Un desvío sorprendente. Autor: J. Martín Alcaid

Era un día  soleado, sin viento, con alguna que otra  nubecilla paseándose con languidez por el cielo. Llevaba tres horas conduciendo, escuchando música y las instrucciones del GPS. En un determinado momento, los datos del navegador dejaron de coincidir con la señalización de la carretera: «en la rotonda, gire a la derecha»,  cuando no existía tal posibilidad, o bien, «a quinientos metros, tome la salida», y la maniobra era imposible porque la vía  estaba inacabada.  Volví sobre mis pasos para comprobar los indicadores, por  si no los hubiera interpretado correctamente, y retomé el camino inicial, pero no lo tenía nada claro y empecé a ponerme nervioso. Menos mal que   encontré a  un hombre sentado en el talud de la carretera. Era algo barbudo, portaba en la espalda el típico zurrón de los pastores, con  la mano derecha se apoyaba en un cayado y con la izquierda sujetaba un mechero de yesca, seguramente estaba a punto  de encender un pitillo. Supuse que  estaría  al cuidado de una piara de cabras, aunque ni se veía   ninguna buscando comida entre los matorrales ni se oía el característico cencerreo de sus campanillas. También me extraño que no le acompañara  un perro guardián como suelen   hacer los cabreros, claro es que el animal podría haberse internado con el rebaño entre la maleza.

Paré el vehículo y bajé la ventanilla derecha.

—¡Buenos días! Disculpe, me parece que me he perdido, ¿podría decirme donde está la salida para ir a…? —le pregunté.

No me dejó terminar la frase.

—Más de uno que pasa por aquí piensa que se ha  extraviado; aunque no lo crea, va usted bien,  continúe en esta misma dirección  unos tres kilómetros más y encontrará  un cartel indicándole un desvío, tómelo, no existe otra ruta —me dijo, sonriente, mientras me miraba fijamente —. ¡Ya verá como no se  ha perdido!

—¡Muchas gracias!¡Adiós!

Dos cosas me habían llamado la atención en aquel hombre: su mirada penetrante y su nariz. No soy experto en narices, pero sé reconocer algunas de ellas; ésta se podía calificar como del tipo semítico, porque era  un apéndice de tamaño grande, con fosas nasales anchas y puente bastante elevado que le daba una forma ganchuda, característica de los pueblos árabes y hebreos; igualmente podría pertenecer, por su volumen y su pico bulboso,  a otro tipo cuyo nombre no recuerdo.

Reanudé el viaje. Mientras  me alejaba del lugar, observé por el retrovisor que el hombre se había levantado; en la distancia parecía la figura de un patriarca bíblico descansando  sobre su báculo; volví a mirar, el hombre había desaparecido.

A la distancia señalada por el pastor, hallé el siguiente cartel: «CARRETERA CORTADA, DESVÍO PROVISIONAL». Dejé la calzada bastante bien asfaltada por la que había circulado hasta entonces y entré en una vía grisácea con el firme deficiente; no tenía otra opción, era esa o retornar al punto de partida. Como se suele decir, me lancé al ruedo, confié en  que iba con toda seguridad por el buen camino hacia el destino previsto. ¡Pobre de mí, cuan equivocado estaba! Mi  relativa tranquilidad no iba a durar mucho tiempo; en aquel entonces ignoraba que me aguardaba un hallazgo sorprendente.

Tras   varias  curvas, llegué a un altozano desde el que pude divisar  una inmensa llanura que se perdía en el horizonte. Inicié el descenso. Conforme bajaba, la vegetación iba disminuyendo y la sequedad del suelo, aumentando. Me estaba adentrando en un territorio  desértico e inhóspito donde solo crecían vulgares matojos, pero ni un árbol ni una miserable yuca. Una vez llegado a la base de aquella elevación, la carretera dejó las caprichosas revueltas  para transformarse en una recta  monótona, una recta que parecía haber sido diseñada con un tiralíneas. El asfalto, recalentado por el sol, producía en la lontananza unos efectos ópticos en forma de  charcos de agua, que desaparecían conforme me acercaba a ellos, eran puros espejismos. El viaje, iniciado con optimismo e ilusión, se estaba convirtiendo desde aquel momento en  tedioso e insoportable. El calor y el trazado monótono de la carretera me producían un efecto soporífero que podía resultar peligroso. Me sorprendió la ausencia de tráfico y de vida, y es que no se veía alma alguna por aquellos parajes, hasta los pájaros habían dejado de volar.

