Madeira: el último paraíso. Autor: David

Dedicado a las víctimas anónimas que perdieron sus vidas durante la construcción de la zigzagueante carretera del litoral que hoy en día permite al turista visitar la isla de uno al otro extremo.

Desde que el avión se dispone a aterrizar en el aeropuerto de Santa Catarina, inaugurado en noviembre del 64 y situado a 22 kilómetros de la capital, el viajero se percata que ha llegado a un lugar diferente del resto del mundo. Se toma tierra en una diminuta pista de 1600 metros y se tiene la angustiosa sensación de falta material de espacio para casos de emergencia, puesto que en condiciones normales el avión se detiene ya a escasos metros del final, agravado por la circunstancia de que a poca distancia se acaba la isla y sólo se distingue el inmenso océano. A la vista de dicha frontera natural se explica uno por qué los grandes aviones comerciales rehúsan hacer escala en dicha isla. Más que una aventura de incierto desenlace resultaría una tragedia de funestos resultados, un suicidio colectivo.

Madeira es una isla de 741 km2, de clima templado y húmedo debido a su latitud y con escasas oscilaciones térmicas, pues la temperatura apenas varía 4º entre verano e invierno. El mar la rodea en un cariñoso abrazo, besando impunemente sus costas con la dulzura de un enamorado. Madeira, al ser de origen volcánico, es fuerte, vigorosa, bella por la agresividad de sus recios picos elevándose en el firmamento con un velo de niebla sempiterna que oculta sus cumbres. Hermosa por sus impresionantes acantilados, sus profundos valles, titubeantes arroyos y las magníficas cascadas. Su vegetación primitiva no es uniforme, sino que convive con otros cultivos implantados por el hombre. Allí se dan cita papayos, aguacates, maracuyás, mangos, cañas de azúcar, viñedos, higueras, naranjos, nísperos, manzanos, perales, castaños, hayas, pinos… Cuando fue descubierta en 1419 por Joao Gonçalves Zarco era un ingente vergel situado en pleno océano Atlántico. Pero al tratar de colonizarla en 1420 y ante la imposibilidad de abrirse camino entre el inmenso matorral y espesa arboleda que se extendía por doquier, Zarco mandó prenderle fuego por diferentes lugares para crear campos de cultivo abonados con sus propias cenizas. En tal grado ardieron los bosques que según la leyenda, el incendio duró siete largos años.

Desde Funchal, la capital y zona turística por excelencia, el visitante puede visitar la isla a su antojo, recorriendo los lugares típicos. Sin embargo, a pesar de las muchas excelencias de Madeira, la excursión que recomiendo, para percibir mejor sus contrastes y que servirá para explicar mis impresiones, es la ruta que empieza en la Estrada Monumental hacia Cámara de Lobos, una modesta población de pescadores rudos y afables. El visitante debe detenerse en el Pico da Torre desde el que se observa una espléndida vista panorámica del pintoresco pueblo marinero, de viviendas apiñadas y construidas sobre un promontorio rocoso que se asemeja al caparazón de una gigantesca tortuga con la cabeza y el cuello sumergidos bajo el agua. Allí puede degustarse el plato típico de pez espada negro (una especie rara en cualquier otra parte del mundo pero abundante en Madeira debido a la profundidad de sus costas, ya que se trata de un pez que habita en aguas cuya temperatura no exceda de 7º), preparado de diversas formas a cual más sabrosa. No sólo el perspicaz, sino el más lelo de los viajeros puede captar también allí la eterna paradoja humana entre la opulencia de los ricos y el olvido de los pobres. A las haciendas y quintas de los poderosos se opone el chabolismo de los desheredados, al lujo de los turistas la miserable existencia de mendigos, pedigüeños y pordioseros. ¿Cómo construir una sociedad más justa y equitativa?…  Eterno dilema de difícil, si no imposible, solución.

