Tanta alegría. Autor: Calamanda Nevado Cerro

Recuerdo esa salida del hospital como si fuera hoy. Aquel día mientras los demás hablaban con los vecinos en la calle apresuré el paso para adelantarme en el jardín. Entré por la puerta de mi añorada verja, tras cruzar los primeros metros de bosquecillo, continué  caminando. Un trallazo de luz me invitó a entrar al porche diáfano y claro de mi casa.
Sin adentrarme más di media vuelta y salí en dirección al sombreado umbral de la entrada. Solo unos pasos y me cobijas de nuevo, pensé entonces. La temperatura era ideal; las nubes blanco nacarado ocultaban el sol. Desde él la visión de mis flores me hizo pensar en Jauja en primavera, siempre me atrae; no sé, será por la fruta.
Pasee por el jardín llevando sus colores sobre mi vestido nuevo y el saborcillo dulzón de mi encuentro con los árboles frutales. Lo pasé mal durante meses vestida con bata y camisón de clínica, deseaba estar guapa y bien arreglada. Ese marco, inigualable para mí me hacía sentir feliz como años atrás en inolvidables mañanas de domingo.
Ahora, tomando aire limpio y fresco junto a los setos no dejan de acudirme recuerdos, no olvido esa época dominguera. Estábamos muy excitados mi marido y yo en los primeros años de matrimonio. Éramos jóvenes y nos levantábamos tarde para preparar la excursión más maravillosa y aventurera del verano; recoger con los chicos, aguardaban impacientes, melocotones de temporada de nuestros árboles o hacer caminatas.
Los sembramos entre todos a ambos lados del paseo de entrada, siendo chiquillos. Siempre estuvieron como ahora; juntos, alineados, y algo más retrasados en su crecimiento que otros más jóvenes por su tierra calcárea. Nos florecían, por entonces, limoneros y naranjos enanos, plenos de color y fragancias que recolectábamos los festivos.
Hoy…muchos años después evocar esa etapa de mi vida me recrea.
Después de mi estancia en el hospital y de hacer reposo en el balneario, en mi vuelta tras el alta veía mi hogar como algo sublime; esa nueva mirada a mis plantas desde la escalinata del porche me hizo tocar el cielo. Llegaban conversaciones alegres y entremezcladas de mi familia de dentro de la casa. Sin saber de qué reían me aventuré a pensar que hablaban de mí; presentía una bonita bienvenida, alguna sorpresa, o algo parecido.
Al llegar los adelanté sin disimulo para buscar antiguas sensaciones y la soledad de mis rincones. Me hicieron insistentes gestos para que los acompañara; los saludé con la mano y aparenté desentenderme. Caminar sola entre las macetas del jardín era mi anhelo.
Mi familia lo hizo por el sendero central empedrado y llegaron directos a la casa. Recuerdo como  los seguí con la mirada hasta verlos desaparecer por la puerta. Fue cuando descubrí en la hilera de pinos un dibujo nuevo en el suelo de ladrillos blancos; formaba un círculo simétrico y casi perfecto con los frutales; destaca aún, aunque esté a la sombra y al abrigo de arbustos.
Solo falto durante la primavera y parte del verano y este me retoca la casa, fue lo primero que pensé. Y murmuré… si no estoy aquí qué necesidad tenía de obrar en el jardín. No dejó de extrañarme; no recordaba a mi marido caprichoso ni interesado  en reformas. Era un día especial, me relajé y reí. Será parte de esa sorpresa que intuyo, pensé. Y fui hacia la parte derecha de la fachada junto a los laureles y lilares.
Había alboroto dentro cuando me llamó mi hermano; no lo hizo con su calma habitual, me extrañó, gritaba excitado desde la ventana del salón.
− ¡Carmen, ven a tomar café con nosotros! –
Supe por él, una mañana me lo contó emocionado en la cafetería del hospital, cuanto me echó de menos durante mi enfermedad nerviosa. Así y todo… no me apetecía salir tan pronto de mi paraíso, necesitaba pasear por sus rincones, acercarme a la piscina y verme reflejada con mi nuevo estilo. Llevaba tacones altos en marino, a juego con el bolso y el estampado del vestido, iba monísima con ese conjunto entallado.
