Saluti da Roma. Autor: David

SALUTI  DA  ROMA (SALUDOS DESDE ROMA)

Al llegar las navidades era preciso pensar dónde nos comeríamos las uvas a Fin de Año. Tras una ardua deliberación, decidimos viajar a la Ciudad Eterna, sí volver de nuevo a Roma. De hecho se nos puede calificar de locos o tachar de masoquistas. ¿Regresar a Italia después de las vicisitudes sufridas el pasado verano? Entonces lamenté una y mil veces no haber acompañado a mi hermano en un crucero por el Mediterráneo oriental en el Grand Voyager desde Estambul hasta Venecia. Dice que fue un viaje fantástico. ¡Qué envidia! ¿Qué nos ocurrió a nosotros? No voy a explicar todos los pormenores, tan solo decir que escogimos un circuito por Italia y padecimos un servicio deficiente, descontrol entre los guías y chóferes de autocares, cambios imprevistos de programa, un retraso constante en las salidas, excursiones canceladas (el paseo en vaporetto por los canales de Venecia, la subida a la torre de Pisa y la visita panorámica por Florencia), anulación de la cena de despedida, avería del autobús en la autopista en plena canícula estival y, como colofón a tantas calamidades, nos pierden las maletas en el aeropuerto romano. ¿Qué os parece? ¿No son avatares suficientes para sacar de sus casillas al más pintado? En efecto, fue un desastre total y absoluto. Las peores vacaciones de mi vida.

¿Entonces, por qué volver? Era necesario sacarse de encima aquel sino o fatalidad. Al mal tiempo, buena cara. Alguien pensará que tras semejante rosario de desgracias, somos un poco atrevidos. No podíamos sufrir tanto infortunio dos veces en el mismo lugar por cuestiones de probabilidades y como decía Martin Luther King: “el valor de una persona se mide por su capacidad para afrontar las adversidades”.

Además, no me negaréis que Roma no es un magnífico destino donde empezar el año tanto por su historia como por los monumentos que contiene. Y ahora que nuestro hijo se ha hecho mayor (quince años) y opta por no venir con nosotros porque prefiere pasar las fiestas navideñas con el resto de la familia o con sus amigos, sería una escapada de dos tortolitos, como una pareja de recién casados en Luna de Miel.

Un taxi nos llevó hasta el aeropuerto de El Prat y facturamos las maletas. ¿Tanta ropa se necesita para sólo tres días? Nos apresuramos a hacer el pipí de rigor debido al nerviosismo. Me encanta el frenesí de los aeropuertos donde se mezclan un torbellino de emociones, ilusión y angustia, que genera el viajar: hombres de negocios, inmigrantes, turistas que vienen y van…

Ahora, a rezar para no tener que sentarme demasiado cerca de los reactores del ala donde el ruido es insoportable. Una hora después, un avión de Alitalia nos conduce hasta el aeropuerto de Fiumicino. ¡Me encanta viajar! ¡Es fascinante! El vuelo aterriza puntualmente en Roma, eso sí, tras sufrir algunas turbulencias que provocaron bufidos de consternación y de alivio entre el pasaje.

Confiemos que no nos hayan vuelto a perder las maletas.

Por suerte todo fue perfectamente.

¡Ya estamos en Roma!

Pero antes la policía detiene a un joven a quien un perro amaestrado ha olido con sustancias prohibidas. ¿Qué inconsciente? ¿A qué clase de cretino se le ocurre viajar al extranjero cargado de drogas? ¡Vaya joya nos ha tocado en el grupo! Hay gente de todo tipo.

Sólo llegar al hotel Leonardo da Vinci la impaciencia nos obliga a salir en busca de aventuras. Si en verano todo fue desgracia tras desgracia, ahora era preciso gozar de la dolce vita romana y de sus maravillas, ya que la antigua Caput Mundi (la Capital del Mundo) fue junto a Atenas la cuna de la civilización occidental y no se puede comparar con ninguna otra ciudad europea por su riqueza histórica, artística y espiritual. Pasear por las calles siempre es la mejor manera de captar la esencia de un lugar. Así que armados con un plano atravesamos el río Tíber y enseguida llegamos a la inmensa piazza di Popolo, la puerta Flaminia de la antigua muralla aureliana, rodeada de estatuas y dos iglesias renacentistas gemelas: Santa Maria di Montesanto y Santa Maria dei Miracoli. En el centro se alza un majestuoso obelisco egipcio llevado a Roma por orden del emperador Augusto.

