Luminiscencia. Autor: Miguel Ángel Florán Bautista

No hay nada permanente excepto el cambio.

Heráclito

Hace un par de años surgió en mí un comportamiento muy extraño, algunos lo llamaron obsesión, otros, simple impulsividad. Para mí, se volvió una normalidad, inclusive hasta podría llamarlo, un estilo de vida. Podrían ser las siete de la noche o las siete de la mañana, podría estar en mi trabajo o en la calle, e inexplicablemente algo se apodera de mi voluntad.  Si estaba fuera de casa, me apresuraba a llegar lo más pronto posible a mi hogar y en menos de cinco minutos, llenaba mi mochila con los elementos más indispensables: ropa ligera, mi fiel computador, una libreta y un bolígrafo. Una vez empacado todo, salía casi volando hacia la calle y tomaba rumbo de la central de autobuses. A veces, sucedía que sin previo aviso y con absoluta ausencia de un plan establecido, tomaba el primer destino que venía a mi mente, por lo que podía amanecer en las playas de Acapulco o en algún callejón de Zacatecas.

Obviamente, este caótico actuar trajo un sin número de consecuencias a muy corto plazo. Problemas en el trabajo, gastos no planeados, conflictos familiares y muchos efectos más. Y fue, precisamente en el último viaje que realicé bajo esas circunstancias, que ocurrió uno de los  eventos más peculiares de mi vida. Un acontecimiento que puso fin a estas ansias terribles de viajar sin disfrutar el camino, a esa necesidad de moverme sin rumbo, a esa impulsividad sin futuro. Contrario a lo que alguna vez imaginé, la respuesta vino de alguien lleno de sabiduría y repleto de claridad.

Pues bien, era julio en las costas de Manzanillo, en el estado de la bella Colima. Como es sabido, México es infinito y hermoso, por lo que siempre existe un lugar por visitar. Sierra boscosa, ciudades coloniales, playas exuberantes, cañadas y desiertos, todos inundan mi amada patria. Pero esa vez decidí apostar todo por ese magnífico puerto, que es crisol de muchos sabores y colores.

Me hospedé en un lugar muy céntrico, con vista a las hileras de los grandes transatlánticos que como grandes edificios móviles, rompían las olas fácilmente. Uno tras otro esperaban su turno para descargar y entre ellos, sin miedo alguno, las gaviotas dibujaban surcos en el aire.  Esa mañana de sábado el firmamento era tan azul que se fundía con el océano, además el sol prometía mantener el aire tibio. Según me había aconsejado la señorita de la recepción, tomé uno de los camiones colectivos que llevaban a una zona de playas lejanas a la ciudad. Era el lugar perfecto para disfrutar algún paisaje casi intacto de la presencia de los humanos, algo así como un edén muy cercano.

Mientras recorría la avenida principal en el autobús, veía a mi lado izquierdo el dibujo de la línea alba de la mar, los botes y veleros, así como los grandes hoteles. Camiones y autos al por mayor recorrían las calles, gente iba y venía, las madres tomaban de la mano a sus hijos, las muchachas andaban en bicicleta, disfrutando del viento entre sus cabellos. Era un sábado normal en la vida del puerto.

Poco a poco la mancha urbana comenzó a perderse y el mar desapareció momentáneamente entre los esmeraldas cerros llenos de vegetación. Serían como las once cuando el chofer anunció el tan esperado destino. Me dijo que el último camión regresaba a Manzanillo a las ocho de la noche y que la playa que tanto buscaba se encontraba cruzando la carretera, sólo tenía que seguir un camino de terracería.

Bajé y recibí de lleno un golpe de húmedo aire en mi cara. Estaba haciendo tanto calor que en menos de cinco minutos estaba escurriendo en sudor, como si la lluvia hubiera empapado. Atravesé la carretera y seguí el camino de terracería por cerca de cinco minutos. Escuché el canto de un sinnúmero de aves, uno que otro insecto vibraba entre la espesura de la pequeña selva, las hojas crujían entre los arbustos por invisibles ejércitos de hormigas que las cortaban.

Después de unos diez minutos de recorrido, escuché el estruendo del agua al tocar las rocas. Ante mis ojos apareció una bahía que magnificente resplandecía en tono turquesa. Las olas suavemente se elevaban y caían hechas una blanca cama de espuma, cubriendo la arena oscura de la playa.  En el cielo, sólo unas nubes hechas finos trazos se elevaban muy lejanas, así que todo era transparente bajo el sol del mediodía.

