En un punto del mapa. Autor: Ruth Escamilla Monroy

El vuelo hizo escala en Quanzhou. Hacía calor, se acercaba la medianoche y la sala internacional estaba cerrada. Solo permanecía abierta la de llegadas nacionales, con asientos de fibra de vidrio. El vuelo saldría a las 9 de la mañana. ¿Iba a dormir sentada en una de esas sillas incómodas? Definitivamente no lo deseaba, pero el módulo de información estaba vacío, los guardias solo hablaban chino y leían caracteres, así que tuve que unirme a una pareja de rusa y keniano que estudiaban en Pekín y podían comunicarse en aquel lugar que parecía no tener que ver con la internacional capital de China, donde yo llevaba unos meses trabajando. Con todo y equipaje, cada uno se montó en una motocicleta, abrazando al conductor, para que nos llevara a un hotel cercano donde podríamos dormir algunas horas; pocas, considerando que había una discoteca vecina que turbaba el sueño.

Los tres llegamos a la sala, con las horas de anticipación que pide un vuelo internacional, pero permanecía cerrada. A las 7 entraron los empleados. A las 8 empezaron a trabajar. Yo juraba que perdería el vuelo a Manila, pero veía a los viajeros chinos tan tranquilos, que dejé de dudar. En efecto, hubo tiempo suficiente para hacer la impresión de mi boleto que solo llevaba de forma digital, pasar migración, filtros de seguridad y todavía sentarme un rato en la sala de espera, antes que de que el avión despegara a la hora exacta. Las cosas no ocurren igual en el sur, fue lo que comentamos en inglés un compañero de fila y yo; empezaba a relajarme.

Al llegar a Manila, un autobús transfirió a los pasajeros a la terminal de vuelos nacionales. Para llegar a mi destino, había dos opciones: Caticlan y Kalibo. La pareja a la que había conocido tenía vuelo para el segundo sitio, así que nos despedimos. En el comedor de la sala de espera me sorprendió encontrar alimentos con guiños a la comida china y también a la mexicana. No podía olvidar que Filipinas y mi país fueron colonias españolas entre las que hubo una intensa relación comercial, pues Manila era parte de la ruta por donde pasaba la Nao de China antes de llegar al puerto de Acapulco, en México. Así que empecé a disfrutar la familiaridad con el sitio.

De pronto, alguien me saludó muy efusivamente. Era León, el compañero de fila con quien había hablado por la mañana. Iniciamos una conversación muy amena. Además de que también él era de raíces mexicanas, aunque nacido en California, trabajaba en Pekín, luego de haber vivido en varios países. El tiempo pasó rápido, pero descubrimos que nuestros vuelos estaban retrasados. El suyo a Kalibo salió un poco antes que el mío, pero al aterrizar, él debía tomar un autobús y viajar durante dos horas para llegar al embarcadero de Caticlan y de ahí navegar hacia el mismo destino que yo.

Por fin anunciaron mi salida. El avión era como un autobús escolar, pequeño y con dos jóvenes sobrecargos que animaban el viaje. Yo necesitaba dormir. Cuando abrí los ojos, el mar parecía un camino de cemento. Había tanta calma aquella tarde que no quería perder el atardecer en la isla. Pero lo perdí. En lo que bajé del avión en un aeropuerto en el que solo hay una banda de unos cuatro metros para recuperar el equipaje facturado y en lo que abordé un transporte que me llevaría al embarcadero, se ocultó el sol. Compartí una camioneta, luego una lancha y después otra camioneta con una jazzista de Postmodern Jukebox, un londinense que festejaría sus 23 años, una maestra estadounidense  casada con un compatriota mío y unos jóvenes chinos que celebraban su graduación.

Llegué a mi hotel al oeste de la isla, en la estación 3, justo frente al mar que me llamaba. No le hice caso, pero sí caminé por el paseo marítimo de la playa Balabag, sobre arena, entre restaurantes, bares, vendedores de objetos y servicios, puestos de tatuajes temporales, batidos de mango y de coco, recuerdos y más. Atraída por la música en vivo y las voces tan diferentes de los tres miembros de una banda, me senté en un restaurante a unos metros de donde las olas se recostaban sobre la arena fría. Me acariciaban la brisa y las notas. En un descanso del grupo, cuatro hombres sorprendieron con una danza en la que el protagonista era el fuego. Regresó el conjunto musical y la primera noche me sentí bienvenida en aquel punto del mundo que no se ve en los mapas, la isla de Boracay.

Temprano por la mañana el sol ya colgaba del cielo y le daba a la arena tonalidades doradas; al cielo y al mar, un azul. Ambos disputaban por mostrar el aspecto más asombroso. Ahí estaba el mar, a unos pasos de mi habitación. A unos pasos de cualquier lugar en esa isla bonita. Decidí caminar por el paseo marítimo en sentido inverso a la noche anterior; a lo lejos vi pasar a la pareja con la que había compartido la aventura del aeropuerto de Quanzhou y hallé un restaurante pequeño con desayuno inglés. Lo probé, lo amé y me eché en un camastro a sentirme libre.

