El viaje de Electra. Autor: Elena Sauquet

Hoy tomo el tren desde Plaza Cataluña, en el centro de Barcelona, hasta Sabadell, ciudad de provincias. Cuarenta minutos de recorrido.  No llevo libros, ni periódicos, prefiero mirar a través de la ventana.  Eso es lo que más me gusta hacer en el viaje.

Es un ritual, cuarenta minutos en tren, hacia la  ciudad donde nací, la ciudad donde viven mis padres.

Mis padres son mayores  y yo soy una mujer madura. Padres viejos, mujer madura.  El tiempo pasa, el tren discurre, con ese traqueteo que parece que mece y amortigua los baches emocionales.  El tren suaviza el viaje,  el ruido de fondo, la continuidad, una ilusa seguridad de estar encajado en unos raíles y de ahí, el tren no sale.

Tengo ganas de verlos y ellos de verme a mí.

Cuarenta  minutos para prepararme.  Sí,  tengo que prepararme porque cada vez que los veo tengo un  sobresalto.  El primer flash cuando veo a mi madre, la piel surcada de arrugas, la espalda encorvada,  unos ojos empequeñecidos  y una tristeza inmensa a pesar de la alegría que le da el verme.

Mi padre está viejo.  Han sido sus ochenta años, después de mi viaje en tren,  lo vi.  Había cambiado, tenía otra personalidad. Había adelgazado, ya no era el recuerdo que tenía de él, un hombre de carnes, un hombre que destilaba abundancia, lo había soltado. Y los gestos también habían cambiado, ahora se vuelve de repente para mirarme.

Sentados alrededor de la mesa, en el comedor comprueba que estoy ahí, que la silla no está vacía, que estoy comiendo a su lado, quizás dudando por un segundo, de mi persona. Y yo lo miro sorprendida, sorprendida de que ese recuerdo de mi padre ya no coincide con lo que estoy viendo.  El mundo le empieza a ser extraño.

Y yo le tomo el brazo y lo achucho un poco para que no se vaya, para que se quede.

 

Entre dos ojales, se le abría la camisa a la altura del ombligo. No sé dónde se han ido sus grasas. Echo de menos esa consistencia que me decía: «nena, no te preocupes que papi está ahí».

Mi padre es un viejo, un viejo que disimula, que mira alrededor con curiosidad y después baja la cabeza y se pone triste. Un hombre que se sienta en los bancos de la calle, para ver pasar a la gente.

Él está en la recta final y todo su glamour se ha desvanecido.

Quizás me debería haber puesto otra ropa, no sé si este jersey está demasiado viejo.

Aunque digo yo que ahora mi padre es más fácil de tratar,  esos humos se han desvanecido  junto con las carnes de su cuerpo.

Hemos pasado la estación de Sarriá.  La Sierra de Collserola, me señala que  ya he dejado Barcelona  atrás.  Puedo mirar el horizonte, más allá de las montañas cubiertas de pinos, del verde de sus copas y siento el alivio de sentir el espacio abierto.

Mis padres me recuerdan que el viaje tiene un fin.

Delante de mí un grupo de estudiantes que bajarán en la Universidad Autónoma comentan sobre las asignaturas, sobre los profesores. Una de ellas recibe una llamada y escucho: «Estoy al llegar, mamá», llevan los libros nuevos encima de sus muslos, excitadas no saben si serán capaces, si estarán a la altura de menudos tochos.

Les he comprado unos girasoles.   He dejado el ramo en la repisa para abrigos y bolsos, con cierta desconfianza hacia los atolondrados que puedan lanzar sus pertenencias encima del ramo, las flores están en peligro por su naturaleza frágil.    Imagínate,  los girasoles sepultados bajo los libros…

Como los años han sepultado a mi  padre,  él también, empieza a resquebrajarse.

De mientras, miro a esas  universitarias,  y pienso que sus padres serán todavía jóvenes.

No quería ver envejecer a mi padre.

Mis labios tiemblan, mi garganta se seca, el tren sigue, a la misma velocidad, no se amedrenta porque yo tiemble, él sigue adelante.

Todo viaje tiene su fin y hay que apearse del tren.

No quiero dejar de ir a Sabadell.

Pero «nena, la vida es así.  Un día se acaba».

Si pero, … yo no quiero.

No quiero que mi padre desaparezca de mi vida, no quiero, no quiero que se vaya.

¡Qué alegría la bienvenida, llena de halagos y abrazos!

Las montañas cubiertas de pinos, y el horizonte, voy camino de Sabadell, la ciudad donde nací.

Hay una pequeña excitación dentro de mí. La imagen de mi padre cruza por mi mente.

Cuando estoy a su lado,  lo observo una y otra vez, cuando no se da cuenta me vuelvo hacia él, pero, ¿dónde se ha ido?  Es otra persona.

Me imagino que yo también he cambiado.

Mis ojos se nublan de lágrimas.  No te preocupes, nadie te ha visto, el de delante está chateando con el móvil.

Una lavadora en marcha, así están mis emociones, agitadas como una lavadora en marcha. Eso me produce ver a mi padre.  En modo centrifugado.

Por favor,  que se pare. El programa, una vez empezado, no lo puedes detener, tiene que llegar al final.  Como el tren, el tren no para hasta que llega a su destino.

Miro a las chicas de la Universidad,  yo he pasado por esto y no lo repito, un día hace ya unos cuantos años,  hacía este mismo recorrido y,  posiblemente llevaba ese mismo aire de eternidad.  Si me hubieran dicho, un día se termina, un día el viaje se acaba… quizás me lo dijeron pero yo no quise escuchar.

Ni que pudiera,  volvería a esos tiempos en los que volvía a mi casa de Sabadell en tren después de la Universidad, no, no lo repito.  Aquello era otra cosa, ellos estaban llenos de humos y yo era una niña tonta.  No, no  volvería a pasar por ello.

Prefiero ser la mujer madura que va a ver a sus padres.

Las chicas se levantan han llegado a su destino. Y dentro de tres paradas me va a tocar a mí dejar el asiento vacío.

Se me abre un interrogante sobre el verdadero sentido de la vida y una voz  me susurra al oído, una voz más inteligente que yo  me dice:  «toma nota,  no te duermas, toma nota».

Miro a través del cristal y veo un chopo muy alto en una de las hermosas casas de Bellaterra sus hojas plateadas se mueven con el viento.

Ya queda poco…

Cuando más he disfrutado de mi padre es ahora.  En su vejez.  Antes no podía, como ya he dicho, llevaba demasiados humos encima.  Pero estos últimos años, todo ha cambiado.  Siempre que lo veo me regala algo, y no estoy hablando del dinero que me da cada vez que lo veo, es otra cosa,  a veces es una frase, casi un susurro: «ai, esto se acaba» otras veces me confiesa sobre amantes pasadas y me pongo celosa y otras veces, me habla de la bolsa, de lo que ha ganado o ha perdido.  No necesitamos hablar mucho.  No hace falta, hablar mucho.  También podemos estar en silencio y mirar a los demás, sentados en un banco de la calle.

Llegamos a  Sabadell, el viaje se acaba.  Bajo  los girasoles de la repisa y miro mi aspecto en el cristal antes de que se abran las puertas.

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