El lugar tomaba la forma de medialuna casi perfecta, mediría unos quinientos metros de largo y terminaba abruptamente en dirección al oeste, donde se erguía un risco gigantesco. Ahí, el mar reventaba violentamente, como si intentara escalar esos muros pétreos. Afortunadamente, a unos cincuenta metros de la playa rumbo a mar adentro, una hilera de grandes rocas hacía de rompeolas, por lo que había cierta tranquilidad en el lugar. Había un pequeño restaurante y un par de cabañas, muy apacibles. Dos automóviles estaban estacionados sobre un pequeño claro de empedrado.

En el agua jugaba un señor de unos cincuenta años, con dos niños, ambos no pasaban de los doce años. La que supuse era su esposa, estaba sentada en una silla de madera debajo de una sombrilla de sol, acompañada de una señora mayor que supuse era la abuela. En la punta este de la medialuna había una chica y un chico, acostados sobre unas toallas, igualmente debajo de una sombrilla.  Sin nadie más en el resto de la superficie arenosa, me dispuse a buscar una sombrilla en el restaurante y ocupar mi lugar en ese bello lugar.

Son cincuenta pesos, joven, se devuelven a las seis de la tarde, dijo un hombre de unos cuarenta años, tostado por el sol. Era el encargado del lugar. Si le da hambre, venga a comer aquí, tenemos de todo, me dijo sonriendo mientras terminaba de cavar con una pala la fosita donde colocó la sombrilla. Agradecí e inmediatamente extendí mi toalla, me quité los zapatos, el pantalón y sólo conservé mi traje de baño.

Inmediatamente me acosté como si fuera un cangrejo reposando bajo el sol.

Cerré los ojos. El viento cálido movía lentamente las mantas de la sombrilla. Escuchaba cómo provocaba un siseo en mis oídos. El movimiento del mar se filtraba entre la arena. Después de unos veinte minutos concluí que me sería imposible dormir, por lo que preferí sentarme a saborear el paisaje. En un rato más pondría mis pies en el agua, que imaginé, debía de estar fría.

Hice una nueva revisión a la playa. La pareja estaba ahora nadando entre las olas. Luego, giré mi vista hacia la familia, los niños construían castillos de arena, el padre estaba en el asiento de la madre y las dos señoras ya no se encontraban en el lugar donde las recordaba. Las ubiqué dentro del pequeño restaurante, conversando con el señor de las sombrillas.

Captó mi atención un viejo como de unos setenta años que a unos veinte metros de mí, caminaba ayudado de su bastón. Un sombrero de palma le cubría la cabeza, portaba una guayabera blanca y unos pantalones de vestir color café, doblados hasta las rodillas, además de unas sandalias de cuero que se veían muy rígidas. Supuse que era el abuelo de la familia.

El hombre caminaba casi a tientas sobre la arena. Estaba lo suficientemente lejos como para no tocar el agua, y los suficientemente cerca de la orilla como para no tropezar con las dunas de arena. Caminaba erguido, sin dudar y parecía que sólo bajaba la cabeza para buscar algo que pudiera obstruir su camino. Qué irresponsabilidad dejar a este hombre solo, pensé.

Y finalmente pasó frente a mí.

Buenas tardes, disculpe, ¿qué hora es?, preguntó en un acento argentino muy marcado. Me recordó el acento porteño, con esa melodía que arrastran las palabras antes de terminar, como si se aferraran a ser soltadas al viento. Buenas tardes, señor, son las dos de la tarde, contesté después de ver mi reloj de pulsera. Me sorprendió ver la hora, me extrañó que no tuviera hambre.

Bonito lugar, ¿no lo cree?, dijo el viejo mientras acomodaba su bastón a un metro de mí. Es una hermosura, contesté. Oiga, me llama la atención que ande caminando solo, señor, me atreví a opinar. Vaya, vaya, sonrió burlón, tal parece que vos se preocupa demasiado por este viejo lobo de mar, terminó. Pues se puede caer, ¿viene con la familia?, interrogué. Oh, sí, mi familia, ahí está, todos unos argentinos en la playa, ¿no son adorables mis nietos?, dijo y señaló con el bastón hacia el lugar donde se agolpaba la familia. Claro, se ve que es una familia muy bonita, expresé mientras pensaba en mis adentros la imprudencia que estaban cometiendo al dejarlo solo en la playa.

