RosenStrasse. Autor: Félix Remírez Salinas

El hombre, delgado, alto, rasgos caucásicos, de mentón pronunciado, tez bronceada y pelo canoso, se sienta en la terraza del café, justo enfrente de la catedral neobarroca de Berlín. En medio, el lento fluir del Spree y los barcos de quilla plana repletos de turistas en pantalones cortos y camisas floridas.  Lleva una pequeña maleta, más bien una bolsa de viaje. Pide un café solo, que toma sin azúcar. Luego, otro y otro más. Sabe que está demorando a propósito el caminar los trescientos metros que le separan de la RosenStrasse. Se arrepiente de haber encontrado la carta en aquel olvidado portafolio escondido en la cómoda de la abuela. Quizá si su madre le hubiera dicho algo, ahora estaría preparado. Pero no, jamás se habló del pasado en casa de sus padres. Hace un gesto con la mano y cuando la camarera, una chica morena que habla mal el alemán, se le acerca, pide otro café doble.

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Anke se aseguró de que los cortinones que cubrían las ventanas no dejaran pasar ni un hilo de luz. Las órdenes eran estrictas y, aunque no creía que aquello sirviera para que los aviones ingleses pasaran de largo, se avenía a  cumplir con el procedimiento. Aquella tarde de finales de febrero era especialmente fría. Había nevado durante la mañana, aunque sin cuajar, y ya apenas quedaban peatones caminando por la SchönHauser Allee. El toque de queda estaba al caer y Anke se preguntó si le habría pasado algo a Eberhard. No era la primera vez que el trabajo en la fábrica de camiones le demoraba, pero la mujer tenía un mal presentimiento. Hizo que Albert, su hijo, cenara y se acostara.  Mejor que durmiera tranquilo porque aunque el enemigo no volaba aún hasta Berlín, ya había destruido partes de Colonia y otras ciudades. Nunca se sabía si aquella noche llegarían hasta allá.

Anke comenzó a angustiarse hacia la una de la madrugada. Definitivamente, algo le había pasado a Eberhard. Apartando ligeramente el cortinón, no cesaba de mirar a la calle pero no había nadie aparte de las rondas nocturnas de soldados. Fue a las tres cuando recibió la llamada de su amiga Ulrike El rinrineo del teléfono la asustó.

− ¿Te has enterado? – Anke notó que la otra sollozaba mientras le hablaba.

− ¿De qué?

− Están todos detenidos por orden de Goebbels.

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El hombre saca de su bolsillo la carta. Lucha contra sí mismo antes de desdoblarla y leerla una vez más. No hay duda. Su familia – jamás lo hubiera sospechado – estuvo involucrada en los hechos. Guarda el papel, solicita la cuenta – trece euros, joder con los precios –  y paga. Se levanta y armándose de un valor que no tiene, comienza a caminar hacia la Spandauer Strasse, cruzando por la St.Wolfgang Strasse. Se pregunta cómo debieron ser aquellas calles hace ya más de 70 años. Sin duda, nada parecido a los edificios de fachada blanca actuales, con amplios locales en los bajos donde se han abierto boutiques de las mejores marcas. Un cielo que derrocha azul se refleja en las cristaleras llenas de bolsos, trajes de noche y joyas exquisitas. Se fuerza a imaginar aquella misma calle por aquel entonces. Seguramente, colgaría una gran bandera con esvástica desde el tejado y donde hoy hay letreros con formas juveniles y coloridas, habría eslóganes en fuente gótica y jóvenes caminando en el pantalón beige de los escuadrones. Al llegar a la Spandauer, amplia avenida  con decenas de BMWs y Mercedes parados frente a un semáforo en rojo, encuentra otra excusa para dilatar el encuentro con su pasado. Dedicará unos minutos a visitar la Marienkirche, que está a apenas cincuenta metros. Lo decide. Entra, por un rato olvida el objeto de su viaje y queda admirado por la altura de las tres naves de arco ojival, por la luminosidad de las historias que cuentan sus vidrieras, los tréboles labrados en la piedra y el buen hacer de un coro evangélico que está ensayando en el triforio. Lee, más despacio que de costumbre, un cartel informativo que narra la construcción del edificio en 1250 y sus vicisitudes a lo largo de la historia. Permanece frente a los murales que muestran a la muerte bailando en torno a los hombres e intenta descifrar los textos escritos en alemán antiguo. Busca un banco apartado, junto a una capilla decagonal. No le interesan las pinturas y menos aún la escultura sobre el altar. Cierra los ojos y, él, que nunca ha sido religioso, reza.

