Un giro inesperado. Autor: Jairo Sánchez Hoyos.

Llegué al aeropuerto media hora antes, me senté en la cafetería, una hermosa chica dejó caer el monedero cuando iba a pagar el café. Me puse de pie y se lo recogí. La retribución fue una angelical sonrisa. La invité a mi mesa. __Dora Lilia Ponce, de Argentina, graduada en Biología, casada y separada, sin hijos, 34 años de edad, dijo. __Antonio Ritz, nacido hace 40 años en Lucena, Suiza, graduado en Ingeniería Mecánica, soltero y aventurero, respondí. Noté que el color de mi piel era más oscuro que el de ella, que parecía una muñequita rosada. Había hecho reservación por una noche en el hotel Silmandé, mientras que yo lo había hecho en el Mambolo. Exactamente media hora después llegó mi taxi. Le ofrecí llevarla, aceptó gustosa. Dejamos el aeropuerto y nos internamos en las calles de Burkina Fasio. La dejé en el Silmandé, pero acordamos vernos una hora más tarde. Así que a las 4:00 pm fui por ella, nos sentamos en un café. Hablamos como un par de viejos amigos. Al igual que yo, había ahorrado cuatro años para darse estas vacaciones. Descubrí una mujer amable, amorosa, y de férrea disposición. Aceptó unir su aventura a la mía. Madrugados tomamos nuestros morrales y nos fuimos en bus para Togo, aunque su destino inicial era Sierra Leona. Y cuatro años atrás estuvo en Perú y Ecuador, mientras que yo visité fue a New York. Nos bajamos a mitad de camino, decidimos caminar por campos y praderas. Tomamos un sendero salvaje e inexplorado que nos condujo a un pequeño escarpado, después bajamos a un inmenso prado cubierto de flores rojas, azules y amarillas. Llegamos al mar, en sus aguas divisamos un ala gigante de mariposa, la cual era una rústica embarcación arrastrada por el viento. Armamos nuestra carpa e hicimos fogata. Almorzamos jamón con jugo de albaricoque. Decidimos pernoctar en la orilla de esta pequeña ensenada. Al amanecer vimos que los moradores sacaban sus pequeñas canoas para internarse en sus aguas cubiertas de una neblina blanca y rosada. Aquel grupo de hombres entonaban canciones tibias y guturales. En la orilla las mujeres se los quedaron mirando hasta que fueron tragados por la lejanía. Encontramos una amplia caverna, estaba a oscuras, encendí mi lámpara, la revisamos con sumo cuidado. Caminamos unos metros más e ingresamos a una bóveda mayor, al llegar descubrimos una canoa. Remamos por un pequeño brazo de mar. Nos quedamos asombrados con lo que descubrimos, esta sección estaba poblada de millones de estrellitas colgando en hermoso cortinaje de esmeralda, oro y perla. Rato después encendimos una fogata para calentar el salmón y cenar con galletas y vino. Buscamos el punto más elevado, donde estuviera seco y nos metimos en nuestras bolsas de dormir. Me dormí de una vez. Luego desperté, ella seguía contemplando aquel espectáculo, el cual era pura larva de insectos. Al otro día partimos temprano, la mañana estuvo nublada, pero no llovió. Llegamos a una selva poco espesa. Un letrero decía: Pinta bambú cuando estés alegre; orquídeas cuando seas feliz.”