Saigón. Autor: Ruth Escamilla Monroy

Siempre hay más de una versión de las cosas. La mía sobre Saigón era la de Marguerite Duras, la  del deseo y la despedida. Su voz, sus palabras, con el ritmo del aire, de la lluvia, con pausas, con las regresiones a que obliga el recuerdo. Ese río que concibe inmenso, ese aroma de las calles, el calor insoportable y la lluvia persistente. Persianas y el ruido de la ciudad que se cuela en la intimidad del encuentro entre los amantes. Así era Saigón en mi mente. Con las palabras del libro crucé el cielo desde Pekín hasta Ciudad Ho Chi Mihn. La calma tras la turbulencia fue escuchar con mis auriculares a Tchaikovsky, Bethoveen y Ravel, mientras contemplaba las luces y las sombras de la noche ¿acaso era el río o eran las siembras y árboles que circundan la ciudad? No lo sé, pero los senderos de focos me llamaban tanto como la oscuridad. Al fondo del cielo iluminaba la tormenta. Amenazaba, pero no llegó, solo el calor espeso al salir del aeropuerto. Viajar por la ciudad de noche, era Vietnam, pero no se parecía a Hanoi.
Por la mañana, esperar el autobús en la avenida surcada por incontables motos. Era temprano pero el sol ya llevaba varias horas sobre el cielo.  La ruta por la carretera, la sorpresa de ver tumbas entre los cultivos. ¿Qué será ir a la labor y reencontrarse cada día con el recuerdo del padre, de  la madre, del hijo que se adelanta, de la esposa, del hombre que fue? ¿Qué dirá la comunidad cuando en unas tierras ve una sola tumba, tres en otra o seis? En Saigón no hay tierra, dijo el guía, ahí la cremación lo resuelve, pero en el campo, los muertos se quedan ahí en su tierra sepultados. Fue extraño pensar en la muerte, en un lugar que ofrece tanta vida.
Paradores de artesanías, frutas, café, palmeras, caminos de barro. Llegar al río, extasiarse.  Los botes de madera se mecían y se tocaban, suaves o violentos, a su ritmo. El Mekong arrastra y deja vida desde las alturas del Tíbet hasta entregarse al mar. Hay incontables labores en sus orillas. Es café, tibio, su lodo parece el que vio nacer al hombre. Hay frutas, cantos, miel, serpientes, ¿no era así el Paraíso? Hamacas bajo la sombra. Como para quedarse. Imposible no pensar en el ruido del barco, en la baranda del transbordador, en el chino del norte, en los zapatos de baile de la niña sin nombre. “Ese río”, así lo dice la novela. Dejarse mecer.
Luego, la vuelta a la ciudad y la piel cubierta de agua, de sudor que corre, pero hay tanto en las calles, la prisa de las motos, los conductores que viajan, comen, descansan, conversan, duermen ahí en el asiento. Los que llevan gente, jaulas, cajas, lo más inverosímil en un transporte tan pequeño. El desparpajo de calcetines y sandalias, una despreocupación que cautiva. Y la belleza también en otras formas, las de lo viejo que resiste al clima y al tiempo. Lo moderno de cristal que crece hacia el cielo y lo francés, los balcones redondos de hace cien años, el puente de metal, la oficina de correos, la calle de los libros, el café negro intenso, lo dulce y amargo del té.
Cae la tarde y los obreros toman sus alimentos en la acera, frente a la obra. Cascos y uniformes, hombres en sillas bajas, sonríen, disfrutan. Se hace de noche y el río Saigón vuelve a la vida, en sus orillas la gente lo contempla sentada en el suelo, cenando alguna delicia callejera. Navegan botes con música y con fiesta. Hay gente en todos lados, bajo el puente, sobre el puente, navegando, caminando y hay quienes van a la explanada, ante la mirada de bronce de Ho Chi Minh. Los niños persiguen burbujas que vuelan,  corren o patinan. Dondequiera hay vida. Las terrazas y los bistrós se llenan de parejas y de amigos. Voces. Es noche y el calor no desaparece, tampoco invita a dormir.
Muy temprano la luz nace, la vida no para. El rumor de motos persiste. Caminar, salir, antes de que el sol obligue a cambiar los planes. La historia milenaria en el Museo de Historia, piedras vueltas herramienta, con la ayuda de otra piedra. Tambores y cuchillos, guerra. Pendientes y pulseras de jade, belleza. Shiva que abraza a su esposa sentada en su pierna y los más antiguos budas de madera, preservados por el Mekong, la invasión mongola, la presencia China, la separación, la guerra, la reunificación.

La calma del mediodía, el silencio. Los amantes en el barrio chino.

Contra la inmediatez de la comunicación a través de la tecnología, la escritura a mano persiste y cientos de personas se toman su tiempo para mandar saludos, besos, abrazos, cariño desde la Oficina Central de Correos. Por la calle, las novias lucen sus vestidos blancos frente a Notre Dame.
Siempre hay más de una versión de las cosas. También está la de los artistas, los pintores y escultores del Museo de Bellas Artes.  Acuarela sobre seda, laca sobre madera, piedra que cuenta sobre los hogares rotos, sobre los hijos muertos, sobre las mujeres en batalla, sobre los niños armados. Un tríptico, la madre anciana con el campo vacío tras ella. Al centro, una mujer y un soldado en el abrazo de la despedida. Luego, una mujer que llora ante un campo de tumbas. Un recuerdo de 1968, un padre con su hijo en brazos y las manchas de óleo aplicadas con furia por el lienzo.
Volver a la calle, sentir el bullicio del mercado Ben Thanh. Aromas y texturas, sabores. Hay de todo, para el que vive y para el que visita. Seguir andando. Contemplar los edificios afrancesados de la novela, los parques para intercambiar miradas, palabras, besos.
La noche cae en un bote, con las luces de Saigón al frente. Dejarse mecer por el río. Dejarse tocar. La lluvia, tibia como un cuerpo. El inmenso deseo de quedarse.

El deseo crece con lo que no se tiene. En ese libro se sabe. Esta ciudad encanta, se queda. Se fueron conmigo las palabras de la novela. El aroma de Saigón, su humedad y su calor permanecen.

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Un Comentario

  1. Adriana Calderón

    Que las letras hablen. Que los versos cuenten. Hermoso y detallado, sin perder detalles, cubriendo un lugar sin tiempo. Bravo y gracias por compartirlo.

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