Jartum. Autor: Martin

Jartum

8 de enero 1899. 7 AM

La chalupa desembarca a su pasajero en una fría mañana con viento de poniente y mar agitado. Las farolas de gas están encendidas. Arrebujado en su abrigo, un tanto desmañado, el joven camina despacio, morral militar al hombro y con una visible cojera que hace más dificultosa su marcha. Decidido, cruza Grand Casamates y, sin parar para recobrar el aliento, enfila por Main Street hacia arriba. A la altura de Saint Mary The Crowned sus ojos buscan el portal un poco más adelante, cerca de la oficina de correos. Allí se detiene. Ha llegado. Es su casa.
Minutos después, el joven está sentado en el salón. Un fuego arde en la chimenea, tiene una copa de brandy en la mano y su mirada recorre la estancia, una biblioteca bien provista: cientos de tomos encuadernados en viejo cuero, el retrato de bodas de Lady Beatriz Alvear (su madre, fallecida de fiebres a los 25 años, cuando él tenía tres, casada con un oficial del regimiento de Artillería de Warwickshire, muerto poco después en el paso de Khyber en una emboscada pashtun) y un aparador de pino sobre el que destaca un cuadro que enmarca un único objeto: la Cruz Victoria. Con una inscripción. For bravery.
El joven contempla la medalla con desgana. Fue ganada por su abuelo, Francis Brennan, en 1859, en Gwailor, durante el Motín de los cipayos. Entonces, abre el morral, saca un y libro y lee

Diario de Ismael Brennan
12 de septiembre 1893.

Hoy he llegado a Sandhurst. Me han admitido en Caballería, junto a otros 150 cadetes. Me espera un año de prácticas militares tras unos estudios mediocres en Eton. La tradición familiar se impone, a mi pesar. Cambio el griego y el latín por los partidos de polo, las comodidades de mi casa por las duchas frías, el miserable rancho del ejército y una vida de penalidades a la mayor gloria de Inglaterra. Abandono mis ambiciones literarias. Creía que mi destino iba a estar en una guarnición de la India pero se escuchan vientos de guerra en África. Desde la muerte de Gordon en 1885 la prensa no hace más que alentar al Gobierno para que recupere el Sudán. Pero el III Marqués de Salisbury se niega y la reina, duda.

29 noviembre 1893

Poco más de dos meses y ya estoy harto. Ayer me pillaron en mis lecturas de Wordsworth, Byron y Keats y soy objeto de burlas y escarnios. Las peleas a puñetazos y las borracheras proliferan. También las salidas a los clubs de alterne. He conocido a Winnie, un tipo arrogante descendiente del duque de Marlborough que odia que le llamen así. Como yo, es un lector voraz y tampoco parece muy interesado en el ejército. Aquí es imposible hacer amigos.

15 mayo 1894

Me he graduado el número 47 entre los 150 cadetes. Quedo a la espera de destino

26 junio 1894

Salgo para Lahore como segundo teniente de caballería

15 agosto 1894

Esto es peor de lo que suponía. El calor es sofocante, supera los 40 grados al mediodía y apenas refresca por la noche. El río Ravi es un hervidero de mosquitos. La guarnición sale poco del fuerte. En un mes vendrán las lluvias del monzón, pero la espera se hace interminable. Hoy he empezado con las traducciones al inglés de poesía de mi lengua materna.
The dark swallows will return
to your balcony to hang their nests

19 enero 1898

Cambio de destino. Dejo la India. Por fin. Hay vía libre a la guerra en el Sudán. Embarcamos para Adén y luego hacia Port Said. Estoy asignado al 21 de Lanceros. Veré el Nilo y las pirámides. El ferrocarril del desierto está listo. Inglaterra se prepara para una nueva guerra. Será el fin del califa Abdullah, el sucesor del Mahdi, y su imperio derviche.

2 marzo 1898.

