La bicicleta. Autor: Raúl Mateos Barrena

Daniel y Quique habían decidido faltar a las clases aquella tarde. No era algo que hicieran a menudo, ya que en circunstancias normales el instituto no les resultaba especialmente fastidioso. Sin ser de los mejores estudiantes, tampoco eran de los peores ni mucho menos; habitualmente sus notas solían estar en la media, o incluso un poquito por encima. Pero si asistían aquella tarde corrían el riesgo de pasar un mal trago.

El tema que había explicado el profesor de matemáticas el día anterior les había resultado imposible de asimilar, de modo que habían sido incapaces de resolver los ejercicios que éste había mandado. Así que si les preguntaba el docente sobre ellos, lo más probable es que se llevaran algún punto negativo de su parte, además del regocijo y burla de algún compañero de aula. Ya tendrían tiempo durante el fin de semana de repasar en profundidad el tema en casa e intentar hacer los ejercicios. Y si no lo conseguían ellos solos, les quedaba la opción de pedir ayuda a sus padres, que siempre parecían dispuestos a echarles una mano en los estudios. En cuanto a su falta de asistencia, no les resultaría tan difícil preparar alguna excusa que resultara medianamente creíble en el instituto.

Recién cumplidos los catorce años ambos, hacía ya tiempo que eran amigos inseparables. Vivían muy cerca el uno del otro y siempre que podían se las arreglaban para estar juntos. Sus familias se llevaban bastante bien y parecía agradarles que sus hijos fueran tan buenos camaradas.

Tras dar un largo rodeo al pueblo para evitar ser vistos por alguna persona que pudiera truncar sus planes, encaminaron sus pasos hacia una arboleda cercana, al otro lado de la cual discurría un arroyo de aguas claras y poco profundas en aquella parte de su cauce. Iban a menudo al río, solos o con otros compañeros, a darse un buen chapuzón y, en algunas ocasiones, aprovechaban la excursión para coger ranas que después acababan volviendo a soltar en el riachuelo.

Faltaba todavía un buen trecho para llegar al arroyo cuando, en un pequeño claro, tirada sobre el suelo, bajo la sombra de un gran pino, apareció ante ellos la bicicleta. Daniel y Quique se detuvieron al verla, permaneciendo inmóviles durante unos segundos. Después, abarcaron con la mirada los alrededores intentando encontrar a su dueño. Pero nada se movía, nada se oía salvo los sonidos propios de la arboleda. Pero claro, la bicicleta no había podido llegar allí sola. Alguien tenía que haberla traído. Daniel y Quique se aproximaron. Era una bicicleta bastante vieja, pero no parecía estar rota. Algunas de sus piezas se hallaban un poco oxidadas; otras, cubiertas de polvo o barro. En cambio, las ruedas parecían en buen estado. Todo indicaba que aquella bicicleta podía funcionar. Echaron una mirada por detrás de los árboles por si aparecía el dueño, pero todo estaba en calma. Por allí, no se veía un alma viviente.

Quizá la habían abandonado. Al fin y al cabo, no debía valer gran cosa. Sí, seguro que algún adulto del pueblo se había cansado de ella y la había tirado. Pues era un bonito regalo para ellos aquel día. De modo que, muy contentos por el inesperado hallazgo, la levantaron del suelo y se dispusieron a utilizarla.

Daniel montó delante, y Quique detrás, sentado sobre el sillín, con las piernas abiertas para que Daniel pudiera pedalear. Pero no habían recorrido mucho camino cuando, de pronto, oyeron a sus espaldas un fuerte y furioso vozarrón.

–¡Mi bicicleta! ¡Ladrones! ¡Os voy a matar a palos!

A los dos muchachos se les pusieron los pelos de punta del miedo que les entró. Volvieron la cabeza y vieron fugazmente a un hombre, grandote y grueso, desconocido para ellos en principio, que empuñaba un grueso bastón y corría tras ellos sin cesar de gritar y proferir amenazas.

