Transitando recuerdos. Autor: Néstor Quadri

En la madurez de su vida de escritor y ya bastante enfermo, había decidido volver a su pueblo natal de Córdoba en Argentina, para rememorar todo aquello que abandonó repentinamente en su juventud. Se había ido de allí con su pluma corrompida a países lejanos, lleno de ansias de grandeza, dinero y amores fáciles, sin importarme para nada todo aquello que tenía a su lado. En aquel pasado, había conocido a mucha gente de ese pueblo, pero algunos ahora ya no estaban y otros habían envejecido como él. A veces, sólo la mirada o un gesto lograban hacerle recordar quienes eran, como sin duda también les pasaría a ellos.

En ese atardecer partió desde la habitación de la hostería de aquel pueblo donde estaba residiendo. Quería inspirarse a fin de componer unos poemas que pintaran la belleza de todos esos paisajes y que abarcaran los recuerdos de su juventud. Para ello, había decidido recorrer caminando por los alrededores y su cámara de fotos sería nada más y nada menos que sus ojos y su mente, enmarcados en todas esas nostalgias que sentía en su alma.

Transitó por las calles de ese pueblo cordobés rodeado de cerros en esa agradable primavera. Mientras el sol acariciaba el follaje de los árboles, el dulce olor de sus flores cubrían las amplias veredas. Estaba seguro que el tiempo que destinaría en la tarde a ese paseo no era tiempo, sino sólo una excusa para disfrutar de esa hermosa naturaleza, rememorando parte de su juventud. Tomó entonces por una estrecha calle de piedras que lo conducía hacia la salida del pueblo. A un lado, la parte trasera de algunos edificios, abrían su mirada al paisaje del cerro. Al otro lado, había un talud natural de roca, que contenía el avance de la tierra. En un pequeño espacio, florecía un oasis de azaleas y en otro, un frondoso árbol amenazaba con cubrirlo todo.

Se desvió de ese trayecto tomando por un camino lateral que lo llevaba al cementerio. A su vera, crecían innumerables rosas, que todo lo inundaban con su fragancia. Al llegar allí después de tanto tiempo, se sentía muy emocionado. Los muros de piedra del recinto y las escaleras, le parecían tan tristes y silenciosas como en aquellos tiempos. Todo estaba igual, las flores sobre las lápidas y los cipreses entre las tumbas. En ese lugar descansaban sus padres y también la mujer que había amado y que abandonó, buscando con el delirio de un poseído, escapar de su pueblo hacia nuevos horizontes lejanos.

En esos momentos de recogimiento, trataba de recuperar una infinidad de sensaciones invisibles que incansablemente le rondaban. Quería reproducir en su memoria, las situaciones y las circunstancias felices relacionadas con su pasado. Ellas estaban sumergidas en una indefinida dimensión de tiempo, lejos de las limitadas fronteras de lo material.

Al salir del cementerio, volvió a percibir en su plenitud, el aroma de las rosas que circundaban el camino, como retornándolo nuevamente a este mundo. Luego de caminar un rato, apareció tras una curva aquel arroyo esplendoroso sobre el cual estaba ese viejo puente pintado de gris. Decidió no atravesarlo y continuar a su vera. Allí, muchos años atrás siendo un niño había jugado muy feliz, y en los días de lluvia, muchas veces había buscado ranas entre las hierbas anegadas.

Luego, divisó y se adentró en un sendero de tierra que tanto conocía. Unos metros más adelante, encontró a un costado y cubierta por malezas aquella fuente natural, donde el agua aún manaba entre las piedras. En ese lugar la había conocido y le hicieron recordar aquellas palabras de amor, las mismas que le causaron tantas sensaciones dichosas en su juventud. Ese sendero parecía perderse en el verde de las plantas y circundaba algunas huertas, cercadas con alambres tejidos. Al transitarlo, fue observando como lentamente el camino empezaba a elevarse, serpenteando hacia los montes del cerro.

Luego de un agotador ascenso ya estaba a bastante altura. Frente a él tenía ese imponente cerro y más abajo se veía el valle envuelto en empinadas quebradas. En tanto, la luz del sol que caía en el atardecer le provocaban imágenes que embelezaban su vista, originando tonalidades cambiantes en las rocas, que estaban enmarcadas en esos bellos paisajes de la naturaleza.

Decidió entonces bajar por una cuesta muy empinada y trató de no ser arrastrado por la pendiente. Al llegar al final bastante agitado, respiró más tranquilo y se dirigió por otro camino de tierra que corría paralelo a un arroyo. Luego de un trecho, vio a lo lejos a una parejita muy joven sentada en el césped. Estaban  al lado de un tupido grupo de árboles de un gran camping emplazado junto a un recodo del arroyo, que él conocía muy bien.

Estaban muy juntos y seguramente esperaban que anocheciera. En un segundo tan largo como una eternidad, pudo volver a sentir la pasión de aquellos encuentros con ella, donde el sol se dejaba querer mientras acariciaba sus rizados cabellos rubios, como preludio del éxtasis ya próximo. Esos recuerdos, donde los árboles suspiraban y ese arroyo cristalino se deslizaba cantando entre las orillas, estaban ahora ya muy lejos en el tiempo.

