De Regreso a Casa. Autor: Mercedes Garcia Vazquez

Mañana del domingo 11 de febrero de 1951. Estación central de ferrocarril “Juan Domingo Perón”, ciudad de Buenos Aires, Argentina.

En el andén está Dolores, una señora de más de cuarenta años, bajita, algo gruesa, con una expresión dulce y bondadosa en su hermoso rostro. A su lado la hija, una adolescente de 14 años, alta, esbelta, de cabellos claros y ondulados, ojos oscuros de mirada inteligente, labios gruesos que se abren fácilmente en una sonrisa que le ilumina el rostro; piel blanca, suave, tersa y una figura bien proporcionada que promete en un futuro cercano un hermoso cuerpo de mujer. Regresa a su patria después de haber vivido más de tres años en Buenos Aires.

Están rodeadas por un grupo de familiares que les obsequian frutas y dulces para el viaje y les repiten un sinfín de recomendaciones. Su equipaje lo componen dos maletas no muy grandes que llevan consigo y un baúl que va en la sección de carga. Besos, abrazos, llanto, promesas de escribirse y la esperanza de volver a encontrarse algún día no lejano. Un silbato anuncia la salida y madre e hija se apresuran a despedirse de los demás.

Al fin suben las dos al tren, que pitando y rugiendo se aleja por la vía. En el andén quedan los que eran entonces sus familiares más cercanos, sobre todo tres de sus primas que eran como hermanas. Siendo hija única, Margarita las quiere tanto que siente un dolor profundo cuando piensa que probablemente no las volverá a ver.

Deben viajar dos días en tren, atravesando la cordillera de Los Andes para llegar a Valparaíso, donde abordarán un barco que las llevará a La Habana. Allí las esperará el papá de la joven, José María, quien las había dejado 2 años antes, al amparo de los hermanos de Dolores. Habían viajado a la Argentina con la expectativa de lograr una mejoría económica, pero su padre no se adaptó a la vida allí, además de que el clima no le era favorable. Extrañaba enormemente a Cuba, que había llegado a convertirse en una segunda patria y después de un año había regresado a La Habana.

Madre e hija lloraron largamente después de que el tren abandonó la estación. Se sienten asustadas, pensando en ese viaje largo, desconocido, incierto. Viajan en tercera clase, en un espacio pequeño, aunque a los ojos infantiles de Margarita el vagón parece enorme. Los asientos son duros e incómodos y tienen delante una mesita alta. Durante horas viajan contemplando el paisaje: pueblos, sembrados de trigo, viñedos y después la infinita pampa argentina con sus inmensos rebaños de reses y ovejas que se mueven sobre pastos muy verdes.

Margarita, conversadora incansable, le habla todo el tiempo a su madre, que escucha en silencio, todavía dejando escapar alguna que otra lágrima por el recuerdo reciente de la despedida. Más que comentar lo que ven en su recorrido, intenta calmar la visible angustia en los ojos de Dolores. Le muestra asombrada las pequeñas casas aisladas que encuentran a su paso y ambas se preguntan cómo pueden vivir aquellas familias tan solas, lejos de pueblos y ciudades.

El paisaje es hermoso e impresionante. No muy lejos, se eleva la cordillera de Los Andes, majestuosa, con sus caminos serpenteando entre los cerros y sus picos cubiertos de nieve. Durante el transcurso de ese primer día comen las frutas, galletas y golosinas que les habían regalado los parientes y pasan la noche apretándose para tratar de aliviar el frío intenso, unas veces poniendo los brazos cruzados sobre la mesita para usarlos como almohadas y otras envolviéndose en los abrigos, tratando de acomodarse lo mejor posible para dormir porque sus pasajes baratos, por supuesto, no incluyen camas. . El lunes por la mañana sienten hambre. La muchacha le dice a su madre:

– Mamá, ve tú al comedor, yo voy después, ahora no tengo hambre y además, recuerda que no podemos dejar las maletas solas.

Cuando Dolores regresó comentó que el desayuno le había costado muy caro. Margarita dijo rápidamente que no tenía hambre y no quería desayunar. La madre insistió, pero ella mantuvo firmemente su negativa.