A Daniel, que era el que conducía, lo único que se le ocurrió fue huir de allí lo más rápido posible. Quizá si hubiera tenido tiempo para pensar con calma, habría decidido bajarse de la bicicleta y pedirle perdón al individuo que los perseguía. Quizá hubieran podido dejar tirada la bicicleta y escapar corriendo, con lo que la furia del hombretón se hubiera aplacado.

Pero aquellos gritos, aquel bastón en alto unos metros detrás de ellos no les dieron tiempo para reflexionar. Daniel comenzó a pedalear con todas sus fuerzas mientras que Quique, pegado como una lapa a la espalda de su amigo, apenas si podía mantenerse sobre el sillín por el estrecho y sinuoso sendero. Con el susto que llevaban en el cuerpo, ni siquiera sentían los golpes que se daban con las ramas de los árboles que encontraban a su paso. De vez en cuando volvían la vista atrás buscando a su perseguidor, aunque apenas si lograban verle en la mayoría de las ocasiones. Sin embargo, como el hombre seguía gritando, sabían que no cejaba en su persecución aunque la distancia que les separaba se fuera haciendo poco a poco mayor. La voz del grandullón sonaba cada vez más lejos y espaciada. Pese a ello, Daniel continuaba su pedaleo sin tomarse un respiro. Era necesario perder de vista definitivamente al dueño de la bicicleta porque la situación ahora ya sí que no tenía arreglo. Se habían convertido en unos ladrones. Cruzaron el río por un viejo puente de piedra y continuaron su marcha por el camino, sin saber adónde les conduciría éste, ya que nunca se habían alejado tanto del pueblo salvo cuando viajaban con sus padres en coche.

Veinte minutos más tarde salían del bosque. Daniel y Quique bajaron de la bicicleta y se tumbaron en el suelo, respirando con ansia. La huída les había dejado asfixiados. Consideraron que su perseguidor debía de encontrarse ya muy lejos. No se oían sus gritos desde hacía un buen rato. Tal vez, era lo más probable, habría renunciado a sus propósitos de echarles el guante, ya que pocas personas podrían resistir tanto tiempo corriendo. De todas formas, tampoco permanecieron mucho tiempo Daniel y Quique tumbados. Lo justo para recuperar el aliento y descansar brazos y piernas. Acto seguido, volvieron a subir a la bicicleta –esta vez lo hizo Quique delante y Daniel sobre el sillín– y reemprendieron el camino. De momento, el sendero no tenía ninguna salida, así que tenían que continuar en la dirección que llevaban, alejándose de la arboleda y del pueblo, y aproximándose al desconocido y agreste monte.

Después de un buen rato de constante pedaleo, el sudor cubría la piel de los muchachos. El sol castigaba de firme, y Daniel y Quique, cansados y sedientos, volvían a sentirse preocupados. No tenían ni idea de hacia dónde se dirigían. La senda tendría que desembocar en alguna parte. Sin embargo, no habían visto una sola persona, una sola casa, desde que salieron del bosquecillo. Y, de eso, hacía ya mucho tiempo. De todas formas, la principal preocupación de los chicos era saciar su sed y refrescar sus cuerpos, empapados en sudor.

Por fin, tras remontar una pequeña loma, divisaron de nuevo el serpenteante río, y al otro lado de un deteriorado puente de madera, una casa de magnífico aspecto. En los alrededores no se veía ninguna persona, pero se podía apreciar que la casa no estaba en absoluto abandonada. La blancura de sus muros y el aspecto tan cuidado de los jardines que la rodeaban denotaban que la construcción estaba habitada, pese a su aislamiento. Incluso se divisaba el azul del agua de una piscina junto a la casa.

Los dos amigos se fueron acercando despacio y contemplaron encandilados aquella piscina. En esos momentos, era lo que más deseaban en el mundo. ¡Cuánto darían por bañarse en esa piscina! Y, sin embargo, no se atrevían a traspasar los setos que les separaban de la magnífica casa de campo. Aquello era propiedad privada; habría gente, aunque no la hubieran visto. Es posible que hubiera hasta un guarda. Pero, por otra parte, se encontraban tan sedientos, tan acalorados…

Fue entonces cuando vieron que, a la derecha de la finca pero no demasiado cerca de ella, existía también un pequeño estanque artificial, disimulado tras unos arbustos y repleto de agua al igual que la piscina. No lo dudaron un momento. Ni siquiera se quitaron la pegajosa ropa que llevaban puesta antes de zambullirse. Tampoco volvieron a mirar la piscina; después de lo que habían pasado, el estanque era algo fantástico y ninguno de los dos podía pedir más.