Y recordó aquel día que bajo el decorado de esos árboles, se sentían en la tenue oscuridad como flotando en el deseo. Esa noche, en un lugar olvidado entre las penumbras, habían tenido sobre el pasto una relación pasional que él jamás en su vida podría olvidar, porque para los dos, había sido la primera vez.

El camino descendía hacia aquel hermoso lugar de casitas de piedras de su juventud y al final, se alzaba su casa ahora abandonada. Y al llegar allí,  remontándose hacia aquel pasado, mágicamente pudo verlo todo. Se encontraba sentado en la mesa familiar preparada por su madre, donde cenaban rodeados de alegría. Entre los rumores de las sillas sobre el piso de baldosas y los cubiertos en los platos, le parecía oír las risas de sus padres, que aún permanecían en su memoria. Eran los tiempos de felicidad en aquella casa, a través de las cuales ahora por sus ventanas, únicamente la soledad penetraba en sus habitaciones derruidas.

Se quedó largo rato allí, gozando de aquel encuentro y después, tomó la senda que lo conducía hacia la escuelita. Se quedó un rato observando sus verjas donde había trepado tantas veces de pequeño. Ahora, tan altas y tupidas con ligustros, eran casi imposibles de escalar. Frente a ella, aparecía la pequeña plazoleta con su fuente surtidora de agua y se inclinó para beber con la misma ansiedad como cuando era niño. Se sentó en uno de los bancos a descansar, donde podía ver como revoloteaban las mariposas en un mar de flores, mientras sentía el olor de la hierba y el perfume de las lavandas, que su madre ponía entre la ropa blanca.

Repentinamente, la brisa le trajo unos murmullos que al principio le parecieron demasiado lejanos y que no se desplazaban. Sin embargo, poco a poco esos murmullos estuvieron cada vez más cerca en sus recuerdos y se fueron haciendo gritos. Y entonces disfrutó, viéndose a lo lejos en el tiempo, acompañado por esos alegres niños, que entre las piedras, jugaban, correteaban y gritaban. Pero aquellos juegos de su infancia ya se habían ido de su vida, como se van las noches con sus sueños.

Luego de estar allí bastante tiempo decidió regresar y bajando una pequeña cuesta, el sendero principal lo conducía directamente al pueblo. Luego en un remanso, sintió nuevamente la necesidad de detenerse, como forma de contemplar y disfrutar con más tranquilidad de todo ese panorama, de una hermosura sin igual. Después de un rato, se quedó ensimismado mirando aquella magnifica puesta de sol bajo el límpido cielo azul, que presagiaba una bellísima noche estrellada. Mientras el sol se ponía en el ocaso, observó extasiado como brillaba como una burbuja rojiza y como más allá de ese horizonte distante, iba cayendo ante sus ojos en una lenta  agonía.

Al ingresar nuevamente al pueblo ya en el anochecer, después de todo ese caminar, estaba bastante fatigado y el corazón le latía intensamente. Algunos conocidos lo observaban. Seguramente se habrían extrañado de verlo andar por entre los cerros, tomando por esos caminos tan solitarios. Pero ellos no sabían que quería recordar aquellos tiempos de felicidad. Ya no tenía ambiciones espurias y ahora, en la madurez, sólo pretendía plasmar en la poesía, esa melodía que fuera parte de su juventud.

Se sentó luego en su habitación frente a su pequeña mesa dispuesto a gestar su obra,  mientras trataba de calmar ese dolor que tenía en el pecho, gustando del  placer de una copa de licor. Quería llenar ese espacio final de su vida y para ello, simplemente sentía la necesidad de escribir esa poesía inspirado en cada detalle de cómo la veía en su interior. Y esa noche, gozo como nunca, expresando en versos las emociones que le generó toda esa hermosura de la naturaleza, enmarcada en sus recuerdos. Se encontraba en el paraíso, pintando esos paisajes, senderos y cerros cordobeses inalterables, cuyas imágenes ya estaban grabadas en su corazón, rodeados de pureza y amor.

Era ya muy tarde, pero la noche no atormentaba al escritor, porque estaba completamente sumido en aquella inspiración. Mientras sorbía y sentía el gusto amargo con un dejo dulzón del licor, el corazón en el pecho le palpitaba. Al fin, luego de concluir las últimas estrofas, pasó toda la poesía en limpio. Al leerla detenidamente, pudo percibir emociones desconocidas que dominaban su alma, porque sentía como que se había reivindicado ante los ojos del mundo. Ya no era dueño de si mismo y esa puntada en el pecho trataba de arrastrarlo con ansias hacia ese inmenso universo nuevo que se abría ante él. Entonces, cuando le estalló el corazón, sintió como que si ese reloj sombrío, que había medido indiferente aquellas horas insulsas de su vida, se hubiese detenido de felicidad para siempre.

Como al otro día en la hostería no contestaba las llamadas de la mucama en su habitación para efectuar la limpieza diaria, decidieron ingresar con la llave de servicio. Al entrar, aquella lúgubre habitación del escritor aun estaba en penumbras, al menos no había entrado aquella nueva luz que en el día de ayer le había inspirado. Allí encontraron su cuerpo sin vida, apoyado en la mesa sobre las hojas manuscritas de ese poema magistral. Y al difundirse por los medios algunos días después, los críticos literarios quedaron completamente sorprendidos ante la belleza de ese poema, frente a toda esa mediocridad publicada durante la vida del escritor.

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