Entre dos continentes. Autor: Ruth Escamilla Monroy

El viaje empezó en la oficina, en una tarde de extenuante revisión de trabajos académicos. En una pausa para no enloquecer, Álex descubrió precio especial en los vuelos a Estambul. Era en ese momento o nunca. Mi estancia laboral en Pekín estaba por terminar y debía despedirme del Oriente de forma épica. Además, faltaba poco para nuestros cumpleaños, así que se tejían los argumentos para hacer el viaje. Dije sí y una vez comprados los boletos, nos dimos a la tarea de buscar información del lugar de la escala y del destino. Los dos tienen frontera con países en conflicto. Para viajar a Turquía, la embajada de nuestro país recomendaba dar itinerario detallado a los familiares y no visitar ciertos lugares por seguridad. Unos meses antes había explotado una bomba en el aeropuerto Atatürk de Estambul.

Para evitarles temores a nuestros padres que viven en México, decidimos informarles con detalle solo a los colegas españoles que se habían convertido en nuestros hermanos en aquella aventura de enseñar nuestra lengua en China. En menos de 15 minutos completamos el trámite de visa de forma electrónica. El viaje sería una locura, dos días para transporte y dos días completos en la ciudad más deslumbrante, establecida en dos continentes.

Empezamos la aventura. La línea aérea nos sorprendió por su personal físicamente perfecto, impecable y con unos modales que no entendíamos. Nos hablaban en una lengua desconocida por nosotros y solo cuando veían nuestra incertidumbre usaban el inglés. Sonreían poco. Disfrutamos el trayecto y aprendimos sobre Azerbaiyán, el país de nuestra escala. Volábamos a su capital: Bakú, que sería sede de los Juegos de la Solidaridad Islámica, una competencia deportiva que existe desde 2005. Descendimos sobre casas perfectamente pintadas, con grandes áreas verdes y entre calles bien trazadas. Heydar Aliyev es un aeropuerto que invita al viajero a quedarse en el país, para conocer más. Para saber por qué las tiendas de recuerdos tienen la forma de capullos, por qué hay tejidos de lámina de madera decorando los espacios interiores, por qué hay sillas de descanso con forma de jaulas de pájaros abiertas o a qué hora se bebe el té rojo que venden en las tiendas libres de impuestos. Cada vez estábamos más emocionados. En las pantallas se anunciaban vuelos a lugares como Dubai, San Petersburgo o Bagdad. Para Álex era el segundo viaje a Estambul, por eso quería que yo fuera, porque me conoce bien y sabía que me iba a enamorar.

Al llegar al aeropuerto de Atatürk, me emocionó la diversidad de viajeros que hacíamos fila para pasar migración y empecé a buscar los rostros de Héctor, París, o Suleimán el Magnífico en la fila de los nacionales. No podía contener la emoción al pensar que iba al país de donde había leído tantas historias en la clases de literatura y arte. Tomamos el metro y cuando salimos del subterráneo abordamos el tranvía y apareció ante nosotros la vida cotidiana. Los alrededores de Estambul, las mezquitas, la inconfundible bandera roja con la media luna y la estrella, la vieja muralla y poco a poco la ciudad, con la entrada al Gran Bazar, la Basílica Cisterna, Santa Sofía, la Mezquita Azul… Ver pasar a la gente que vive ahí, acostumbrada a la milenaria historia de sus muros, a esas aguas que surcaron personajes legendarios y caminar como si nada, siendo parte del encanto. Ojos asombrados de viajeros, el viaje era físico y mental. La imaginación desbordada luchaba con la razón que trataba de entender los letreros, de grabarse las estaciones, de meter todo al almacén de la memoria para luego evocar los recuerdos que empezaban a formarse ahí, en el tranvía.

Descendimos, teníamos que buscar el hotel para dejar nuestras cosas y poder salir a la ciudad. En un momento más caería la tarde. Paramos en un restaurante para comer y orientarnos. Llegamos a nuestro lugar de hospedaje, justo frente a una mezquita, como tantos lugares de Estambul.