A continuación es parada obligatoria el mirador de Cabo Girao, un acantilado de 580 metros sobre el nivel del mar, que constituye el observatorio natural más alto de Europa y el segundo del mundo. La sinuosa carretera sigue una profunda garganta custodiada por imponentes moles. En pocos kilómetros se asciende desde la costa hasta unos 1500 metros de altitud, pudiendo apreciarse el jalonamiento de la flora según la altura. De las bananeras iniciales sazonadas por el sol a una alfombra de helechos en las cumbres, pasando por un denso manto de vegetación compuesta de hierbas, arbustos y árboles. Además de toda clase de cultivos: maíz, cebada, tomates, patatas, guisantes, cebollas, etc. La calzada pasa por Estreito, célebre por sus “espetadas”, carne de vaca puesta en pinchos para ser asada a la brasa y la calidad de sus vinos. Los sibaritas del sabor disponen de cuatro variedades distintas, aunque no por ello exentas de calidad: el sercial (aperitivo vigorizante, ligero y seco), el verdelho (semiseco), el bual (dulce) y el malvasía (excelente digestivo muy dulce). Después se llega a Campanario, zona residencial con plantaciones de caña de azúcar mezcladas con sus viñedos. Luego, se baja a Ribeira Brava, villa besada por el mar.  Aquí la carretera se bifurca, una con rumbo a Punta do Sol y la otra ascendiendo hacia Encumeada de San Vicente. Atrás queda la zona marítima, dulce y ajetreada y la vía se adentra entre vertientes acantiladas, morada de aldeas soleadas y sosegadas. Desde allí, a mil metros de altura, se divisa el océano, al norte y al sur, siendo posible apreciar la anchura total de la isla, además de los altos picos y profundos valles del interior. Si las condiciones climatológicas lo permiten, es conveniente tomar la ruta secundaria que se dirige a Paul da Serra, zona de excelentes vistas panorámicas. Se cruza entonces la mayor meseta de Madeira de unos 6 km. de largo por 3 de ancho, cubierta por una densa vegetación de helechos, brezo y romero. Se pasa seguidamente por Rabaçal de donde parten las famosas “levadas”, canales de riego que llevan agua dulce hacia la costa meridional. A través de escabrosas vertientes se llega por fin a la pintoresca ciudad de Porto Moniz, cuyas piscinas naturales de roca volcánica, que se llenan con la marea alta, la convierten en centro de interés turístico.

Recorrer la costa norte resulta aconsejable por sus increíbles paisajes de precipicios y esbeltas cascadas. Sus altos farallones resisten inmutables los furiosos embates de las olas, como han hecho durante siglos y seguirán haciendo aún por tiempo indefinido; soportarán con impasible mutismo la cólera de los elementos: viento, lluvia, granizo; desafiarán al rayo de las tormentas, a la violencia de las tempestades e incluso al sol abrasador de los meses de estío. La carretera, escarbada en las entrañas de las montañas y cuyas paredes rezuman humedad, serpentea, se tuerce y se retuerce hasta llegar a Seixal y es tan estrecha que desde la misma ventanilla uno puede recoger un trozo de basalto, mojarse con la fina lluvia de las cascadas o arrancar una flor de la exuberante floresta. Por extraño que parezca también circulan los autocares, una amenaza para los pequeños vehículos que deben detenerse o retroceder para ceder el paso. Conducir por semejante itinerario más que una imprudencia se me antoja una temeridad, no sólo por la pared vertical que ciñe la carretera, sino por el abismo que la flanquea por el lado opuesto. Aturde y asusta pasar de una altitud imponente, desde la que se divisan taludes y precipicios, a bordear la costa al cabo de pocos kilómetros, mirando hacia arriba con el corazón encogido por la presencia de gigantescos macizos que permanecen ocultos por las nubes, pero que discurren a través del litoral como eternos centinelas del ominoso océano Atlántico.

Siguiendo hacia el este, se pasa por San Vicente y posteriormente por Ponta Delgada, pequeño istmo que parece querer separarse de la tierra y adentrarse en el océano, en cuyos fértiles terrenos crecen los viñedos al amparo de ramas de brezo seco que los protegen de los vientos. La ruta transcurre entre acacias y hortensias. Las casas de sus dispersas poblaciones rivalizan entre sí en el cuidado de sus jardines, ofreciendo al visitante un primoroso espectáculo de buen gusto y colorido. Engalanadas con primor, el viajero se siente extasiado, cautivo de tan sublime belleza. No podía ser de otra forma en semejante edén. Las personas tratando de competir con la naturaleza, buscando imitarla o superarla en vano, porque entre tan agreste orografía existen marcos de incomparable belleza. Tras pasar por San Jorge se llega al pueblo de Santana, donde aún pueden contemplarse las peculiares casitas con techo de paja. Luego, dejando atrás Faial y San Roque, la carretera empieza a subir de nuevo hacia Ribeiro Frío, famoso por sus jardines, balcones y viveros de truchas. La ruta transcurre entre bosques de coníferas que perfuman y adornan la isla. Sorprende sobretodo no atisbar ni un palmo de terreno desnudo, la vegetación crece por doquier, desde la orilla del océano hasta las altas cumbres, pasando de los monocultivos de bananeras o viñedos en la costa a los espesos bosques de abetos en las alturas. Ni siquiera los altos troncos de los eucaliptos escapan al devastador avance de la flora puesto que muchos de ellos se ven estrangulados por las voraces enredaderas que crecen desde el sotobosque hasta sus altas copas. Al cabo de algunos años de aquellos orgullosos árboles tan sólo resta un esqueleto sin vida de ramas blanquecinas. Cada planta lucha por la supervivencia a su manera, los álamos y sauces hundiendo sus raíces en el suelo húmedo, los juncos y las cañas en las veredas de los riachuelos, los cultivos creciendo en las fértiles terrazas de los valles, las orquídeas bajo el atento mimo de sus cuidadores y las enredaderas buscando sostén entre los altivos y frondosos árboles. Sin embargo, dicho empeño por subsistir, lejos de ensombrecer el paisaje, realza la belleza natural de la isla, puesto que tan desmesurada vitalidad, le confiere aún más esplendor y abundancia, más alegría y color, una energía y éxtasis sin parangón. La sensación de placer es indescriptible en aquel paraíso, último bastión de naturaleza virgen.