Hoy hemos llegado a Wadi Halfa, en la frontera con el Sudán. Nos ha recibido una luna lechosa, un río color de tierra y con olor a estiércol. Más allá de la línea de agua, nada, una tierra rojiza y plana, arena y desolación hasta confundirse con el horizonte. Todo es miseria, casuchas de adobe y galpones militares. Somos el ejército del sirdar Kitchener, unas pocas decenas de oficiales británicos entre más de 20.000 egipcios y sudaneses. Hay poco que hacer mientras se concentran las tropas. Vuelvo a mis traducciones
and, once again, with a wing to its glass
playing, they’ll call

4 abril 1898

El 21 de lanceros se ha completado: 440 jinetes con los últimos escuadrones venidos directamente de Inglaterra. Con gran sorpresa he descubierto que Winnie está al mando de uno. Nos hemos abrazado como viejos amigos. Cuando yo le llamo Winnie él me llama “Medio inglés.” Sigue siendo un lector voraz y ya no odia a los clásicos. Presume de poder recitar los primeros cien versos de El paraíso perdido, de Milton. Tuvo que interceder ante el mayor Wood para que le dejaran alistarse. Está decidido a escribir crónicas de campaña para el “Morning Post”, a quince libres la columna. Otra amoralidad más de los nobles

6 de junio 1898.

Nos ponemos en marcha. Nos esperan 50.000 derviches armados con espadas, lanzas y unos pocos miles de anticuados rifles Remington. Será una carnicería ante nuestras ametralladoras Maxim y los modernos Lee Metford, capaces de disparar 60 balas por minuto. Hoy ha venido el sirdar a arengarnos. Ordenó que tocaran las gaitas del batallón del décimo de highlanders mientras un grito salía de nuestras filas: ¡Remember Gordon!

31 de agosto 1898

Con nuestros prismáticos podemos ver la cúpula parda de la tumba del Mahdi y las almenadas murallas defensivas de Omdurman. El coronel Rowland Martin, nuestro jefe del 21 de Lanceros, despacha con el sirdar Kitchener. Se oyen tiros dispersos. La orden es descansar hasta que caiga la noche. El campamento guarda silencio. Se reparte tabaco y whiski, el combustible que mueve al soldado inglés a dominar al mundo.
Winnie y yo hablamos como siempre, de literatura. “Escucha”, le digo: “Si mañana morimos no habrá quien diga por nosotros como los romanos: “A los dioses de las sombras envío este alma”. “Ni se hablará de ti como de Keats, quien escribía su nombre sobre el agua, poeta”, me responde Winnie.
Winnie tiene el hombro dislocado. Si mañana tenemos que cargar no podrá empuñar el sable y tendrá que abrirse paso a tiros de pistola de su vieja mauser. No parece preocupado. Los aristócratas nunca muestran sus sentimientos.
Cae la noche, el frío es intenso. Escribo arrebujado en mi capote a la luz de la luna. Los hombres dormitan y crepitan las hogueras. Empieza a llover abundantemente y del suelo sube el penetrante aroma a tierra mojada que nos envuelve como un recuerdo de otros paisajes. Los centinelas velan y el Nilo fluye más allá de Omdurman, como hace miles de años. Si mañana muero, que la tierra me sea leve.

Extractos de crónicas del Morning Post Agosto y Septiembre 1898

“Antes del primero de septiembre, el 21 de Lanceros nunca había entrado en combate y estaba sediento de gloria. La diana sonó a las cuatro y media con el redoble de tambores y el sonido de pífanos y trompetas. Los hombres tiritan. Casi nadie ha dormido. Limpiamos nuestras carabinas, desayunamos gachas, galletas duras y carne en lata y salimos en tareas de reconocimiento hacia el lado occidental del campo de batalla, por la llanura de Kerrari”.
“Enfrente nuestro teníamos al último ejército medieval: 40.000, quizás 50.000 guerreros con espadas de doble hoja, dagas, jabalinas, lanzas y escudos de cuero. Muchos iban descalzos, cientos portaban estandartes de colores vivos. Oíamos su cántico una y otra vez, un inmenso rugido como el rumor del viento y el mar: La ilaha ilaa llah. No hay más Dios que Alá”.