La radio, que estaba emitiendo música country, enmudeció de repente, y aunque busqué  otra emisora en el dial solo hallé la clásica «fritura» de las ondas. El GPS también calló, y el móvil se quedó sin cobertura. Suplí esas carencias canturreando alguna  que otra canción. «Vamos, resígnate, —me dije irónicamente—  porque es una situación ideal para quedarte averiado y que nadie venga a socorrerte».

Fue entonces cuando empecé a percibir un cambio en la atmósfera: el  cielo comenzó a encapotarse, y se presentó  un  viento racheado de costado que sacudía el coche y lo empujaba  hacia el lado contrario de la carretera. Esta situación me obligó a sujetar con firmeza el volante y a capear como pude las inclemencias del mal tiempo;  se levantaban nubes de polvo, y  los remolinos de arena sobre la calzada eran constantes. Temí que fuese una tormenta de polvo sahariano; en estos casos es recomendable detener el automóvil para evitar  que  pueda quedar inutilizado por las partículas de polvo en suspensión, incluso es mejor abandonar la ruta principal y buscar un refugio seguro hasta que la tormenta haya pasado. Descarté la medida porque no veía ningún lugar adecuado donde guarecerme.

Con la ventolera surgieron  esas alocadas  y espinosas plantas llamadas estepicursores, que hemos visto tantas veces  en las películas del Viejo Oeste o en  las de misterio, donde aparecen de forma siniestra en escenas nocturnas. Tienen muchos nombres, pero me quedaré con el de «rodamundos». Contrariamente a lo que cabría pensar, no son autóctonas de aquellos desiertos cinematográficos  ni de ninguna otra parte del continente americano; son oriundas de las estepas del sur de Rusia. Las semillas llegaron, hace casi un siglo y medio, mezcladas con un cargamento de linaza. Con los años, las condiciones ambientales propiciaron su multiplicación y  su arraigo, ya que pertenecen al grupo de plantas invasoras más agresivas que pueda haber en las zonas áridas. También se adaptaron en otros países: desde Noruega a Sudáfrica, o desde Nueva Zelanda a España, por ejemplo. Durante el crecimiento  adquieren esa característica forma redonda que les permitirá rodar  por el suelo cuando se sequen y rompan su atadura con el terreno donde se desarrollaron; entonces, cargadas con una apreciable cantidad de semillas, irán dispersándolas conforme viajan.

El coche avanzaba  con cierta dificultad en dirección a Levante, frenado por el viento, con el agobiante polvo restándome visibilidad. Utilizaba el limpiaparabrisas  para desempolvar el cristal delantero, y para hacer lo propio con el del lado derecho bajaba y  subía rápidamente la ventanilla. Pero, por muy veloz que fuese la operación, no podía impedir la entrada de aire polvoriento en el interior, lo cual  exacerbaba mi renqueante rinitis; además, al sufrir constantemente el impacto de los «rodamundos», debía  estar muy vigilante para   que no se colara ninguno, cosa que  sucedió en  una  ocasión; me alcanzó uno en la cara y me las vi y me las desee para deshacerme del intruso. Mientras tanto,  el horizonte  se había oscurecido aún más y los relámpagos no cesaban de  iluminar aquella zona. Supuse que sería una clásica tormenta seca, con mucho aparato eléctrico y escasa precipitación, como sucede generalmente cuando existe poca humedad en los niveles bajos y medios de la atmósfera y la lluvia se evapora antes de tocar el suelo. En estos casos los rayos suelen ser abundantes, aunque no son numerosos  los que llegan a tocar tierra. Pese a creer que, llegado el momento, los neumáticos podrían servirme de aislante, consideraba arriesgado meterme en la zona de la perturbación ya que temía ser alcanzado por una chispa.

