Ruta de las aldeas históricas. Autor: Antonio Tejedor García

Había oído hablar de Monsanto y de Almeida, dos poblaciones portuguesas cercanas a la frontera española en la zona norte, como ideales para una escapada corta. Una visita no intempestiva al amigo Google y me detalla la localización de las aldeas. Además,  me carga de razones para perdernos unos días entre castillos y bacalhau, entre vinho verde, cerveza y una amabilidad de vecinos. Me cuenta, también, que no son pueblos aislados, que existen unos cuantos más con características similares y que los portugueses –hartos de su enclaustramiento- por fin han decidido dar aire a su existencia y organizar esta ruta. Brillante, la idea. Un posible reguero de turistas y dinero para una zona en proceso de desahucio desde hace siglos y sin visos de cambio en el futuro. A no ser que esta ruta lo remedie.

El  título resulta suficientemente expresivo: ruta, aldeas, históricas. Kilómetros, pueblos –no ciudades- con una historia en sus espaldas. O en sus piedras. Que nadie desprecie su tamaño diminuto o su carácter labriego, que la esencia, en tarro pequeño, y la piedra bien conserva la virtud y los jamones. Y la belleza. Amén de la palabra amable y su ración de cortesía. Tomada la decisión, hay que echar mano del mapa y trazar un recorrido: doce aldeas son demasiadas para una estancia de tres o cuatro días. Como la experiencia y los años dicen que más vale ver poco y bien que mucho y con prisas, hubo que elegir lo que más se ajustaba al tiempo y la carretera en espera del acierto. ¿Resultado? Pasen y lean. Y el día que puedan, se acercan y comprueban mientras las pasean con calma.

Entramos en Portugal por Zamora y bajamos hasta la primera aldea, Castelo Rodrigo. Como casi todas, se sitúa en lo alto de un cerro y domina una planicie enorme hasta convertir la línea del horizonte en algo vago e indefinido. Atravesamos pequeñas llanuras, hondonadas, montañas viejas. En cualquier lugar, granito. En esta zona el granito gana por goleada. Entre piedra y piedra, restos de brezo de flor blanca que se agarra a la escasa tierra con uñas de desesperación y, donde puede, a pequeños trechos, algún soto de roble esmirriado. Da grima verlo, descolorido, exangüe.  Así y todo, todavía hay sitio para un huerto, un campo de trigo o una plantación de vides. Las viñas trepan por la ladera para arrancar a la tierra el zumo de la uva. Es la zona de producción del vinho verde, así llamado por hacerlo con uva apenas madurada. Es un vino blanco con abundante aguja, refrescante. Se vende bien y es exportado a varios países. La prueba de su triunfo es el cada día más elevado precio del mismo. Para un buen bacalao, el vinho verde resulta el complemento (maridaje, lo llaman los gourmets) ideal.

Castelo Rodrigo guarda el diseño medieval en su trazado y aún mantiene las murallas que le dan carácter e historia a la población y resaltan su importancia en aquella época de luchas fronterizas entre el reino de Portugal y el de León y Castilla.  El camarero del único bar hablaba de leyendas viejas para atribuir la fundación del pueblo a los vetones, sin hacer mención –voluntaria o no- de que los vestigios conocidos solo se alargan hasta el Medievo. Su importancia militar como parte de la línea defensiva del rio Coa se reduce al siglo XIII. A esta época pertenece la torre del homenaje y las murallas con  el arco que da entrada a la villa. Crisis en el siglo XIV y renacimiento posterior –llegó a ser condado- hasta su declive definitivo en el XVII.

Recorremos la aldea. Castelo Rodrigo nos ofrece la estampa curiosa de una iglesia con una torre cabezona, más grande que el templo, y otra torre cercana, la del reloj. En una de las calles aún se puede observar la cisterna a la que se accedía por una bella puerta ojival y en la que se recogía el agua de lluvia, hoy en día de color verde a causa del llamado pan de ranas. A su lado, una casa con una rueda de molino incrustada en la fachada. Si en Sevilla colocaban estas piedras para evitar el desgaste de la pared a causa del eje de los carruajes, en Castelo Rodrigo no se ha desvelado la razón. O el camarero la desconocía. No obstante, vale la pena una visita al bar-tienda. Por la panorámica, sobre todo.

