De viajes. Autor: Ruth Escamilla Monroy

Ríos de gente por el cauce de la Ribera de Curtidores, puestos y más puestos. Indignación al ver objetos chinos, me prometieron un mundo de antigüedades, de objetos singulares, esto mismo lo puedo ver adondequiera que vaya. ¿Dos horas para hacer este recorrido? ¡Hombre, ni que tuviera  tanto tiempo libre como para estarlo perdiendo aquí, habiendo tanto que hacer en domingo! Sabe que Laura piensa lo mismo pero las tres son equipo y es su primer domingo en la ciudad. Estremecimiento al pasar por el minúsculo expendio de aceitunas con sus tentadores aromas. Mucho sol. Un puesto de patucos de Málaga entre infinidad de mercancías que ha visto tantas veces.  Quizá no sea pérdida de tiempo, por ver no se paga, total, no cualquier día estoy en El Rastro de  Madrid. Detenerse a esperar que Linda se emocione comprando vestidos hindúes, mascadas de a euro, sandalias… Por fin un bazar con mesas en la calle y su exhibición de discos de acetato, lámparas de los ochenta hacia atrás, vestidos típicos. En el interior, paraíso de libros usados.

― ¡Vamos, Laura, libros!

― De aquí somos, mi Lu, que Linda siga probándose todo lo que quiera.

Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca para mí, sin duda; Villancicos del Siglo de Oro para mi mamá; cartitas de álbumes de los setenta para mis hermanas; un soldadito medieval de plástico para Andrés; unas muñecas de papel con vestidos regionales para Fher; ¡una edición especial de comedias de Lope de Vega para mí! No, no me alcanza, este se queda, con todo el dolor de mi corazón… Laura encuentra El libro de buen amor en papel amarillento, entre otras maravillas. Afortunadamente Linda las localiza. Es difícil querer llevar tanto y saber que el presupuesto está contado. La beca no cubre gastos de estancia, solo colegiatura y viaje. Siguen cuesta abajo asombrándose a cada paso. A los lados, calle de marcos y espejos, calle de zapatos y ropa usada, calle de aparatos electrónicos. Puestos en el suelo: monedas, pines, un plato oxidado con pequeños muñequitos desnudos. “Perturbador”, escucha decir a Laura.

Al puesto siguiente. ¿Venta de vestidos para Nancy? De esas muñecas no tuvimos en México, que yo recuerde.  Parece que esto no se acaba. El gusto la invade. Un puesto de fotografía. Cámaras Minolta y un universo de modelos anteriores. Cajas de cartón con fotografías. Unos retratos familiares en blanco y negro la llaman. Ni Laura ni Linda se emocionan. ¿Cuál sería su historia? ¿Fueron felices? Aquí falta la abuela, ¿de qué se habrá muerto? Gatitos jugando. ¿Dónde será esto? Un árbol solitario en medio de un valle. Una imagen conocida e insólitamente colocada en aquella latitud le abre la boca de asombro: ¿el  Monumento a los Niños Héroes? ¡No es posible! ¡No había ni una casa atrás! ¿De cuándo será esto? ¿Y esta es la Catedral de Guadalajara? ¡Sí! ¡No! ¡El Teatro Degollado con un mural  moderno en el frontón de la fachada! ¡No es cierto! ¿Cómo llegó aquí esto?

  • ¡Miren!

No están a su lado. Prefirieron el puesto de enfrente, de cualquier forma, no se sorprenderían, las tres becarias son de ciudades diferentes. Pregunta por el precio.

Imposible. No me la puedo llevar. No puedo pagar eso. ¿Dónde están estas mujeres?  Alcanzan a ver su angustia desde la esquina. Se acercan.

Esta foto, es histórica, jamás había visto una imagen del antiguo decorado del Teatro Degollado. Pero ni en sueños me alcanza, me acabé lo de hoy en el primer puesto.  ¿Cómo andan de dinero? ¿Me completan?

A mí me queda esto.

Yo ya solo traigo lo de la comida, tómalo si te sirve.

Con lo mío, no es posible. Voy a tener que tomarle unas fotos con el teléfono. No hay modo de comprarla.

