Vivir en las islas Galápagos nunca fue fácil. Autor: Alicia Ortego Martinez

Trece islas grandes conforman este archipiélago que durante varios siglos resultó ser una incógnita, y antes, invisibles.

De las treces islas grandes, pues hay que descontar los peñascos aislados plantados en medio del mar, sólo cinco están habitadas.

Santa Cruz es la isla donde se concentra la mitad de la población galapaguina. San Cristóbal es la segunda en cantidad de gente. Isabela la tercera, pese a ser la isla más grande, Floreana retiene a un puñado de gente y Baltra es el peñasco donde se ubica uno de los dos aeropuertos internacionales del archipiélago.

Hoy en día, siendo Parque Nacional la mayor parte del territorio, vivir allí es una cuestión de equilibrio.

Por eso la mayoría de las personas con las que hablamos nos cuentan que todo está muy regulado. La ganadería, la posibilidad de tener mascotas (perros, gatos), cualquier comercio.  Hay un listado de productos que no pueden entrar, y otro de comportamiento en el medio. Cualquier tipo de empresa o actividad ha de pasar por la aprobación de la Dirección del Parque Nacional, y el resultado es que buena parte de las familias galapagueñas han cambiado sus actividades tradicionales, como la pesca, por el turismo.

Sin embargo el turismo es sensible a cualquier acontecimiento, incluso aunque sea por ignorancia, como en otras partes del mundo. Si hay un terremoto o inundaciones en el continente (Ecuador), las reservas en los cruceros y alojamientos de las islas se reducen drásticamente.

Toda esta rectitud, este celo conservador, proviene, cómo no, de la historia humana en Galápagos. Una invasión en toda regla, cargada de destrucción.

Hace un tiempo los arqueólogos encontraron en varias islas restos de cerámica precolombina. Se daba así cuerpo a la leyenda que cuenta que aventureros de esa época llegaron a las costas de Galápagos en grandes balsas impulsadas por el viento, arrastrados por corrientes marinas. ¿Conseguirían volver aquéllos navegantes involuntarios a su casa? ¿Sobrevivirían a las duras condiciones de unas islas llenas de volcanes en actividad, con escasas fuentes de agua potable y una vegetación más propia de la Luna?

En el siglo XV Fray Tomás de Berlanga, natural de Soria, escribió a los reyes de España. Daba cuenta del hallazgo de unas islas llenas de lobos marinos, tortugas e iguanas. Llegó hasta aquí porque las corrientes arrastraron su buque hacia el Oeste, cuando se dirigía a Lima para mediar en las disputas entre Pizarro y Diego Almagro. Las islas Galápagos entraron así en la Historia que todos conocemos, formando parte del saco de descubrimientos de la época.

Berlanga, ya que estaba allí, bautizó a las islas con su nombre actual: Galápagos. No se comió mucho la cabeza, pues fueron las tortugas quienes le inspiraron. Las había a miles.

En el siglo XVII los piratas campaban por allí en lo que sería un refugio perfecto para descansar y repartirse las riquezas robadas. La verdad es que las playas de coral triturado, blanquísimo, rotas por las rocas volcánicas y el verde intenso de la vegetación, son el perfecto escenario para cualquier mente que recuerde las novelas y relatos de aquellos bucaneros.

En el siglo XIX los balleneros tomaron el testigo a los piratas. Se inició la explotación de tortugas gigantes, de las que se apreciaba su carne y el aceite extraído de su grasa. También se cazaban ballenas, cómo no, y lobos (marinos) de dos pelos. Con ellos llegaron los colonos, incluyendo a un buen puñado de noruegos. Familias que intentaban buscar su propio Dorado siendo pioneros. Les acompañaban plantas y animales extraños.  Especies ajenas que alterarían sin remedio el frágil ecosistema. Los locos emprendedores (había que serlo para irse hasta ese punto del Pacífico) iniciaron algunas industrias, pero acabaron fracasando sin remedio. La Naturaleza se imponía aun con la potencia destructora del ser humano.

En la primera mitad de ese siglo fue cuando Charles Darwin, a bordo del Beagle, visitó las islas durante unas seis semanas. Él viajaba como geólogo, pero no dejó de observar el resto de elementos naturales. Tomó nota, diseccionó y disecó un montón de especies diferentes, y se las trajo a su Inglaterra natal como el muchacho entusiasta que era entonces. Fue después, en frío, cuando desarrolló su teoría… y mucho después cuando la publicó, urgido por una posible competencia que amenazaba con quitarle la originalidad de la misma. Todo mucho más mundano de lo que pensamos, pero importantísimo para la comprensión de la vida en nuestro planeta y la superación de un buen puñado de supercherías acerca del origen de la vida.