A media tarde estamos en Almeida. Entramos por una de las puertas, de piedra, doble y en curva. Para hacerse idea de la anchura de la muralla. Además, el foso –más ancho aún- y una segunda muralla. El conjunto defensivo está construido en forma de doble hexágono, con 12 puntas y se conserva como levantado ayer, más allá de las manchas de verdín que el tiempo pega al granito. Contra toda norma, el pueblo se asienta en una pequeña meseta, no en lo alto de un monte y, de hecho, cuando llegas al pueblo por la carretera apenas se ven las murallas. Nunca he entendido de estrategia militar –ni entenderé- por lo que la defensa de esta ciudad me deja en el limbo de la incredulidad e impide que vaya más allá de este pensamiento. Me contaron que fue tomada por los franceses en la guerra de Independencia, aunque la razón se debiera más a la suerte –más apropiado sería hablar de desgracia- en forma de explosión de unos barriles de pólvora que transportaban los soldados y sobre los que cayó un proyectil francés. La cadena de  detonaciones se llevó por delante a 500 defensores de la ciudad e incluso a unos cuantos atacantes franceses bajo la lluvia de pedruscos. Cuando se levantó la humareda, Almeida había desaparecido.

El pueblo, a esas horas de la tarde, languidece como alma en pena. Aún no ha anochecido y ya están retirando las sillas y mesas de los escasos bares. Las calles, huérfanas de gente. Y de ánimo. Sobrecoge un tanto, el silencio imprevisto. Parece como si hubieran tocado la corneta de la retirada y soldados y turistas se hubieran recluido en sus respectivos cuarteles. Luego supe que no había soldados, se los llevaron cuando el papel del pueblo como vigilante y defensor de fronteras se hizo humo. Ni apenas restaurantes donde cenar, que es lo peor. Nos recomendaron, no obstante, que nos acercáramos hasta la vecina localidad de Malpartida, donde hay un par de ellos en la plaza. Bendita sugerencia: el bacalhau de la casa, exquisito. Y abundante. Yo, que en este tema me tengo por valiente, no pude acabarlo. Un postre de la casa –muy bueno- y vino verde en un jarro (los bebí mejores). Menos de 15 euros, creo recordar. Con esto, otro dato: en Portugal no mantienen nuestra afición de salir a cenar y se recogen pronto. Recordatorio para despistados: horario de comidas europeo. Lo de tomar la última copa, mejor lo aplazáis.

A la mañana siguiente, el pueblo había cambiado de color, parecía otro. Por las calles paseaba gente, las terrazas se ofrecían para el café y hasta preparaban un mercado de Pascua con todo tipo de objetos viejos en desuso y algo típico que llevarse al cuerpo en forma de panes, dulces, miel, queso… Por cierto, el queijo de ovelha, riquísimo. Casero, sin apenas curación y a pesar de ello, un sabor de altura. Altamente recomendable.

-Queso de mis ovejas –me dijo en castellano.

-Pues no tienen mala leche –bromeé

Agostinho fue de los que pasó la época álgida de la construcción en España. Valladolid, Burgos, Madrid… cualquier lugar donde encontraran trabajo como encofradores. Cada fin de semana se metían mil kilómetros entre pecho y espalda para pasar unas horas en el pueblo. Con la llegada de la crisis tiró de ahorros, compró unas ovejas y olvidó los andamios. Bendita crisis, dice. Pero no a todos les fue igual, que la suerte es un tanto ciega a la hora de repartirse y encuentra más calor en unos bolsillos que en otros.

Un paseo por las murallas y el foso –inevitable en Almeida- y por el suelo adoquinado del resto de la población. Un pueblo distinto al visto la tarde anterior. Parece mentira cómo influye el ánimo y el ambiente para ver diferentes colores y percibir sensaciones distintas ante los mismos objetos. ¿Los ojos no son los mismos? Veo una chimenea más grande que la casa, como si procediera de una fábrica de tejas y me extraña. Y una poesía escrita, ¡cómo no!, en un libro de granito.

Seguimos adelante, las calles vacías de coches. En algunas viviendas –disiento de sus criterios estéticos- se han empeñado en dejar a la vista solo los encuadres de ventanas y puertas, cubriendo el resto del lienzo con una capa de cal. Donde esté la piedra desnuda….