Afortunadamente, la tormenta cambió de rumbo y  se alejó de mi ruta. Cuando llegué a la zona que había sufrido la inclemencia atmosférica, hallé en la calzada auténticas charcas de agua; esta vez eran reales. El tiempo empezó a mejorar ostensiblemente, la atmósfera se serenaba y el cielo  recobraba su tono azul. Como por arte de magia, habían desaparecido los agresivos  y endiablados «rodamundos» y los pájaros  habían decidido volar de nuevo, confirmando así  que el pulso de la vida iba recobrando la normalidad. Me sentí reconfortado, pero con unas ganas tremendas de acabar mi periplo por tan agobiante e inacabable trayecto.

Un punto apareció en el horizonte, primero diminuto, luego  engordó  conforme  el auto devoraba kilómetros; tomaba consistencia de forma progresiva, pero seguía estando lejos y no acertaba a discernir su naturaleza. Pensé que sería otro vehículo parado en el arcén por cualquier motivo, o de conducción lenta como  un camión. Tuve que recorrer una cierta distancia para distinguir con claridad que se trataba de una edificación, tal vez una vivienda, un almacén o algo por el estilo. Finalmente  me quedó claro: era una gasolinera. Eso significaba que podría conversar con alguien, reparar fuerzas e incluso repostar.

No tenía la apariencia de  una estación de servicio al uso. Se trataba de un viejo barracón de aspecto abandonado, con fachada y techumbre de chapa ondulada, y dos surtidores pintados de rojo y  blanco  pertenecientes a la compañía petrolífera  Mobilgas.  Un Pegasus de apreciable  tamaño —el caballo rojo alado  logotipo de la marca— cabalgaba sobre  el borde del tejado, y en otros carteles se podía leer Route 66. Poco antes de llegar al edificio, el distintivo de los autocares regulares de América, el «Greyhound» (galgo), se balanceaba en lo alto de un poste. Bajo un porche central, también  recubierto de chapa, estaba aparcado un descapotable rojo con  franjas blancas en los laterales, se trataba de un  Chevrolet Corvette Roadster  de 1958. En la esquina izquierda del barracón, no muy lejos de unas chumberas y unos cactus, se aburría un viejo y oxidado Ford T.  Algunos «rodamundos», abandonados por la ventolera, se movían indolentes bajo el impulso de una  suave brisa. Detrás del primer coche, se veía un dispensador de Royal Crown Cola y, junto a él, un libre servicio de hielo.  El conjunto  me produjo la sensación  de un «déjà vu», si bien no recordaba el lugar. Pensé entonces que podría tratarse de una gasolinera de la década 50, llamada hoy Hackberry General Store, un verdadero museo situado en la población de Hackberry (Arizona),  no muy lejos  de Las Vegas (Nevada)  en la Ruta 66, la  que  cruzaba  los Estados Unidos longitudinalmente desde Chicago  hasta Los Ángeles, y cuyo final se cambió luego  por el de Santa Mónica, ciudad de larga y ancha playa arenosa al borde del Océano Pacífico. A partir de entonces, la Mother Road (la Carretera Madre), nombre acuñado por John Steinbeck en su novela Las Uvas de la Ira, terminó precisamente en el muelle de ese municipio. Finalmente, la ruta  se descatalogó y se cerró oficialmente en 1985. Pese a que nunca estuve en América  había visto tanto la ruta como la gasolinera en películas y documentales, incluso había soñado   con recorrerla alguna vez a bordo de una autocaravana, visitar lugares legendarios como el Grand Canyon National Park, atravesar el desierto de Mojave o bajar al Valle de la Muerte —digo  bajar, porque es la zona terrestre más baja de Norteamérica, a 86 metros por debajo del nivel del mar—, y  asistir al fenómeno de las piedras reptantes, hasta terminar en Las Vegas. Creer en esa posibilidad era una pura quimera: al billete de avión hay que sumar el alquiler elevado de este tipo de vehículo,  los gastos de estancia y manutención, las visitas,  los «souvenirs», etc. ¡Un dineral! Hoy por hoy,  no me lo puedo permitir.