Hay que escribir un párrafo aparte para hablar de la belleza masculina. Los ojos no descansan. Por todos lados aparecen miradas oscuras, cejas pobladas, espaldas anchas, aromas intensos, barbas cerradas, grupos de hombres, parejas, tríos, dueños de las calles, sonrientes, coquetos, ruidosos.

Caminamos. Atravesamos el Cuerno de Oro, en cuyo puente nos sorprendió la cantidad de pescadores con caña que día y noche forman parte del paisaje. Las seis de la tarde nos dieron ahí, en el Puente Gálata entre las fotos de un paisaje jamás visto por mí, un sitio donde el islamismo predomina en la arquitectura y en el aire: se activaron los altavoces de las mezquitas y empezó el llamado a la oración en árabe. No había manera de olvidar que estábamos en un lugar muy distante de nuestro país, de nuestro lugar de trabajo, estábamos en Estambul, Constantinopla, Bizancio.

Llegamos al Bósforo, con sus aguas oscuras y poderosas. En la orilla, un hombre anunciaba lo que creímos que era un paseo en bote y no dudamos en abordarlo. Eran los primeros días de diciembre, así que bien cubiertos permanecimos en el segundo piso, intentando hacer caso omiso del frío, hipnotizados por las luces que iban iluminando la noche creciente y que se reflejaban en el agua. Llegado el momento, bajamos a la cabina y recuperamos el calor con otros pasajeros, alrededor de un enorme recipiente de çay, el té turco de color rojo, aroma atractivo y vapor reconfortante. Descendimos en un punto diferente al de partida y nos topamos con una mezquita abierta. La sola entrada al patio me hizo sentir recogimiento, también la oración que alcanzaba a escucharse. No era momento de pasar.

Seguimos andando y llegamos al corazón de la ciudad, la plaza de encuentro entre Santa Sofía y la Mezquita Azul. Nos entregaron su exterior iluminado y la promesa de dejarnos disfrutarlas otro día. Encontramos también el antiguo hipódromo romano, donde la altura del obelisco traído desde Egipto nos tenía con la boca abierta. Esa debía ser la intención del emperador Teodosio, hacer notar el poderío de su imperio al ser capaz de transportar semejante mole de piedra a tantos kilómetros de distancia. Bajamos por la avenida Alemndar y disfrutamos con la vista de las vitrinas de tiendas de té, cafés, textiles, delicias culinarias, postres, recuerdos. Anduvimos hasta que la noche se fue poniendo muy sola, pero en el puente seguían los pescadores.

Un desayuno inesperado nos dotó de fuerzas, si es que las necesitábamos. Una tabla de quesos, miel, mermeladas, pan, embutidos, aceitunas negras, pepinos y tomates frescos nos esperaba a cada uno en el pequeño café del hotel. Por supuesto, nuestro çay lo acompañaría, servido en un vaso de vidrio y sobre un plato blanco con decorado rojo, la manera típica de ofrecerlo, me dijo Álex. Éramos las únicas personas que habían madrugado, así que la atención del encargado se centró en nosotros y nos confió abiertamente su postura política, su desconfianza hacia los medios de comunicación y hacia ciertos gobiernos imperialistas que tergiversaban datos para asegurar su poderío económico en la zona. “Quieren que tengamos miedo, pero nosotros no tenemos miedo. Si nos dicen que no salgamos, nosotros nos vamos a la calle a demostrar que estamos listos para todo”.

Aunque las recomendaciones de la embajada decían que evitáramos la plaza Taskim, tomamos el funicular y descendimos en ella. No podíamos perdernos la emoción de ver ondear la hermosa bandera turca y admirar los monumentos. Al fondo de una de las calles que desembocaban en la plaza se veía el Bósforo, como llamándonos.

