Los CIE malteses. Autor: Jesús Martínez

La nación del inmigrante

Malta es una isla de 316 kilómetros cuadrados, poblada por 426.000 personas, unas diez mil de las cuales son inmigrantes.

Dos son los Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) malteses, situados en las poblaciones de Marsa y Hal Far, este último tan grande como el Estadio de Wembley.

África cabe en ellos. La nación del inmigrante.

Marsa: ‘No bueno’

En la localidad de Marsa, en el extrarradio de la capital, La Valeta, el “centro abierto” para inmigrantes es un leño que crepita.

Según el rótulo: “Estamos mejorando la calidad de los servicios prestados a los residentes del centro abierto de Marsa”.

Pero los africanos se hacinan, y entran y salen y siempre pasan por el New Tiger Bar (Xatt il-Mollijiet), junto a la valla metálica, en el cuello de botella de la Dársena 7, en los embarcaderos en los que el carguero Lebda se transforma lentamente en chatarra.

El New Tiger Bar es una covacha oscura, umbría, en la que reinan tres pósters y sus figuras: los rostros del Niño Jesús o de algún mesías parecido, del cantante de reggae Bob Marley (Redemption Song) y de la actriz Marilyn Monroe (Cómo casarse con un millonario).

Tras el surtidor del whisky Jack Daniel’s, pegado a las botellas, el escrito en árabe: “No creen”, tal y como lo traduce el propietario, esmirriado, que fuma narguile y sirve la cerveza local, Cisk.

El taburete, un bongó improvisado. Algunas mesas tienen tres patas. En la pared, la gramola con los grandes éxitos de Queen (Don’t Stop Me Now).

Quienes desean ver el fútbol se congregan en la Tavern Take Out, a veinte metros, en la misma calle de Xatt il-Mollijiet.

“No bueno”, chasquea la lengua el somalí de 19 años Mohamed Mesida, acendrado, avispado, que no bebe alcohol delante “de los suyos”. Toquetea el género en el mercadillo que se monta en la explanada (camisetas falsificadas del jugador de baloncesto de la NBA Kobe Bryant; copias ilegales del Smartphone Nokia Lumia 520 y latas de atún claro Ribeira, caducadas).

Mohamed Mesida llegó a Malta cuando tenía 12 años y los primeros meses los pasó en el centro de inmigrantes de Marsa.

“No bueno dentro”, repite.

Se va Mohamed. Respect.

El carismático Abraham, nigeriano de 33 años, conduce hasta su compañero a quienes van a pillar costo. Tras sus gafas de sol, choca con los nudillos del puño derecho y luego extiende los dedos índice y corazón, y continuamente repite “respect”.

El saludo universal rastafari lo usa la negritud de Malta como una invocación al buen rollo, al no me pises, a la dignidad (“máximo respeto”).

“Es difícil todo”, se lamenta, mientras echa a patadas del New Tiger Bar al borrachuzo que busca robarte la cartera. “Es difícil todo porque todos queremos pasaportes, papeles.”

El colega de Abraham se hace llamar Bushrap.

Hace diez años que llegó a Malta Bushrap (Botsuana, 1975) y aún no encuentra el modo legal de hacerse valer solo. Respect.

Utiliza el mail de la asociación de inmigrantes de Malta: maltamigrants2015@gmail.com

En el riachuelo que corre por Marsa, frontera natural del CIE, se agolpan los condones usados, las bolsas vacías de arroz basmati, las algas putrefactas.

Y una sombra fantasmal arrastra sus pasos, emporrado. Hamed se mete de todo lo que puede para soportarse a sí mismo. Algo farfulla: “Esto es muy duro, muy malo”.

Este chico de Somalia tiene 20 años.

Respect.

Hal Far: la casa-contenedor y la casa-tubo

El principal centro de internamiento de inmigrantes de Malta se encuentra en el sur de la isla, en la localidad de Hal Far (en la Hal Far Road), entre una base militar y un circuito electrónico de aeromodelismo.