Olisquee las hojas, respiré entre el follaje y los abetos grandes; lo observé todo como una niña pequeña; en esos momentos mi jardín era más bonito que nunca para mí.
Se habían granado los chopos; los recordaba preciosos, así y todo me sorprendió.
¡Habían arrancado más de la mitad! No lo esperaba. Si colorea el sol este sitio parece un bosque luminoso; su  sombra saca lenta y suavemente el calor del jardín, para qué quitarlos. Los conté y faltaban la mayoría, estos no llegaban a contar los dedos de una mano.
Me apené. Creaban un microclima especial; solíamos colocar mesas a su alrededor y celebrar comidas y aperitivos. Me ilusioné  a pesar de los nuevos cambios, y cada vez que inhalaba aire fresco me sentía en paz.
Había sido larga la espera, demasiado hospital; por fin estaba en casa, ¡cuánto soñé encontrarme en ella! No supe la razón y  sin saber por qué le dije al banco de piedra donde me siento a tomar limonada “Nadie me habló de estos cambios y se trata de mi hogar.” Lo pienso mejor y es que no me apetecía pasar; mi ilusión era disfrutar fuera. Además, si entraba no sabría disimular mi disgustillo por las novedades y no necesitaba correr.
Estaba cómica recolocándome el sostén a escondidas ¡hacía cucos para que no me vieran y no tener que pasar!; hasta me fui por la parte derecha de la entrada. Ahí vi la barbacoa; no la de siempre; esta era nueva. Cuantas tardes disfrutaron los amigos y mis hijos cocinando con nosotros en la otra.
Me fijé bien y había cambiado las baldosas del suelo de toda esa parte, no porque estuvieran arañadas ni feas; las dejé recién puestas y pagadas con los últimos ahorros.
Busqué la despensa. Al lado de la entrada no está, me dije; al acercarme me sorprendió. No eran esas las cortinas de la alacena que hice, ni se pasaba por la misma entrada.
Pensé mosqueada ¿Nuevas y con los bajos hecho jirones? ¿Habrán traído perros salvajes?
No dejé de mirarlas. Me molestó el poco cuidado que tuvieron con ellas. Poco a poco la decepción vertió su veneno. Dije algo así. En pocos meses mi casa ha cambiado ¿y solo lo veo yo? Por qué nadie me advirtió.
Entonces, me llamaron de nuevo.
−Carmen, no te retrases, dónde estás− Fue Enrique, mi cuñado, tanto interés y no puede verme… ¡estaría; enfadado como siempre!
Oír su voz me ponía y me pone mala, simpático en apariencia pero no es trigo limpio.
-Continuar sin mí, enseguida voy, grité por educación; continuaba sin ganas de pasar. Tanto cambio no me gustaba, me desconcertó.
Aunque ¡qué narices! Me dije, o algo similar, cómo dicen los médicos: no voy a dejar que las pequeñas tonterías oscurezcan mi felicidad, es lo que comencé a hacer al mirar el sofá esquinero.
No lo recordaba tan feo, tan usado, ni a ese lado del porche; quién se dedica a hacer mudanzas aquí, grité harta ¿Se avergüenza mi marido de él?, es antiguo; ¡por eso lo quitó de la vista!; tampoco me lo dijo.
¡Cuántas celebraciones en él! Era testigo de secretos y cotilleos sin importancia. Decíamos los amigos: “sabe de nosotros más que todos juntos”.
Me apeteció caminar junto a los rosales luneros. Estaban preciosos, siempre me recuerdan las rosas de mi boda. Tiendo ahí y… ¡No vi cuerdas de ropa! Me propuse hablar de todo con Juan; esa tarde no claro; tantos cambios no iba a tratarlos el primer día… No sería fácil recuperar la rutina y el dialogo.