Esa mañana decidimos dejarnos llevar y sin ruta establecida tomamos la primera calle comercial, llena de establecimientos de döner. No pudimos dejar de agradecer la herencia turca en México, pues una de las cosas que más extrañábamos eran los tacos al pastor, en los que la carne se cocina igual. Las láminas se insertan en una varilla y el fuego las asa en forma vertical. En Turquía se usan panes de harina de trigo para acompañar la carne; en México, con ella se rellena un taco de maíz. Con los ojos nos comimos los aparadores de delicias espectaculares de coco, nuez, pistache, almendras y más. Después de un rato, decidimos entrar a Saray Patiserie y disfrutamos un café intenso, aromático, y un par de postres que compartimos para no quedarnos con las ganas, uno era de leche a la plancha y el otro era una fiesta de frutas, semillas y budín.

Fue una gran sorpresa encontrar dos templos católicos en la misma calle de Istiklal cuando pensábamos que hallaríamos mezquitas. Luego nos topamos con una librería de tres pisos, de madera, una belleza. Nos encantó encontrar libros de escritores latinoamericanos, ediciones de El Quijote y biografías de Frida Kahlo. A ella la vimos también decorando camisetas y bolsas. Probamos un döner en pan pita, eran bocados de felicidad, con un escalón por asiento, viendo pasar la vida cotidiana de los ciudadanos y los pasos pausados de turistas como Álex y yo.

Continuamos por Galip Dede, una pequeña calle cuesta abajo llena de tiendas de instrumentos musicales y cafés bohemios. Entramos a un cementerio que diferenciaba las tumbas de hombres y mujeres por el decorado de sus lápidas. Tanto las tumbas como las inscripciones doradas en el muro de entrada y los gatos merecen detenerse unos minutos a tomar fotografías.

Nos acompañaba el viento en nuestro recorrido, empujó nuestros pasos luego de la pausa y casi nos arrebata el móvil en el mirador de la Torre Gálata. La vista desde ahí es imperdible, 360 grados de Estambul, de sus mezquitas, de su cielo que ha sido testigo de siglos de historia, de las aguas que la dividen y la unen, llenas de embarcaciones. Ahí en la torre conocimos a dos argentinas, viajeras jubiladas que empezaron su ruta desde el norte de Turquía. Venían llenas de asombro, de fotos y de historias. Continuarían su viaje al sur y una se iría en crucero a Grecia. Álex y yo volveríamos a Pekín porque debíamos regresar al trabajo en cuanto bajáramos del avión, pero estábamos en Estambul e hicimos lo necesario para visitar la mezquita de Süleymaniye.

Valió la pena tomar transporte, atravesar un puente, subir una colina. La hora del atardecer se acercaba. Álex ya la había visitado y tenía la seguridad de que yo la amaría. Además del asombro ante la arquitectura y la decoración, unos voluntarios nos recibieron amablemente y con la disposición para explicarnos en inglés el significado de la caligrafía, los modos de oración, los principios de la religión islámica y regalarnos un ejemplar del Corán en nuestra lengua. Sintiendo una armonía en el alma, caminamos por los jardines con árboles centenarios y césped perfecto. Vimos los cambios de color en el cielo que despedía a la tarde y entramos en Lalezar Çay Bahcesi, un espacio para beber çay y fumar, escondido en un patio antiguo al que se baja por una escalera de piedra. Un sitio para hombres que fuman, beben, charlan y miran.

Nos dejamos llevar por la gravedad de una cuesta y llegamos al Gran Bazar. No tenía idea de lo bien que le queda el adjetivo, aunque mi papá ya me lo había advertido. Se necesita tiempo para recorrerlo, un bolso lleno de dinero y un convenio con una paquetería que se lleve todas las compras que una persona desea hacer. O bien, ir con poco tiempo, poco dinero,  ganas de llenarse los ojos y luego contar las maravillas vistas. Como en mi caso. Desde antes de entrar, ya quería comprar un tapete rojo, majestuoso. Adentro, deseaba lámparas, blusas tejidas a mano, pañuelos, sacos de especias, bolsas de té de rosas de Esparta, dulces, alhajeros labrados, joyas, un cuadro con los 99 nombres de Alá, un vendedor que me prendió del pecho un ojo turco, vajillas, bolsos, paquetes de café, tanto que admirar, entre puestos, gente y arquitectura. Sabiendo que volveríamos al día siguiente, nos fuimos cuando empezaron a apagar las luces. Afuera, el cielo oscuro me regaló una media luna turca y una estrella. “Dios no nos deja con ganas de nada”, me rondaba la voz de mi madre en la cabeza.