Finalmente, se llega al Poiso, a 1400 metros de altitud, donde el paisaje es agresivo, con picos que parecen rivalizar unos con otros. Allí se contempla un excelso panorama natural de cumbres semiocultas por la bruma, valles lujuriantes, hondos precipicios y profundos barrancos. Dicho espectáculo adquiere su máxima belleza durante el ocaso, cuando el sol se oculta tras las montañas despidiendo refulgentes destellos carmesíes. Desde allí la calzada empieza un suave descenso hacia Monte, una población de floridos jardines y a cuyas faldas se extiende la capital, Funchal, la apacible ciudadjardín que domina una bahía que sirve de abrigo a barcos grandes y pequeños. Desde sus miradores se aprecia la incomparable vista de la ensenada, a la par que se perciben los variados aromas de las flores que adornan las terrazas. Se baja en pronunciado declive por una sierra de polícroma vegetación, sembrada de casas que la blanquean durante el día y la iluminan por la noche como una cascada multicolor. El visitante desciende por las pendientes que conducen a la capital embriagado por la caricia de mil fragancias, embelesado por el espectáculo de una urbe cosmopolita y extasiado por las diáfanas aguas que se extienden hasta el horizonte. Poco a poco se llega a Funchal, origen y final de toda la red viaria de Madeira, diseminada por las laderas de una gentil serranía que muere lamiendo las orillas del océano. La carretera se detiene, pues, en la capital, ubicada en un anfiteatro natural que tiene al Atlántico como única ventana. ¿Para qué pedir más?

Se dice que Madeira es una isla vigorosa, fuerte, agreste, verde, de inusual belleza por sus acantilados verticales, por los coloridos valles, los imponentes riscos y las lánguidas cascadas, pero Madeira es conocida también por la belleza de sus flores como la estrelicia, el anturio y la orquídea. Posee un sinnúmero de plantas aborígenes y otras oriundas que se crían en la isla como las camelias, hortensias, magnolias, belladonas, begonias, margaritas… Dicha isla es además famosa por su artesanía de bordados y los trabajos en mimbre.

¿Y qué decir de sus habitantes? Gente sencilla, humilde y de trato amable. Siempre con la sonrisa entre los labios, atentos a cualquier solicitud y dispuestos a complacer las peticiones del turista. Su singular cortesía y genuina simpatía es aval más que suficiente para unas espléndidas vacaciones, la garantía absoluta de que el visitante nunca se sentirá entre gente extraña, sino en el seno de la gran familia que compone toda su población. Su sincera cordialidad y su innata nobleza son cualidades de las que muy pocos pueblos pueden jactarse y les granjea no sólo el respeto y la admiración de los viajeros, sino también la envidia y el afecto de cuantos pasan sus vacaciones en la isla.

Allí, entre semejante exuberancia, uno adquiere constancia de la mezquina inferioridad, de la efímera existencia, de su deleznable legado. Se percata de la impotencia de la arrogante humanidad cuya tecnología jamás logrará recrear un edén parecido. Quizás algún día el hombre consiga llegar a las estrellas, pero nunca igualará la belleza de la isla, porque es como si Dios hubiese renunciado a su omnipotencia compartiendo con los mortales el privilegio de ser testigo de tan exclusiva beldad, dado que la isla de Madeira parece hallarse en el linde entre lo terreno y lo sobrenatural. Y aunque el corazón se halle henchido de gozo por las emociones experimentadas, es de ley reconocer que también se abre una herida de difícil curación, una brecha imposible de llenar. Es la certeza de que nunca, en ningún otro sitio volverá a encontrarse un paraíso semejante.

Cuando desde el avión, de regreso ya a mi punto de origen, observo la isla perdida en el ancho océano, rodeada de un inmenso collar de espuma al romper las embravecidas olas del Atlántico contra los recios acantilados, tengo la impresión de que se trata del cordón umbilical que une el cielo con la Tierra. Y en ese momento, tras convivir una temporada con sus habitantes y disfrutar de los encantos de Madeira, uno no puede evitar tener la sensación de hallarse muy cerca de Dios.

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