El rótulo: “Estamos mejorando la calidad de los servicios prestados a los residentes del centro abierto de Hal Far”.

Circundado por un muro de piedra caliza de unos cuatro metros de alto, y vallas con doble hilera de alambre de espino, el campo de concentración de inmigrantes de Hal Far supone una de las mayores vergüenzas de Europa. El gueto. En el 2009, Médicos Sin Fronteras publicó el trato inhumano en un informe titulado “Not criminals” (No son criminales).

El Estado maltés ha contratado los servicios de Dabegal, la empresa italiana de construcción de barracones-contenedores prefabricados para la industria.

Unos cincuenta contenedores de chapa se superponen unos encima de otros, como las fichas del dominó; en las escaleras, se tiende la ropa. Numerados por orden alfabético: 1 A, 1 B, 1 C, 1 E; 2 A, 2 B, 2 C, 2 D, etcétera. En ellos, la placa de las “medidas de emergencia del programa general de solidaridad y gestión de los flujos migratorios”, que depende del Fondo Europeo para los Refugiados, cuyo cometido queda en papel mojado: “Apoyar y mejorar los esfuerzos de los Estados Miembros para mejorar las condiciones de acogida, aplicar procedimientos de asilo justos y eficaces, y promover buenas prácticas en el área de asilo para proteger los derechos de las personas que requieren protección internacional, y permitir que los sistemas de asilo en los Estados Miembros funcionen eficazmente”.

Dentro de los contenedores, tres y cuatro y cinco literas de dos y tres piso cada una; en un contenedor pueden llegar a dormir hasta diez personas.

Alrededor de unos doscientos inmigrantes ven la vida pasar (de Somalia, Mali, Nigeria…). Los carritos de los niños, abandonados; los mayores, dejados; los gatos roznan, hambrientos.

Cacahuetes. Alí, gambiano de 27 años, traspasa información de uno a otro móvil, con sus manos receptoras. Aterrizó en Malta y lo llevaron directamente al centro de Hal Far. Respect.

Calor. Maks Brown (Banjul, Gambia, 1996) se queja del calor que abrasa: “Mucho calor, mucho”. Los contenedores blancos, sartenes. Respect.

Huele a mierda. El olor se graba en el cerebro. Regueros de meados en las junturas. El pestazo de la ropa puesta a secar en el alambre, en las ramas de una encina, en las barandillas. Calcetines, sudaderas, calzoncillos de la marca Bossini.

Puedes pisar una cuchilla de afeitar usada, las capas de una cebolla y una lata vacía. Puedes ver un cuerpo macilento que se mueve por inercia, que se sienta bajo el sol de las doce y ahí se clava, desmotivado, sin fe, como una antena parabólica sin señal. Ese cuerpo te preguntará: “¿Hoy es lunes?”.

Para barrer, una madre se tapa la nariz con los flecos de la camiseta. Su niña de unos cuatro años juega con la porquería.

Un abuelo ido y sucio y bebido se tambalea. Los demás se ríen de él.

Los aviones de Ryanair despegan con sus dos motores turbofanes V2500 en el cercano aeropuerto internacional de Luqa, en el que algunos pasajeros que esperan su vuelo tocan la banda sonora de Hans Zimmer para Piratas del Caribe: La maldición de La Perla Negra en un piano junto a la Puerta 4. “Soy un instrumento musical. Por favor, trátame con respeto”, se lee en el atril. Respect.

En el centro de detención existen las castas: los que no tienen papeles y los que han conseguido que se les reconozca el derecho de asilo por el hecho de ser refugiados.

Los primeros, los sin papeles, malviven en el interior de unos cuatrocientos tubos compactos de hormigón, restos de las obras cercanas. Como lombrices de tierra, los hombres que aquí moran se metamorfosean: cilíndricos, encorvados, blandengues.