Repetimos la caminata nocturna por la avenida Alemndar, para decirle a Santa Sofía que al siguiente día la visitaríamos, para pasar junto a la muralla del palacio Topkapi, para llenarnos los ojos con lo que hay detrás de cada vitrina, en cada muro y tomarnos un sahlep, una deliciosa bebida caliente, blanca, hecha con especias y leche. El vendedor era un gran conversador, orgulloso de sus productos. Nos dejó ver la tienda y preguntar todo lo que quisimos sobre los tés y condimentos que ofrecía. No nos persuadió a comprar nada, como sí lo había hecho un joven calles arriba. Ofrecía un té para el amor y su disposición a probar conmigo su eficacia.

Antes de llegar al hotel, paramos en un bar al que los empleados nos invitaron a entrar mientras bailaban en la acera al ritmo de música electrónica con tintes turcos. Algo así como el estilo de Tarkan, quien causó furor en México a finales de los noventa. Disfrutamos la velada en aquella calle oscura, en aquella terraza por donde entraba gente y no salía. Buena música, buen ambiente y excelente compañía, Álex y yo, con la promesa de seguir cumpliendo 28 años cada diciembre.

Ese día teníamos nuestra cita con la basílica y mezquita más famosas: Santa Sofía y la Mezquita Azul.  Desde el jardín de la entrada ya se siente la magnificencia del edificio de Ayasofya, dedicado a la sabiduría divina. Los minaretes son altísimos, te obligan a elevar los ojos y encontrarte con el cielo. En el suelo están los restos de la decoración romana de la primera iglesia ahí edificada por Constantino en el siglo IV. Atravesar la puerta y encontrarse en sus pasillos desnudos es una preparación para lo que viene. Si se sigue el pasillo hacia la puerta suroeste, un espejo al frente devela lo que hay sobre la cabeza, el mosaico de la Virgen María con el Niño Jesús en sus rodillas, custodiada por los emperadores Constantino y Justiniano. Si se sigue la dirección opuesta, se encuentra una rampa que lleva al encuentro de lo indescriptible: el interior de la basílica, desde el segundo nivel, con la luz que entra por la cúpula, con la Virgen y el Niño Jesús al fondo en el ábside y la caligrafía árabe en unas gigantescas tablas al centro.

En el interior conviven en armonía las manifestaciones del arte de dos poderosas religiones. Desde un balcón al que conduce la rampa, la emperatriz y las mujeres de la corte asistían a los oficios religiosos cristianos. Después de atravesar una enorme puerta de mármol labrado, se llega al balcón destinado a la alta jerarquía religiosa y al muro en el que Jesucristo está en el Juicio Final, a sus costados San Juan Bautista y la Virgen María muestran su aflicción por quienes serán juzgados. Aunque gran parte de las teselas del mosaico fueron retiradas, los rostros son expresivos. A pesar de haber visto el arte bizantino en mis clases de arte y literatura, nada se compara con estar de pie frente a ellos, mirar su entorno, la forma como se integran con el espacio, la manera oblicua en que les da la luz de la mañana, la profundidad y el volumen de las imágenes y las emociones de los rostros. Un poco más adelante se encuentra el mosaico que presenta a Cristo en su trono, con la emperatriz Irene y el emperador Juan II. Al final del pasillo hay una pequeña ventana hacia la nave principal, desde ahí se aprecia de cerca la perfección del rostro de la Virgen María, sentada en su trono y con el Niño Jesús. Como fondo, infinitas teselas doradas enmarcan la majestad de la escena en el ábside.

Una vez en la planta baja, los ojos no saben hacia dónde dirigirse. Dondequiera hay algo que admirar. La altura de la cúpula, las columnas de diferentes colores, los candelabros, las decoraciones del piso, las alas de los ángeles junto a las tablas de caligrafía más grandes del mundo, el lugar donde el sultán oraba,  el mihrab que indica hacia dónde está La Meca y el minbar con su escalera de mármol, desde donde se dirigía la oración, los mosaicos,  los gatos que parecen parte del museo, las imágenes que vienen a la mente de todos los acontecimientos ocurridos.