Pensé que no deseaba consultarme las cosas, ni las reformas, y comprendí que con tantas idas y venidas al trabajo nunca hablábamos y tampoco era de escuchar.
Comentaba con mis amigas. “Son un rollo sus turnos; no tiene horarios y no disfruta del tiempo libre; por eso no consigue buena armonía con sus hijos ni con nadie; el caso es que no vamos como tenemos que ir”.
Juan, es mala cosa no tener tiempo para la familia, le dije en aquella época infinidad de veces. Esta parrafada me salía por inercia. Antes de la crisis nerviosa intuí algo; nunca supe qué; pero alguna vez le comente “Juan necesitas más descanso.”
En el hospital me visitó poco. Y cuando iba hablaba de comprar sillas nuevas y reponer los muebles antiguos de mi madre. Es verdad lo recordé. De alguna manera hablaba de las reformas que fui encontrando ese día; me chocó, era extraño sacar a relucir eso en mi estado; quizá no percibí sus planes de cambio, y pensaba en temas más dolorosos.
Era la tarde de mi alta, necesitaba evitar esos recuerdos; entristecían tontamente y aunque fuera difícil dejarlos pasar me dije que no ocurría nada si mi marido cambiaba de planes a menudo sin mí. Volvieron a llamarme.
-Carmen, se te enfría el café, vamos a empezar y no queremos hacerlo sin ti: dónde te metes.
Esa sería la cuarta o quinta llamada de mi cuñada. Qué pesaditos se pusieron con el café, podían venir y acompañarme dije para mí… pasearíamos, sabían de sobra cual era mi problema, que el tratamiento para la ansiedad no me deja tomarlo; esos despistados no se enteraban de nada.
Durante esa época pasé envidia, me apasiona; ahora es distinto, si me llega  su olor, una maravilla, me conformo.
En aquél momento me apetecía pasear, unas semanas atrás hubiera dado cualquier cosa por observar el día desde fuera de la habitación, y estaba en mi paraíso.
Comprobé que no me encontraba tan bien. Lo reconocí. Había vivido aquí entre tabiques anchos, habitaciones espaciosas, yo misma decoré la casa a mi gusto, Juan me dio plena libertad y quedó bien y sin embargo me extrañaban esas pequeñas novedades.
Mientras tomaban café me paré junto a las matas de hierbabuena, lavanda y mejorana.
Qué olor tan bueno a esas horas en el jardín. Flores compro muchas. Cachivaches los justos; hay pocos estorbos y menos sin ordenar, ¡a mí la luz en habitaciones con pocos muebles me da vida! Menudos ventanales pusimos.
A propósito de eso, al mirarlos me parecieron distintos a los de antes; desde fuera se veían otras cortinas. Me acerqué. Curiosidad nada más.
Pensé entrar después. Total otro rato más no me echaran de menos. Y fui a ver las ventanas; estaban medio abiertas y  con telas nuevas.
Esas tampoco las compré yo; ¡hasta las de nuestro dormitorio eran otras!
¿Hacía falta gastar en estas? Murmuré, quedaron estupendas después de la limpieza de Semana Santa. Me pudo consultar; este hombre está lanzado con los cambios. Era natural pensar así; soy decoradora y se trataba de mi casa.
Hay que ver, dije mosqueada, no me hace gracia. Qué contará  mañana de esto.
Era demasiado trajín para el primer día y un poco tarde; pensé ir dentro. Les daría una sorpresa.
No quería ir por la entrada principal. La ventana del baño estaba abierta, como siempre, cuantas veces por no abrir la puerta entro por ella. Estaba algo oxidada entonces; habían sido tres meses de cama y rehabilitación; pero cogí fuerzas y entré.
-Carmen, dónde estás; hay que ver lo que tardas; ¿vienes?, ¡estamos esperandote!−
Esta vez no me llamaba mi cuñada, alborota más, era mi amiga Lola; aunque si tardas también se pone pesada, es de puntualidad británica.
Me dijo días antes del alta: No te preocupes de preparar nada, nosotros nos hacemos cargo de la merienda y la bebida; es una forma de darte la bienvenida, y pensé, y de reventarme la sorpresa no te fastidia.