Así que me encontraba ante una sorprendente  estación de servicio  —que bien podía ser una réplica de la mítica americana— en el corazón de un desierto español, llámese  Los Monegros, Tabernas u otro.  Era lo más verosímil, pues no cabía en mi mente  que fuese el resultado de un proceso de  «teletransportación»;  no soy  tan ingenuo como para creer en esa clase de fantasía.  Sin embargo, hubo gente en su día que no lo puso en duda, como los testigos del Experimento Filadelfia, una prueba supuestamente realizada por  la Armada de los Estados Unidos durante la  segunda guerra mundial, a plena luz del día, en los astilleros de Filadelfia; pretendía la invisibilidad de un buque de guerra, el destructor USS Eldridge. Los asistentes afirmaron   que se logró la invisibilidad del navío y que, además, fue «teletransportado» en un viaje de ida y vuelta hasta el puerto de Norfolk (Virginia),  permaneciendo en él quince minutos. El experimento formaba parte del Proyecto Arcoíris. Al parecer, fue abandonado a causa de los problemas que ocasionó: fuertes  nauseas en algunos de los marineros involucrados, esquizofrenia, pérdida completa del juicio y fusión de los cuerpos con el casco. No existe ninguna evidencia sobre este caso que, por otra parte, se llevó al cine. Lo que sí parece cierto es que la marina americana experimentaba en el campo de la invisibilidad; por ello, dotó al citado destructor y a su gemelo, el USS Engstrom, con un sistema que rodeaba todo el casco con cables eléctricos para reducir el campo magnético y evitar de esta forma que fueran un blanco fácil de las minas y torpedos  magnéticos del enemigo. También se instaló esta clase de dispositivo en barcos civiles, como el Queen Mary.

Estacioné el coche junto a uno de los surtidores para mostrar mi intención de  repostar, y  me dediqué a inspeccionar la parte delantera de la gasolinera. Iba mirando a través de  las rendijas de las paredes y de  los pequeños espacios dejados entre  los periódicos que tapaban los cristales; buscaba algún  indicio que me aportara  información sobre aquel lugar.  Por si acaso, verifiqué que no existieran cables eléctricos rodeando la gasolinera, a pesar de que ahí no  había tanto metal como en el casco de un barco. Pero, ¡quién sabe! Encontré en la puerta un cartel avisando de que la gasolinera estaba cerrada. Aparentemente no había  nadie, ni en el exterior ni en el interior de la tienda.  A  la salida del área  de estacionamiento,  hallé  un poste  de madera con una flecha orientada hacia el oeste,  indicaba: «LAS VEGAS  9.350 KM». Desconozco si se trataba de la distancia  en línea recta o bien del trayecto en   avión. Una especie de rumor mezclado con una suave melodía, procedente de la parte trasera, atrajo  mí atención.  Cuando rodee el establecimiento me  llevé una sorpresa mayúscula. ¡Había vida!

Descubrí una pequeña explanada con unos cuantos vehículos de turismo, varias motocicletas Harley Davidson, un jeep y hasta un minibús, todos   estacionados cerca de una carpa blanca de forma rectangular. Delante de ella montaba guardia una azafata con uniforme azul. Sentí curiosidad por saber  lo que se «tramaba» allí dentro, así que  me  fui aproximando  a la recepcionista con  recelo  o cierta timidez, vayan  ustedes a saber. Ella, sonriendo, me alentó a ello con un gesto de la mano y palabras tranquilizadoras:

—¡Venga, acérquese! ¡Si hace un buen rato que le estábamos esperando! Es usted la última persona que faltaba para iniciar la charla. No se preocupe, comprendemos  que se ha retrasado por culpa de la tormenta…

—¿Qué me aguardaban? ¿A mí? —pregunté con  incredulidad.

—¡Por supuesto! Estábamos al corriente  de su viaje desde hace tiempo, y sabíamos que llegaría  hoy.  Tuvimos la confirmación de ello cuando apareció desorientado tras su paso por las rotondas  y preguntó por donde tenía que  seguir.

—¡Ah!  No sabía que mi vida estuviera tan controlada —dije sin salir de mi asombro, mientras la joven  me colocaba una pegatina de identificación en la solapa.

—Ya puede  usted pasar; mis compañeras le van a ofrecer un refrigerio con unas «cookies», perdón, unas galletas. Aquí no servimos alcohol.

