La isla volcán. Autor: Rubén Suárez Carballo

Desde Arrecife seguí la ruta en coche hacia Yaiza y me interné en Timanfaya. A partir de aquí, la carretera se camufla con el suelo y sus líneas blancas parecen un brochazo continuado que va de pueblo en pueblo para pintar todas sus casas. Hacia el cielo, el paisaje se eleva con matices anaranjados creando un desierto que embauca la mirada en una extraña belleza. Parece que la vida no existe en este lugar o se esconde con mucha timidez desde hace siglos. El demonio de la entrada al Parque da la bienvenida como el símbolo más ligado al fuego y una taquilla con barrera como el elemento más representativo al turista. Aunque las señales de prohibición advierten que uno no puede moverse libremente por este lugar, creo que es la propia naturaleza del sitio quien impide pensar en cualquier paseo cómodo, al menos para todos aquellos que se adentran con atuendo genuino de guiri. Aparqué mi coche y un guía enseguida me da un aviso.

– Suba a aquel autobús – señala con el brazo extendido. En cinco minutos hace el último recorrido .

Una pequeña flota de autobuses se encarga de meternos de lleno en este paraje lunar, haciendo un trayecto que serpentea entre las rocas de lava solidificada, casi rayando la carrocería en algunos puntos y sin opciones a bajarse de el, lo que significa pelearte con los cristales de las ventanas evitando que una foto salga con reflejos. Para vivir un itinerario sintiendo el viento en la cara está la alternativa del camello, símbolo de Yaiza y negocio de algunos, o senderos abiertos en otros puntos que se internan en un espacio similar. Una voz en off repite en cada viaje como se creó este lugar tan yerto como impresionante a través del relato de su párroco allá por el año 1730.

“En l° de Septiembre entre nueve y diez de la noche la tierra se abrió de pronto cerca de Timanfaya a dos leguas de Yaiza. En la primera noche una enorme montaña se elevó del seno de la tierra y del ápice se escapaban llamas que continuaron ardiendo durante diez y nueve días…”

Llegué a Lanzarote disfrutando del trabajo por las mañanas y disponiendo de tiempo para mí a partir de las tres de la tarde. Una isla te encierra pero sentí que un coche me daba la libertad disfrutando de cada kilómetro, viajando solo, pensando, hilvanando este cuento entre algunas notas y fotografías. Olvidándome de la comida porque me parecía perder demasiado tiempo sin dedicárselo a la isla volcán, así que decidía compensar las dos chocolatinas de las tres de la tarde con mejores cenas.
Lanzarote se recorre como turista, con el bañador y la crema de sol; al menos eso es lo que parece porque el mío, en esta ocasión, volvió tan seco como entró en la maleta. Lanzarote se recorre visitando todos los puntos pintorescos, que son todos. A los que se llega sin tarifa y a los que se accede con tributo pagando la entrada al interior de la tierra de fuego, maravillarte con la Cueva de los Verdes, escuchar su historia y saber que su topónimo viene de la familia que lo descubrió y no de un color casi ausente. La Caverna es un tubo volcánico, un esófago que vomitó al océano la última lava del “Volcán La Corona”, dejando además en su trayecto otro edén donde lo artificial convive con lo natural en “Los Jameos del Agua”, uno de los espectáculos arquitectónicos de Cesar Manrique.

Y si el tubo nace en El Volcán La Corona nada puede ser más interesante que alcanzar la cumbre de la caldera que alimentó un espectáculo tan dantesco. Así que me fui allí al día siguiente, a ascenderlo. Un volcán es un volcán aunque no tenga la altitud andina del Chimborazo, el Cotopaxi u otro que signifique acometer una escalada en sí. Los 609 metros de La Corona suponen la segunda elevación más importante de la isla y quizá por su aspecto modesto y no de alta montaña, se parece más a la idea Verniana del profesor Lindenbrock buscando la puerta a un viaje al centro de la tierra. Desde el punto más alto de su cráter se divisa buena parte de la isla y se percibe en el propio cuerpo que el viento es también uno de los símbolos isleños. No dudé en descender hasta el fondo de su embudo, entre resbalones de grava volcánica y un tapiz rojo de plantas y algunos arbustos que dan vida a esta infernal boca.
El Mirador del Río está en frente, otra obra de Manrique que aprovechó unas antiguas baterías de cañones para darle arte a un enclave militar. Estaba cerrado. No me importó cuando el verdadero espectáculo estaba en el propio acantilado, en la pequeña isla de La Graciosa y en un atardecer tan intenso que erizaban los sentimientos y las ganas de llorar de emoción. La noche me cogió en uno de los pueblos del reducido interior que puede tener una isla como esta. Haría es la bruja que dibujan sus luces y se ve en la noche desde el mirador. Su carretera de montaña me dio una idea diferente a todo lo que había visto y pensé que con todo ese contraste sería uno de los sitios donde podría vivir.
Salir hacia El Golfo fue otro encuentro con la naturaleza más que con el contacto humano. Las Salinas de Janubio, que como un bloc de cuadros, escriben un entorno peculiar donde parece que un bolígrafo de cuatro colores derramó su tinta por todos ellos, por sus playas negras y sus acantilados como el azabache o sí, claro que sí, como la lava de un volcán que finaliza su recorrido. El Golfo es bohemio, nostálgico, mirando a América. Paseé, fotografié y me fui de un bar porque nadie me atendía. En Los Hervideros, el azote del mar en la roca no me impresionó cuando uno lleva en la retina el envite del océano en A Costa da Morte, pero su encanto está quizá en que su paisaje tan oxidado como una señal de tráfico, me recordó de alguna manera la película de Mad Max.

Las rectas hacia Playa Blanca, en un lugar tan pequeño, me trasladaron a otras interminables por las que conduje en Albacete, aunque aquí la diferencia está en el mar, en ese mar que relaja e impone. Aquí la playa hace honor a su nombre. Es el pueblo del turista que busca esa arena fina. No me gustó, bajé a pasear su calle principal y no encontré más esencia que la del consumo y un pueblo construido para la casa de verano con todo lujo de urbanización. Al día siguiente cogía un avión por la tarde y no me quería ir con esa imagen de la isla así que el coche me devolvió algo de libertad y fui de nuevo desde Arrecife siguiendo la ruta a Yaiza. Me quedé en la puerta, viendo un paisaje de roca negra, al lado del diablo de Timanfaya.

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