Cogemos la vía del Corso, la arteria principal de la ciudad y la vía romana por excelencia, de 1500 m de longitud, flanqueada por suntuosos palacios y por boutiques de las firmas de moda más prestigiosas. “La más bonita del mundo”, en opinión del escritor Stendhal. A la izquierda está ubicado el palacio de los Bonaparte, donde vivió la madre de Napoleón I. A la derecha, está situada la iglesia de Sant Marcelo de fachada barroca. A continuación, se encuentra la piazza Colonna junto a los palacios Chigi i Montecitori, donde se halla la columna de Marco Aurelio de 29,6 m para recordar sus victorias contra los pueblos germanos y sármatas con relieves de batallas y la sumisión de los bárbaros. Antes de llegar al palacio Doria Pamphili, el cual alberga una galería destinada a las pinturas de Velázquez, Caravaggio y Tiziano, giramos a la izquierda para ir hacia la mítica Fontana di Trevi, comenzada por Bernini en el año 1641 y acabada por el arquitecto Nicolás Selvi en 1735. La estatua central representa al dios Océano sobre una gran concha tirada por caballitos de mar, junto a un amplio farallón poblado de tritones. Es famosa por la leyenda que dice que la persona que beba de su agua o lance una moneda volverá a Roma.

Una vez satisfecha nuestra curiosidad, hacemos un tentempié en un snack y volvemos al hotel a reponer fuerzas para mañana, que se presenta interesante a tenor de lo que aún nos falta por descubrir.

Al día siguiente, de madrugada, volvemos a caminar por la vía del Corso, donde algunas boutiques están abiertas a pesar de ser domingo. Recorremos de nuevo la ciudad hasta llegar a la piazza Venezia donde se levanta un ciclópeo monumento en mármol blanco llamado Il Vittoriano, erigido para honrar la memoria del primer rey de Italia: Vittorio Emanuele II. Para que os hagáis una idea de su tamaño, explicaré que en el año 1911, antes de su inauguración, se celebró un banquete para diez personas en el vientre del caballo de bronce de la estatua ecuestre de dicho soberano. Hoy el edificio alberga la tumba del soldado desconocido y es la sede del Museo Histórico de la Unificación del país trasalpino.

Proseguimos la excursión a pie por la Roma clásica. Al principio se encuentra la Colonna Traiana, erigida para celebrar la victoria del emperador Trajano sobre los aguerridos dacios. Tiene 38 metros de altura y está grabada con unas 2500 figuras y relieves de gran vigor expresivo. Por suerte se conserva admirablemente a pesar del paso del tiempo. Paseamos por los Fori Imperiali hasta llegar al Colosseo o anfiteatro Flavio, uno de los monumentos más famosos del mundo, no en vano figura en la lista de las siete maravillas de la actualidad. Lo mandó construir el emperador Vespasiano en el año 72 d.C. pero fue inaugurado por su hijo Tito en el 80 d.C. con un espectáculo que duró cien días. Fue el símbolo del poder de Roma en la antigüedad. Tiene forma elíptica con 188 x 156 m. y 57 de altitud. Consta de cuatro plantas: las tres primeras formadas por 80 arcadas de estilos dórico, jónico y corintio respectivamente y el último piso con pilares y ventanas adosados a la pared. Es fácil evocar un viaje al pasado a fin de presenciar las luchas de gladiadores, peleas entre fieras salvajes y el suplicio de los cristianos.

Caminamos después desde la basílica de Santa Maria Maggiore hasta la piazza di Spagna. Entonces decidimos coger un bus turístico abierto para realizar una visita panorámica por la ciudad. Mucho más reposado que ir callejeando arriba y abajo. Se nos ofrecen los comentarios en español a través de unos auriculares. Empezamos el circuito en el parque de la Villa Borghese. A la izquierda se observa el palazzo Margherita. Al llegar a la piazza Barberini, la voz impersonal de la grabación explica que esa noble familia para edificar el palacio utilizó los mármoles de estatuas paganas, por lo que vulgarmente se cuenta: “lo que los bárbaros no destruyeron, lo hicieron los Barberini”.