Al rato pasó un empleado solicitando ver los pasaportes y avisando que pronto llegarían a la frontera con Chile y tendrían que cambiar de tren para uno de vía estrecha en el que cruzarían la cordillera. ¡Cambiar de tren! ¡Eso no lo sabían! Al poco rato la locomotora se detuvo chirriando sus enormes ruedas metálicas contra los raíles y dejando escapar sus aullidos que anunciaban la llegada. Ellas descendieron cargando sus dos maletas y alguien les indicó que fueran al andén desde donde continuarían viaje después de los trámites de rigor.

Vino un funcionario de Inmigración que les pidió los documentos y les dijo que abrieran las maletas para revisarlas, esas maletas que ellas habían llenado minuciosamente hasta el límite de su capacidad. El hombre revisó los documentos, les entregó dos boletos para subir al tren y sacó el contenido del equipaje, dejando todo desordenado en el piso. Cuando terminó les dijo:

─ Ya pueden cerrar las maletas y subir al tren─ y se alejó rápidamente para repetir su función con otros pasajeros.

El contenido de las valijas había quedado esparcido de tal forma que costaba trabajo creer que todo volvería a caber dentro de ellas. Fueron doblando y guardando la ropa y otros utensilios. Efectivamente, las cosas no cabían y una de las maletas no cerraba. En ese momento se escuchó un silbato prolongado, que se repetía una y otra vez. Un hombre halaba una especie de cable que hacía sonar el silbato para anunciar la salida inmediata del tren. Dolores comenzó a llorar, abrazó a su hija y le dijo desesperada:

─ ¡Ay, nenita ¿qué vamos a hacer ahora? la maleta no cierra y el tren se nos va a ir!

Podría pensarse que no había razón para tanta angustia. La solución parecería simple: dejar las cosas que no cupieran y subir al tren. Para ellas eso no era posible, ya que casi todo lo que poseían estaba allí y no podían darse el lujo de perder nada. Margarita se separó un poco de su madre y le habló con seguridad:

─ ¡Mamá, quédate aquí tranquila y no te preocupes, el tren no se va a ir sin nosotras!

Soltándose de los brazos de Dolores, la jovencita se alejó rápidamente, dirigiéndose al hombre que tocaba el silbato. Se le paró delante y lo sujetó suave, pero firmemente por el brazo al tiempo que le dijo:

─ Por favor, señor, pare de tocar el silbato.
─ ¿Qué dices, niña?, tengo que hacerlo, ¿no ves que estoy avisando que va a salir el tren?
─ Por eso mismo, señor, el tren no puede salir. Mire, mi mamá está llorando porque la maleta no cierra y no podemos subir al tren.

El hombre dejó de tocar el silbato y miró a la adolescente. Descubrió entonces tal expresión de angustia en aquellos ojos negros que lo miraban fijamente con una mezcla de súplica y autoridad, que el hombre empezó a caminar hacia la mujer diciendo con voz áspera: “A ver, ¿qué pasa con esa maleta?”.
Al llegar junto a Dolores, le dijo a la muchacha que se sentara sobre la maleta y afirmando con fuerza sus manos sobre los cierres de la misma, logró cerrarla. Después preguntó si tenían otro equipaje, pero la señora le dijo que el baúl lo había despachado directamente desde Buenos Aires y ya lo habían subido al tren. El hombre entonces, dirigiéndose a un muchacho maletero que estaba cerca, le dijo con firmeza:

─ ¡Vamos, ayúdalas a subir las maletas! ─

Dolores, con una profunda mirada de agradecimiento, le apretó una mano:

─ Muchísimas gracias, señor, ¡qué Dios le pague su bondad!

Margarita se empinó, le dio un beso en la mejilla y dijo con una dulce sonrisa que iluminaba su rostro:

─ Gracias, señor, ¡ya el tren no se va a ir sin nosotras! ─

El hombre sintió rodar por sus mejillas dos rebeldes lágrimas de emoción.
Las viajeras le dijeron adiós con la mano y ahora sí el hombre hizo sonar el silbato una y otra vez y la enorme mole de hierro se alejó lentamente hacia la cordillera.