El interior de cada tubo, una gusanera. Hace unos días, la policía arrestó a la mayoría de estos sin techo, despojados de la nada y de todo y, algunos de ellos, ciegos de lo que se meten.

Y en los tubos, los objetos personales yacen como los últimos vestigios humanos antes de la extinción de la especie, como si unos ladrones de almas hubieran entrado en el piso a robar y lo hubieran removido y hubieran abierto los cajones, y en su huida precipitada se hubieran tropezado con las sillas: zapatillas con la suela despegada; hornillos chamuscados; ropa de tirantes; la guía práctica para los demandantes de protección internacional, mojada; plásticos; centones descoloridos y mugrientos; colchones de niño con dibujitos de galaxias, avionetas de rescate y planetas imaginarios; la puerta de una nevera arrancada de cuajo; somieres roídos hasta los huesos; un tenedor sin la mitad de sus puntas; una cucharilla; un cepillo de dientes; un reloj de pulsera; un saco de arroz thai, destripado…

El sol pica. Un arándano, insuficiente para protegerte de los rayos ultravioleta. Las moscas trafican con los objetos. Los gatos se lamentan de su mala suerte; hurgan en las basuras, inconsistentes, y por eso sus costillas se pegan a la carne magra.

Como si estuviera aguardando durante años una visita, Virgina Sani, ciudadano de Togo de 28 años, deja pasar el día, deprimido, hecho polvo, a espaldas de la luz. Respect.

“Soy el único que queda aquí, al resto se los llevó la policía”, habla, con la tardanza de quien obra sin prisas, aletargado, lerdo.

Prácticamente hace ocho años que Virgina Sani no se aparta de su casa-tubo, en el centro de internamiento de Hal Far.

Virgina querría ser granjero como sus padres.

Los inmigrantes que sí poseen tarjeta de “protección” se mueven con relativa libertad.

A la salida del campo de Hal Far, en la parada de autobús los negros esperan que llegue el X4 y el 113, vehículos de la compañía china King Long (El Rey de las Distancias).

Sus historias épicas sobrecogerían hasta al propio Ulises, un espantajo al lado de estos desarraigados seres de metal.

Por su exquisita educación se entendería con un monje tibetano. Hace dos años que el somalí Said Mohamed (1984) llegó a Malta en un bote cargado hasta los topes, con 88 personas a bordo. Tardó dos días en tocar la costa. Respect.

El doble del rapero de la Costa Oeste norteamericana Snoop Dogg (Malice n Wonderland). Ahmed Abdelahi Said nació en Somalia, en 1985. Ha pasado siete años en el hangar de inmigrantes de Hal Far. Respect.

Neymar. Viste la camiseta no oficial del jugador del Futbol Club Barcelona Neymar da Silva Santos Júnior (dorsal con el número 11). Samake Cheick (Sudán, 1994) lleva medio año en Malta, y para él ha transcurrido media vida. Su meta, asentarse en los Estados Unidos. Se ha calado una gorra con las barras y las estrellas. Lo tiene difícil: “We are african people”, se etiqueta. Respect.

Stop overty (Acabad con la pobreza). La pulsera con este mensaje luce en la muñeca de Arouna Sangare (Daloa, Costa de Marfil, 1990). Respect.

Gas. Ibrahim Coulibaly (Man, Costa de Marfil, 1997) se sienta en el peldaño de la caseta con un cartel de “Peligro, instalación de gas”. El único sitio en el que encuentra un poco de paz. Se coloca los cascos y escucha música. “No quiero recordar el viaje”, asegura. Olvidar. Respect.

Veinte céntimos. Saho Musa (Banjul, Gambia, 1988) agarra la moneda de veinte céntimos como si fuera una barra de oro de la Reserva Federal. Se queja de la insalubridad de la “cárcel” de Hal Far. Respect.

Culebrea, demacrado, extenuado. El somalí Omar Abdewahab Osman, nacido en 1996, lleva un año en el “campo abierto” de Hal Far y ya está asqueado del lugar. En su carné figuran estas palabras: “protezione international”. Respect.