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Anke y Urike se encontraron al amanecer, justo cuando el toque de queda finalizaba, frente a la casa de reunión judía de la RosenStrasse, que todavía los nazis toleraban como sede de los que trabajaban para la Reichsvereinigung der Juden in Deutschland.

− En la sede de la Gestapo me han dicho que no tienen más información, pero que se trata de un control rutinario, que los hombres han sido invitados a venir al refugio – dijo Ulrike en voz baja.

− Ya, y tú te lo crees. Invitados – repitió con ironía −. Ya sabes lo que les ha ocurrido a todos nuestros amigos judíos, a nuestros vecinos, incluso a los parientes de nuestros maridos.

− Mi pobre Hans, …sabes que padece asma – Ulrike sacó el pañuelo y se sonó la nariz.

− Nos habían asegurado que siendo maridos de mujeres alemanas estarían a salvo – Anke miró al edificio que permanecía con todas las ventanas cerradas.

− Así es, así es. Son tan alemanes como nosotras.

Las dos mujeres permanecieron de pie, frente al refugio, esperando. No sabían qué hacer, qué decir, a quién acudir, ni había ningún oficial que las atendiera. De tanto en cuando, una pareja de policías que hacían la ronda les miraba desde la distancia. Anke, más previsora que su amiga, compartió con ella unas galletas que había metido en su bolso.

− ¿Recuerdas el día de mi boda? – dijo de pronto Anke.

− Eráis una buena pareja – repuso la otra.

− La mejor, aún lo somos. ¿Qué más da que él sea judío?

− Fíjate que yo no supe que Hans lo era hasta que llevábamos tres años de casados – intervino Ulrike −, no es religioso ni su familia lo era. Y, luego, hace diez años, cuando llevaba ya compartiendo quince años con él, me dicen que no, que mi matrimonio es impuro, ilegal, que es un riesgo para Alemania, que estoy fuera de la ley.

Mientras hablaban, Anke y Ulrike no se percataron de que otras mujeres se iban congregando en la calle, todas con la misma angustia en el rostro, con la misma pose estática de quién no sabe qué hacer, el mismo miedo helando sus almas.

-o-

El hombre sabe que la iglesia no le importa lo más mínimo, que él está en Berlín por otro motivo, que no se ha trasladado desde Göppingen por turismo. Por un momento se pregunta qué pensarían sus hijos y su mujer si supieran que esté en la capital, que ha solicitado un permiso no retribuido por asuntos propios. Le creen trabajando en el despacho. Le sobreviene la angustia cuando piensa que, por cualquier motivo, pueden llamar a la oficina preguntando por él. Se descubriría el engaño. Pero no, nunca le llaman. También sería mala suerte que fuese hoy la primera vez. Sale. En la esquina ya no hay ningún edificio de judíos, ni banderas del Reich colgando. Las oficinas, amplias y funcionales, de un banco extranjero ocupan el comienzo de la calle. Ve el monolito rosa en donde, mal pegados, sin gusto, descoloridos, están los carteles informativos. Piensa que es un pobre recuerdo, poca honra para aquellas mujeres. Más no es eso lo que le molesta sino el pasado que se le viene encima.

-o-

Llevaban ya tres días en la calle. No estaban solas. Las jornadas habían sido dramáticas. Cada hora llegaba un camión de la primera división Waffen SS con más prisioneros, todos en la misma situación, todos judíos casados con mujeres arias, Mischlinge, como se les llamaba. Ninguna noticia, ninguna información. Ellas permanecían en silencio. En varias ocasiones, los soldados les habían conminado a disolverse e, incluso, habían apuntado con sus fusiles a la muchedumbre esperando tan sólo la orden del oficial para disparar. Se mantenían en calma, sin casi hablar, porque sabían que los gatillos sólo necesitaban una pequeña excusa para ser apretados.