Antes de ingresar dejé los congeladores llenos, pero Juan y los chicos en ese tiempo tiraron de todo, le contesté. Cuando me vean aparecer por la puerta interior del salón se quedan a cuadros. Murmuré ufana; parecía buena idea.
La falda me quedaba estrecha, no importaba, me la subí y adentro, venga, dije, a una pierna y después a la otra; y me planté en el baño.
Esa ventana es un chollo, aún paso. Dónde hay siempre queda, y no estaba tan en baja forma.
Ahí continuaron las sorpresas. Vaya, los armarios y el espejo del aseo también los había cambiado. Y el color de las paredes. Y la mampara del baño era nueva. También los suelos, y los foquitos… ¡son alógenos!  “No los quiero, decía, dan mucho calor al afeitarse…”
Qué les pasaba a las tulipas modernistas, costaron un pastón. No estaban mal, había puesto cerámica blanca en el suelo, con lo poco sufrida que es; una simple gota las mancha. Tanta obra a cuento de qué.
Recuerdo  decir para tranquilizarme. No voy a preocuparme ni agobiarme. Juan me contará sus razones. Por mi bien seré flexible y aceptaré los cambios.
Gente parada malos pensamientos, pensé cuando me recuperé del coma. Creía que más de dos meses, los hijos y la casa sin atender sería un desastre. Quizá me sorprendía que se hubieran  movido de lo lindo sin mí. Vaya sorpresa. No imaginaba algo así.
Tres meses ingresada en planta y toda la primavera en el balneario había sido mucho tiempo. Decidieron dejar la casa a punto para mi vuelta, dije convencida. Es más cómoda para limpiar y da muchas satisfacciones, y me conformé; siempre es alegre encontrarse cosas nuevas bien hechas.
Como le horrorizan los hospitales lo critiqué mucho por no ir a menudo; ¡y estaba metido en albañiles! Me arrepentí de pensar en su egoísmo. Ya en esa época me decía Juan. “Carmen, me cuesta organizarme, no descanso; del trabajo a casa y de casa al trabajo”; entonces no entendí porque  no tenía tiempo para verme, claro se movió entre reformas y tareas.
Ya estaba tranquila cuando vi el espejo nuevo; era bonito y mostraba mi expresión un poco nerviosa, lo notaba, tenía la mirada alerta.
Cuando se vaya la familia y los niños a sus cuartos, me como a Juan besos. Planee muy contenta. Va a tener que pararme las manos. Tan serio como se pone, dirá. Espera Clara, respira, tranquilízate un poco; contrólate, no quiero crisis, vale. Ve más despacio.
No pensaba hacerle caso, era mi fiesta y no iba a dejarlo en paz en toda la tarde ni durante la noche. Algo así tenía en la cabeza para mi primer día de vuelta.
También en el pasillo había novedades ¡No estaban los cuadros de las comuniones de los niños! Ni la consola de haya de mamá, ni los paragüeros dorados. Le cundió la paga extra, murmuré, de la cartilla no pudo tirar; la dejamos a cero con la instalación del nuevo riego. Luego me explicará, o mejor otro día. Sabía que eran momentos especiales. Sobre todo mi reencuentro con él y los niños.
Noté una atmosfera diferente en el aire, parecía otro hogar con  un perfume fuerte a pan recién hecho. Qué tonta estaba cohibida en el pasillo.  Intenté proponerme ser valiente y llegar hasta la zona de estar.
Me alegraba ese olor. Entonces comprendí. No pude abrir la puerta nueva de la alacena, al lado de la entrada del jardín, porque no era la antigua entrada a la cocina, sino un horno. Por eso olía a pan recién hecho. Era lo más.
Esa reforma me gustó; si no la hice fue por no tener jaleos con él. Se lo propuse en muchas ocasiones y decía: “Déjate de obras, el pan cómpralo que está bueno” ¡Mira por dónde me hizo caso!