¿Quiere que lo lleve de regreso?, pregunté con un tono excelso de amabilidad y diplomacia. No, joven, muchas gracias, mire, me sentaré ahí, junto a vos, claro, si es que no le molesta, pronunció mientras sostenía su bastón con ambas manos. Lo pensé un par de segundos, era una irresponsabilidad sentarlo sin una silla, pero algo dentro de mí dijo que todo saldría bien. Bueno, está bien, déjeme ayudarlo, dije y me levanté para auxiliarlo.

Me sorprendió que se acomodara casi instantáneamente, ni un poco de rigidez en sus articulaciones, ni siquiera un gran esfuerzo para acomodarse. Acerqué mi mochila a su espalda y la acomodé a manera de respaldo.

¿Cómo se llama, joven?, preguntó el hombre mientras se quitaba el sombrero y clavaba su vista en el océano. El viento despeinó un poco su cabellera blanca. Me llamo, Miguel, contesté. Es todo un gusto, me llamo Jorge Luis, pero puede llamarme Jorge, respondió en su acento porteño. ¿Y qué lo trae a México?, pregunté curioso. ¡Oh! Esa es una gran pregunta, joven, desde hace meses que mi hijo quería viajar y quería celebrar nuestro aniversario de bodas; así que tiene unos amigos en la ciudad de Guadalajara y nos recomendaron venir acá. ¿Y usted?, qué lo trajo por acá, joven, inquirió sin girar la vista que estaba clavada en el horizonte.  Pues, digamos que decidí venir sin pensarlo mucho,  honestamente, no lo planeé, dije sincerándome.

El hombre tomó un puño de arena, lo elevó un poco y girando su palma, lo soltó. Una pequeña cascada oscura fue arrastrada por el viento.

Bien pudiera estar en otro lado, ¿no?, sentenció el viejo. Pues sí, pero realmente me gusta la playa, dije defendiendo mi postura. ¿Por qué le gusta la playa, joven?, preguntó curioso. Pues verá, Don Jorge, cada vez que viajo, la playa me hace sentir muy bien, respondí en tono de falso convencimiento. Sí, joven, eso es natural, pero, ¿por qué siempre debe ser la playa? Por qué no va, por ejemplo, a la ciudad, ahí hay más qué ver, ¿no es así?, terminó de decir con cierta lógica en sus palabras.

Reflexioné un momento, creo que no tenía una razón clara de por qué la playa era mi sitio favorito, muy bien podía estar en esos instantes en un café o recorriendo un convento. Después de unos segundos, me atreví a contestar. Creo que con la playa me siento, digamos, más cómodo, porque todo siempre es nuevo, el mar siempre está en movimiento, dije, convencido de la coherencia de mis palabras.

Vaya, pero parece que vos es un filósofo, le gusta complicarse la existencia, dijo y soltó una pequeña carcajada. Cuando tenía la edad de vos, quería comerme al mundo y creo que cometí una pavada, creí que el mundo era finito, terminó de pronunciar y señaló las olas. Escuchá cómo es de vasto el mar, qué infinito es, ¿no? Al final nuestro caminar es el recorrido de una gota en el inmenso océano, es irrepetible, por lo que no hay que perder el tiempo, dijo y golpeó la arena.

Guardé silencio. Estaba siendo instruido por un completo desconocido. Un hombre que había nacido a miles de kilómetros de aquí, en una cultura tan diferente a la mía, estaba diciendo palabras que cualquiera podría entender.

Quizá me distraje intentando conocer el infinito, cuando hay cosas más importantes que desafortunadamente son finitas, dijo Don Jorge y volvió a tomar un puño de arena. Desde que soy ciego, todo se ha vuelto una ironía, ahora, veo más claramente, sonrió mientras liberaba la arena al viento.

¡Pero qué poco perceptivo había sido! La vista del viejo no se había movido, ni su mirada había cambiado, entendí que era un hombre muy audaz para estar caminando por la playa con semejante tranquilidad. Pero luego comprendí que tenía todos sus sentidos puestos en ese instante, por lo que quien no había visto el entorno, había sido otro…

Verá, joven, antes, contemplaba, digamos, el atardecer. Era tan hermoso, pero ahora que no lo veo con mis ojos, lo sigo viendo y lo dibujo aún más hermoso en mi cabeza. Entonces, si vos no ve más allá de las cosas y se queda sólo en lo más cercano, ¿para qué le sirve su vista?, terminó y señaló al cielo.

