El erudito de París. Autor: Florencia Mártire

A las nueve y treinta de la noche, con puntualidad parisina, Andrè esperaba a la salida de los Jardines de Luxemburgo. A la derecha de la puerta de hierro negro, recién cerrada por un cuidador, giraba su cabeza hacia un lado y otro. El traje gris no le quedaba grande, aunque lo hacía ver bastante flaco en su casi metro noventa. Tenía los hombros apenas caídos hacia adelante, y una mano apoyada en el bastón de madera lacrada. El sol terminaba de esfumarse detrás de los árboles, generando unas líneas anaranjadas. Por fin dio unos pasos y se detuvo frente a una joven de pollera azul. Probó, primero en francés, luego en inglés, ofrecerle ayuda con el mapa que la chica miraba concentrada.

Sin sobresaltos, ella levantó los ojos negros para inspeccionar al hombre que le pareció extremadamente abrigado para una primavera europea.

-Quisiera ir al río – le dijo- . El río. Agua. Water. The river – se acordó, ante el ceño fruncido del viejo.

-¡Oh, La Seine! – respondió el viejo, moviendo su mano izquierda como un director de orquesta.

Le resultó una absoluta sorpresa que al río se lo llamara “la” en lugar de “el”. Le gustó como sonaba. Sonrió.

-La Seine – se dijo, imitando la entonación.

Andrè le indicó el camino, acompañando el híbrido de palabras con algunas señas. Solo tenía que seguir derecho unas pocas cuadras. A Julieta no le llevó ningún trabajo ubicarse; probablemente le había respondido por cordialidad y porque le gustaba hablar con extraños, a diferencia de lo que le habían enseñado durante años en la escuela católica de Buenos Aires. Le agradeció y se estaba despidiendo cuando él acomodó su bastón y se dispuso a seguirle el paso.

– La marche.

– ¿La marche?

Andrè señaló las piernas y repitió dos veces las palabras, dándolo por sobrentendido.

-Ah, andando… -dijo divertida.

El viejo era de esas personas que retornan con énfasis al origen de las cosas para explicarlas, y enseguida insistió en la raíz que unía las dos lenguas, alegando que no había manera de que el idioma fuera un estorbo. Además, ya lo había dicho Verne en su Viaje al centro de la Tierra: bajo la hostigación del dolor y la necesidad, todos nos volvemos políglotas.

“Quizá en su época todavía enseñaban latín”, especuló Julieta. Le resultó interesante imaginar el nivel de conocimientos que podía haber adentro de un hombre así, con tanto camino recorrido. De todos modos, durante los últimos años había empezado a creer que la sabiduría se alimentaba principalmente de un certero uso de los sentidos, y así vivía, queriendo percibirlo todo.

Alzando otra vez la mano izquierda, el viejo la sacó de sus cavilaciones y le presentó el famoso Panteón con la cúpula de un verde esmeralda inconfundible. Estaba cerrado, los andamios indicaban un trabajo de restauración, y en el interior había restos de personajes importantes, comprendió que le decía. Apenas reanudaron la caminata, Andrè se escabulló en el interior de la iglesia Saint-Étienne-du-Mont sin que le importara irrumpir en medio de un rezo o de un canto, alentando a la rebautizada Juliette a pisar espacio sacro. Ella se limitó a hacer lo mismo que hacía en todas las iglesias: miró los vitrales y las velas, metió los dedos índice y medio en agua bendita para secárselos después en la remera, aborreció la alcancía y giró sobre su eje con los ojos clavados en el techo. No tardaron mucho en volver al mundo terrenal donde la noche azul asomaba y pintaba París como en los cuadros.

Al cabo de un rato, el bastón, que lejos de aminorar el paso marcaba un ritmo ejemplar, se detuvo frente al Collège de France, luego frente a la Université de La Sorbonne, y Andrè miró esas puertas con tan profundo respeto que Juliette pudo notarlo en sus ojos que también estaban como pausados.

-Chimi – dijo.

– ¡Químico, cómo no! –asintió entusiasmada, comprobando que el hombre que tenía enfrente no podía ser otra cosa que un científico francés.

Unos pasos más adelante, el viejo le mostró las Termas de Cluny tras las rejas de una esquina oscura, y Juliette no disimuló su sorpresa al comprender que las piedras calizas y los ladrillos que veía eran rastros del imperio romano en medio del distrito quinto de París. “Ya, el viejo continente”, se dijo.

Siguieron la marche y salieron al Boulevard Saint-Michelle, observando el flujo de gente alrededor de los bares con terraza y mesas redondas. A ella le parecía que la ciudad cambiaba por completo de una cuadra a otra.

-La Seine – dijo el viejo, esta vez con el río justo enfrente.

Juliette enmudeció. El cielo había pasado por todos los tonos de azul hasta oscurecerse por completo. Cruzaron el puente y rodearon la Catedral de Notre Dame, por los costados desiertos, mientras Andrè seguía narrando historias sobre su tierra de fraternidad, igualdad y libertad.