Dentro de la carpa, una segunda azafata me acompañó al único asiento libre que quedaba;  otra me trajo un zumo de naranja recién exprimido   con unas pastas de chocolate.  En medio del estrado, frente al reducido público — pues no habría más de una quincena  de personas siguiendo el evento—, un atril con pie y micrófono estaba dispuesto para que alguien se dirigiera a los asistentes. Estos charlaban animadamente entre ellos mientras llegaba el momento de la comparecencia; destacaban los moteros con sus  chupas de cuero negro y sus pañuelos de pico liados en la cabeza.  Junto a mí, dos matrimonios estaban tan enfrascados en su conversación que  apenas   me saludaron; así que me entretuve recorriendo con la vista el interior de aquel pabellón.  En el lado izquierdo, una  pantalla de televisión de buenas dimensiones mostraba una imagen fija: la del escudo perteneciente al Estado  de Nevada con la divisa: «All for Our Country» (Todo por Nuestro País). Me sorprendió la presencia de algunos «rodamundos» desplazándose lentamente por el suelo, a pesar de no correr aire bajo la carpa.  Además de tener  un aspecto artificial, como metalizado, eran más pequeños y parecían tener vida propia.  Resultaba un tanto  extraño  que nadie se hubiera percatado de su presencia. Me aventuré a pensar que quizá los habían dejado allí intencionadamente, para espiarnos.

El alguien en cuestión, acompañado por unos colaboradores, hizo por fin acto de presencia. Lucía una hermosa capa dorada sobre  un traje impecable, del mismo color que el de las azafatas, y  llevaba lentes oscuras modelo  aviador. «Según la reglas de la sicología —me dije— hay que desconfiar de las personas que ocultan  sus ojos detrás de unas gafas opacas, sobre todo cuando se usan en interiores.» Aunque  el orador carecía  de barbas y vestía de manera elegante, su estatura  y  su nariz encorvada me recordaron la figura del cabrero encontrado en la carretera  —aunque no sé a ciencia cierta si esa era la ocupación de aquel hombre—. Un ayudante abrió el micrófono y el personaje en cuestión tomó la palabra:

—¡Buenos días! Les doy la bienvenida a todos. Mi nombre es Jerry Goldman. Gracias en nombre de nuestros patrocinadores y en el mío propio por su presencia en este acto. Lamento que se haya iniciado con retraso, pero ha sido por causa ajena a  nuestra voluntad. Como saben, una tormenta seca acompañada de viento se ha abatido sobre esta zona y ha obstaculizado el viaje de algunos de ustedes,  demorando  con ello su llegada. —Luego, levantando  la mano en mi dirección, señaló—: hace unos instantes, ha entrado nuestro último invitado.   Comprendo que  estén impacientes por conocer el motivo de esta reunión y deseosos de  reanudar el viaje cuanto antes.  Por esa razón voy a ser lo más breve posible.

Hizo una breve pausa, carraspeó, bebió un poco de agua que le acercó una de las azafatas, y continuó:

—Todos ustedes tienen algo en común: la atracción que han sentido desde hace tiempo por la  Ruta 66, los estados que cruzaba y  la ciudad de Las Vegas. La Federación de Hoteles y Casinos de esa población y una asociación de comerciantes y empresarios de la famosa carretera ha iniciado una campaña para premiar a los residentes europeos  que hayan mostrado un repetido interés por  aquella zona. El  premio consistirá en un espléndido viaje, con todos los gastos pagados, que se iniciará en Chicago y finalizará en Santa Mónica; incluye también una estancia en  Las Vegas. La empresa a la que pertenezco ha sido  la encargada de llevar a cabo el proyecto, y   ustedes, los elegidos.

Volvió a beber,  luego prosiguió:

—Les hemos reunido en este lugar desértico porque recrea con bastante fidelidad  el entorno  norteamericano por dónde se desarrollará una buena parte de su gira;  lógicamente, no podía faltar esta  emblemática  gasolinera como parte inconfundible del paisaje local.

—Se preguntaran cómo tuvimos conocimiento  de la fascinación que ejercía en  ustedes ese  lugar. Muy sencillo: utilizamos las redes sociales y las conocidas «cookies»,  esas «galletas»  que aparecen cuando iniciamos  la navegación por determinadas páginas web. Ya saben, esas rastreadoras que se introducen en los ordenadores y recaban información sobre los hábitos, las aficiones, las preferencias, etc. de los usuarios, y elaboran estadísticas con sus  perfiles  «para conocerlos mejor».

«¡Vamos, unas auténticas fisgonas! —mascullé por lo bajini—, que se dedican a husmear en nuestras vidas».

