismo, la religión del conquistador, pero no olvidaron su cultura religiosa originaria. Así pues, a pesar de varios siglos de persecución, hoy en día practican el Candomblé sólo en Salvador de Bahía cientos de miles de personas, entre ellas Cibele, como bien me había contado.

 De pronto, pensé que en ese mismo momento de la madrugada tal vez se estuvieran celebrando misteriosas ceremonias, tanto en terreiros de barrios lejanos de la ciudad que tenía a mis espaldas, como al otro lado del mar, que se extendía inmenso e insondable frente a mí. Hasta creí escuchar los sonidos hipnóticos de los tambores atabaques que inducen al trance. Pero era evidentemente una ilusión acústica producida por el alcohol, porque para entonces una bruma etílica densa, que confundía mis sentidos, se había instalado dentro de mi cabeza.

 Así que decidí por fin retirarme al dormitorio, un cuarto enmoquetado con una cama demasiado grande para mí, de la que sólo ocupaba la mitad. Entonces, al acostarme, mi mirada obnubilada quedó prendida en la muñeca negra de trapo colocada sobre la almohada del otro lado de la cama. Había comprado esa muñeca días atrás a una vendedora ambulante, en la misma plaza en la que hacía unas horas había conocido a Cibele, lo cual en ese momento de la madrugada me pareció una especie de premonición. Agarré la muñeca de trapo y la observé detenidamente, igual que si fuera un fetiche en el que podía contemplar los rasgos de la chica, sus mismos ojos grandes y centelleantes, su amplia sonrisa luminosa, su mata de pelo rizado…

 Estampé un beso a la muñeca, la deposité cuidadosamente sobre mi almohada, y me tumbé de costado, sin dejar de mirarla, acosado por un incipiente sentimiento de añoranza, que allí denominan saudade. Pero muy pronto apagué la luz, para evitar que la nostalgia siguiera creciendo y me embargara por completo. Y entonces mi cuerpo experimentó de golpe un enorme cansancio, mientras la cama se tambaleaba en un suave vaivén que enseguida me condujo al sueño.

 

 

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