“Enseguida nos topamos con una partida de fuzzy-wuzzy, unos 300 hombres a la altura de la colina de Sugham. Empezaron a dispararnos. El teniente De Montmorency, al mando del escuadrón B, se dirigió al coronel: ¿Por qué rayos no cargamos contra estos cabrones antes de que acaben con nosotros? Instantes después, el coronel ordenó al corneta, el sargento Knight, alinearse a la derecha. Nos ordenó cargar a la antigua usanza, sable en mano. 440 orgullosos jinetes primero al paso, luego al trote y finalmente, adelante, adelante, ¡a galope tendido!”.
“De repente, en plena carga, a 50 metros de nuestro objetivo, apareció una depresión similar a un camino que se hubiera hundido. En su interior se amontonaban tres mil derviches que emergieron de su escondite por sorpresa.Todos los lanceros nos dimos cuenta en ese momento que habíamos caído en una trampa. Segundos más tarde, los 440 lanceros nos empotramos contra la línea derviche”.
“No recuerdo sonido alguno. Toda la acción pareció transcurrir en el más absoluto de los silencios: los alaridos del enemigo, los gritos de los soldados, el choque de las espadas y las lanzas, los cuerpos traspasados por el acero, la sangre derramada cubriendo el suelo, pasaron desapercibidos para mis sentidos y no fueron registrados por mi cerebro. Sólo alcanzo a ver una fugaz sensación de confusión. El teniente Brennan fue de los primeros en caer, alcanzado por un lanzazo en un costado y un tiro en la rodilla mientras rodaba de su caballo”.
“A los dos minutos del choque todos los que habíamos quedado con vida, salimos de la masa derviche por el impulso de nuestros caballos enloquecidos, presa del pánico. Pero en esos dos minutos cinco oficiales, 71 hombres y 119 caballos resultaron muertos. Esta es la verdadera y literal narración de la carga de nuestro paseo por el valle de la muerte”.
….
“Horas después terminó la batalla de Omdurman, la tumba del Mahdi fue destruida, su cadáver profanado y tirado al río en la mayor victoria de toda la historia de la ciencia sobre los bárbaros. El objetivo se ha cumplido y las banderas de Inglaterra y Egipto ondean sin rival en la confluencia del Nilo”.

Diario de Ismael Brennan

Septiembre 1898

Hospital de Campaña de Suakin. Escribo en una barca hospital. Apenas recuerdo nada de la batalla. Ruidos inconexos retumban en mi cabeza y oigo un rumor de gaitas a lo lejos, tocando primero Scotland the Brave y más tarde Amazing Grace mientras el dolor me invade y siento hundirme en la negrura. Despierto aturdido y con el cuerpo exhausto. Los ojos me lloran y no consigo desprenderme del sabor a tierra en mi boca. Los médicos que me atienden me aseguran que he perdido muchas sangre, que tengo dos heridas graves, pero que viviré. Saldré río abajo hacia El Cairo en la siguiente expedición que transporte heridos. He salvado la pierna de la gangrena pero arrastraré una cojera el resto de mi vida. Tendré que licenciarme del ejército y reemprender una vida de civil . En Alejandría pasaré una larga convalecencia y luego cogeré el primer barco para Europa.

8 de enero de 1899 7 AM

La chalupa desembarca a su pasajero en una fría mañana con viento de poniente y mar agitado. Las farolas de gas están encendidas. Arrebujado en su abrigo, un tanto desmañado, el joven camina despacio, morral militar al hombro y con una visible cojera que hace más dificultosa su marcha. Decidido, cruza Grand Casamates y, sin parar para recobrar el aliento, enfila por Main Street hacia arriba. A la altura de Saint Mary The Crowned sus ojos buscan el portal un poco más adelante, cerca de la oficina de Correos. Allí se detiene. Ha llegado. Es su casa.
Ismael Brennan deja el libro que está leyendo y lo vuelve a meter en el morral. Saca otro mucho más viejo y desgastado, lo abre al azar y lee. “Volverán las oscuras golondrinas, en tu balcón los nidos a colgar”. Sonríe levemente, busca un lugar preciso en la biblioteca y coloca el libro en su estante, mientras deja que su mente regrese a la confluencia del Nilo blanco con el azul, desde entonces un único río que fluye y fluye hacia el mar.

Epílogo: La carga del 21 de lanceros en Omdurman fue la última de la historia del ejército británico. La Reina Victoria concedió por actos de valor en la misma tres cruces Victoria. Los sucesos están narrados en el libro “La guerra del río”, de Winston Churchill, quien con 23 años y el rango de teniente mandó uno de los pelotones que participó en la carga. Churchill recibió el premio Nobel de Literatura en 1955. Fue dos veces primer ministro del Reino Unido. Ismael Brennan murió de septicemia en 1901. Está enterrado en el cementerio civil de Gibraltar. Nunca volvió a ver el Nilo.

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