Las sorpresas no habían terminado. En este tren no había asientos numerados y como ellas se habían demorado en subir, ya no quedaban espacios vacíos. Se acomodaron de pie al final del pasillo del vagón con sus dos maletas y se pusieron a contemplar el paisaje. Era impresionante y hermoso; como moverse dentro de un paisaje de los descritos en los libros que había leído.

Después de pasar la estación y el pueblecito que se esparcía a su alrededor, el tren comenzó a trepar cordillera arriba, rodeando las montañas, bordeando los acantilados de la enorme muralla natural. Parecía que en cualquier momento la serpiente de hierro iba a despeñarse por aquellos precipicios. Al rato se sentaron sobre las maletas.

Cuando ya habían subido una buena parte de la cordillera, Margarita le dijo a su madre que no se sentía bien. Además del cansancio y el hambre – tras más de un día completo sin comer nada- sentía que algo le sucedía. Le dolían los oídos, no podía escuchar bien y la cabeza parecía que le iba a estallar. Dolores estaba igual. Una señora que vio como la muchacha se apretaba los oídos con las manos, le dijo:

─ Es por la altura, es el soroche, traga varias veces en seco y ten paciencia que cuando empecemos a bajar, se te pasará.

Efectivamente, así fue. Ya empezaba a oscurecer cuando se detuvieron en otra pequeña estación. Allí cambiaron nuevamente de tren, pero esta vez no hubo ningún incidente, y no les abrieron las maletas porque ya habían cruzado la frontera. Estos coches eran más cómodos. Pudieron sentarse; estaban muy cansadas y tenían hambre. Llevaban casi dos días sin comer apenas porque no se atrevían a gastar el poco dinero que tenían.

Muy cerca había dos hombres que las miraban sin que ellas se dieran cuenta. De pronto uno se levantó y se dirigió hacia las dos mujeres. Las saludó cortésmente y se presentó como un funcionario del consulado cubano en Buenos Aires que viajaba, junto a su compañero, a La Habana. Se habían percatado de que ellas no habían ingerido alimentos, pero, por supuesto, no aludieron a ese hecho, sino que simplemente las invitaron como compatriotas a comer algo o, al menos, a tomar un café con leche caliente. La madre declinó suavemente, apenada, pero a Margarita le brillaron los ojos cuando oyó mencionar la leche caliente.

El hombre se dio cuenta y pidió que les trajeran café con leche y pan con mantequilla. Las dos dieron las gracias, comieron y se sintieron mejor. Después conversaron con los dos compatriotas de la muchacha, que al saber el incidente de las maletas, les dijeron que debían haberlas despachado junto con el baúl directamente desde Buenos Aires hasta Valparaíso y se hubieran ahorrado todas las molestias. También les explicaron que podían dejar el baúl guardado en un depósito en la estación hasta que subieran al barco. Ellos habían viajado por esa ruta en otras ocasiones, por lo que sabían cómo proceder y, como iban a abordar el mismo buque, se despidieron esperando volver a encontrarse pronto.

A las 2 de la madrugada del martes el tren se detuvo al fin en la estación de Valparaíso. Descendieron aliviadas pensando que ya habían terminado sus angustias y que dentro de dos días navegarían en el “Reina del Pacífico” hacia La Habana. Fueron con el comprobante del baúl a gestionar su depósito en la estación, lo cual lograron. Un chofer de taxi se les acercó brindándoles sus servicios para llevarlas al hotel donde José María les había reservado una habitación desde La Habana.

.El auto hizo un largo recorrido; en ocasiones Margarita tuvo la impresión de pasar por el mismo lugar dos veces. Las dejó frente al hotel y Dolores le pagó. Entraron y fueron a la carpeta donde preguntaron por su reservación. El carpetero les confirmó que no había problemas y les informó el precio del alojamiento y de las comidas en pesos chilenos. Dolores le comentó que sólo estarían un día o dos porque saldrían en el “Reina del Pacífico” hacia La Habana, a lo que el empleado le respondió:

Señora, ¿no sabe Ud. que hay una epidemia de influenza en Europa y ese buque acaba de llegar de Inglaterra? Está en cuarentena y no saldrá hasta dentro de ocho o diez días

El asombro y la preocupación las invadieron. Agradecieron la información y se dirigieron a su habitación, precedidas por un empleado. Al cerrar la puerta y quedar solas, madre e hija se abrazaron. Dolores dijo preocupada:

─ ¡Esta demora no estaba prevista y temo que no nos alcance el dinero. No sé qué vamos a hacer, nenita!