Se turnaban para ir a sus casas y traer alimentos que repartían entre todas. Con las hogazas de pan, la carne cocida y el agua, traían también noticias y rumores. Que si Goebbels le había prometido a Hitler limpiar de judíos la capital para su cumpleaños; que la RSHA pedía disparar contra ellas para acabar con aquella rebeldía, la primera que el régimen soportaba dentro de Alemania; que los maridos serían transportados a Auschwitz el fin de semana; que el embajador suizo se había interesado por su caso y realizaba gestiones ante los nazis; que sus hombres estaban siendo torturados dentro de la casa de la RosenStrasse.

El día 1 de marzo era ya de noche cuando sonaron las sirenas. Vieron a los guardas de las SS que corrían y bajaban a los refugios no sin antes cerrar las puertas del edificio con grandes candados. Pronto escucharon un zumbido grave que llegaba del cielo y poco después vieron cómo los reflectores de la defensa antiaérea dibujaban elipses de luz nácar en el cielo, entre las nubes, sobre los tejados. La mayoría de las mujeres se dispersaron. Ellas dos se quedaron, arrinconadas en un portal, rezando para que los bombarderos pasaran de largo y dándose ánimos pensando que peor lo estaban pasando sus prisioneros encerrados en aquella casa.

Más de 600 personas murieron aquella noche y el centro de la ciudad quedó en ruinas. Sin embargo, ni una bomba se acercó a la RosenStrasse.

− ¿Ves? Dios nos protege, está con ellos y con nosotras.

− Si Dios existiese, no estaríamos aquí, ni esos de negro ahí – respondió Anke con amargura.

Al atardecer del día siguiente, las miles de esposas que sufrían en silencio regresaron a la calle y abarrotaron RosenStrasse y las calles adyacentes.

Durante aquellos días, las mujeres pidieron ayuda a amigos, a todos los alemanes purísimos que decían comprenderles, a los jefes de los gremios y a los patronos de las factorías donde trabajan sus maridos, pero ninguno hizo una llamada, una gestión, una petición. Las mujeres Mischlinge estaban solas.

-o-

El hombre lee despacio, sobre el poste, la narración de lo que aconteció entre el 27 de febrero y el 9 de marzo de 1943. Mira los edificios y a los transeúntes que pasean con tranquilidad. Piensa que la vida es injusta y ciega, que simplemente transcurre ajena al dolor, al sacrificio, al bien o al mal, que todo lo que ocurre no tiene trascendencia alguna porque su último destino es el olvido. Todo le es indiferente a la vida. Su único fin es pasar y continuar, sin importar lo que quede en el camino.

El hombre mira dentro de la bolsa que lleva con él y se asegura de que está ahí. En su mente escucha las palabras de la carta de su abuela a su amiga, sus explicaciones poco convincentes, la defensa de lo indefendible. Se la sabe de memoria. “Teníamos miedo”. Así terminaba la carta que su abuela envió a una de sus amigas, muchos años después. Pero él sabe que no fue el temor, que eligieron colaborar con el diablo.

Avanza unos pasos por la calle. A la izquierda ve el pequeño parque. A lo lejos se escucha el bullicio de la cercana Alexanderplatz. Le late el corazón con fuerza. Piensa – ¿y a mí qué me importa todo esto?, yo no había nacido siquiera, si uno debiera preocuparse por la historia de la familia, por sus muertos, no acabaríamos nunca… –  Se pregunta todo eso, pero no puede evitar que le tiemblen las piernas. Continúa andando hasta el centro de la calle.

-o-

De un coche militar descendió un hombre uniformado impecablemente, las botas lustradas, la hebilla del cinturón reluciente, el dorado de sus galones inmaculado. Lanzó su brazo al aire saludando a los guardias mientras estos le respondían con la loa ritual a Hitler, ¡Heil!.

Caminó unos pasos observando a la multitud de mujeres con desdén, con la distancia que da el saberse dueño de la vida y de la muerte. Si por él fuera, hubiera disparado ahora mismo contra la chusma, bastarían unas cuantas muertas para que el pánico hiciera el resto. Pero debía esperar las órdenes de Goebbels.