La Cervecería San Miguel es la reina en Filipinas y tiene sus razones bien justificadas. Lo comprobé con una cerveza Negra y una Red Horse. Volví a caminar, dejándome tocar por el agua. Pasé por la estación 2 y llegué a una parte de la isla donde la arena se vuelve fina y blanca. La luz parecía cambiar también. Se asomaban unas nubes un poco grises, pero nada le restaba belleza al sitio. Ahí apareció León, el viajero con quien había charlado el día anterior. Me contó que estaba hospedado en el lado este y que planeaba hacer un paseo al día siguiente. Me invitó y sonaba muy bien. Caminamos por el pasaje comercial D’Mall, que permite atravesar la isla y probamos los productos de Halowich, la nevería más concurrida. Se trataba de un helado suave de sabor y consistencia, delicioso, servido con trozos de fruta.

Empezó una llovizna que nos llevó a continuar la charla bajo un alero. Como yo lo acompañaría en el paseo al que me había invitado, él volaría conmigo en parasailing dos días después. Yo tenía años posponiendo esa actividad, pero aquellas vacaciones eran para hacer cosas diferentes. Así que cuando en la playa de Bulabog me presentó a unas chicas de Shanghai que había conocido por la mañana y me mostraron sus tatuajes temporales, decidí ponerme uno. Después de buscar mucho, encontré el diseño perfecto que bajaría por mis omóplatos. Los cuatro continuamos la diversión en un bar ruidoso, riendo y compartiendo la euforia de Boracay. Ahí encontré a la maestra norteamericana y a mi compatriota bailando. La isla te garantiza volver a ver a la gente, ya estaba convencida.

La aventura nos esperaba al día siguiente. Después de desayunar en un lugar con decorado de lucha libre mexicana, abordamos la lancha. Cientos de peces se acercaban, se alejaban, parecían desfilar ante nuestros ojos fascinados. Estaba bajo el agua, descubriendo secretos de un mar que empezaba a cambiar de tono ante la lluvia que se avecinaba. Descendimos en la playa Tambisan, donde nos esperaba un bufet de delicias. Ahí, bajo ese techo de palma, ante la vista de niños locales que jugaban sin cesar a echarse clavados desde las proas, empezó la lluvia. Agua arriba y abajo. Los niños eran indiferentes. Los viajeros nos quedamos bebiendo café o cerveza bajo techo, admirando tanta belleza que la lluvia acrecentaba. Cuando cesó, volvimos al bote, la siguiente pausa era en la playa Illig Illigan, al noreste de Boracay, tentadora, con arena blanca, fina, en la que se hundían nuestros pies hasta la pantorrilla. Agua quieta para nadar o remar. Camastros para beber mango granizado con el ron que lleva el nombre de la isla. Regreso, tarde lluviosa. Viento. Tormenta nocturna. Canciones, voz melodiosa en un bar, baile, fuego, la noche de Boracay.

El parasailing se hace temprano, antes de que los vientos enloquezcan demasiado. Un bote pequeño nos llevó a alta velocidad a una plataforma en la que esperamos nuestra lancha especial. Una fotógrafa, un piloto y el encargado del equipo técnico nos acompañaban. A medio mar firmamos ese documento en el que no culpas a nadie en caso de muerte. Le dije a León: “Si muero, avisa a mi familia.” Me respondió: “Si muero, no le avises a nadie”. Nos instalaron el equipo y antes de elevarnos, nos indicaron que si necesitábamos bajar, hiciéramos una seña determinada con el brazo. Contamos hasta tres y empezó nuestro ascenso.

A medida que la intensidad del viento y nuestra emoción aumentaba, la lancha se hacía más pequeña. Ver el mar desde lo alto, el contorno de la isla, poder tener la perspectiva de la playa al otro extremo más allá de las palmeras, las olas a mis pies, escuchar los gritos de júbilo de mi acompañante y míos me recordaron lo feliz que era en ese punto indeterminado en el mapa, lo que había postergado ese momento y el deseo de repetirlo o prolongarlo. Solté los brazos, estiré las piernas, aspiré ese aire fresco, húmedo, cerré los ojos, volaba. Los abrí, hacía mío ese momento. Desafortunadamente no nos indicaron alguna seña para pedir la extensión de la experiencia. La lancha comenzó a verse más cerca cada vez. Al poner nuestros pies en la cubierta, la fotógrafa hizo las últimas tomas. Regresamos a la plataforma.

Nos mostraron las imágenes. Elegimos las favoritas y volvimos a la playa, con la relajación que llega después de una descarga de adrenalina.
Esa tarde, en Bulabog compartí la barra con una chica taiwanesa y un hongkonés. Ella solo hablaba cantonés, pero aprovechó la tecnología de su teléfono para comunicarse conmigo, intercambiar palabras básicas de su lengua y la mía y tomarnos selfies, en una de esas aplicaciones tan usadas en China que retocan al instante. El chico se dedicaba a viajar, me dejó ver sus fotos en diversos puntos del mundo. Junto con ellos y León caminamos hacia las playas White y Friday, al noroeste. Reímos, escribimos sobre la arena, nos tomamos fotografías, disfrutamos el agua y vimos el atardecer. Llegó la noche y con ella una tormenta que nos obligó a refugiarnos en un bar de playa. El viento soplaba con todas sus ganas, las palmeras se movían a su merced, la brisa nos alcanzaba. Tuvieron que poner protección alrededor de los clientes. Brindamos una y otra vez hasta que la lluvia nos dejó volver.