Ya no es igual de brillante lo que queda de El Rastro. Ni modo, total, ya traigo algunos regalos, el libro de Lorca valdrá la pena y aquí tengo la imagen. Es demasiado dinero por una foto. Pero a lo mejor vale mucho más que eso y no la aprecian porque no saben lo rara que es. Bueno, ni aunque quiera, me acabé lo de la semana y lo de los regalos.

Supéralo, yo no pude traerme tampoco todos los libros que quería. Además, ¿para qué? Luego ya me las vería con el exceso de equipaje. Anímese, mi Lu. No podemos tenerlo todo.

La voz de Laura no la consuela, pero le alegra ver a Linda realizada con sus repletas bolsas de compras. Regresan al hostal. Hora de dormir. No duerme. Enciende el teléfono para ver la foto. Por las prisas no salieron claras las imágenes. Alcanzan a verse unos rayos al centro del frontispicio del teatro. Pues ¿qué representarían?, ¿quién lo habrá hecho?, ¿de cuándo es esto?  Intenta encontrar detalles. Se le cierran los ojos. En sus sueños, avanza por una calle que no reconoce.  Da vuelta a la derecha. No tarda en amanecer. Se para en la esquina.  A su izquierda, el Teatro Degollado,  7 columnas de cantera sostienen un triángulo del mismo material. ¿Qué imágenes reproduce? La luz no es suficiente. Se acerca más, fuerza la vista. Una moto cruza y hace sonar la bocina antes que ella baje de la banqueta sin darse cuenta, como imantada. El sonido persiste. Instintivamente alarga la mano. Toma el frío objeto que vibra. La pantalla le recuerda que está en Madrid y son las 6:30, hora de levantarse.

¿Eso soñaste? ¡Qué obsesiva!

Bueno, se entiende, es impensable que alguien va a encontrarte con el pasado remoto de su ciudad en otro continente y en el lugar más inesperado.

Todavía no puedo creerlo. Ya vámonos que no llegamos a clase.

Camino a la escuela, la parada acostumbrada para comprar tres churros por 50 centavos y acompañarlos con un cuartito de leche, de marca propia, para que alcance el dinero. Andar por la ruta que las fascina, el fresco de la mañana, tantas fachadas distintas, transeúntes, tiendas, pasos peatonales, el barrio de Argüelles.

La noche del lunes, en su sueño alcanza a ver sus zapatos de raso avanzando por el adoquinado. Casi llegando a la esquina se suelta la lluvia y la obliga a detenerse. Otra vez la interrumpe la alarma.

Son contados los momentos que tiene para usar internet. Toda la mañana están en clase y por la tarde aprovechan para recorrer la ciudad, asombrarse y tomar fotos hasta de las tapas de las alcantarillas. La conexión en el hostal no es buena. Intenta con distintas frases de búsqueda. Ni una imagen. Escasamente aparece una foto del teatro con el frontón  en blanco. Eso es raro, nunca había visto el teatro sin los relieves de Apolo y las musas que bien conoce. Busca información sobre murales y solamente se  menciona el que decora la cúpula, el canto IV de la Divina Comedia. De un mural en el frontón, no se dice nada.

La noche del martes, como en el cine, la toma en su sueño es un plano picado.  Alcanza a ver su vestido vaporoso, del mismo tono que los zapatos y el sombrero. En cámara lenta levanta la cabeza para mirar el mural cuando una voz grita,  detrás de ella.

¡Lucero! ¡Lucero!

Voltea. Una mano la sacude. Linda le indica que solo tienen 20 minutos para llegar a la clase.

Necesita la foto. Habrá que adelgazar la despensa, caminar más, sacrificar la entrada al Palacio Real o hacer la fila interminable de las horas gratuitas de visita para ver todo corriendo y entre un mar de gente. Habrá que decirle adiós al café cargado de media mañana y soportar,  sin dormirse, a  los maestros que exponen a tres caídas y sin límite de tiempo. Habrá que  replantear su fin de semana. Cargar siempre con un sándwich, a riesgo de que se acede el jamón. A riesgo de lo que sea. Habrá que conseguir el dinero. Llega el viernes por la tarde. Lucero no irá con ellas a Alcalá de Henares. Insólito, era su sueño pisar la tierra natal de Cervantes.

Dime una cosa, Lucero, ¿qué pasó?, ¿te traes algo?