 

Unos kilómetros más abajo está Castelo Mendo. Otra aldea histórica en lo alto de un cerro, a modo de nido de águilas. La rodea un paisaje agreste que enturbia la importancia que tuvo en su día, en la Edad Media, cuando primaban las características defensivas. Sancho II mandó edificar el recinto amurallado, le otorgó la carta foral y creó la feria franca que impulsó su desarrollo económico. Si hoy día levantara la cabeza lamentaría haber despertado para contemplar el desequilibrio entre lo que creó y lo que ve. Aunque el declive viene de lejos, de cuando firmaron el tratado de Alcañices y las fronteras dejaron de ser puntos de fricción. Todas las aldeas de la ruta que recorrimos sufrieron el mismo problema, todas pasaron de ser puntos estratégicos al olvido. Del pasado glorioso solo les queda el apellido de históricas.

Nos recibe una muralla y un arco de entrada con dos verracos celtas a modo de guardianes de la aldea. Castelo Mendo mantiene el trazado de las calles y plazas, en la que no falta el pelourinho o picota, uno de los más altos de la zona. “Todos los caminos vienen a acabar al pelourinho”, cuentan por allí. Es un fuste o columna de granito rematada por un capitel en forma de jaula y que funciona como símbolo judicial y administrativo y de alguna manera venía a medir la importancia del lugar. Data del siglo XVI. Hoy en día es, como decimos, una aldea mínima, que apenas cuenta con un centenar de habitantes. Un paraíso para aislarse del mundo, eso sí. Subes en dirección al castillo entre fachadas de piedra. La vivienda se localiza en la parte superior, a la que se accede a través de una escalera. En la parte inferior dejaban las cuadras para guardar el ganado, lo que de alguna manera también le servía de calefacción durante el invierno, como hacían los celtas en las pallozas gallegas. Hay un niño jugando en la plaza, frente a la iglesia matriz. En lo más alto, el castillo y otra iglesia y, ambos, en la ruina. Del castillo apenas quedan unos lienzos entre las hierbas y un arco que debió de servir de entrada al mismo. De la iglesia, románica con algunos elementos desacostumbrados en tal estilo, ha volado el techo. Una lástima, porque es pequeña, pero coqueta y abierta a una panorámica de excepción. Cuando volvemos a bajar, recorremos la muralla, impresionante en esta zona. El lugar no da para mucho más y nos vamos a comer a Belmonte, que aquí no hay posibilidad alguna.

Belmonte (monte bello o monte de guerra –belli- cualquiera puede ser su origen) también trepa por la montaña como medio de defensa. O porque les encantaba el paisaje y nada mejor que la altura para contemplarlo, vaya usted a saber. De paso, si venía el enemigo, lo descubrían con facilidad. Belmonte fue lugar de acogida para los judíos que los Reyes Católicos expulsaron de España, aunque a los portugueses no les debió de agradar demasiado la visita porque otro rey, Manuel I, también les enseñó el camino de salida cuatro años después, aunque no todos marcharon. La fama de Belmonte se debe, sobre todo, a su hijo más ilustre, Pedro Álvarez Cabral, navegante y explorador y culpable de que los brasileños hablen portugués. Como es lógico, el pueblo está sembrado con su nombre y el recuerdo de su hazaña (castillo, estatua, feria medieval, museo dos descobrimentos, escudo con las dos cabras…) Lo interesante de Belmonte se sitúa alrededor del castillo, las calles cercanas, la zona de la antigua judería (aún sigue siendo importante la presencia judía. Yo les habría pedido una mayor consideración estética y de respeto al entorno al construir su sede). En la parte más alta, a la sombra del castillo están radicadas las iglesias, con especial énfasis para la de Santiago. Siempre están abiertas. Para los adictos a las mismas -entre los que me incluyo-, han resultado demasiado repetitivas a lo largo de la ruta. Sus características son similares tanto en el aspecto exterior como en el interior (con alguna grata excepción). Para los forofos de las columnas salomónicas envueltas en hojas y zarcillos –en este apartado no me incluyo- hay ración para dar y vender. No hay retablo sin ellas.

A unos metros, el castillo, que por sí solo merecería una visita. Conserva la torre del homenaje y una joya forjada en granito, la ventana en estilo manuelino que luce en mitad del lienzo del castillo. Espectacular.

De normal no hago hincapié en los hoteles donde pernoctamos, pero en esta ocasión no puedo por menos de dar cuenta de la Altitude House, un pequeño hotel muy cercano al castillo. Una habitación grande y cómoda, una atención de amigo y un desayuno que no mejoran muchos hoteles de 4 estrellas. Os lo recomiendo.