El caso es que por esa época la vida natural de Galápagos corría serio peligro de extinción gracias al ser humano. Así que de aquellos lodos, estos barros, o como se diga.

En pleno siglo XXI, si quieres abrir un negocio en las islas Galápagos, búscate un socio de allí. Lo dicen las leyes. Después de unas décadas en las que sus habitantes corrían peligro de verse apartados de una vida digna, decidieron protegerles. Como al territorio.

El turismo ha capitalizado la mayor parte de las actividades con ánimo de lucro… ¿Es un intercambio “justo”? No lo sabemos aún, pero a medida que el Parque Nacional se hacía realidad, las cuotas y permisos de pesca se fueron reduciendo. Lo mismo ocurrió con las explotaciones ganaderas y agrícolas. Se necesitaba una salida, y esta era la más razonable.

En el interior de la isla de Santa Cruz está el pueblo de Santa Rosa, que las granjas son monográficas, por decirlo de alguna manera. Las de vacas, sólo tienen vacas. Las de gallinas, sólo gallinas. No hay cerdos.

Los árboles de guayaba colonizaron irremediablemente buena parte de Santa Cruz y de Isabela, cargándose otras especies endémicas. Fue necesario controlar la población de cabras y perros salvajes, que crecieron descontroladamente después de que los antiguos colonos abandonaran sus asentamientos. Los retos a los que enfrentarse siguen siendo muchos, pues, y volver a encontrar el equilibrio de antaño es una tarea de gigantes.

En Galápagos la gente camina a paso tranquilo y es de pronta sonrisa. A lo mejor es el clima. O puede que tenga que ver con que en una isla tiene poco sentido correr, pues el horizonte es finito. Puede ser que les guste recibir a los “pasajeritos”, como llaman a los turistas, y así no sentirse tan aislados del resto del mundo.

El caso es que si quieres conversación, la encontrarás. Te preguntarán por qué viajas sola, si estás casada y tienes hijos, en qué trabajas, cuál es tu itinerario en las islas, por qué decidiste ir allí. Y a nada que preguntes te contarán su historia. Suele merecer la pena, aunque sólo sea por lo bonito que hablan.

Mientras escucho su hablar cadencioso, pienso en cómo debe de ser realmente vivir allí. En las islas Galápagos no hay cines, sí algún videoclub, y por supuesto televisión que emite noticias, el programa del presidente, y culebrones. Hay alguna cancha de deporte, y algún centro cultural donde hacen teatro amateur. Poco más. ¿Tendrán más o menos tiempo libre que en el continente? ¿echarán en falta muchas cosas?

Parece que sólo queda llevar una vida centrada en los quehaceres del día a día, y curiosear en las historias de los pasajeritos además de las de los vecinos. Queda echarse la siesta si hay tiempo, y un día libre a la semana para ir a la playa, organizar una barbacoa con los amigos, o visitar a los familiares de las islas vecinas. También queda disfrutar de la naturaleza salvaje, con baños en la playa o paseos por las zonas que están fuera del Parque.

Por supuesto, hay que trabajar. En la agencia de excursiones, o en el kiosko que todas las noches planta las mesas y sillas en la calzada junto a los demás, para atender a los clientes locales y foráneos. Llevando y trayendo pasajeritos de isla en isla, o de playa en playa. Pensándolo bien, con el turismo no debe de haber casi tiempo libre porque los que están de vacaciones y los viajeros no entienden de lunes y domingos, y su actividad se extiende de la mañana a la noche.

Vivir en las Islas Galápagos de manera sencilla, humilde, con las dificultades logísticas que conlleva pero con la tranquilidad de un lugar que se despierta con el sonido de los leones marinos alternándose con los gallos, no es tan mal plan. Sólo diferente al de una gran ciudad, país y continente.

Según íbamos descubriendo una y otra isla, un pensamiento me vino a la mente. Las tres islas con más población muestran diferentes tempos de desarrollo. Su propia Evolución.

