La mujer de las cerezas. Autor: Julene Lure

En algún momento llegué a pensar que la ciudad, con su aleatoria planificación arquitectónica, había sido diseñada hacía siglos solo para nosotros. Desde Monsua hasta la colina de San Pancrazio y desde Montorio hasta el monasterio de Chioda; porque… ¿cuántas veces es normal cruzarse con una persona desconocida en el lapso de una semana en una ciudad de unos trescientos mil habitantes? Me costaba poner el límite entre el azar y el destino. La maraña de calles, casas y callejones de Verona y su trasfondo romántico hacían bastante evidente que había algo detrás de todo aquello, algo que no podía achacarse al simple argumento de la casualidad. Siete veces la ví. Siete veces. Una por cada día de la semana, la segunda semana de abril del pasado año.

En la primera ocasión simplemente quedé maravillado. Exactamente como los hombres en las películas de Fellini. Se me quedó cara de, pongamos como ejemplo, Marcelo en La Dolce Vita cuando observa de lejos a Anita Ekberg. El pobre Marcelo que se las daba de dandy no puede sin embargo disimular la atracción y fascinación que siente hacia lo que está observando. La boca abierta pero a la vez marcando una sonrisa pícara en los labios. No tiene prisa por meterse a la fuente, cogerla y llevársela a casa. Eso más tarde. Disfruta solo con la contemplación del gozo ajeno. Y así estaba yo, algo menos atractivo y glamuroso quizá pero mirando a aquella preciosa mujer escoger entre una manzana y otra en el puesto de un tendero. Su indecisión me hacía sonreír. La miré por lo que debieron ser al menos cinco minutos, sentado en la escalinata a los pies de una iglesia, y ella seguía debatiéndose entre dos manzanas que hasta donde yo alcanzaba a ver y basándome en mi básico conocimiento en horticultura eran exactamente iguales. Pero ella permanecía allí de pie, charlando con el tendero, moviendo ambas manos, sopesando peso y forma hasta que para mi sorpresa soltó las manzanas y se llevó un par de cerezas a la boca. Las degustó sin disimular su disfrute, relamiéndose más allá de lo moralmente aceptado y por supuesto como si supiera que la estaba mirando. Hizo un gesto con la muñeca para indicar al señor del establecimiento que le llenara la bolsa de la compra de kilos y kilos de aquellos gloriosos frutos rojos. La verdad es que doy por hecho que no era el único incauto de la plaza que la miraba, era un verdadero espectáculo sin necesidad de entrada. Pero para mí era algo nuevo. Despertaba en mí un apetito hasta ese momento desconocido, un tipo de ansia del que uno es consciente no podrá librarse jamás. Con su carro a cuestas la ví marcharse mientras yo permanecía sentado en la piedra caliente de la plaza y las campanas tocaban las diez menos cuarto al ritmo de sus caderas bajando Via Golosine. “Pero …¿qué podría haber hecho?” me cuestioné y al momento me respondí… “Nada, Emmanuel, nada”.

En las sucesivas jornadas no tuve tanta suerte y solo la ví de lejos al otro lado de la plaza del Duomo (el martes ) y cruzando el Adigio sobre el puente Francisco (el miércoles). Pero yo continuaba sin reunir el valor suficiente para cruzar la plaza o cruzar el puente, la carretera o cualquier otra cosa que obstaculizara nuestro encuentro. Y ella por supuesto seguía brillando con su carisma por la ciudad, ya fuera saludando a un pequeño perro que pasaba por su lado o comprándole una piruleta a un niño en el kiosko de la plaza. De alguna manera iba dejando pedazos de su persona por donde caminaba y yo me limitaba a recogerlos.

El último día, el domingo, fue diferente. Puede que porque de verdad lo fuera o porque algo me decía que era el final; la última oportunidad para montarse en el tren. Yo acababa de abrir la librería y ya estaba colocando el pedido de novelas inglesas en su estantería correspondiente cuando la vi husmear tras el cristal del escaparate, curioseando ante el pequeño muestrario de libros en oferta que había dispuesto el día anterior con ocasión de la semana santa. Llevaba una boina ladeada y una bolsa con cruasanes bajo el brazo, y yo me la quise imaginar esa misma mañana frente al espejo, decidiendo que hoy no quería ser italiana sino una parisina extraviada en Verona. Se mordió el labio indecisa y después levantó la mirada y la dirigió al fondo del local, directamente hacia este pobre librero. Era la primera vez que ella me veía a mí.

-Disculpe. Estoy buscando una novela de esas de terror para mi nieto – interrumpió nuestro contacto poniéndose ante mí una señora de unos setenta años – ¡A mi no me gustan nada! …pero ya sabe estos chiquillos…

-Claro se-señora…

Había tenido que desviar la mirada hacia mi clienta por breves segundos. A medida que me acercaba a la sección de novelas de suspense aproveché para mirar de nuevo al cristal. Ya se había marchado; mi Anita Ekber particular, la que había trastocado mi vida y me había hecho creer que Verona era nuestro plató, la que me había convertido un Sr. Mastroiani al acecho. Ilusionado, ingenuo y expectante como no recordaba haberlo sido desde los trece años. Y con todo ello la había dejado escapar o mejor dicho alejarse e irse porque ella nunca había sido mía. Pero era mejor así quizá, me dije mientras envolvía un Stephen King para el nieto de aquella señora. Había sido tan bueno por esa misma razón, por la distancia que nos había separado, por el silencio buscado y porque en el fondo sabía que la mujer de las cerezas era uno de esos milagros que solo ocurren cuando se mira desde lejos y se imaginan las personas.

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