La supercarretera y los cocos. Autor: Alexandro Arana Ontiveros

En medio de la nada, un paraje solitario. Apenas unas cuantas casuchas se levantan, se yerguen y enfrentan la solitud de la otrora amplia vereda convertida ahora en supercarretera. No tienen miedo de no tener nombre a pesar de que San Lucas de las Tejas Blancas es llamado por las personas que viven cerca de ahí. Y justo ahí, en el lugar sin nombre es que descansamos durante un rato, nuestro largo andar sobre aquella supercarretera.

Un señor revestido de gordura vende cocos. Nos los ofrece. Asentimos y le digo: —Ya va, ya va, —pero no traigo dinero y no quiero decirlo porque sencillamente me da pena no traer dinero, y es que la cosa siempre es así: mi esposa es quien lo maneja, lo desenreda y enreda y total, que nunca traigo un centavo ni para comprarme un coco, y sólo puedo asentir y decir que ya va.

Se me acerca el negro Fermín, alto, flaquísimo y sonriente me dice:

—Chato, si quieres uno, lo cogemos y nos lo comemos y ya.

—¿A cuánto? —le digo.

—De a tanto, —y me dice.

—¿De a tanto? —le interrumpe el gordo. El negro Fermín asienta y ambos se ríen como un par de compadres en medio de tan basta carretera. Pero no me da el coco. El que ahora ya es mío porque me lo ha prometido (aunque sé que todavía no lo he pagado), no me lo da. Solo se ríe. Con su compadre únicamente.

Se ríe y se va de lado como en la canción. Y desaparece entre los puestos como está acostumbrado a desaparecer en ese oficio de ahuyentador de camiones que tiene y del cual no recibe sino la miseria de dinero que ahora le sobra.

Y total, que yo todavía no sé si el coco es mío o no, porque, aunque aún no lo compro, él ya me lo dio para comerlo y ya.

Pero el negro me ha dicho que espere, que nunca has visto algo como lo que ahora te traigo, vas a ver, esto sí es diferente.

Y yo espero y ahora veo lo que me trae: lo agarro indeciso, con cierta fragilidad, inseguro porque no se de qué lado caerá primero, agarro la punta eso sí, para llevarlo a la boca, pero lo demás no sé cómo tenerlo en el aire. Dice que de la mitad, de la parte más endeble para evitar que se rompa. Y mientras, el negro me ve y se ríe de mis balanceos. Está esperando.

Es lo que aquí llaman cigarro de coco. Hecho con la cáscara de los cocos y de algo más que intuyo pero que jamás sabré a ciencia cierta. Y a veces pienso que mejor no quiero saberlo o se quedará esperando para siempre. Al menos ya tengo parte de mi coco, por el que ya he pagado a pesar de que no traía ningún centavo.

—Bueno, ya, dale el llegue, —me dice Fermín, y se ríe de nuevo.

Eso espera: mi reacción. Cree que no sabré hacerlo. Iluso.

Él no sabe que fumo desde hace tiempo, a escondidas de todos, a escondidas de mí mismo, pero fumo: lo acerco a mi boca, y mi primera aspiración es corta. Lo detengo tres segundos y mi primera bocanada es pequeña. Sabroso. Picante pero muy sabroso.

El negro Fermín explota en carcajadas junto a Ramón, quien siempre lo ha acompañado, todo el rato desde que estamos en este varadero de supercarretera:

—Te lo dije, mi matambo, —le dice a Ramón, —si unos no saben cómo fumar pero le intentan.

Y yo me callo y me aguanto las ganas de decirle que así fumo siempre, que soy asmático y no puedo aspirar más porque no tengo de donde buscarle el aire, soy de corto alcance pero lo disfruto y me quedo callado, aguantando esas risas necias que ya pasarán. Cierro los ojos y me concentro en ese sabor exquisitamente picante.

Camino erguido. Me siento importante. Eso no se ve por aquellas latitudes tan fácilmente. Vean esto nuevo y véanlo bien.

Aunque en realidad yo me quería comer un coco. Son deliciosos.

Yo quiero traer su sabor entre mis muelas no en las narices. Llevármelo hasta las aceras por donde paso. Yo lo que quería era probar los cocos. Aunque acepto que jamás había visto un cigarro de coco.

Y entonces volteo a ver receloso las tizas de carbón con sal que tiene el vendedor en el suelo, cerca del brasero, y el negro Fermín me dice entre risotadas cínicas como lo son las suyas:

—Tú pide unas, tú no te preocupes, mientras no nos veamos las caras, quiere decir que hay plata, así que tú pide.

Y el negro vocifera que quiere mil quinientos de tizas saladas cuando cada una cuesta quince pesos. Así que la señora le contesta con otro grito a su hijo pidiéndole mil quinientos de tizas.

El negro se ríe y reafirma su presunción: —Cómo cree que le voy a pedir mil quinientos, no tiene para venderme tanto, ¿verdad?

Y la señora le responde que si usted quiere mil quinientos de tizas, yo se las traigo que para eso es el cliente y yo la mercaora, ¡faltaba más! Y ambos sienten haberle ganado al otro y ambos quedan en ridículo por habladores y se ríen juntos de nuevo, pero nadie hemos notado todo eso. Solo ellos que se entienden en su idioma y maneras. El negro Fermín y la señora. Mientras yo termino de fumar mi cigarro de coco. Delicioso.

Ahora el vendedor de cocos forrado de gordura se me acerca y me dice que la verdad sí es nuevo para él, que nunca había visto cigarros de coco ni que se los fumaran tan a gusto.

—No sabía que se podían hacer.

Y antes de que se me acabe yo le otorgo una fumada del mío. El vendedor de cocos lo prueba, hace una mueca franca y es cuando retoma todo lo que me estaba diciendo desde antes de que el negro Fermín me trajera el cigarro de coco:

—A mi siempre se me ha hecho un desperdicio acabarse así un coco, tan sabrosos que son entre las muelas. Porque la verdad es que no sabe a nada el dichoso cigarro de coco. Para mí es tirar el coco a la basura, hacerlo aire y aventar el humo a la nada. Y es que no saben a nada, excepto un poco picantes, eso sí.

Tiene razón el vendedor de cocos. Pero yo no le digo nunca nada a Fermín. Yo sólo asiento y digo ya va, ya va. Mientras el camino nos pasa por enfrente con la boca abierta y nos la llena con su tierra que se levanta al paso de los pollinos.

En un futuro este camino será una supercarretera y seguro algún viajero despistado parará un rato a comer un coco pero no podrá pagarlo porque no traerá plata, y entonces será cuando el negro Fermín se le ocurra por fin hacer uno de sus dichosos cigarros de coco (los que siempre nos ha prometido pero nunca ha hecho) con la cáscara de uno ya podrido para así poder sacarle aunque sea unos centavos al dichoso viajero despistado ese.

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