Huida. Autor: Calamanda Nevado Cerro

Siempre me gustó el autobús para recorrer los pueblos de Zaragoza y pasear por ella y sus avenidas comerciales en otoño. Caminar por el tubo como lo hacía con mis padres buscando un café y  recuerdos de infancia; saborear los menús del día y sus calles iluminadas inundadas de comercios y suave viento. Vivir la sensación de libertad del viernes y olvidarme del agobio que me produce la carretera cada día hasta llegar a mi trabajo  en la capital desde mi pueblecito de doscientos habitantes.
Me apetece disfrutar de este fin de semana. Desde mi asiento, con las manos en los bolsillos y un caramelo en la boca, contemplo el suelo mojado por las inesperadas lluvias y un horizonte infinito a lo lejos bañado por la oscura puesta de sol.
Voy a planificar mis salidas de tiempo libre al ritmo del motor. Lo primero. Pasearé junto al Pilar para observar  bajo sus puertas como oscurece en plaza La Seo, Paseo Echegaray y Caballero; sus contrastes modernos, sus vidrios y el clasicismo de sus monumentos romanos, musulmanes y judíos. Si puedo acercarme el sábado al museo no saldré ni para comer.
Lo conseguí, he llegado a Zaragoza. El entorno me cautiva y la cadencia que produce el autobús me hizo meditar, tanto como su pausada velocidad; parecía tener algún poder sobre mí el firme de la carretera. Resultó un viaje cómodo.
Este sábado y el domingo tapearé alrededor del Camón Aznar, ahí me pierdo en sus interesantes salas y la dedicada a Goya. He quedado con Pedro para más tarde. Nos telefonearemos según acabemos. Me figuro que estaré lista antes que él. Las reuniones de trabajo son eternas, dice.
Paseo apartando el agua desbordada de las baldosas. Esquivo los montones de granizo aterronados alrededor tras la tormenta. Esta me ha tenido atrapada hasta hace nada en el hotel. El asfalto lleno de raíces otoñales quiere hablarme. Cada una se remueve bajo mis pies y me susurra algo, como antes los árboles junto al rio. Esta tarde el fuerte ulular del viento y el granizo acompaña. Me gusta sentir las bolitas congeladas y el frío casi invernal a flor de piel.
Debe ser tarde, quizá las seis o las siete. Miro el reloj por costumbre, sabiendo que no funciona bien. Lo llevo desde “aquél día”. Y lo uso siempre, me lo regaló Pedro en la pedida de mano. Desde entonces no me lo quito de la muñeca. Ni siquiera porque su metal me de alergia. Ni tampoco porque se paró con aquel golpe defensivo cuando me intentaron violar en La Avenida San Ignacio de Loyola al anochecer. Ese día aquel canalla se limpió de la cara mis escupitajos.
Caminando y pensando la ciudad es más cercana; ahora me observa la inocente mirada de la Republicana. Sus puertas, dignas de anticuario, me abren los brazos en señal de bienvenida. Estoy cerca de las sillas del bar colocadas mirando de frente, no voy a evitar la tentación, he venido precisamente para ser tentada, tomo una, son cómodas.
Me apetece merendar. Aquí voy a esperar a Pedro. Durante un rato observaré a los clientes y después lo telefoneo. A pesar del murmullo no se está mal. Es acogedor y agradable como el café que sirven.
Parece que está sin batería o no escucha el teléfono. No tengo mucha prisa, pasearé por  la acera, delante de esta fachada que me atrae como un imán. Me emboban sus pilastras forradas de madera y cristal. Sus anuncios de licores y venta de vinos. Tiene las cristaleras tan amplias que desde fuera se repasan los detalles.
Me emocionan casi todos, muchos son recuerdos de mi niñez. El color de los mantelitos de cuadros de sus mesas me provoca risas. Cuantos domingos disfrutamos en casa de los abuelos mis primos y yo, y cuantos los manchamos de café y mermelada. “Se lavan bien, no preocuparse”, decía mi abuela. Y esas sillas que llamábamos “de peineta” desde que se casó las conserva en su habitación. Las cuida tanto que parecen nuevas, son marrones oscuro como estas y barnizadas igual.
Esos focos modernistas, apliques los llamamos y de globo ¡Tienen tanto encanto! Todavía hay alguno en el baño de los abuelos iluminando con luz indirecta el armarito de las toallas. La báscula del tendero es preciosa ¡Cuantos cuartos de kilo de azúcar, lentejas y garbanzos me despacharon de pequeña en una de esas los tenderos de mi pueblo en las tiendas de ultramarinos si me tocaba hacer los recados a mi madre a la salida del colegio! Y las botellas modernistas y esos frascos de golosinas. Las pizarras pequeñas, los tarros de mermelada, las maderas de sus preciosas estanterías con ese aire empolvado y familiar; todo me encanta.
No me dan ganas de salir de este pedazo de calle, de buen grado me volvía  a sentar en el interior    a tomar una infusión calentita rememorando recuerdos pasados. Rodeada de este ambiente familiar me siento fenomenal.
Pedro me cuenta que viene a menudo por aquí a disfrutar de su verbena de montaditos y de las tapas de migas con huevos. Buenas y baratas. Él es menos goloso que yo pero muy comilón, y algún que otro dulce se pide.
Es la mejor hora para pasear mientras lo localizo por el móvil. Un momento, ¡que es eso,  una sombra; me resulta familiar!
Me acercaré lentamente con sigilo, a ver si no me caigo, es difícil mantenerse derecha; floto entre el agua y el granizo.
Ese chaquetón azul marino me suena, miraré con disimulo a ver si puedo verlo mejor. Es el de papá claro, claro, está ahí parado junto a un banco de piedra y no sé si me ha visto. Lo esquivaré como pueda, no tengo intención de acercarme más. No dijo nada sobre este viaje. Lo último que esperaba era encontrármelo, me sorprende.
El ruido del caudal es de tanta agua que puede evitar que no oiga mi chapoteo aunque  esté cerca. No quiero destaparle la sorpresa. Querrá sorprendernos con algún regalo y no avisó que aprovecharía para venir este fin de semana. De cualquier manera no es muy normal. Está cerca ¿me habría reconocido?, ah, parece que se retira de algo oscuro, tirado o caído en el suelo. Desde aquí parece una sombra de gran tamaño. Tengo la impresión que intenta ocultarlo o taparlo con el pie.