. Había una extensión considerable de orquídeas. Algunas inéditas para el resto de la tierra. Vistosas, llamativas, opulentas. Otras tan chicas que tuvimos que agacharnos para apreciarlas mejor. Cogimos seis ejemplares de extraordinaria belleza para llevarlos como recuerdo. Cuatro horas más tarde nos encontramos con unos excursionistas. Eran 4 noruegos, 2 ingleses y 5 holandeses, más el guía local. Los ingleses al ver los ejemplares se asombraron, pues eran coleccionistas, nos preguntaron dónde los habíamos conseguido, se lo dijimos, pero la expedición no quiso cambiar el rumbo. Al ver que casi lloraban, les regalamos los ejemplares. La alegría fue enorme, al punto que pusieron cien mil dólares en nuestras manos. Increíble, pero así fue. Nos negamos recibirlos. __ “No os preocupéis, cada ejemplar de estos cuesta cien mil en Londres”, gritó el más alto cuando corrió para alcanzar al grupo. Más adelante nos detuvimos, consultamos el mapa. Estábamos en tierras del país de Benín. Había un cartel que decía: “Bienvenido caminante, estáis en el valle de la adansonia”. Por doquier se veían estos grandes árboles. ¿Es el mismo boabab? Preguntó Dora. __Sí, el mismo, le dije. Algunos estaban en el cambio de follaje. A la distancia avizoramos una choza. Nos acercamos. Al lado derecho había un cultivo de maíz con batata, mandioca y legumbres. Estaba cercado con ramas y tallos de acacia. Los dueños de la original choza salieron a recibirnos con entera confianza. Hablaban en yoruba, lengua entendible por nosotros dos. El señor de la casa vestía camisa caqui y pantalón dril, verde, bastante gastado. La esposa, un batolón marrón. Él se llamaba Dody, ella Kenia. Tenían dos niñas, la mayor era Mara, cinco años de edad. La menor tenía tres, y gozaba de la altura del padre, pues la cargaba entre su pecho, llamaban Tana. Eran las 4:50 p m, todavía había sol brillante. Dody me invitó a un caño, afluente del río Níger. Salimos de prisa. Cuando llegamos se dirigió directo a un montículo de ramas y hojas secas. Mientras tanto, me pidió que estuviera pendiente de la mamá cocodrilo. Cogimos diez huevos, quedaron cuarenta. Antes de partir vimos un caimán mediano, Dody se le acercó por detrás y lo sorprendió con el machete. Un hecho que me llamó la atención fue que el agua de la choza la cogían de una cañería procedente del tronco de una adansonia. “Es mi ‘acueducto’, me llevó tres semanas construirlo, de esta manera tengo agua permanente de ese árbol que tiene un depósito de agua lluvia y rocío de dos mil quinientos litros. Es un tótem de vida; nada de él se desperdicia. Mira, estos platos son hechos de la corteza. Hacemos totumas, tazones, cucharas, sogas, esteras, sombreros, canastas, telas, bandejas y piraguas. Con la ceniza hago jabón y también fertilizo la hortaliza. Cuando no queremos comer carne, hacemos mote, ensalada o revoltillo con los tallos tiernos. El polen lo mezclo con agua, obtengo una efectiva cola para pegar las sandalias y el sombrero. Con la pulpa de la semilla obtengo crémor para fermentar la harina. Con la cáscara del fruto hago estuches para guardar semillas, alimentos y prendas. ¡Ah! También construyo trampas para ratones. Cuando los mosquitos molestan mucho a las niñas, prendo esta pulpa y enseguida desaparecen. Ese Yogurt que mi mujer acaba de preparar para la cena está hecho con leche y harina de la pulpa. Otra cosa, esta harina se las damos a las niñas como purgante. Es efectiva, quedan limpiecitas por dentro. Si se las damos con leche materna, me las previene de fiebre, gripa y disentería. En las orillas de los poblados van a encontrar ventas de pomadas para el reumatismo, artritis, dolores de muela, dolores de parto y luxaciones; todo a base de este árbol, con el que también se fabrican jarabes para la tos, la anemia, el asma, la tuberculosis, los tumores e infecciones renales. Si quieren saborear una almendra, no hay sino que comprar un fruto y chuparse las semillas. ¡Son deliciosas!”. Mientras yo lo escuchaba atentamente, Dora Lilia se daba combate en la cocina junto a Kenia.