La foto, Laura, he soñado tres noches con ella. La voy a buscar el domingo. Sueño que estoy en Guadalajara, en la Plaza de la Liberación frente al teatro, sin poder ver la imagen y vestida como de antes. Es algo raro, no sé si me entiendas pero siento que debo tenerla.

Estás loca, mi Lu, pero por eso me caes bien. Lánzate al Rastro. Yo veré por ti Alcalá de Henares y nos vemos en la noche.

Acaba de ser día de pago y El Rastro está al doble de gente. Abrirse paso. La Ribera de Curtidores. El olor de las aceitunas. Trata de repetir la ruta. ¿Era por esta?  Calle de zapateros. Vestidos típicos. ¡Sí, por aquí es! Vuelta. No, no se parece la calle. Hombres, mujeres. Comedores. ¿Dónde diablos? ¡El puesto de vestidos para Nancy! Vaya, nunca creí que me fueran tan útiles estas muñecas. Prueba superada, ahora falta encontrar la foto. En lugar de la caja de fotografías en blanco y negro hay una de filminas.

Hola. ¿Una caja de fotografías en blanco y negro de familias y de paisajes que estaba aquí hace ocho días?

Fue mi tío el que vino. No sé si hoy me ha mandado la caja.

Quiero comprar una de esas fotos. Solo por eso estoy aquí.

No tengo quien cuide. No puedo buscarla. Las cajas no están aquí, se han quedado en la camioneta.

Yo te ayudo. Dime qué hago. En unos días me regreso a México y no me puedo ir sin la foto.

El chico consigue que le cuiden un momento. Lucero lo acompaña más allá de la calle de Mira el Sol. Pasa la prueba de habilidad visual y velocidad; el objeto de su deseo aparece entre un mar de fotografías. Es suya, la abraza, se sienta  a la sombra de una casa. No deja de mirarla. Parece que la decoración del frontón nada tiene que ver con el estilo neoclásico del teatro. Un hombre al centro con el sol detrás, los rayos iluminan la escena de cuatro mujeres erguidas; dos sedentes a los extremos y una a los pies de la figura central. Andamios en las columnas y un letrero colgado que no alcanza a leerse;  pedazos de cantera en el piso y arena; tres hombres trabajando. Una mujer con rebozo lleva un niño de la mano hacia la calle de Hidalgo. La Plaza de la Liberación está  bordeada de rosales y gladiolas. No hay un año, no hay un nombre. No hay letras al reverso ni signos de que la imagen hubiera estado en un álbum. ¿Cómo llegó esto aquí? ¿De quién era? ¿De cuándo es?

Sin saber cómo ya está de regreso. Le cuenta a Laura que logró su cometido.

Valieron la pena tus ayunos. Te ves feliz.

Valió la pena el viaje.

Se duermen. Avanza con un vestido vaporoso verde agua. Huele a cold cream. Tiene prisa. Sus zapatillas resuenan en la cantera. Sale. Se cubre los hombros desnudos y el pecho acelerado con un chal blanco. Vuelta a la derecha. Llega a la esquina. La octava columna no está, en su lugar hay andamios. Apenas van a colocarla en su sitio los hombres que están trabajando. Pasa la mujer de rebozo con el niño de la mano.  Ahí están las jardineras con sus gladiolas y rosas. Alza la vista y el sol la encandila. Una mano le toca el hombro. Voltea.

¿Estás lista, Lucero? Creí que nunca vendrías. Te encantará el resultado. Te ves fabulosa así en la cima del teatro. Acércate, aquí hay sombra y por fin te podrás contemplar. Te quedó muy bien el atuendo de Calíope. No me equivoqué al elegirte.  Esta vez te quedas, ¿verdad?

Ya no sonarán alarmas ni voces de mujeres que la llaman. Lo reconoce, con sus ojos de artista y su intenso mirar de lado. Da la mano a Roberto Montenegro y, de pie junto a las rosas de la plaza, se contempla por fin: una de las nueve musas del mural con Apolo al centro.  Esta vez el letrero colgado en el teatro  es claro: “Remodelación a cargo del arquitecto Ignacio Díaz Morales, Guadalajara, MCMLIX”.

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Un Comentario

  1. Adriana Calderón

    Estupendo cuento. Viaje a España con Luis y sus amigas. Muy buena narrativa, descripción clara y emociones con los sueños y la alarma del despertador. Bravo!

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