Eso era otra cosa; todos los cambios no iban a ser a su gusto.
El olor y la posibilidad de cocinar en el horno nuevo me animaron, aunque no les pensaba contestar aun cuando me llamaran; iría despacio y mirando.
Los dormitorios de los chicos también eran nuevos. Bueno, bueno ¡Las puertas lacadas en blanco! Tantas veces cómo se lo pedí.
Estaban preciosas de ese color. La casa ganaba, ¡donde iba a parar!
Se dio cuenta que tenía razón ¡Cuantas veces propuse cambiarlas por blancas! Y mira, él solito lo ha hecho. Las parejas no siempre coincidimos; los cambios no están mal. Murmuré bajito. Todo era lujoso y bien pensado; lo peor: pediría un buen préstamo. Ahí dudé. Lo bueno no lo regalan. Vaya una cosa por otra, pensé, gana, no hay más que verla.
Yo misma no lo hubiera hecho mejor y soy profesional de interiores.
Floté de felicidad. Decidí no tenerlos esperando más. Me esperaban impacientes sin saber que ya lo había visto todo.
Está bien, dije; o algo así, ¡tengo una pachorra! Hace rato que los oigo, llega olor a café y risas de mi marido y estoy a lo mío.
Parece contento, mejor. Mañana hago pan; decidí, no lo creía; no podía imaginar esa sorpresa.
Después de pasarlo tan mal iba a meterme en la cocina a trabajar con harina, huevos y azúcar; qué ilusión. Miré. Había gente que no conocía; una con mini que parecía joven y alguna amiga de la niña.
Estaban todos de espaldas, no me veían; tampoco me esperaban por ese lado del salón. Qué sorpresa iba a darles. Cómo emocionaba observarlos desde allí.
Bueno, el salón estaba precioso.  Todo nuevo, la tapicería era bonita de verdad ¡blanca y de lino!, los sofás para comérselos, parecían de revista de decoración; quizá resulte algo sucia, reproché , pero cómo quedaba la rinconera.
Las paredes en blanco roto muy estilosas. Juan me tenía cada vez más alucinada. La moldura del techo dorada era la guinda del pastel; no tenía idea  de su buen gusto ¡Había una chimenea de mármol! Y funcionaba.
Me fascinaban los cambios. Pareceríamos ricos. Los cuadros grandes modernizaban y daban el pego. Bueno, cómo estaba el ventanal de plantas; un vergel.
Creí que se le secarían las macetas, qué escéptica fui con él, me dije, pobrecito. A quien le consultará la cantidad de riego y los abonos. Era  increíble cómo habían mejorado.
Le pensaba decir cuando me viera que mi opinión era muy favorable;  ahora oculta entre la entrada al salón y el pasillo  disfrutaba como una enana. Se reirá cuando me vea sin palabras, con lo que hablo, murmuré para mí. Me apetecía muchísimo besarlo y abrazarlo delante de todos, pero esperaría; no sería normal. Debí apretarme las manos para sentir que no soñaba; ese ambiente tan elegante y nuevo para nosotros.
Pocos metros me separaban de la puerta abierta y no me atrevía a romper el hechizo. Debía decidirme, no esperarían infinitamente, me propuse entrar.
Saludaría a todos, estaba decidida. Tenía la boca seca y seguían de espaldas; me creían en el jardín. Dudé. ¿Me oirán aunque los pille desprevenidos?, reí mucho. Se sorprenderán como yo, por esta parte del salón no me esperan.
Qué caras cuando les hable desde aquí… pensé gritar muy alto, y lo hice; Grité ¡Hola, que tal todos!
−Ven Carmen, pasa, adelante… estás tranquila, te veo feliz y con una sonrisa preciosa. Me dijo Juan exactamente.
Si cariño cómo no. Contesté. El murmuraba y yo solo pensaba en acercarme a su pecho y abrazarlo, después saludaría al grupo. Continuaba mirando al jardín a través del gran ventanal y no a mí como yo quería.
-Ya sabes Carmen, nunca debe faltar la alegría en tu vida-. Murmuró.
