Tokio: entre el río y el cielo. Autor: Ruth Escamilla Monroy

La vi desde la ventanilla del metro. A meses de distancia, no he dejado de verla. No recuerdo la llegada, ni las primeras impresiones, salvo un batido de matcha en la estación y, al salir del subsuelo, el tremendo impacto de la Torre Skytree, majestuosa, poderosa, acariciando el cielo veraniego de Tokio.

El estudio que rentamos como alojamiento era perfecto para una pareja de enamorados, nosotros no lo éramos, pero sobrevivimos a ese reducido espacio por su funcionalidad, ubicación, vista del Skytree de día y de noche y por nuestro deseo de disfrutar la visita. En cuanto nos instalamos, fuimos a recorrer el vecindario y presentar nuestros respetos a la torre. De noche cambia con los juegos de luces, pero su esencia es la misma: un poema a la ingeniería. Pese a su altura, no intimida, acoge. Pudimos verla reflejada en el río, mientras hablábamos de la extraordinaria fama de los amantes japoneses, después de haber cenado anguila sobre arroz y un té tan cálido como la atención que recibimos en un restaurante de Tokyo Solamachi, el centro comercial anexo a la torre. Me propuse subir otro día, durante el atardecer, para tener la doble vista panorámica.

Mi mejor amigo, el guía de nuestro viaje, ya había visitado la ciudad y sabía que en el metro debemos ser muy respetuosos, así que contuvimos nuestras ganas de ir charlando, riendo y tomando fotos. En lugar de eso, nos limitamos a observar a las silenciosas personas que nos acompañaban en ese vagón impecable, con asientos acojinados y lleno de publicidad. Llegamos a la estación de Asakusa. Al salir, hombres jóvenes, de piernas como de hierro, ancha espalda, pelo largo   y vestimenta negra, nos ofrecieron transportación en un carro que ellos jalan y transporta elegantemente a dos pasajeros en sus asientos rojos mientras los conductores cuentan detalles sobre la zona. Preferimos caminar, el santuario no estaba lejos y era nuestro principal objetivo en el vecindario.

Sensō-ji es el templo budista más antiguo de Tokio y desde el que es posible ver la Torre Skytree, en contraste con la arquitectura tradicional de Asakusa. Para entrar, hay que pasar por un camino de pequeños locales en que venden todos los recuerdos imaginables. Es una tentación difícil de vencer, pero logramos llegar hasta la puerta por la que pasan los peregrinos. De sus costados penden unas gigantescas sandalias tejidas con fibras naturales, de 4.5 metros de alto, elaboradas por devotos y colocadas ahí para ahuyentar a los malos espíritus. Esos objetos y su nombre me remitieron a México, en japonés O-Waraji; huaraches, en mi lengua.  Unos pasos adelante, un incensario recuerda lo sagrado del sitio y unos escalones te conducen a la sala principal, donde no es posible tomar fotografías pues se trata de un lugar de culto.

Creas en lo que creas, este sitio invita al recogimiento, a la devoción y al encuentro con lo que hay de divino en uno mismo. En unas alcancías de madera se deposita una cantidad señalada, luego, se toma al azar una vara de madera que contiene símbolos. Estos deben buscarse escritos en una serie de pequeños cajones en la pared, y del que los contenga se extrae un papel con la suerte de la persona. El documento advierte que la suerte varía y que ese papel no define al portador.

Dos personas de mi grupo hicieron la prueba. Una de ellas se había estado quejando de diversas cosas durante el viaje, desoyó la advertencia de no tomar fotos al interior del recinto y optó por poner una moneda menor a la requerida. Cuando leyó su suerte se ofendió mucho, hablaba de egoísmo y de la necesidad de un cambio. La otra persona depositó la cantidad exacta y sonrió al leer su suerte. Hablaba de felicidad y logros. ¿Quién se dio cuenta de las monedas distintas si el proceso de depositar la cantidad, tomar la vara y buscar el cajón correspondiente lo hace uno mismo? ¿Un papel tomado al azar puede decir cosas tan precisas sobre una persona? ¿Existe la suerte? Había que pensar y el jardín anexo al templo ofrecía un espacio ideal de calma, agua corriente, peces rojos, árboles con follajes esculpidos por manos humanas y una pareja de palomas haciéndose caricias con el pico en un hueco de la pared. La definición más pragmática de armonía.

Caminando por la ciudad, encontramos un restaurante tradicional en un sótano al que llegamos por una estrecha escalera de madera que rechinaba a cada paso. Al entrar, una olla de sopa de miso fue el primer aroma que nos abrió el apetito y luego se confundió con otros, incluso con el tabaco que puede fumarse en la sala general. Nos condujeron a un espacio privado y, antes de entrar, nos despojamos de los zapatos. Se trataba de un comedor con tatami donde, venciendo nuestra tendencia al uso de sillas, disfrutamos té, arroz, pescado asado y crudo, curry y otras delicias de las que solo puedo evocar el sabor.

