Cuatro viajes con VOS. Autor: M.M. Cameron

Viaje 1. Primer encuentro con VOS

Conocí a VOS cuando me abrió la puerta del hostel donde se hospedaba y en el que yo paraba en mis breves y periódicos viajes a esa ciudad. Parada obligatoria de surfers durante el verano, fuera de temporada seguía funcionando en estado vegetativo para huéspedes improvisados que llegaban allí por accidente más que por elección. La encargada había madrugado a VOS al teléfono, como era su costumbre olvidó el compromiso de mi llegada. Él vestía una gastada bata azul, corta y abierta en el pecho por demás. Pese a su acento delator, respondió secamente “de acá” a mi “¿de dónde eres?”, una buena estrategia para evitar la eterna, ineludible conversación que continúa a “de Rusia”. Lo escrutaba sin disimulo, parado frente a mí, forzando amabilidad, deseando volver a la cama. VOS estaba inexplicablemente fuera de lugar. La escena grotesca era a la vez solapadamente sensual.

Esa noche nos amamos. Aunque ninguno tomó decisiones, disimuladas en la habitación fuerzas desconocidas nos envolvieron en misterio y éxtasis. No era amor, no fue seducción, ni siquiera deseo. Era un hecho inevitable. Probablemente nunca lleguemos a descubrir sus secretas razones.

Viaje 2. Pequeña Aventura

Viajaba por trabajo a una localidad cercana a su ciudad. El número agendado en mi celular aguardaba una oportunidad y yo no tenía planes. VOS aceptó mi invitación de una noche. Vino  con vino y comida. Comimos, bebimos y cogimos; después, el peso de mi cabeza descansando en su pecho, su brazo fuerte rodeándome en silencio, la forma que halla la forma donde encastra perfecto, el lugar en el que el espíritu encuentra la calma.  Partió de madrugada, supe que volveríamos a vernos.

Viaje 3. Termas o un sutil lazo

Planeamos un viaje de cinco días para conocernos, pero también para renacer y regenerar nuestras almas ajadas en ese agua bendita. En la primera charla VOS me dijo que no quería amarme. Yo lo amaba desde que me abrió la puerta del hostel, o, improbablemente, desde antes. Con los días nos fuimos convirtiendo en peces. El agua se encargó de unir nuestros seres intangibles con un lazo por el que fluían sensaciones que no requerían de gestos ni palabras, pero forzaban nuestros cuerpos a un contacto físico permanente: un roce al pasar cerca, los pies tocándose bajo el agua. Los abrazos abarcaban cada centímetro de nuestro cuerpo. Después llevábamos el agua a la cama, nadando en sábanas mojadas hacíamos el amor.

Me llevé la postal de su perfil contra el borde de la pileta, el reflejo del agua iluminando su cara plácida. El contraste marcado de su rostro abstraído en secretos pensamientos, relajado en el agua sanadora, en su lugar en el mundo, en su instante perfecto, en la ingenuidad de no saberse observado. Nuestros cuerpos se separaron. Un hilo invisible nos forzaba a un nuevo encuentro.

Viaje 4. Punta del Este o el inicio de una relación

Eran las primeras vacaciones con VOS. Diez días de convivencia en un contexto ajeno, lujoso y placentero. Contra el ventanal que da a la Brava, en largas caminatas sobre arena blanca y suave,  sudando en el sauna del Subsuelo o recorriendo un paisaje que por momentos le recordaba al lejano Mediterráneo que lo habita, se iban incorporando a la escena de este incipiente romance nuestras crudas realidades. Historias con rasgos en común: incontables mudanzas, vidas sin raíces arrastradas por vientos a destinos imprevistos. Relaciones pasadas aún presentes. Como Sarajevos en una paz reciente, el miedo a flor de piel, las ruinas de lo que fuimos o pudimos haber sido. Nuestras vidas destrozadas contrastaban con el esplendor que nos rodeaba. Con el pasar de los días el lugar nos iba llenando de optimismo. Empezamos a imaginar y a creer que todo es posible. Construimos sueños en común, sueños de felicidad sencilla. Nos hicimos fuertes juntos. Su corazón lo guiaba irremediablemente al puerto. Desde allí viajamos en yates y catamaranes a todos los destinos de la tierra, livianos, sin ataduras, sin miedos, sin dolores, sin pasado.

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