Aquella mujer sencilla, dulce y noble, golpeada por la vida una y otra vez, era casi analfabeta. Apenas sabía leer, pero se preocupó siempre porque la niña estudiara hasta donde le daban sus limitadas posibilidades. Era fuerte físicamente y muy trabajadora, pero en cuestiones financieras, gestiones oficiales y en el enfrentamiento a las complejidades de la vida, recurría a su hija.

La muchacha le dijo que debían esperar al día siguiente para saber si les alcanzaba o no el dinero y averiguar si se podían cambiar los pasajes del barco por otros más baratos. Al ver la angustia de su madre, la tranquilizó diciendo sonriente que siempre tendrían la alternativa de pagar con su trabajo el hospedaje en el hotel.

Ambas habían trabajado en el café de los tíos en Buenos Aires. Ella lavaba la vajilla, preparaba café y ayudaba en otras cosas, mientras su madre cocinaba para sus hermanos y para la clientela deliciosos platos españoles. Habían trabajado en el café durante toda su estancia en la Argentina. Así ayudaban a la familia y de alguna manera compensaban el costo de su estancia allí, su alimentación y otros gastos. La vida en aquel hermoso y frío país no había sido fácil para ellas, pero les había dado muchas alegrías.

Al día siguiente se levantaron bien temprano, desayunaron y preguntaron al carpetero del hotel dónde estaba la estación de trenes. Éste les respondió que se encontraba cruzando el parque, escasamente a una cuadra de distancia. Les invadió la indignación porque evidentemente el chofer del taxi se había aprovechado de su desconocimiento de la ciudad y las había estafado, ya que ellas podían haber transitado el corto trayecto a pie.

Dolores preguntó dónde quedaba la oficina de la compañía propietaria del barco y una casa de cambio de moneda. Por suerte, todo quedaba a distancias que podían recorrer caminando.

Fueron primero a la estación, donde averiguaron cuánto costaba la estadía del baúl por día. Después fueron a la oficina de la compañía naviera. Por suerte, José María había reservado en Tercera preferencial y pudieron cambiar para Tercera simple, con lo cual, después de pagar los pasajes, les quedaron unos cuantos dólares.

Pero todo no podía ser perfecto. Allí el empleado que las atendió les pidió los pasaportes y les dijo que les faltaba la visa de Estados Unidos. Margarita dijo sorprendida:

¡Pero si nosotras no vamos a Estados Unidos!
Y el empleado le respondió sonriendo:
Pero el barco va a atravesar el Canal de Panamá y ese es territorio de Estados Unidos de Norteamérica.

Él les dio la dirección del Consulado y fueron. Después de llenar un extenso cuestionario y entregar fotos, les dijeron que volvieran al día siguiente a recoger las visas. Pasaron por la casa de cambio y vieron a cómo estaba la transacción de dólares por pesos chilenos.

Regresaron al hotel, almorzaron y Margarita tomó un papel y un lápiz y sacó la cuenta de los dólares que necesitaban cambiar por pesos chilenos para pagar la cuenta del hotel, la estadía del baúl y la visa. La joven le dijo a su madre muy contenta que les alcanzaba y hasta les quedaría algún dinero extra para el resto del viaje. Después de un pequeño descanso, volvieron a salir. Ahora fueron directamente a la casa de cambio y adquirieron los pesos chilenos que necesitaban. Regresaron al hotel más tranquilas.

Los días restantes los dedicaron a caminar por la entonces pequeña ciudad de Valparaíso. Era bonita y limpia, se recostaba a la falda de la cordillera por un lado y por el otro la acariciaban las aguas del Océano Pacífico. Tenía, como todas las ciudades fundadas por los españoles en América, un gran parque con su iglesia.