Caminamos por Ginza, asombrados ante los aparadores, sin intenciones de entrar a ver lo que no compraríamos. Después de pasar por el monumento que conmemora los inicios del teatro kabubki, llegamos sin planearlo al National Film Center. El guardia en la entrada nos invitó a ver la exhibición de la historia del cine japonés. No había permiso para tomar fotografías, así que los recuerdos de las cámaras, los carteles y las proyecciones se quedaron solo en mi mente. Lo que no olvido es una fotografía en blanco y negro en la que aparecía un actor japonés en una zona arqueológica que parecía ser Teotihuacan y una carta suya con papel membretado en México. Encontrar algo de mi tierra natal en un lugar tan lejano me conmovió.

Había escuchado mucho sobre lo difícil que es visitar Japón por el idioma y la barrera que eso representa, así que fui gratamente sorprendida por la amabilidad de los dependientes en las tiendas de conveniencia, de los restaurantes y museos, por el personal del metro y por una pareja que montó su cafetería en la sala de su casa. La clientela era la gente del vecindario donde nos alojábamos, así que cuando llegamos, la mujer nos recibió amablemente y en inglés entablamos conversación con ella. Nos ofreció un café intenso y unos panes tostados con mantequilla en vajilla de Givenchy y con cubiertos dorados. En japonés les explicó a su esposo en la barra y a otro comensal que éramos mexicanos, residentes en Pekín. Aceptaron tomarse una foto con nosotros y al despedirnos, la mujer nos regaló unas botellas de agua congelada, para que el calor del verano no nos afectara. Le dijimos que regresaríamos y lo hicimos al día siguiente.

La segunda vez nos saludó con la familiaridad de una tía y nos mostró a su perrita, perfectamente cepillada y con moños en las orejas, casi humana, no tanto como el cachorro que llevaban en carreola los vecinos de la otra mesa y a quien la anfitriona le llevó su desayuno en un minúsculo plato. Los padres del cachorro lo veían con los mismos ojos que verían a un hijo. Al despedirnos, nuestra nueva tía nos acompañó hasta la puerta con otras botellas de agua congelada y tuvo el gesto de acomodarme el cuello de la blusa. La hospitalidad japonesa me dejó mucho que aprender.

Akihabara es un mundo aparte al que no pertenezco, edificios y edificios de artículos electrónicos, objetos y personas que se relacionan con el anime y el manga. En mi cerebro de los setenta tengo registrados personajes de series como Monstruos del espacio. No pude encontrar un recuerdo que comprar para mis hermanas, admiradoras de Goldar y archienemigas de Rodak. No hablo japonés y el idioma sí fue una barrera; además, los minutos pasaban y mis acompañantes ya me habían cedido su tiempo para la exposición de cine, así que me di por vencida y tomamos el metro para visitar Roppongi, un sitio de poder, donde se despliega la arquitectura y se exhibe la riqueza. Un lugar para sentirse minúsculo debajo de una araña de metal y a los pies de la Torre Mori, con su vista privilegiada de la ciudad.

Durante una caminata por el parque Shinobazu para disfrutar de su estanque cubierto de lotos, fuimos testigos de la pasión japonesa por los juegos electrónicos al ver a cientos de personas atrapando pokemones. Nada más les interesaba, tenían los ojos fijos en la pantalla y dirigían el móvil hacia ciertas direcciones. No eran niños ni adolescentes, eran adultos, quizá recién salidos de una oficina  desde donde la única vida que vale la pena parece ser la virtual.

Un amigo chino, sibarita, incansable viajero y amante de Tokio estaba de visita en la ciudad. Nos citó a mediodía en la estación de Tsukiji para degustar la mejor experiencia que he tenido con el arroz: nigiri-sushi y sake, dos temperaturas, dos texturas, dos sabores que combinados van más allá de lo que había podido imaginar. Sobre un bloque de arroz, un trozo de pescado crudo, a veces solo, a veces con otros ingredientes, es un placer. El restaurante es una barra en la que comes de pie, con otras 12 o 15 personas, alrededor de la plancha. Nuestro guía gastronómico pidió lo que consideró la mejor entrada y la devoramos al instante. Luego, el cocinero de enormes manos nos mostró el menú a su espalda y continuamos pidiendo. Conforme veía comer a los otros comensales, deseaba lo que ellos ordenaban, especialmente cuando un pedazo de pescado cambió de color y de aroma al recibir una flama azul salida de una pistola. Los clientes a nuestro alrededor cambiaron varias veces, nosotros pasamos en ese sitio cerca de tres horas siendo felices.

Salimos de ahí cuando ya no era posible comer más y fuimos caminando al mercado de pescado más grande del mundo. Es posible encontrar todo lo necesario para la preparación de cualquier producto del mar, desde utensilios hasta wasabi fresco, seco, cangrejos gigantes, condimentos y, por supuesto, sitios para comerlo en las más variadas formas. Tomamos un helado de matcha que se volvió bálsamo en una tarde calurosa. Me relajé tanto entre el helado, la caminata y aquel sake tibio que había bebido, que olvidé mi móvil en la banqueta donde estuvimos sentados riendo, tomando fotos y disfrutando ese rincón que de no ser por nuestro querido amigo chino, no habríamos visitado. Una cuadra después, una mujer me alcanzó para entregármelo, ante mi sorpresa.