A ver dónde estaba colocado, creo que  justo al lado del trozo del banco de piedra, ahí puede ser;  hay lo que sea.
Mirando más cerca descubriré algo, quizá esté por  entre la papelera y el banco. Vaya pues sí. Hay una bolsa grande, esa va a ser la sombra que toqueteaba con el pie.

¿Qué hago? Con la que cae no voy a eternizarme mirando. Además si empieza a pasar gente llamaría la atención. Tampoco merece la pena. Lo puedo remover un poco por encima con el zapato y lo veo y salgo de pira. Si está muy tapado paso. Qué miraba tan atento ¿Dando una patada fuerte al fardo se abrirá? Ya está, ¡se ha abierto!; lo tengo, es como a una flor carnívora gigante.
Asombroso, tiene brazos, piernas, y una cara vuelta hacia el suelo desparramada por este asfalto parduzco,  parece manchada de hierba. No puede ser, pero sí  se trata de un hombre enjuto de pequeña estatura y parece vestirse con el mismo tipo de traje que llevaba Pedro esta mañana. Este cuerpo sin vida me sobresalta.
Demasiado pelo, muchos huesos, poca estatura, y este olor de colonia tan familiar. No me sostienen las piernas, voy a caer redonda sobre el cadáver. Creo que está muerto, no se mueve. Puedo probar con otro zapatazo, a ver si le giro la cara de  una patada, ¡qué horror es su cara morada de frio! Es Pedro.
Su vida desfila ante mí y no me da pistas sobre él y su relación con mi padre; no tengo ni idea de porqué se encontraban en estos jardines y papá en Zaragoza, no sé si seré capaz de averiguarlo con lo asustadiza que soy.
Información sobre lo que les distanciaba o unía tengo poca. Madre mía. El cielo no está dispuesto a ayudar, dibuja culebrillas. El agua y este granizo van a tirarme al suelo. Llevan más fuerza que yo y que este banco mal atornillado.
La cabeza se me hace un torbellino. Esta luz desdibujada de la farola gira en su rostro y veo a Pedro más muerto aún. No contestaba al teléfono claro, ufff, me noto  la voz cada vez más hueca, con más miedo. Esto es para sentir pánico y sollozar. No puedo contemplar su cadáver; está muy  serio, y con ese color verdoso.
El cuerpo inerte de Pedro embarrado y mugroso no debe encontrar su lugar en el más allá, esto no es forma de morir, tirado en la calle como un perro. Las dudas me asaltan, estos borbotones de sangre de su boca dan un asco, y tanta lluvia rojiza estrellándose en su cara helada y ensangrentada va a mancharlo todo y llamar la atención.
Habrá tenido mucha agonía, claro, está muerto; es extraño. Casi no se le reconoce con ese rostro tan afilado por la muerte.
Estás ahí tirado en el suelo, encharcado por la sangre, la lluvia, el granizo, y la tierra de los jardines que baja mezclada de hierba y no lo puedo creer. No para de caerte esta gigantesca tormenta y no te mueves, estamos arrinconados; como no me sujete al banco ruedo por esa pendiente agrietada.
¡Parece  muy arrugada tu chaqueta! ¿Llevas algo en el bolsillo? Sí, sí. Aquí hay una hoja de papel de cuaderno, ¡todavía se puede leer!
Laura te espero en La Republicana tomando café con bizcochos alrededor de las siete. He estado allí, pero sola; más o menos a esa hora me senté en el bar y no por  tu nota ¿sospechabas que iría y pasaría después por aquí? No conseguí hablar contigo en toda la  tarde; comunicabas o la señal era de teléfono apagado. Dios mío es como si nunca hubieras estado en mi vida. Qué te ha pasado Pedro.
Estás muerto y no puedes hablar, ya  lo sé; con los ojos lo único que señalas es el cielo, y el tronco de este árbol  tronchado a tus pies. No había reparado en él, ¡está quemado por todas partes! ¿Quieres decirme que un rayo de la tormenta te ha caído encima,  y ha tirado este árbol sobre ti; te aplastó quemándote?
Claro, no  sería nada extraño este color azul que se te va poniendo si ha sido así, de todos modos no lo sé, no entiendo de agonías ni de muertos. Qué puedo pensar, Pedro no entiendo nada. Cómo sin acordarlo hemos pasado los tres por la misma plaza en una noche de tormenta.