Se toma una cocacola. Hace diez meses que el refugiado libio Ali Mohamed Masud, de 33 años, llegó en avión a Malta. Reservado, apenas habla con nadie. “Es duro estar aquí.” Quizá sea la única frase que ha pronunciado en todo el día. Respect.

No le gustan los chivatos del campamento, los perritos falderos de los guardias de seguridad. Small Sisi (Tahoua, Níger, 1980) sale y entra del recinto por una rendija abierta en el muro. Se mueve como un sonámbulo con una máscara, con los pelos de Jack Sparrow y los ojillos solidificados. Le duele recordar su viaje hasta la isla de Malta, en una patera de madera. Como un martillo pesado, su destino es el contenedor 9 B. Respect.

Refugiado con el número de referencia 16729. Ibrahim Cisse (Bamako, Malí, 1997) ha conseguido “protección humanitaria temporal”. Se cuelga del cuello el número, como un pase especial. Lucha por tirar adelante. Respect.

La basura, tras los matorrales: latas de Red Bull, cajetillas de tabaco American Legend y suéteres sucios, tarados. Y tabletas gastadas de paracetamol.

Tirados en el suelo del poste de la parada de autobús, y en los alrededores de Hal Far, documentos personales: una de las solicitudes de documentación que remite la comisaría de policía de la Oficina Central de Inmigración de Malta, dirigida a un tal Hlaaeldn, nacido en 1990: “Por la presente se le autoriza a residir en Malta con esta documentación provisional”. Y un pago a la agencia de solicitantes de asilo (Awas, en sus siglas en inglés), a nombre del “beneficiario” Abas Awad Abdalla, a quien se le ingresó 97,72 euros por el periodo comprendido entre el 27 de abril y el 22 de mayo del 2015.

Cerca de la parada de autobús, el tendero maltés Lia Balzan, de 55 años, regenta el puesto de bocadillos y hot dogs Lia Café, en su camión Iveco Cargo. En la cabina del conductor, la bandera desplegada de los Estados Unidos de América, con el águila calva, blanca.

“Yo ayudo a los inmigrantes, porque lo necesitan. El Gobierno no ayuda, no ayuda a nadie”, desprecia. Y está orgulloso porque ha sido el protagonista de un reportaje publicado en el magazine Folio, del diario alemán Neue Zürcher Zeitung. “Les gustó que yo echara una mano a estas personas, y escribieron sobre mí”, dice Lia, que abre la revista por la página con su foto.

En el “open center” de Hal Far, junto a la zona portuaria de carga y descarga del puerto franco de Marsaxlokk, los contenedores de personas Dabegal se camuflan con los contenedores de la compañía de transporte marítimo Maersk, preñados de mercancías para los negocios.

A un kilómetro de Hal Far, en coche, a la derecha, en la bahía Pretty (Bonita), las niñas enseñan el trasero.

En las vallas publicitarias, “una revolución en la forma de entender la fiesta”: Space Ibiza Invasion (“Por primera vez, el club más galardonado del mundo fija residencia veraniega en este idílico enclave del Mediterráneo”).

A un kilómetro de Hal Far, en coche, y a la izquierda, el parque temático de Playmobil, con muñecos del tamaño de un adulto: click de playmobil bombero, click de playmobil policía, click de playmobil motero; incluso el click de playmobil calendario de adviento, el click de playmobil Arca de Noé y los clicks de playmobil Reyes Magos.

Pero no el click de playmobil inmigrante.

Se necesita un permiso especial del Gobierno maltés para entrar en los centros de internamiento. Habiéndolo solicitado, a día de hoy aún no lo ha recibido este reportero.

En lo que va del 2015 han muerto en el Mediterráneo 1.727 personas. Posiblemente, sean muchas más de las que marcan las estadísticas.

El mar se metió en sus entrañas. El mar se los tragó. Azul, el mar azul.

Respect.

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