Ya lo sé, ahora menos que nunca; soy feliz, contesté. Pero algo me hacía desconfiar. Por qué no ríe de oreja a oreja como yo, y me abraza con más fuerza. Eres, bueno, sois todos un sol, recuerdo gritar entusiasmada a pasar de su repentino silencio ¡Qué gusto entrar en casa, la has dejado preciosa; nunca la hubiera imaginado así, no conocía tu buen gusto cariño… Hablé de tonterías y muchísimo.
Reí a carcajadas a pesar de verlo extraño. Todos estaban tensos y Juan callado. Hasta pasado un buen rato no lo advertí.
Juan, comenté extrañada, porqué me miras así, ¿no estas contento?; has acertado en las mejoras. Me gustan. Esto no podría estar más elegante ni más limpio aunque lo hubiera decorado yo, es verdad. Has hecho una reforma increíble.
Anímate; continúe, parecía que la decoración no era tu fuerte. Ya ves. Todo es ponerse ¿Esperabas que dijera otra cosa?
Has murmurado algo despacio, no te he oído: pregunté emocionada.
−Acércate Carmen− Si cariño, dije enamoradísima, y lo besé llena de ilusión en la mejilla, dime, dime. Y entonces me soltó.
-¿No han hablado contigo los niños? ¿Tú hermano? No sé ¡Alguien! Nadie te ha dicho nada. – ¿Nada de qué Juan? Dije intranquila. Sí, claro he hablado con todos estos meses, pero no sé, qué quieres decir. No debe ser importarte, lo mejor es que han respetado tu trabajo y la sorpresa.
Cómo sois algunos hombres cuando os lo proponéis. Ufff qué nervios. Todo está perfecto, de verdad Juan. Tranquilízate y disfruta de la fiesta. Es un momento precioso. Estaba entusiasmada. Mira, colaboraré, más adelante adornaré el jardín. Compraré simientes, más abetos para repoblar la zona del aperitivo, buscaré más sombra…
−Carmen perdona, dijo con cara de pocos amigos. Te presento a mi novia. Les pedí a todos que fueran preparándote para este momento; lo siento, no tengo valor, ya lo sabes. Ella es Marisa, Marisa es Carmen; nos conocimos hace años; vivimos juntos en casa desde que enfermaste; también es decoradora. Claro, que tonterías digo; lo has notado ¿verdad?-
Sentí las miradas de todos y la suya, pero no conseguí ver la de Marisa; las lágrimas tuvieron la culpa. Pero súbitamente, cuando más hundida me encontraba por arte de magia sonreí.
-Si Juan, claro, murmuré, lo he notado, ja, ja, ja. Nos pondremos, tú y yo de acuerdo con las condiciones del divorcio. Has acertado con la reforma de casa; está preciosa. Pero, ya sabes, es mía; a ti en esta etapa de tu vida te va mejor, mucho más, la de la playa; es íntima y tranquila; siempre lo dices, ¡qué sosiego da el mar!
Eso es necesario en una relación nueva. Yo, aquí tengo todo a mano; me cuesta tanto conducir…
Estos, más o menos, son los recuerdos imborrables de mi viaje de vuelta a casa la tarde del alta. Desde entonces, no me he movido de ella, bueno salgo para comprar, trabajar y divertirme.
Juan viene alguna vez, para ser exacta tres durante los últimos cinco años. Tiene un niño pequeño, una hipoteca grande, un coche mayor que el de antes, cinco años más; aunque no se dé cuenta… y la secreta esperanza de que enferme, como aquella vez, y pueda mudarse aquí para siempre. Yo, salvo en domingos como este, casi he olvidado aquella última tarde de casada.
Las tapicerías, las paredes, las puertas, y los suelos blancos, no resultan tan laboriosos como parecen, mis hijos y yo tenemos precaución y resisten bien el uso y los roces.
Nunca agradeceré lo suficiente a Marisa su trabajo, no he tenido ocasión de comentárselo; no ha venido; pero hizo una labor verdaderamente profesional.

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