Mientras  el personaje continuaba con su oratoria, yo escudriñaba su rostro y estudiaba  sus gestos, buscando  cierto detalle que confirmara las sospechas que tenía  sobre su identidad.

Me hacía muchas preguntas: ¿Era el orador un hermano gemelo del misterioso hombre de la carretera? Si era él mismo, ¿cómo pudo llegar  antes que  yo a la gasolinera a pesar de la inclemencia del tiempo, asearse  y cambiarse de ropa? ¿Utilizó el jeep que vi aparcado y tomó un atajo? —Dudo mucho que con el mal tiempo un helicóptero viniera  a buscarlo—. Si  ningún  otro coche me adelantó a lo largo de todo el recorrido,  ¿por dónde había pasado el público asistente? —Evidentemente, las personas podrían haber llegado antes de la tormenta, y por el otro extremo de la carretera—. ¿Hubo un segundo «pastor»  y otra variante por aquel lado? ¿Estaba realmente cortada la carretera o el desvío fue intencionado? ¿De qué manera consiguieron la convergencia de todos nosotros en aquel punto? ¿Qué motivó nuestro viaje  hasta ese rincón aislado  si desconocíamos  el premio por anticipado? —Era evidente que aquel acontecimiento formaba parte  de una estrategia comercial—. ¿Hasta qué punto? ¿Fue aquella perturbación un meteoro natural o el resultado de un experimento encubierto?  ¿Acaso formábamos  parte de un «Expediente  X»?

No hallaba  respuestas a tantas interrogantes y, con mis elucubraciones, me estaba metiendo en un berenjenal; así que consideré más sensato volver  a la realidad del discurso y  prestar  la debida atención a las explicaciones del orador, ya dilucidaría este espinoso enredo más adelante. En ese momento vino un colaborador desde  el fondo de la carpa, se  acercó al líder y  le susurró algo al oído. El orador  sonrió y retomó la palabra:

—Me acaban de comunicar una información de última hora: ya está confirmada la unión a nuestro proyecto de la mina de oro Goldstrike  de Nevada, que es la mayor de los Estados Unidos de Norteamérica;  como ustedes comprenderán, es una noticia excelente. Bueno, prosigamos. A continuación, podrán ver en la pantalla un reportaje sobre la Ruta 66, Las Vegas y el Estado de Nevada, como anticipo del  espléndido viaje que harán en una fecha que concertaremos más adelante. Luego, mis  ayudantes les entregarán una carpeta con toda la documentación, para que la estudien antes de firmar el contrato. Por supuesto, podrán enviárnoslo por correo. Quiero hacer hincapié  en  la cláusula  referente a los  derechos de imagen, que ustedes nos ceden gratuitamente  para  nuestras campañas publicitarias; en dicha estipulación se especifica el tiempo, lugar y uso de los mismos. Es la contrapartida al regalo del viaje. A su debido tiempo, recibirán información detallada del mismo.

—Eso es todo, nos veremos dentro de unos minutos en el coctel de despedida que, les recuerdo, será sin alcohol, así evitaran problemas con los agentes del orden.

El aperitivo se celebró en una segunda  carpa.  Fue una reunión desenfadada donde  tuvimos  la oportunidad de intercambiar experiencias y recuerdos  de viajes anteriores. El matrimonio de marras opinó que  era curiosa la presencia de la palabra «gold», tanto en el apellido  del señor Goldman como en el nombre de la mina, Goldstrike, «huelga de oro»,   que explicaría el color dorado de la capa del líder. Nos despedimos con un sonoro «¡Viva Las Vegas!».

En el momento de arrancar el  coche para irme, oí un ruidito procedente de la parte trasera,  busqué su origen y descubrí un «rodamundos». Supuse que se habría colado durante el viaje, cuando descendí   del vehículo para  atender  una imperiosa necesidad fisiológica. Al tratar de cogerlo, emitió un  amenazador «¡grrr!», que se repitió  tantas veces como intenté  capturarlo,  el endiablado se escabullía siempre dando botes. Finalmente,  opté por dejarlo a su aire.  «¡Ya saldrá —me dije— cuando le venga en gana!».

Hoy por hoy, espero noticias de la promotora del viaje; mientras tanto, el  «rodamundos» me ha seguido a casa, como una mascota «sui géneris»…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s