Alma de Praga, alma de pilsen. Autor: Leandro Rodríguez

Jiri apareció entre las sombras para abrirme la puerta de su apartamento. Era más bajito de lo que esperaba. La barba de su foto engañaba. Su estatura era cercana al metro sesenta, de esas personas de proporciones normales pero tamaño reducido. Cuando la luz iluminó su rostro, aparecieron sus enormes ojeras y su labio lastimado, como si hubiera tenido una pelea de boxeo el día anterior.

Cuando me reconoció, me saludó y me invitó a pasar a su casa. Sus pequeñitas manos nerviosas y su personalidad de niño tímido contrastaban con su rostro de ser al que la vida parecía pesarle más de los normal. Pensé que probablemente era por su vida de freak, de desarrollador y de amante del té, tratando de evitar pensar que era alguna especie de criminal rebuscado y que por eso me había invitado a quedarme en su casa por Couchsurfing.

Cuando entré a su apartamento, número 41 pero número 12 en la botonera de los timbres (no pidan lógica en los países ex comunistas), me encontré con una china que también se estaba quedando con él por Couchsurfing. Era viernes por la noche y para Jiri era buen plan alojar extraños en sus días libres. Como la china estaba cansada y nosequé, me invitó a salir a tomar unas cervezas.

A diferencia de los bares a los que había ido antes, más cerca del centro de Praga, este no tenía escalerita p’abajo. Praga es una ciudad en que su centro está cuatro metros por encima de su nivel original, por lo que es normal en los bares descender uno o dos pisos por escaleritas al lugar donde la noche tiene el protagonismo. El lugar era solo una puerta, no decía nada a la entrada y cuando la abrimos, un perro empezó a ladrar. Luego noté que lo hacía con todos los clientes que entraban y me dio cierto placer estar en ese lugar antimarketing.

El lugar estaba casi vacío, pero de a poco se fueron acercando diferentes borrachos barriales, de esos que ahora están de moda y que llaman “alternativos”: universitarios de 30 años que van a chupar cerveza, fumar porro y escuchar música rara. Al principio me sentí un poco extraño en el lugar, pero con el paso del tiempo descubrí que Jiri era un sibarita para elegir una barra donde acodarse.

Cuando notaron la presencia de un extranjero, los borrachos alternativos se pusieron curiosos y comenzaron a hablar conmigo en un fluido inglés americano sobre temas de todo tipo mientras se armaban su porro. Me contaron sobre República Checa y sus viajes, sobre los carteles que había ahí sobre la época comunista y hablamos sobre Turquía y Uruguay. A diferencia de las charlas de borrachos, sus puntos de vista no eran deterministas ni pretendían solucionar todos los problemas. Más bien expresaban la impotencia frente al mundo, heredera de la impotencia frente al comunismo. Más tarde Jiri me confesó, como buen borracho de barrio, que le gusta ese bar porque la cerveza es barata y se puede tener charlas inteligentes con esa gente. Aunque en realidad que Jiri era más participativo en el tema de la cerveza que de la charla.

A ser sincero, en realidad no creo que Jiri sea un borracho de barrio. Más bien es adicto al té, y esa fue la única vez que fuimos a ese bar. Es más bien que en Praga es obligación de ciudadano ir a tomar cerveza. A precios ridículos, es imposible decir que no. En los bares el precio estándar por un chop de medio litro es de €1, y en supermercados ese precio cae a entre 30 y 50 centavos de euro.

De hecho, la cerveza tipo pilsen, la “rubia”, la más consumida en el mundo, lleva ese nombre por la ciudad checa donde fue inventada. Y si bien no queda tan cerca, Praga carga con el orgullo de ser la ciudad cervecera por excelencia. Y bien merecido que lo tiene. Así como Jiri tiene bien merecido ir a embriagarse dos por tres a ese bar donde se mezcla la decadencia comunista con el desencanto posmoderno y la cerveza barata de calidad.

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