− ¡Mira! – Anke tiró del brazo de Ulrike – es Helmut, el coronel Siegen. Fue amigo de mi marido cuando eran jóvenes, estuvo en nuestra casa muchas veces.

− ¿En tu casa?

− Bueno, ya me entiendes, antes que se promulgaran las leyes sobre la raza.

− Yo no diría que nos mira como a amigas. ¿Crees que dispararán?

− Debo intentarlo – y Anke avanzó por delante de la protectora masa de cuerpos apelotonados en la calle.

− ¡Anke! ¿Estás locas? – le gritó Ulrike.

Anke, sobreponiéndose al temor, caminó hacia el coronel. Un guardia la apuntó inmediatamente con su arma pero Siegen le hizo un gesto para que bajara el fusil. El Führer no quería mártires arios en Alemania, estos debían martirizarse en el frente ruso, no en Berlín. Además, aquel rostro le era familiar.

No la reconoció hasta que estuvo muy cerca. El tiempo y las penurias habían grabado surcos en la frente de la mujer, sus ojos ya no eran los de vivaracha mirada que él recordaba y la silueta que siempre le pareció sensual se había marchitado.

− Frau Junner – tomó ambos guantes con una mano, mientras mantenía una posición altiva −, hace mucho tiempo que no la veía.

− Coronel Siegen – Anke no se atrevió a llamarle por su nombre de pila, Helmut, como siempre lo había hecho antaño. Él tampoco se había dirigido a ella como Anke tal como había sido costumbre hacía tantos años −, mi marido, Eberhard está ahí dentro. Fueron amigos, ¿lo recuerda? Le hizo numerosos favores.

− Nunca debiste casarte con un judío, Anke – ahora sí utilizó un tono familiar, como de pesar.

− Antaño, eso no era impedimento para vuestra amistad. Con usted y con su esposa.

−Eso fue hace mucho, cuando la nación estaba destruida, antes de que nuestro Führer nos rescatara de nuestros enemigos, antes de que… yo fuese coronel. Ahora, Anke, tengo otras lealtades.

− Por favor, sácalo de ahí – suplicó Anke, tuteándole, apelando con esas pocas palabras a ese pasado común y amistoso que habían compartido.

− Ni puedo ni quiero – Siegen se refugió en su altivez −; lo que tenéis que hacer es marchar a vuestras casas, dejar este reto infantil que sabéis que no podéis ganar.

− Te lo ruego, Helmut.

− ¡Coronel Siegen para ti! – gritó y, con un movimiento de cabeza, hizo que el centinela cargara el arma.

Anke entendió el mensaje. Bajó la cabeza y se retiró. Muerta no serviría para ayudar a Eberhard. Su corazón le pedía abalanzarse sobre aquel indeseable que traicionaba su amistad pero la razón le pedía que siguiera viva para rencontrarse con su marido. Caminó ágil y se escurrió entre las primeras filas de mujeres.

− Me había equivocado. No era él. – le dijo a Ulrike mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

− ¿Sabes? Corre el rumor de que los van a soltar. Que nuestra protesta ha sido útil.

− Dios lo quiera.

-o-

El hombre llega por fin al pequeño parque que se esconde en el centro de la RosenStrasse. Apenas un perdido cuadrado arbolado de 40 metros de largo por otros tantos de ancho. Coches aparcados junto a la acera, indiferentes a su historia. Allí está, frente a él. El Block der Frauen, la escultura de Hunzinger. A un lado, una mujer en piedra, sentada, esperando. Al otro, los cuatro monolitos con otras tantas figuras, mujeres en silencio, mujeres aguantando de pie los días y las noches, mujeres abrazándose, mujeres rezando, mujeres llorando, mujeres felices cuando, al fin, el día 9 sus hombres fueron liberados.

El hombre apoya la bolsa en el suelo y la abre. Saca la rosa que lleva dentro. La ha comprado esta misma mañana. La más fresca y hermosa que ha encontrado en el mercado de las flores. La deposita junto a la escultura y baja la cabeza.

− Perdón − musita−, perdón por lo que mi abuelo Helmut te hizo. Perdón porque mi abuela se abstuvo de ayudaros. Perdón por el silencio. Perdona a los Siegen,  Anke.

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