Cenamos brochetas, edamame, onigiri y bebimos cerveza en Ueno, en una terraza desde la que podíamos sonreírle a la clientela de otros restaurantes; donde el movimiento es continuo;  donde es un arte conseguir una mesa para sentarse porque todo el mundo está ahí; donde puedes escuchar rock local y amarlo; donde eres tan ajeno y puedes sentirte tan cerca de Tokio. Camino al alojamiento, la magnética torre iluminada me llamaba. Dormí en el balcón, para que fuera lo último y lo primero que ver, entre el arrullo de grillos y cuervos.

Una improvisada caminata mañanera nos llevó al río Sumida, a unos minutos del estudio que rentábamos. Descubrimos en la orilla murales que daban cuenta del pasado comercial de la zona, pequeños templos antiguos, ciclistas, peatones, navegantes, vecinos que construyeron el puente Sakura Bashi para unirse a los que vivían en la margen opuesta con una conciencia de comunidad que me sorprendió. Skytree como testigo, reflejaba su altura en las aguas. Era mi día de visitarlo, pues el vuelo a Pekín saldría esa misma noche. Nuestro amigo chino nos citó temprano en la estación de Ueno, para llevarnos a un pequeño restaurante. Al entrar, eliges tu platillo en una máquina y pagas en ella. Llevas tu nota a la barra y esperas tu comida. Pura alegría, sopa de miso, carne de ternera Kobe sobre arroz, unos cocineros atractivos, eficientes y un minúsculo baño impecable y lleno de detalles.

Luego fue la locura de las tiendas, fotos, compras, se fue el día. Llegamos al Skytree y el atardecer ocurrió mientras hacía fila para entrar. Mi amigo le teme a las alturas y la otra persona que nos acompañaba había dejado la ciudad antes que nosotros, así que viví la experiencia sola. En un instante estaba a metros de distancia del suelo. Hay letreros que indican lo que está ante tus ojos, yo no sabía si leerlos o mejor dejarme llevar por las luces y las sombras. En algún cartel supe que estaba frente al monte Fuji, que es visible en los días claros. Me entregué a la sensación de estar en la cima de una ciudad que solo creía poder ver en mis sueños. Tanto que había caminado por sus calles llenas de gente y ahora estaba ahí, mirándola desde lo alto.

La fila hacia el elevador parece un caos, porque avanzan diferentes líneas que de repente se cruzan, pero todo funciona como la maquinaria de un reloj y el personal hace con tanto gusto su trabajo que apenas se puede creer. Llegué hasta el segundo observatorio. Escuché tantas lenguas diversas, pero entendía la emoción por la entonación que la gente le daba a sus voces, por sus gestos. Creía que sentían, como yo, la sorpresa, el asombro, la pequeñez y una sensación de qué pasaría si los elevadores dejaran de funcionar. Subes y bajas porque alguien que está contratado y hace su trabajo de dejarte entrar al ascensor, no está en ti decidir a qué hora hacerlo, pues hay que formarse nuevamente. En el mirador hay sonidos naturales grabados para ambientar la visita; eran los sonidos del verano, los mismos que había escuchado caminando por el río y en el balcón del estudio, pero ahí, en el aire, a 450 pisos de altura. En el descenso, hay una parada en el piso 340, el suelo de cristal te deja ver tus pasos sobre la nada y sobre todo, sobre las luces y las sombras de esa ciudad de leyenda, de libros, de películas, de fotos, ajena y tuya desde lo alto.

El problema fue bajar, primero, por no querer hacerlo; segundo, porque había tanta gente con la misma intención que yo que al sentir que no tenía el control de mis decisiones a tantos metros del suelo y que debía ser paciente para esperar el descenso, empecé a sentir ansiedad. En 20 minutos llegaría la hora en la que mi amigo me había dicho que nos viéramos a la entrada de la torre para recoger las maletas que habíamos dejado en un casillero de la estación del metro, pues de ahí nos iríamos al aeropuerto. Me hice de paciencia. En menos tiempo del que esperaba, pero que para mí fue eterno, bajé. Mi móvil estaba tan lleno de fotos y mensajes que no podía conectarme a la red inalámbrica gratuita para llamar a mi amigo y decirle que no se desesperara. En mi ansiedad, cuando el elevador se abrió y me despidieron amablemente, en lugar de buscar la puerta, descendí por las escaleras eléctricas y llegué hasta la base de la torre. Fue hermoso ver sus cimientos, y angustiante, pues no era en ese piso donde había quedado de ver a mi amigo. Por fin, llegué a la puerta, desde donde había visto embelesada el Skytree en la primera noche en Tokio. Borré aplicaciones antes que eliminar fotos y cuando estaba por conectarme a internet, me di cuenta de que él estaba ahí, completamente sereno.

Me fui de ese lugar con la sensación de llevarme algo de Tokyo y de dejar algo de mí. Me despedí del viento nocturno y vi la torre alzarse hacia la noche. De camino al metro, entre tiendas subterráneas, la vi en libretas, playeras, llaveros, magnetos, reproducciones a escala. No compré ninguno, pero a meses de distancia, no he dejado de verla.

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