 

Sortelha es, posiblemente, la aldea más hermosa de la ruta. Dista una media hora de Belmonte por una carretera que constituye todo un desafío para despistados: a la menor distracción, te estampas contra cualquiera de los árboles que adornan ambas cunetas. La imagen crea un túnel verde donde lo bucólico se confunde con lo peligroso y obliga a conducir con prudencia en un país donde esta palabra aún tiene problemas de asociación con el volante. Aunque ya no es lo que era, por fortuna.

Sortelha aparece detrás de unas montañas, encerrada en el circo de murallas que la protege y defiende y, a su vez, defendía con las demás la frontera entre lusos y castellanos. Pudimos llegar con el coche hasta la misma entrada (no era día festivo) y recorrer las calles empedradas con la tranquilidad y la calma requeridas para saborear tan preciado lugar. Las casas zigzaguean por la falda de la montaña y el castillo se yergue, orgulloso, a su izquierda. En la plaza, el consabido pelourinho. Hay que caminar con mucho cuidado sobre las murallas del castillo, anchas, pero sin asideros en algunos tramos. Las vistas son un espectáculo que sería pecado perderse. Una delicia, el paseo por las calles empinadas.  Al final, la torre campanario y un bar para descansar con la panorámica del castillo enfrente y una cerveza algo más próxima. Pido una Sagres y el vecino de mesa pone cara de espanto y hace unas muecas que cualquiera confundiría con el preludio de un ataque epiléptico. Pero, no; levanta su Superbock y la señala con énfasis como la buena, la que toman los hinchas del Porto y del Sporting. La Sagres solo la beben los engreídos del Benfica y para él, su mera presencia es suficiente para un corte de digestión. Sin comentarios.

Lo dejamos con su segunda Superbock y damos un paseo por las murallas. Desde allí, el valle, verde y envuelto en la neblina del atardecer. Sortelha, una postal para un sueño. Es de esos lugares de los que te vas porque no queda otro remedio; pero a la vez, prometiéndote a ti mismo que volverás. Y lo haré.

Tiene el problema de la mayoría de las aldeas, la infraestructura turística deja mucho que desear. Aquí había un par de bares, aunque lo de cenar debe ser una actividad restrictiva que solo se hace en casa y a escondidas, pues los portugueses (en esta zona al menos) no parecen muy propensos a facilitar lugar y alimento. Una lástima. Y lo del bar, entiéndase como un lugar donde tomar una cerveza (miren primero de qué equipo son los aficionados), que el vino verde lo sirven por botellas (si lo hay) y lo de acompañar la bebida con una tapa entra en el género de lo exótico o desconocido (parece mentira, con lo cerca que viven de nosotros). A pesar de los pesares, no dejéis de ir: es una maravilla vestida de granito y pintada de medieval.

 

La ruta hacia Idanha a Velha es un poco liosa y por carreteras estrechas. Y cuando digo estrechas, recen para que no venga nadie de frente.  Está, como Almeida, situada en el llano y como ella, rodeada de murallas. Unas murallas que imponen; no por la altura, sino por su belleza. No hay más que verlas. Con los romanos era Civitas Igaedinorum; con los visigodos, Egitania, y en el Medievo, tras la conquista a los árabes, el rey la puso en manos de los templarios. Con los visigodos fue sede episcopal y construyeron una catedral sobre una antigua iglesia paleocristiana de la que pueden verse algunas ruinas. De los templarios conservan la gran torre defensiva al lado de la muralla. Idanha, historia y leyenda. Hoy, noventa habitantes. El pelourinho de la plaza nos recuerda que su historia no es un cuento chino. O portugués. No es que Idanha-a-Velha merezca un canto de gesta al estilo de Os Luisiadas, pero no deja de sorprender su pasado.

Como tampoco sorprenden sus chimeneas. Para ser objetivos, ni en Idanha ni en ninguna otra aldea histórica. Porque en este país las chimeneas son la expresión popular de un arte que cada cual ofrece a la comunidad, una demostración de que la estética no está reñida con las carencias de un pueblo pequeño y una clara muestra de que el talento no es exclusivo del arquitecto o del pintor. Del artista cotizado. No conozco otro país donde el diseño y acabado de las chimeneas llame tanto la atención del viajero. Las hay de todos los tamaños y materiales, formas, adornos, estética. ¡Ahí queda eso!, parecen decir.