Por fin llegó el día esperado. Pagaron la cuenta del hotel y se encaminaron al muelle donde las esperaba el majestuoso “Reina del Pacífico”, blanco, con la línea de flotación pintada de verde, enorme, alto, con muchísimas ventanitas redondas y sus grandes chimeneas. Así lo veían los ojos de Margarita. Subieron y cuando se vieron en su pequeño camarote de tercera clase la madre dijo:

¡Al fin, hija. Ahora sólo falta que a La Habana la hayan cambiado de lugar!

La muchacha rió con su habitual buen humor:

La travesía en el “Reina del Pacífico” fue bastante tranquila. Durante esos días Margarita hizo amistad con dos jóvenes llamados Marcela y Ralph. Los tres se hicieron inseparables: conversaban, paseaban por la cubierta, miraban revistas, en fin, lo pasaban bien. Marcela era una joven chilena que viajaba a Estados Unidos para reunirse con su esposo norteamericano al que había conocido en Santiago de Chile en una breve estancia de él. Ralph, en cambio, había nacido en Inglaterra, pero sus padres viajaron a Chile siendo él muy pequeño y había vivido allí hasta ahora cuando regresaba a su país de origen para cumplir con su Servicio Militar.

Bajaban siempre juntos a tierra en las escalas que hacía el barco. La primera fue Lima, el 24 de febrero, día en que Margarita cumplió 15 años –la edad soñada por todas las jovencitas y que ella pasó en una ciudad desconocida y sin festejo alguno- después bajaron en Ciudad Panamá, a la entrada del Canal y pasearon un poco por la bonita ciudad que se veía iluminada por la noche con muchos anuncios lumínicos.

El paso por el canal fue para Margarita y su madre una experiencia apasionante y única. Un oficial del barco explicó que el problema para el paso de los navíos a través del canal consistía en la diferencia entre el nivel del mar del Océano Pacífico y el del Mar Caribe.

Se había diseñado un sistema ingenioso para que los barcos ascendieran los más de 20 metros en que el Caribe superaba en nivel al Pacífico. Era como si el buque subiera por una escalera. El canal estaba dividido en secciones que quedaban separadas por una especie de compuertas, las cuales se abrían y cerraban para permitir el paso de los barcos de una a otra. El buque pasaba a un área en forma de tanque enorme; se cerraba la compuerta trasera y se le extraía el agua con poderosas bombas. Entonces se abría la compuerta delantera y el barco era remolcado desde la orilla hasta la siguiente sección y así se iba repitiendo la operación hasta llegar a la costa del Caribe. El canal tenía dos vías y se podían ver las operaciones del barco que venía bajando desde el Caribe hacia el Pacífico. Era impresionante, la joven sentía como si estuviera en una de esas historias de Julio Verne que tanto le gustaban. Parecía verdadera ciencia ficción, y una aventura que sería irrepetible en su vida.

A la salida del Canal el barco se detuvo en Ciudad Colón y bajaron los tres jóvenes a pasear un poco. Allí por primera vez en su vida Margarita escuchó una música contagiosa y una voz magnífica que le hizo mover los pies y la trasladó momentáneamente a su tierra. Salía de una cafetería a donde entraron los jóvenes a tomar un refresco. Sólo al llegar a Cuba sabría que se trataba de la Orquesta de Pérez Prado con la voz inolvidable de Benny Moré interpretando un ritmo nuevo llamado Mambo, que fue famoso en el mundo entero..

El barco zarpó al día siguiente para dirigirse directamente a La Habana, pero el Caribe les deparaba todavía una sorpresa nada agradable: una pequeña tormenta que hacía moverse aquella mole enorme como si fuera una pluma. Las olas barrían la cubierta de un lado al otro. Muchos pasajeros, incluyendo a Dolores, se refugiaron en los camarotes indispuestos por el mareo.

Margarita subió al comedor, pero apenas pudo comer. Allí se encontró con Ralph, quien la invitó a subir a la cubierta del barco y, desde la cabina estuvieron algún tiempo mirando maravillados el espectáculo de las enormes olas que cruzaban por encima del buque rotas en blanquísima espuma. Después la muchacha se despidió del joven y se fue a acompañar a su madre.