Todo lo que me está diciendo Don Jorge, lleva suma verdad, pronuncié. Había recibido una cantidad de sabiduría tan grande en tan poco tiempo, que dijera lo que dijera, no iba a compararse con lo que el viejo estaba dictando. A veces, no veo de verdad el entorno, pero sabe, creo que viajar me ayuda a ver más allá, dije muy convencido.

El viejo soltó una carcajada. Su frente estaba llena de arrugas que se arquearon con las risas que profirió, sus párpados se cerraron fuertemente. Creo que no esperaba una respuesta así.

Ché, Miguel, muchas veces pensamos que dentro de nosotros sólo hay vacío, decimos que no hay nada importante. Pero son engaños. Créame, dentro de nosotros hay un sinfín de paisajes por descubrir y creo que ese, joven, es el viaje más difícil de todos. Aquellos que viajan hacia adentro, son unos valientes. ¿Por qué? Porque uno encuentra su verdad, y la verdad es terrible, terminó.

A lo lejos, una gaviota cayó en picada y se sumergió para conseguir alimento. Segundos después emergió con su recompensa entre su pico. Observé cómo saboreaba su triunfo.

Mire, Miguel,  si le dijera que usted puede estar en cualquier lugar, ¿qué me diría?, me preguntó desafiante. Le diría que tiene una imaginación muy poderosa, Don Jorge, contesté. ¿Acaso cree que viajar es un lujo? Si vos piensa así, se limita bastante. Para mí, simplemente es cuestión de cerrar mis ciegos ojos e inmediatamente estoy en donde quiero. Imaginar es parte de vivir, es aumentar la realidad en un parpadeo. En un instante estoy en mi casa en Buenos Aires, tomando un café con mi padre ya fallecido y conversamos de tantas cosas. De ahí, puedo viajar a la Plaza de San Pedro y escuchar misa o si se me antoja, puedo irme a la playa más hermosa del África, terminó y apuntó con su índice derecho su sien derecha.

El viejo extendió la mano para que le ayudara a levantarse. En un santiamén estaba de nuevo en pie. Sacudió sus pantalones, acomodó de nuevo el sombrero en su cabeza y tomó con fuerza su bastón. Siguió con la mirada fija en el horizonte.

Usted necesita viajar dentro de sí mismo, para encontrar la paz que le permitirá disfrutar de este viaje llamado vida, pronunció, mientras comenzaba a acercarse hacia la espuma de la mar. Baje a sus ríos a beber transparente agua, la verdad es clara y fría. Recorra sus templos y sus castillos, piérdase un rato en ellos, la soledad construye templanza. Hable con sus muertos, el amor que le darán es clara luz para el camino. Surque sus tormentosos mares, para que pueda dominar sus sentimientos. No tenga miedo a su noche, ahí también abundan las respuestas. Y de sus cielos estrellados, guíese por esa claridad nocturna, sonrió, enseñando una dentadura impecable.

Las olas cubrieron un poco más arriba del nivel de nuestros tobillos. El agua estaba tibia, deliciosa, la espuma y la arena acariciaron los dedos del viejo, quien más que feliz, parecía un niño extasiado.

Luminiscencia, dijo y por primera vez sus ojos color miel coincidieron con los míos, es el nombre de las cosas que emiten luz por sí mismas, terminó y sonrió aún más.

El oleaje chocando contra el risco fue el único sonido que cubrió la bahía turquesa. Parecía que el tiempo se hubiera detenido. Efectivamente, ese lugar nacía una y otra vez, estaba en movimiento perpetuo.

Y entonces, Don Jorge me pidió que lo guiara de nuevo a la orilla.

Cuídese, Miguel y extendió sus brazos dándome un abrazo. Usted también, Don Jorge, que Dios lo bendiga, terminé. Entonces, el viejo regresó al lugar con su familia,  blandía su bastón contra el viento marino, como si quisiera partirlo. El viento jugaba con su camisa blanca y la espuma intentaba a cada momento tocar sus pies.

Esa noche, junto a la ventana de mi cuarto, con los grandes transatlánticos de fondo y con la vista fija en el cielo nocturno, comprendí algo. El mayor viaje de mi vida había comenzado y no era a un lugar lejano, no. Había iniciado el recorrido más sorprendente y más increíble de todos: el viaje hacia mí mismo.

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