Hora de la comida. Sería la última de nuestra estancia en tierras portuguesas (de momento). ¿Me resistiría a hacerla sin un buen plato de bacalhau delante? Uno me dijo que hay 365 formas distintas de elaborarlo, una para cada día. Pero, por lo que he visto –y confirmó un cocinero-, se había quedado corto. Cada restaurante tiene su especialidad de la casa. Y hay muchos. Que en un país donde el bacalao más cercano nada a miles de kilómetros se convierta en plato nacional, es para poner cara de sorpresa. Todo por un acuerdo de pesca que firmaron los reyes de Portugal e Inglaterra a mediados del siglo XIV para que los pescadores de Lisboa y Oporto capturaran dicho pez en las costas inglesas. Los portugueses llevaban la sal y así pudo el bacalao aguantar la larga travesía sin problemas. Además, era barato, accesible para toda la población y los comerciantes lo incentivaban como sustituto de la carne en tiempos de abstinencia. En Nochebuena, la cena tradicional o Consoada de Natal es el bacalao servido con repollo y patata cocida (durante años fue sinónimo de pobreza). Ahora ha dejado de serlo.

Llegamos a Monsanto. Con problemas, que había un acto religioso y estaba cortada la carretera. Además, arriba no existe aparcamiento para coches (hay uno donde da la vuelta el autobús con capacidad para media docena, colocándolos muy juntos). Por tanto, a pie. De haber subido en autobús nos hubiéramos ahorrado treinta minutos de caminata. Hasta lo más alto del castillo contad con una hora más: hay que tener en cuenta que se sube de paseo, contemplando las casas, las piedras, alguna cerveza. Hay 3 ó 4 bares, uno de ellos, en una plazoleta lateral, subiendo a la derecha (hay que buscarla)  Es la fotografía más buscada de Monsanto, con la puerta del bar bajo una gigantesca piedra. Porque este pequeño pueblo, inconquistable, imagino, es eso: piedras. Cualquiera diría que, aquí, los dioses jugaban al fútbol con balones de granito. Aunque alguno cayera al llano tenían repuesto, no necesitaban ir a buscarlos. También pudiera pensarse que el mito de Sísifo, aquel a quien castigaron los dioses a subir una piedra a la montaña, está ubicado en Monsanto y no en Grecia o en el Hades. La leyenda contaba que cuando había alcanzado la cima, la piedra volvía a deslizarse por la pendiente y Sísifo se veía obligado a empujarla de nuevo. Así hasta la eternidad. Pero creo que las piedras no caían, que el castigo consistía en limpiar la llanura de ellas y dejarlas en la ladera de la montaña. Subió todas las del mundo, al parecer.

Las dejó de cualquier manera, diseminadas al buen tuntún y los hombres aprovecharon los huecos entre unas y otras para hacer sus viviendas sin necesidad de construir paredes. O muy pocas. Viviendas frescas en verano, aunque en invierno no quiero pensarlo. Casas originales, no cabe duda. Si radicaran unos kilómetros más acá, en este lado de la frontera, cada una sería un bar o un chiringuito. Y podríamos tomar un cubata al fresco con aquella belleza de paisaje al frente mientras suena suave un piano o un saxo te pone los pelos de punta. Pudimos –con suerte- cenar una pizza en el único restaurante. Lástima lo de la música, no pudo ser. Quedaba, eso sí, el silencio de la calle, del pueblo. Apenas algún turista perdido y cabreado de hambre y sed. Tenéis que cuidar estos detalles, amigos portugueses. Y sustituir el bacalhau por la pizza.

Con anterioridad habíamos recorrido todo el pueblo, subido hasta el castillo (espectacular el patio de armas), recorrido las murallas, visitado las iglesias destechadas, fotografiado cada rincón. Casi todos, que los tiene por millones y cada cual más hermoso. O más insólito. Una sorpresa tras cada esquina. Salimos por las calles laterales en busca de plazoletas de lo más coqueto, de bolas gigantes en equilibrio imposible o sosteniendo viviendas o escondiendo antiguos huertos y corrales. Por allí había lisboetas que huían de la ciudad con el anhelo de la paz y la tranquilidad de un pueblo que cuando se vacía de turistas por fuerza ha de pertenecer al territorio del ensueño. Porque parece irreal. O quizás lo sea y yo lo he soñado.

Si entran en Portugal por Plasencia y Coria, en Cáceres, a lo mejor ustedes también lo sueñan. Luego tuerzan a la derecha, suban en el mapa y hagan el viaje en sentido inverso a este que les he contado. No se arrepentirán. Da igual que sean del Benfica o del Porto. O de ninguno de los dos.

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