Santa Cruz es la isla más desarrollada, la que más gente recibe y donde más recursos hay. Un hospital, varios cajeros automáticos, mayor número de hoteles, restaurantes y tiendas de souvenirs. Más farmacias. Más tráfico e incluso transporte público.

San Cristóbal va unos pasos por detrás. Hay un cajero automático, una comisaría de policía, algunos hoteles, restaurantes y tiendas de souvenirs. Tiene aeropuerto, igual que Santa Cruz, pero el trasiego de pasajeros es mucho menor. Podríamos decir la mitad, a ojo de buen cubero. En el puerto se acumula algo de basura y suciedad. Hay barcos abandonados que parece se van a quedar ahí hasta que se desintegren, tirando al mar poco a poco toda su carga de herrumbre, pintura, y lo que sea que aún contengan. La sensación general es que está bastante descuidado y no es muy coherente con la condición de espacio protegido del resto de la isla.

Isabela es la más joven, apartada y con menos gente. Incluso cobran una entrada para acceder a la isla. Hay algunos restaurantes, no recuerdo haber visto cajeros automáticos ni bancos siquiera. Las tiendas están diseminadas en el pueblo y son pequeñas panaderías y supermercados.  Ese pueblecito, Puerto Villamil es su nombre, aún luce calles de arena, pero ya se están pavimentando.

Hasta hace una década se tenían que emplear unas ocho horas de viaje en barco desde la isla de Santa Cruz. Eso cambió con las “fibras”, lanchas motoras que recorren la misma distancia en dos horas y media. Cerca del actual muelle aún está el barco que hacía el recorrido antiguo. Inclinado sobre tierra seca. Varado. Comido por la herrumbre.

En el año 2008 Isabela comenzó a recibir turismo. Y con él empezó la transformación. Muchas familias de Puerto Villamil empezaron a acondicionar y construir casas para albergar a los forasteros. Otros abrieron restaurantitos, y agencias de buceo, snorkel y excursiones a los volcanes de la isla.

Con todos esos negocios llegaron las necesarias lavadoras, neveras, y otros equipamientos como televisores y aparatos de aire acondicionado. También módems para conectarse a internet. Un salto al vacío tecnológico, a los smartphones omnipresentes, en una década escasa. En una isla que no tenía luz eléctrica.

En Isabela la cuestión de la luz eléctrica se resolvió con generadores de gasóleo, una tecnología altamente contaminante que hace fruncir el ceño cuando nos lo cuentan. Pero justo ahora se está poniendo en marcha un proyecto de energía solar que pretende autoabastecer a la isla de energía limpia. No puedes evitar pensar que ojalá se den la misma prisa que en potenciar el turismo.

Igual que todo lo anterior, en estos nueve años Puerto Villamil ha visto cómo la “población” de vehículos crecía. Motocicletas, pick ups y chivas, un vehículo abierto por ambos lados que parece de chiste (como su nombre).

Todos estos cambios tecnológicos es lo que ha hecho que las calles de Puerto Villamil se estén pavimentando. Los vehículos rodados levantan mucho polvo en las calles arenosas, y éste se mete en el sistema respiratorio de la gente, especialmente de los niños. También se mete en los aparatajes tecnológicos (esas lavadoras, neveras, aires acondicionados que tanto agradeces), y los estropea. La ecuación está clara. Se siente por los románticos, pero si te empeñas en el progreso, lo haces bien o no lo haces. Ellos dicen que están asfaltando las calles, pero en realidad han escogido un bonito diseño a base de piedra que me recuerda al de las islas griegas.

Con todo, Puerto Villamil sigue siendo un lugar que se despereza con el olor a pan y bizcochos recién hechos en las dos o tres panaderías que guardan sus calles, y que cualquiera te indica amablemente. Un lugar humilde que en las horas centrales del día se vacía porque todos huyen del inclemente sol, pero que no impide que encuentres ayuda pues siempre habrá alguien sentado en un banco a la sombra, dispuesto a prestártela.  Es el típico lugar en el que sientes que podrías aislarte del mundanal ruido durante un tiempo y pensar que la vida podría ser mucho más fácil de lo que nos empeñamos.

Así que vivir en las Islas Galápagos nunca fue fácil, pero como en todas partes puedes elegir entre un mayor o menor grado de comodidad, romanticismo, tranquilidad, o todo lo contrario. Y como todo en la vida, puedes ver el lado más amable y quedarte en él, o no.

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