A las 7:00 pm estuvo la cena, había carne de caimán a la brasa y en chuzos, más tortilla de huevo, mandioca, batata, pan y yogurt de adansonia. Dody siguió hablando.  “No se les ocurra nunca arrancar una flor de este árbol porque mueren en las garras de las fieras. En estas flores habitan espíritus. Nunca desperdicien el agua donde han puesto en remojo las semillas, báñense con ella y jamás sufrirán de piojos ni de caspa. Amén de esto, podrán cruzar ríos infestados de caimanes o hipopótamos y no les pasará nada en absoluto”.

Terminada la cena, las niñas se durmieron.  Dody se metió al cuartucho y apareció con un enorme fruto parecido a la castaña del Brasil. Medía unos cuarenta centímetros. La piel era verde y aterciopelada. Lo partió, las semillas iguales a las del cacao, grandes y rojizas. Nos dio a probar, me parecieron ácidas, pero agradables. Dody nos pidió que nos fijáramos en la bonita luna. Alabamos la magnitud de la creación. Enseguida se metió al cuarto y apareció con una múcura, nos dio a probar su contenido.

__ ¿Qué tal?

Yo le dije que tenía sabor a limonada. A Dora le supo lo mismo. Dody soltó la carcajada, con lo cual dejó ver los boquetes de su dentadura superior. Acto seguido se empinó un  jarrado. __ ¡Ahhh! Se limpió la espuma con el dorso del brazo y agregó, “es cerveza hecha con semillas del árbol. ¿Si fueran tan amables de embriagarse conmigo esta noche?”

No obstante nos excusamos de buenas maneras, él entendió. De nuevo se tomó otro jarrado. __ ¡Eeeepa!  ¡Qué bien me siento! Carraspeó un poco y cantó a pecho limpio:

Un ciervo suspiraba

Animado en la quebrada

Un cazador furtivo

El alma le arrebató

Pobrecita la cierva

Solitica se quedó.

Pobrecita

Pobrecita

Cómo lloró

Cómo lloró.

Entre collados y montes

El llanto anegó

Pobrecita

Pobrecita

Cómo gemía

Pobrecita

Pobrecita

La pena se la llevó.

Adiós cierva de mis montes

Un día de estos, te sigo yo.

__ ¿Cierto amada mía que así de grande es nuestro amor?

Kenia sintió un poco de pena por el galanteo y sonrió un poco. Esto sirvió para un nuevo vaso de cerveza. Intentó otra canción, pero no se acordó de la letra, apenas la tarareó. Tomó y tomó hasta que dejó caer los brazos. Entre todos lo acostamos sobre una estera, al lado de las niñas. Por la mañana, el ruido de las fieras y la algarabía de los monos y pericos nos sirvieron de despertador. Dora Lilia ayudó a Kenia hacer té con semillas de adansonia. Dody cogió un odre y emprendió veloz carrera en busca de leche donde su hermano, a una legua de ahí. En el desayuno hubo miel de abejas que trajo Dody. Después del desayuno recogimos nuestros morrales. Hubo un ambiente de melancolía, pero era necesario dejar este vínculo amistoso, espontáneo y natural. Le regalamos cuatro mil quinientos dólares.

__ ¿Para qué, si nosotros no compramos nada? La selva nos lo da todo.

__Tómenlo, nunca se sabe.

__Tranquilos, sigan, no nos den dinero.

__Se lo dejaremos a las niñas para que las manden a estudiar.

__Está bien.

Al mediodía avistamos una fortificación de dos pisos, era de unos franceses. Había cuarto, baño y cocina. Pagamos un cuarto y nos refrescamos. En el comedorcito estaban varios plegables que promocionaban un hotel en Tarawa, capital de Kiribati. Ella me miró con ojitos de encanto. ¿Estás pensando ir allá? Le pregunté. Me respondió afirmativamente. Así que rentamos un carro a los franceses y nos fuimos para Niamey. Dormimos en un hotel barato, pero confortable. Por la mañana nos dirigimos al aeropuerto. Conseguimos vuelo para Italia. De aquí tomamos rumbo a Queensland, Australia. Esta ciudad nos pareció bella, progresista, con alto flujo turístico. Acordamos rentar una chalupa hacia Tarawa. En Tarawa hicimos amistad con una pareja de italianos que estaba en el mismo hotel donde nos alojamos, la señora se llamaba Foggia Perugia, el esposo Tony Bertoni. Fuimos invitados por ellos a una excursión al islote Tebua Tarawa. Nos fuimos en compañía de Othón Mirón, el experto guía. Cuando llegamos amarramos la canoa en la orilla y empezamos a caminar, al tiempo que fotografiábamos  insectos, aves y animales. Estuvimos en el sector más meridional del islote. Abrimos los manteles y almorzamos pescado, vino y frutas. Con binoculares en mano divisábamos todo el panorama. Rato después los italianos se dedicaron a leer, Othón se echó a dormir y nosotros a escuchar música suave en el pequeño radio. Por la tarde decidimos regresar. Al llegar al punto donde habíamos dejado la canoa, la señora Foggia notó algo extraño. “¡Ey, Othón! ¿Y dónde están las aguas?”