El trayecto sigue por la piazza della Republica y la vía Cavour hasta los Fori Imperiali, donde tenían lugar las principales actividades de la vida cotidiana de los antiguos ciudadanos romanos. Hoy la capital soporta un tráfico caótico que provoca una capa de suciedad que se va acumulando sobre las esculturas y las magníficas fuentes, que a buen seguro agradecerían un poco de limpieza de tanto en tanto.

¡Válgame Dios, qué frío! ¿Cuántas mangas llevaba? Una camiseta interior, la camisa, un jersey de cuello alto y el anorak del Barça, (¡cómo no!). Cuatro piezas de ropa que a todas luces resultaban insuficientes. Pese a colocarme la sudadera comprada a los vendedores ambulantes no conseguía entrar en calor. Así que ya sabéis, amigos, para visitar Roma en invierno, es necesario ir bien abrigado. ¡Ah, los guantes, la gorra y una bufanda también resultan imprescindibles!

Entonces se nos ilustra con un ejemplo del fulgurante divorcio a la italiana: el emperador Claudio a los 56 años de edad murió envenenado tras comerse una sopa de setas preparada por su inefable esposa Agripina. ¡Eso sí que son medidas radicales! A continuación, pasamos por delante del arco de Constantino y diversos templos. Dejamos a mano derecha el Circo Massimo donde no hay ruinas, sólo una explanada cubierta de hierba y se nos enseña la Bocca della Verità, una placa de mármol blanco en forma de cara, en cuya ranura horizontal las parejas de enamorados suelen meter la mano para declararse amor eterno y jurarse fidelidad. ¿Cuántas mentiras habrá escuchado a lo largo de veinte siglos? Tal vez sea la razón que explique la sonrisa irónica que posee. Cerca del Ayuntamiento se halla la iglesia de Santa Maria in Aracoeli, la preferida por los romanos para contraer matrimonio. Está situada sobre una loma a la que se asciende mediante 122 escalones, que constituye un sutil sistema de tortura para los invitados poco deseados por los novios que deciden casarse allí. Continuamos la ruta por la piazza Navona, cruzamos el Tíber y acabamos el recorrido en el Castillo de Sant Angelo y el Vaticano, la iglesia católica más grande del mundo.

Después de un baño caliente con espuma y el fornicio de rigor, salimos a cenar a un snack-bar para rodearnos de gente guapa. Realmente las chicas romanas son bellas de verdad. La comida está bien, pero una cerveza casi 6 euros es un abuso. ¡Caramba, qué bien vivimos en casa!

Capítulo aparte merece el Vaticano, la capital de la Cristiandad y sede del Papa, el sucesor de San Pedro. El Vaticano, de menos de un kilómetro cuadrado de superficie, es el estado más pequeño del mundo, pero rico en valores artísticos y espirituales. La Basílica está edificada sobre el mismo lugar donde el emperador Nerón el año 67 d.C. mandó crucificar a San Pedro. Las guías comentan con orgullo que dicha plaza, rodeada por la columnata de Bernini, es la más grande del mundo, pues caben 200.000 personas. Se nota que no han estado en China, ya que la plaza Tiananmen de Beijing o Pequín, como queráis llamarla, tiene una capacidad para un millón de personas.

Al entrar en la Basílica de San Pedro, la primera impresión es abrumadora. En el rostro de todos se refleja una expresión de incredulidad. Yo también me quedé de piedra al observar la fabulosa riqueza en forma de esculturas, estatuas de bronce, columnas de mármol, joyas y objetos de oro fruto de la codicia de la Iglesia a lo largo de los siglos. A medida que camino por allí me siento indignado por tamaña ostentación, mientras existe tanta desgracia en el mundo y tantos niños mueren de hambre o de enfermedad. ¡No hay derecho! ¿Esa es la humildad que pregona la Iglesia Católica? Con una nimia donación o la subasta de una insignificante parte de su patrimonio se acabaría la hambruna y se erradicarían muchas enfermedades. Sí, estoy muy irritado por tanta magnificencia pues mientras la mayoría de familias luchan por llegar a fin de mes o yo mismo, como el resto de los mortales, he de privarme de muchos caprichos con objeto de ahorrar para pagar una hipoteca con tal de tener una casa propia. Y además, todo lleno de tenderetes de souvenirs para hacer negocio con los veinticinco mil turistas que a diario visitan el Vaticano. ¡Qué poca vergüenza!