Qué es ese calor, viene de ahí arriba y quema. Esta no es una tormenta cualquiera, tiene algo extraño. Huele a no sé qué, no sé cómo  a un olor parecido al azufre, o a pólvora. Después de una lluvia tan grande y con la que cae, lo normal sería oler a tierra mojada, a aire limpio.
¿No pasa gente por aquí? desde que estoy contigo, y hace rato que  dejó de llover, no he visto un alma. Ocurren cosas explicables no sé a cuento de qué.
Lo mejor es no alejarme y llamar a papá antes que sea más tarde. Enviará un servicio de ambulancia para acá. No va a dejarme sola en un momento así, Aunque estará como yo, hipnotizado. No doy crédito a lo que nos está ocurriendo, a ver si él cuenta algo más. Sabrá lo que le te ha pasado.
Papa no tiene el teléfono a mano o está sin batería. No contesta y van cinco llamadas seguidas. Con los mensajes tampoco hay suerte. Los cuatro últimos los ha recibido, a ver qué pasa; esperaré, aunque no estoy para muchas esperas.
Voy a probar con casa. -Mamá te llamo porque no sé si papa tiene el móvil apagado o se ha dejado en otra chaqueta, ¿sabes que está en Zaragoza?- Vaya, tampoco coge el mensaje, voy a intentarlo de nuevo y a ver qué pasa, se lo reenvío. No sé si destaparé una sorpresa u otra cosa.
Esto es un rollo, parece un mal sueño, estás a mi lado y no te mueves.  Me desespero, no sé qué hacer. No veo a nadie que pueda ayudarme, o a quien preguntar. Lo mejor es llamar directamente al mil doce, ellos te reconocerán y pueden atenderte, o mejor, llevarte al depósito.
Habrá que empezar a resolver alguna cosa, tengo que hacerlo ya. Estoy sola y el móvil me sirve de poco.
Se oye el ruido de una sirena que se acerca, menos mal que viene pronto,  qué desesperación. Y ahora que les cuento  si no sé qué te ocurrido cariño. No tengo ninguna explicación para esto, resultará increíble la forma en que te encontré. Voy a tener dificultades con mi declaración, lo sé,  quizá me consideren culpable; culpable de no sé qué, pero culpable.
Puede que papá quisiera ir contigo al bar imaginando que me encontraríais y me queríais sorprender. Él es muy de bromas. Tú menos. O quizás paseabais, os habéis guarecido de la lluvia en cualquier sitio y cuando ha arreciado la tormenta y soltado la descarga eléctrica os habéis asustado por la presencia de las culebrillas y os refugiasteis aquí debajo. Es muy posible que tú no hayas tenido  su misma suerte aunque venias a su lado. Puede que el rayo te pillase de lleno y mi padre se ha ido asustado  y ha salido corriendo para pedir ayuda; estará histérico por el susto escondido en cualquier sitio.
Mira Pedro no puedo hacer nada por ti, solo empeorar las cosas. Voy a parecer boba si cuento esto, y es que no sé otra cosa, ni siquiera porque te encontrabas aquí y mucho menos  si mi padre estaba a tu lado, no creerán que no me ha reconocido,  preguntarán por qué  no se paró a auxiliarte.
A estas horas no pasa nadie, no he visto un alma desde que me acerqué a ti en este rincón, creo que ni los autobuses ni los taxis se fijaron en nosotros. Lo mejor es dejarte, la sirena se oye muy cerca. Tienes el móvil en el bolsillo, la nota no, para que la quieres, me la llevare, más tarde la tiro. Dentro de unas horas me avisarán de tu muerte, prepararé la maleta; la deshice hace nada, y a ser fuerte y solucionar lo que valla surgiendo.

Imagino que tendrás tus cosas en el piso. Llamare mañana a los chicos para que me habrán y recojo las que pueda; no quiero ir con tu llave, ahora resultaría sospechosa de no sé qué. La policía siempre me encontrará sospechosa de algo. No falla, cuando no tienen idea de porque pasan las cosas los más allegados son sus máximos sospechosos.
Adiós Pedro cariño, lo siento; estoy muy asustada y triste, así no daría pie con bola en mi declaración, Volveré a la Republicana, tomare una tila bien cargada y después al hotel, a esperar que poco a poco los inspectores me vayan dando detalles de lo que te ha ocurrido esta tarde; y a  ver que cuentan tus compañeros del seguro que hicisteis a principios de temporada.    No sé cómo van a resolver la liquidación de  tu contrato;  sustituirte no va a serles sencillo, un  bombero torero tan  bueno como tú… Ya me dirán que habíais firmado. Eras único.

Adiós.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s