Antes de salir, otro mosaico nos aguardaba, Cristo Pantocrátor, o Señor del universo, vestido de blanco y en un trono ricamente adornado, con un emperador a sus pies en actitud de adoración. Afuera, sigue la belleza al contemplar la fuente de las abluciones, circular, de mármol, herencia del arte islámico.

Hacía un día espléndido. Caminamos un poco. Cruzamos una puerta de la muralla del palacio Topkapi y, luego de atravesar un jardín con árboles añosos, llegamos a la basílica Hagia Irene o de la Santa Serenidad. A pesar del recinto de donde veníamos, esta sencilla construcción de paredes no decoradas y completamente vacía nos dejó muy claro el estilo arquitectónico bizantino y el origen de su nombre. En sus muros, las múltiples ventanas con arco de medio punto permiten el paso de los rayos de luz. Hay silencio, contemplación de las sensaciones de tranquilidad que ahí se producen. Se considera la primera iglesia cristiana de Constantinopla y se mantiene de pie. Puede verse en ella el germen de la estructura de Santa Sofía.

Admiramos la muralla del palacio y salimos por una calle en la que había vestigios de columnas y capiteles romanos, además de gatos que tomaban el sol sobre aquellas piedras que alguna vez sostuvieron edificios. Nos sentamos a pensar en el tiempo y a escuchar el graznido de los cuervos hasta que el hambre nos llevó a una terraza vecina de la avenida Alemndar, por donde habíamos caminado tantas veces. Un hombre muy amable nos ofreció un precio especial en los platillos típicos y un jugo de granada. Nos decidimos por unos pinchos de cordero y berenjena, cuyo sabor nada ha podido superar. También quisimos probar el testi, un recipiente de barro que se rellena con carne, verduras y salsa. Se sella y se cocina a las brasas. Es un espectáculo ver llegar al camarero  con una mesa rodante en la que hay brasas y cenizas debajo del recipiente. Poco a poco lo hace girar, le da golpes en la boca y cuando cambia el sonido de los golpes, la parte superior se rompe y deposita el contenido en el plato.

¡Qué tarde! No queríamos movernos para seguir contemplando. Estábamos en el corazón de Estambul, con una vista inmejorable, disfrutando una comida deliciosa cerca de un calentador que nos hacía más agradable el ambiente. Cerca de nosotros, un joven sacaba hilos de helado de una garrafa, los estiraba, les daba vueltas y los devolvía para que siguiera el proceso de nevado, se trata del dondurma, un postre artesanal turco.

Cuando nuestro itinerario nos hizo levantarnos, fuimos hacia la Basílica Cisterna Yerebatan, bajo la tierra, tal como un aljibe, pues fue hecha para ese fin. Está sostenida por columnas decoradas, estéticamente colocadas, como si no se tratara de un almacén de agua, sino de un palacio. Como el sitio subterráneo que es, resulta oscuro y al caminar sobre una pasarela a pocos metros del agua, la humedad se deja sentir, se escuchan gotas. Parece que esconde secretos, parece el palacio de seres mitológicos y más cuando se ven los letreros que anuncian la proximidad de dos cabezas de Medusa. La emoción crece y ahí donde hay más gente congregada se ven, como base de dos columnas, con huellas de agua y con limo. Medusa petrificaba a quien la mirara a los ojos y al verse en el escudo de Perseo, ella misma se volvió de piedra. Sus ojos sin mirada parecen dominar el espacio subterráneo. Más allá, otra columna llama la atención; tiene lágrimas grabadas. Se dice que es un homenaje a quienes murieron en la construcción de esa obra civil imponente, pero casi secreta. Salimos de ahí para volver a elevarnos.