Al salir de la basílica queremos subir a la cúpula y desilusión al canto: cerrada. La están preparando para la bendición que realizará el Papa al día siguiente. Entonces nos dirigimos hacia el Museo Vaticano para visitar la Capilla Sixtina. Cola kilométrica y no en sentido figurado, sino la más larga que he visto nunca. Se extiende desde la puerta Angélica alrededor del muro vaticano y la vía Leone. Tengo tiempo de presenciar el juego del gato y del ratón que practican los carabinieri y los vendedores ambulantes, que ofrecen a los turistas de la cola falsificaciones de bolsos, relojes, gafas, cinturones y bolígrafos de marca a un precio razonable. Se les puede regatear hasta un 25 o 30%. Luego meditas acerca de quién ha engañado a quién y si en verdad has salido ganando. Después de permanecer dos horas en la cola aguardando tieso como un palo, uno se pregunta si realmente vale la pena soportar aquel trance para ver la obra que Miguel Ángel pintó sobre aquel techo, en vez de aprovechar el tiempo visitando Roma. Como siempre las mujeres acaban saliéndose con la suya y no tuve más remedio que armarme de paciencia y resignación.

¿Pensáis que una vez dentro de los muros del Museo se han acabado las colas? Pues no. También se debe aguardar turno frente al detector de metales, para comprar la entrada y para subir por las escaleras mecánicas. ¡Desesperante! Volvemos a observar una colección de tapices, esculturas y pinturas de incalculable valor. Siguiendo un río de gente llegamos por fin a la Capilla Sixtina, donde ciertos energúmenos se dedican a hacer fotos mientras los vigilantes los increpan irritados, en lugar de contemplar el techo y extasiarse con aquella auténtica maravilla policroma por la cual merece la pena hacer cola un día entero… Y más tiendas de souvenirs. ¡El negocio es el negocio!

Al salir de allí a las 3’30 h. nos dejamos aconsejar por la capciosa publicidad de la calle. Vamos a la pizzería recomendada, donde según el folletín de propaganda se ofrece una comida de tres platos por 15 euros. Pero los espaguetis eran insípidos, el escalope a la milanesa dura como una suela de zapato y el helado de postre tuvimos que esperar más de una hora hasta que lo sirvieron. Decidimos marcharnos y pedimos la cuenta. Sorpresa: 48 euros. Había que añadir tres euros por cerveza, cuatro por el pan y ocho por el servicio. ¡Qué clavada! Quiero protestar y presentar una reclamación. Sin embargo, mi mujer sale pitando de la pizzería porque no desea discutir y no me queda más remedio que tragarme el disgusto. Odio que me engañen. Ya nos habían advertido sobre los carteristas locales, pero los verdaderos mangantes de Roma son determinados locales dedicados a esquilmar a los turistas. Como dice el marqués de Sotoancho, el entrañable personaje de ficción del humorista Alfonso Ussía: “Estoy acostumbrado a que me roben, pero con moderación.”

Una pequeña siesta para descansar un rato. Al anochecer nos ponemos la típica ropa interior de color rojo, nos ataviamos con las mejores galas y salimos de parranda. Un crêpe caliente para combatir el frío. Y nos encaminamos a comernos las uvas a la Fontana di Trevi, la fuente con más glamour de la ciudad. ¿Existe algún lugar más romántico para recibir el Año Nuevo?

Al día siguiente volvemos a casa. Llega la hora de comentar las incidencias con los otros turistas. Unos protestan que en su hotel no hablaban español, otros se quejan de las colas o de las comidas en las excursiones. Una pareja comenta que fueron a celebrar la noche de Fin de Año a la piazza di Popolo y que fue una locura por el jaleo provocado por el ruido de los petardos y el estrépito producido por el lanzamiento de botellas vacías. Evidentemente viajar es una aventura, siempre hay que contar con una serie de imprevistos. Es una lotería. Aunque pienso que nosotros hemos tenido suerte, porque el tiempo nos ha acompañado. Hacía un frío que pelaba, pero el cielo estaba despejado. No quiero imaginar una excursión por la Roma clásica lloviendo, tener que admirar sus genuinos monumentos bajo un aguacero o una intensa nevada.

Si alguna vez se os presenta la oportunidad de visitar Roma, no lo dudéis: ropa informal y zapatos cómodos para recorrerla a vuestro antojo.

Para terminar, quiero despedirme del lector de turno y de la Ciudad Eterna a la manera italiana: Ciao caro, arrideverci Roma.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s