Al día siguiente, como suele suceder, el mar estaba tranquilo, de un azul intenso y profundo. La tempestad había pasado. El “Reina del Pacífico” hizo una breve escala en la ciudad de Cali en Colombia, pero ellas permanecieron a bordo porque Dolores no se sentía bien y Margarita no quiso dejarla sola.

Amaneció el 10 de marzo de 1951. Había pasado casi un mes desde la salida de Buenos Aires. Después del desayuno, Margarita y su madre, subieron a cubierta para tomar aire fresco. A lo lejos divisaron tierra, era la costa norte de La Habana, aún lejana. El barco continuó avanzando. Frente a ellas fue apareciendo la imagen desafiante y erguida del Castillo del Morro, con su faro, que desde hace siglos guía en medio de la oscuridad o la niebla a los navíos que se aproximan a las costas de la capital cubana. La Habana, hermosa, antigua, luminosa, acogedora, apareció frente a las dos mujeres. El corazón les latió con fuerza y se abrazaron de alegría.

¡Llegamos a Cuba! ¡Nenita, al fin nos reuniremos con tu padre. Después de tantas angustias, lo logramos!

Cuando el buque se dirigió a la entrada de la bahía, vieron cómo una lancha grande se arrimaba a su costado. Subieron a bordo varias personas; eran las autoridades aduaneras y funcionarios de la compañía naviera. El práctico quedó en la lancha, desde la cual guiaría al “Reina del Pacífico” por el Canal del Puerto hasta llegar al muelle, donde esperaba una multitud de familiares y amigos de los viajeros del enorme trasatlántico.

Dolores y Margarita miraban ansiosas hacia el muelle, pero entre tantas personas que se aglomeraban, no lograban ver a José María. Antes de descender tuvieron que mostrar sus documentos a las autoridades y se despidieron cariñosas de las nuevas amistades que las habían acompañado en el viaje. Apresuradamente, madre e hija bajaron la escalerilla, cargando sus pesadas maletas y siguiendo con los ojos cada rostro de los que se encontraban en tierra firme.

De pronto, descubrieron a un hombre alto, fornido, canoso, de rostro muy familiar, en el que reconocieron al padre de Margarita, quien las abrazó y besó con emoción diciendo:

─ іAl fin están aquí! Después, apartándose un poco y dirigiéndose a su esposa, preguntó:
─ ¿Qué tal estuvo el viaje, Dolores? ¿Todo bien?
─ Bueno, es una larga historia, pero aquí estamos, dijo Dolores.
─ Sí, después me contarán todo con detalles. ¿Estas maletas son todo su equipaje?
─ No, José, La mayor parte de nuestras cosas, las más valiosas, vienen en un baúl, pero él no nos ha dado ningún problema, porque lo consignamos directamente a Valparaíso y después a La Habana. Ahora sólo hay que esperar que lo bajen y reclamarlo.

En ese momento Margarita exclamó, señalando una grúa que bajaba lentamente un baúl.

─ іMira, papá …

No pudo terminar la frase. Inexplicablemente, el baúl se balanceó, se soltaron las amarras y cayó estrepitosamente en las sucias y profundas aguas de la bahía sin detenerse, posiblemente, hasta llegar al fondo.

FIN

Abril de 2017

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  1. Mercedes

    Muchas gracias Humberto por leer mi cuento. Tienes razón de este error me di cuenta cuando ya lo había enviado, uno de mis hijos también me lo comentó, me refería a Cartagenas de Indias. Este cuento está basado en una experiencia personal y ya han pasado 66 años y la memoria a veces nos traiciona. Ahora fue que vi su comentario porque me encuentro en España por eso no había respondido antes. Un saludo y agradecida.

  2. Humberto Hincapié

    Querida Mercedes, en tu regreso a casa dices que el barco después de pasar el Canal de Panamá, hizo una parada en el puerto de Cali. Cali es una ciudad en el interior del país, suroccidente de Colombia a 120 kilómetros del Océano Pacífico y mucho antes de pasar el Canal..

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