El siguiente punto de visita era la Mezquita Azul, o Sultanahmet Camii. Ya había aprendido que para entrar a una mezquita se requería un atuendo especial. En lugar de molestarme, me gustó el hecho de prepararme desde el exterior para vivir la experiencia. Una larga fila de mujeres esperaba recibir un velo, también una falda, si su atuendo inferior era corto o ajustado. Hombres y mujeres debían tomar una bolsa de plástico para guardar su calzado y poder entrar a un suelo mullido, cubierto con tapetes. La estructura recuerda a la de las basílicas que habíamos visitado por la mañana, pero la decoración introduce de lleno al arte islámico: figuras geométricas y caligrafía embellecen ese espacio sagrado, también los enormes candelabros a baja altura. Estando en un sitio así es difícil no pensar en lo divino. Más que tomar fotografías o video, ese lugar es para contemplar, para meditar, lo cual resulta un poco complicado con tantos turistas, pero puede hallarse el espacio para sentarse en el suelo y llenarse de paz.

A unos metros, vuelve a encontrarse el bullicio de la ciudad, los restaurantes con espectáculos tradicionales, las tiendas de tapetes probados por gatos que descansan en ellos. Fuimos de nuevo al Gran Bazar para seguir admirando. La bóveda estaba decorada de formas diferentes en cada pasillo recorrido. Había pequeñas fuentes de abluciones de mármol así sin más, entre sillas de madera o de plástico, entre paquetes con mercancías. Nos sentamos en un puesto de café a disfrutar de esa bebida y de un par de postres hojaldrados, con nueces y almendras. Ahí estuvimos, mirando pasar vendedores, clientes y viajeros hasta que llenamos nuestros ojos y salimos.

Era la última tarde en la ciudad de nuestros sueños, a la que habíamos hecho nuestra gracias a Álex, su amor por los viajes y su naturaleza de ángel guardián. Nos despedimos de ese espacio por el que habíamos pasado desde el día de nuestra llegada. Tomamos el tranvía como entonces y dijimos adiós a los lugares que acabábamos de visitar, a nuestra querida muralla, a los escaparates.  Bajamos cerca de la terminal marítima. Queríamos despedirnos del Bósforo y estar entre dos continentes dentro de la misma ciudad. Tomamos una embarcación que nos llevó a la parte asiática de Estambul. Vimos las aguas oscuras y agitadas, las luces que se encendían y se reflejaban en ellas. Caminamos disfrutando la noche y tomamos el Marmaray. Se trata del tren submarino más profundo de Europa. En unos tres minutos estábamos de nuevo en el Viejo Continente.

Caminamos por el Puente Gálata, esa vez por su nivel bajo, en el que hay restaurantes y bares. Entramos en uno, con los ojos melancólicos, para ver las luces y las sombras de Estambul. Subimos a la parte superior a despedirnos de los pescadores. En el nivel bajo habíamos visto los cáñamos tensos y los anzuelos en su ascenso y su descenso. Ahí estaban ellos con su impermeable, con su abrigo, con sus hijos. Diversos vendedores ambulantes les permiten conservar la temperatura y el vigor para seguir ahí, esperando llenar sus cubos. Dijimos adiós a la noche.

Yo había querido ver el cielo del amanecer, pero las mañanas anteriores habían estado nubladas, esa no. Del azul, pasó al rosa, al lila, al violeta. Salió el sol entre cúpulas y minaretes. El desayuno nos esperaba y también las maletas. Abordamos el tranvía, con un hilo más en el entramado que une nuestras vidas, sabiendo que algún día volveríamos por el pedazo de alma que dejamos entre dos continentes.

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  1. Adriana Calderón

    Un lugar mágico y lleno de historia. Turkia, con sus contrastes, su comida y religión. Gracias por conectarte con tanta sabiduría y compartir con todos

  2. Hania isabel celaya caram

    La literatura, se crea y se vive,gracias a ella el aqui y el ahora,se convierte en una sensación maravillosa.
    Gracias por las lineas cargadas de descripciones, que me permitieron ser parte de un lugar y enamorarme de él.
    En el que en un futuro mis pies me guiarán.
    Gracias Ruth por tu elegante redacción.

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