__Mi querida Foggia ¿Todavía queréis más?

__ ¿Vos estáis ciego? La canoa está en la arena. Nosotros la dejamos en el agua.

El guía no supo qué decir, en verdad esto era un misterio. Pero más misterioso fue el hecho de que cuando la desataba, se nos vino de súbito una ola mayúscula que nos empapó a todos. La canoa flotaba nuevamente. “La naturaleza está contrariada, dijo Othón, jamás había presenciado algo así. Esto, mis amigos, no lo puedo ocultar, me pone nervioso, vayámonos de aquí.

Cuando subimos a la frágil embarcación, ésta se estremeció con fuerza, Foggia dejó salir un grito aterrador. A lo lejos se escuchó un ruido sórdido, como si el mundo estuviera eructando la hartura de los siglos manidos. La señora Foggia se abrazó a su marido __Cálmate mi cielo, apenas es un trueno seco, le consoló él, ¿qué puedes temer si en estos islotes no hay volcanes? El agua fluyó de nuevo. Se me ocurrió meter la mano, la sentí demasiado caliente. Guardé prudencia para no causar más miedo.

__ ¡Algo grave va a ocurrir! ¡Algo grave va a ocurrir! Venía diciendo Foggia, parecía en trance. Cuando llegamos, inmediatamente empezó a empacar.