Estuvieron un buen rato dentro del agua procurando no hacer ruido, no fuera que los residentes de la casa de campo advirtieran su presencia y se metieran en un nuevo lío. Pero estaba visto que aquél no era el día de suerte de Quique y Daniel. De pronto, cuando ambos muchachos descansaban tumbados bajo la sombra de los arbustos, empezaron a oírse apagados ladridos de perros. Los dos chicos saltaron como un resorte y descubrieron en la lejanía dos grandes perros que corrían velozmente en dirección hacia el estanque.

En menos de un segundo, Daniel y Quique se encaramaron sobre la bicicleta y emprendieron la huída. Esta vez, la situación era muy diferente; el grandullón que les persiguiera en el bosque era mucho más lento que aquellos dos feroces perros que parecían volar sobre los matorrales. La distancia que separaba a los muchachos de los canes disminuía rápidamente. Gotas de sudor volvieron a recorrer la frente de los dos amigos. Los furiosos ladridos que escuchaban a sus espaldas, cada vez más cerca, les tenían aterrorizados. Las piernas de Daniel giraban vertiginosas dando vueltas a los pedales, mientras las cabezas de ambos chicos se esforzaban por encontrar alguna solución para salvarse de los perros.

Pero ninguna idea brillante se les ocurría. Daniel seguía pedaleando con frenesí, provocando que en cada curva la bicicleta estuviera a punto de salirse del camino y estrellarse contra algún árbol. Estaban ya los muchachos cerca, muy cerca, de alcanzar de nuevo el puente de madera. Los ladridos de los perros sonaban cada vez más próximos. Quizá al llegar al puente los perros se detuvieran. ¡Ojalá acabara ahí su territorio de vigilancia! Si continuaban su persecución, no cabía duda de que sólo un milagro podría salvar a los jóvenes.

Entraron Daniel y Quique al puente a toda velocidad. Y lo que apareció al otro lado del puente les dejó horrorizados. El grandullón con el bastón en alto cerraba la otra salida. Frenaron en seco la bicicleta en mitad del puente. Los fieros canes entraban ya con sus salvajes ladridos por un lado; el grandullón con su contundente arma tapaba el otro. Los chavales se miraron entre ellos y sin decirse nada comprendieron que ambos estaban pensando lo mismo. Sólo les quedaba una alternativa: saltar desde el puente al río.

Dejaron tirada la bicicleta y se encaramaron a la barandilla del puente de madera. La corriente bajaba con mucha fuerza en aquella zona del arroyo; tampoco tenían ni idea de si la profundidad de las aguas sería suficiente para no estrellar sus cuerpos contra el lecho del río. Si eran aguas poco profundas podían hasta matarse en la caída.

Volvieron a mirarse entre ellos.

–¡Suerte! –dijo Daniel–. Yo salto.

–¡Suerte! –repitió Quique–. Yo también.

Y con un grito desgarrador ambos se lanzaron al río. Aún les dio tiempo a oír la salvaje carcajada del grandullón mientras sus cuerpos se precipitaban al vacío.

Afortunadamente para los chavales, la profundidad del agua era suficiente en aquella zona para que sus cuerpos no se estrellaran contra el fondo del arroyo. Y la corriente, aunque fuerte, no les impidió dejarse arrastrar río abajo sin correr peligro de morir ahogados. Poco a poco la distancia que separaba a los chavales del puente fue haciéndose mayor. Unos minutos después, el río hacía un remanso en su cauce que aprovecharon Daniel y Quique para acercarse a la orilla y pisar tierra firme.

Miraron a lo lejos hacia el puente. Todavía se distinguía la figura del hombretón con su grueso bastón en alto y los dos perros a su lado. Todavía llegaba a sus oídos, apagada ya por la distancia, su salvaje carcajada.

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