-Can you take me a photo, please? –le pidió Juliette extendiéndole el celular.

Andrè inspeccionó el aparato, hizo una mueca con la boca y levantó los hombros. Apoyó el bastón contra el puente del Archevêché y le tomó una hermosa foto de cuerpo entero que parecía pintada con acuarela por los destellos que generaban las luces de Notre Dame.

Al rato, se sumaron a la gente que miraba a los malabaristas desplegar antorchas de fuego frente a la Catedral, mientras la música de los saxos llegaba de más allá. El viejo tomó asiento en un banco que se desocupó a su lado y le hizo señas a Juliette que estaba unos metros más adelante. La mayoría se dispersó con el aplauso al final del espectáculo, menos unos pocos, entre ellos Juliette y Andrè que se quedaron mirando la fachada con las cabezas en alto, y particularmente el juego de luces en la fila de estatuas sobre las puertas de la Catedral.

-Voilà, la ciudad de las luces – dijo ella, sin sospechar que la ráfaga llegaba desde la luz giratoria de la cima de la Torre Eiffel.

Jugaron por un tiempo alrededor del círculo de cemento y bronce que marca el punto cero de París, con un sol en el centro. La placa, para el turista atento, sobresale entre los adoquines. Solo en ese momento, mientras André apoyaba y levantaba un pie y el otro del círculo, Juliette se percató de que la pera y la nariz del viejo, con sus puntas redondas y pronunciadas, formaban curvas idénticas.

Después, Andrè se movió inquieto hasta el otro punto de la plaza. Se subió con naturalidad a un banco de cemento, de espaldas a Notre Dame, y le tendió la mano a Juliette, que lo miraba con las cejas levantadas, para que lo acompañara a unos centímetros del suelo.

-La Torre Eiffel – dijo, y vio la sorpresa de la chica al distinguir la punta a la distancia.

Miró el reloj. Durante los cuatro minutos que faltaban para la medianoche apenas despegó la vista de su muñeca, hasta que por fin enderezó los hombros, levantó la cabeza y, en el exacto momento en el cual el haz de luz le pasó por la cara, llevándose la mano derecha al corazón, exclamó:

-Je suis loyal à la France.

Eran los doce en punto. El viejo le sonrió a Juliette que lo imitó a su lado, y bajó satisfecho con su lealtad enardecida. Entonces dejaron atrás la Isla de la Cité.

– Comment ça va? Ça va bien? Ça va mal?

– Ça va bien, merci – le contestó, y de repente sintió las miradas de arriba abajo de una pareja que pasaba. No pudo reconstruir en su mente si alguien los había mirado así en otras calles. Tampoco le importaba demasiado pero se preguntaba el motivo. Por un momento se sintió trasladada a su ciudad, donde era moneda corriente sentir miradas poco generosas, y también se preguntó si existiría algún lugar sin prejuicios en este planeta-. Me tengo que ir. No sé cómo volver –dijo con la voz apagada.

Andrè le hizo señas para que lo siguiera hasta la entrada al metro. Bajo tierra le mostró la conexión y le dio uno de los tickets que guardaba en su billetera. Mientras esperaban, le señaló en el mapa de Juliette el recorrido para ir al Castillo de Versalles, tan natural para él que lo hacía a diario. Su casa, le había dicho, quedaba por allí.

-Línea C –memorizó Juliette, pensando que al viejo lo esperaba un largo tramo de regreso a su casa, con seguridad limpia, vacía y silenciosa. También pensó que su abuelo, de estar vivo, se hubiera acostado después de la cena, probablemente cerca de las ocho. Pero sobre todo pensó en que cada uno mueve su cuerpo y su entusiasmo como se le da la gana, o como puede. En ningún momento se preguntó qué cosa haría ella a esa altura de su vida, porque si algo no le gustaba era pensar a largo plazo, ni siquiera planificaba la lista del supermercado al que casi no iba.

Sin sospechar de las abstracciones de la chica, Andrè se acomodó el traje gris y, agrandando los ojos, le propuso continuar conociendo París al día siguiente.

-We –contestó insegura.

Señaló las seis y treinta en su reloj. La esperaría en el mismo lugar en el que se habían conocido.

-We –repitió naturalmente.

-Six heures et demie –insistió Andrè -. Les Jardins de Luxembourg – completó, imponiéndose al ruido del metro que se acercaba y a la mano que Juliette le tendía y a las gracias por el paseo.

Mientras dejaba atrás unas estaciones para pasar a otras que también quedarían atrás, imaginó el día siguiente, a Andrè esperándola, mirando una y otra vez las vueltas que darían las agujas del reloj después de las seis y treinta, mientras ella caminara por los Campos Elíseos o aguardara el atardecer en el Ponts des Arts, y Andrè en la puerta de hierro negro donde cada tarde, sin duda, iba a revalidar su existencia, a evocar la historia, a compartir su erudita pasión con cualquier curioso elegido al azar.

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