Fue una mañana nublada, lluviosa, para pasarla en una hamaca, viendo los cambios de luz, compartiendo historias con otros viajeros llegados de Shanghai, Nueva York, Seúl. Aquellos que habían visitado otras islas filipinas, quienes habían hecho una larga pausa en su trabajo para viajar por el sudeste de Asia, donde el tipo de cambio vuelve rico al turista. Hablé con la gente local, nacida en Boracay o llegada de islas menos afortunadas para mejorar sus oportunidades de trabajo, para no tener que irse a Hong Kong al servicio doméstico, para seguir en su país donde el aprendizaje del inglés empieza a temprana edad, pues es la lengua que garantiza su sustento. Día de apreciar la gastronomía filipina, chicharrón, cerdo adobado, arroz al vapor, jugo de calamansi, una especie de lima refrescante y de un color que alegra el día, si es que el día en Boracay necesitara alegrarse, dulce de coco. Vi pasar los veleros, los botes, las lanchas de motor, las motos acuáticas. Distinguí a lo lejos a los recién graduados chinos con los que había compartido el transporte para llegar a la isla.

Baile nocturno en la playa blanca de la estación 1. Una discoteca con techo de palma, con estructura de madera, sin piso, directa sobre la arena fresca. Música diversa, importada. Hay una chispa de ritmo latino en la gente local, algo nos hermana. Un círculo de baile con gente de Taiwan, California, Hong Kong, Kalibo, Boracay, Busan, Guadalajara. Una pista de arena que se iba llenando de caras alegres, de euforia, de tragos, de fiesta.

Por la mañana, un tazón de champorado: arroz con chocolate, servido con tocino dorado, rebanadas de mango y una bola de helado. También una sartén de huevo con tofu y salsa picante, acompañados con jugo de calamansi, vuelta a la vida en The Sunny Side Cafe de la estación 3. Caminé hacia la estación 1. Una parte del grupo fue a la playa Pukah. Yo preferí recorrer la playa Blanca y tenderme en un camastro del hotel Ambassador in Paradise. Así fue, me sentí en la gloria.

Era un día para mí, para ver las palmeras moverse, para escuchar el viento entre ellas, para llenarme de arena cuando el aire soplaba, para bañarme en esa playa extensa, suave y compacta, para dejarme caer en la espuma, beber cerveza filipina, tomar sol, descansar a la sombra, ver el atardecer y la transformación del paisaje natural y del mobiliario. Los amables camareros cambiaron en un instante los camastros por mesas, esperaban a los clientes de la cena. Antes de irme, pedí un halo halo, pues una chica filipina me lo había recomendado. Era una copa inmensa de hielo raspado, con leche condensada, coco, gelatina en trozos, frijoles dulces, una mezcla de sabores que no habría imaginado pero que me refrescó tanto como la brisa de esa noche que empezaba a las seis de la tarde. Me fui feliz. Estaba lista para despedirme.

Quise cerrar el viaje con la misma experiencia que había tenido la noche de mi llegada: la banda que tocaba en el bar de playa en la estación 3. Llegaron León, una de las compañeras de baile y una joven china a la que acababan de encontrar. Así es viajar sola, compartir la mesa con quien no conoces, confiar en quien acabas de conocer, tomarte fotos de grupo con alguien a quien viste por unos minutos o unas horas, cantar a toda voz a coro, como si fuéramos amigos de toda la vida. It’s my life en versión lenta, Wind of change con tintes de regué, canciones de Coldplay, los Bee Gees, Bob Marley, Adele, peticiones especiales del público internacional atendidas en coreano, chino, ruso, japonés y español. Los tres músicos con voces diferentes y hasta canciones propias me hicieron tan feliz nuevamente. A medio espectáculo, llegaron otra vez los artistas del fuego. Mi favorito era el que bailaba con música electrónica, estruendosa como los círculos de luz que parecían salir de sus manos. Arena, noche, brisa, fuego, cervezas, canciones, miradas, encuentros, despedidas, complicidad.

Sabía que a la mañana siguiente emprendería el regreso. Tomaría un bote en el mar iluminado, la playa brillaría diciéndome “regresa”, vería la isla disminuir su tamaño desde el pequeño avión que me llevaría a Manila, haría otra escala en Quanzhou y me detendría en el ajetreo de Pekín. Era la última noche. Escrita por Ragga Marv, el guitarrista de las rastas y los tatuajes, la escuché como al llegar, como una invitación: Whatever happens in Boracay stays in Boracay. La euforia continuaba, tendría algo que guardar.

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