__Antonio, ¿nos vámonos con ellos?

__Tranquila, si fuese algo grave ya los radares lo hubieran advertido.

Después que se fueron, salimos a caminar, notamos intrigados que por toda Tarawa aparecían restos de chatarra bélica, se podían ver trozos de aviones, camiones, tanques, motores, torpedos, ametralladoras, obuses y hasta bombas fosilizadas. Eran cicatrices de la segunda guerra mundial, los gringos habían lanzado sobre esta base militar japonesa más de diez mil toneladas de explosivos. Por todas partes empezamos a ver soldados gringos recordando la acción militar de mañana jueves, nadie debía permanecer en la isla, todo habitante sería trasladado a  los islotes vecinos. Esta noticia ya la sabían lo moradores, por eso estaban listos, pero a nosotros nos cogió por sorpresa. El viernes la isla quedó desierta, apenas con los soldados, el gobernador y el acalde. El ejército norteamericano se dedicó a buscar los residuos bélicos que habían quedado sin estallar, pues existía el temor de que al estallar arrancaran de cuajo a la isla. Registraban los cuartos, salas, patios, parques, solares, iglesias, hospitales, colegios, pistas de aterrizajes y playas. Todo artefacto que encontraban lo iban haciendo estallar de manera controlada. Al siguiente día, las labores se trasladaron al mar. Los buzos entraban y salían extrayendo obuses, bombas, granadas y misiles que hacían estallar en la plaza. Por la tardecita, cuando el sol era una gran torta de oro, se produjo el espectáculo que en mi vida olvidaría jamás. Resultó que la última de las bombas, la más enorme, no fue posible sacarla y hubo que accionarla en el lecho marino. La explosión lanzó al aire una columna de humo y agua tan alta que chocó contra las nubes, lo que se desató un alegre chaparrón. Antes de ponerse el sol, asomó el arco iris como bendición de lo acontecido. Inmediatamente el mar se llenó de canoas y barcazas procedentes de las islas. Esa noche, después de cenar Dora y yo nos pusimos a mirar fotos. Se encontró una que la prendó en el acto, se trataba de su amiga Guadalupe Ferrer, a orillas del canal de la Cortadura, sobre el río Pánuco, en Tampico, México. Su amiga le había pedido que la visitara en cuanto pudiera. __Mira, aquí detrás está la dirección. Sin demora alguna Dora me pidió que la acompañara a México. Nos fuimos. Al llegar no la encontramos, se había ido a buscar trabajo a Fresno, California. De hecho, la señora Delia, la mamá, la contactó y se la pasó a Dora Lilia. El frenesí de ambas fue grande, al final del cuento nos puso su casa a la orden. Ahora mismo éramos un par de hijos más para la señora Delia. Fuimos a cenar a un viejo restaurante que servía comida típica. Al otro día, nos encontramos solos porque doña Delia se fue para su trabajo, trabajaba en la oficina de correos, este año se jubilaba. Ayer estaba de permiso. Le dejamos una nota diciéndole que nos habíamos ido para el río, que no se preocupara. Nos internamos al monte. Anduvimos 5 kilómetros. Íbamos sin prisa, analizando la naturaleza, el paisaje, las formas de vida. En un punto muy atractivo decidimos acampar. Al otro día hicimos lo mismo: fotografiar aves, nidos, crías, árboles, animales, paisajes; dialogar con los lugareños, aprender de ellos. Por la tarde, a las 4:00 pm acampamos. Sacamos el mapa y comprobamos que habíamos caminado otros 5 kilómetros. Estábamos exactamente en una reserva natural de cien hectáreas, a 150 metros de la desembocadura del rio Tamesí, afluente del Pánuco. Después que armamos el campamento nos trepamos a una loma a ver el atardecer. El sol era un gran plato rojo en el poniente. La corriente del río reflejaba la iridiscencia del gran astro. Una que otra barquilla pasaba lentamente por todo el centro de la corriente. Unos metros más allá se escuchaba el paso del tren. Este punto nos agradó por su “fábrica de atardeceres”, como lo bautizó Dora Lilia. Al otro día salimos a cazar un conejo para desayuno, pues abundaban, pero descubrí un ciervo joven, corrí veloz a ver si lo atrapaba, pero se esfumó cuando ya lo tenía a escasas pulgadas. Me quedé mirando el rastrojo con la esperanza de que estuviera echado. Dora Lilia llegó y ayudó a buscar. En eso se quedó mirando fijamente. ¿Qué es? Dije. __Parece una cueva, respondió, apuntando con el dedo. En efecto lo era, la entrada estaba cubierta con matas espinosas y urticantes. Haciendo malabares logramos llegar. Metimos la cabeza, pero todo estaba a oscuras y sucio. Regresamos por un machete y linterna. Logramos avanzar ocho pasos, agachados, porque el túnel medía un metro de alto, en este instante el ciervo pasó veloz por nuestro lado. El susto nos hizo caer de nalgas, lo que fue motivo de risa para Dora. Más adelante el techo se elevaba a dos metros cincuenta. El olor y los chillidos de los murciélagos nos causaba un poco de molestia. Pero no logramos llegar hasta donde estaban porque encontramos una cantidad de cosas aquí tiradas. Descubrimos antorchas fijadas en la pared. Antes de encenderlas deshicimos la mayor cantidad de telaraña posible. Prendimos dos de las seis que había. Esto parecía la cueva de un pirata con toda una vida de asaltos y sobresaltos. Cajas y baúles apilados sin ningún orden. Periódicos, revistas, enlatados, bidones de combustible, sombreros, chaquetas. Descubrí un paquete envuelto en plástico, una vez desenvuelto, vimos que era queso holandés. Saqué el puñal, partí una miguita, probé. Estaba delicioso, al parecer el aire seco de la gruta lo había conservado, pero Dora no quiso que probara más. Dentro de una ranura de la pared derecha, vi algo, era una alfombra con una almohada de plumas y un cobertor. Seguido de esto revisamos las fechas de vencimiento de algunos enlatados. Estaban todos vencidos desde hacía años. Un gran baúl nos llamó la atención. Quitamos algunas cosas de encima y con la cacha del puñal logré abrir el candado. El ampuloso baúl dejó ver su vientre lleno ametralladoras Kalashnikov, cinco en total. Tomé una para abrir otro baúl con la culata. Encontramos miles de municiones. Abrimos otro, encontramos veintisiete proveedores cargados.Si el dueño de esto aparece, no cabe duda que nos despelleja vivos”.

__No seas fatalista Dora, si hasta ahora no ha aparecido es porque debe estar muerto.

__Creo que tienes razón, entonces abramos otro baúl para no dejar picada mi curiosidad femenina.

Encontramos seis pistolas debidamente cargadas.

__Caray Dora, alguien se está preparando para una revolución, este arsenal aquí no  tiene otra explicación.

__O se trata de traficantes, mira las discretas iniciales sobre el baúl, son tres: I.R.S. ¿Serán tres los traficantes?

__Me parece que no

__ ¿Por qué?

__Porque apenas veo una alfombra para dormir. Un individuo es el de todo este asunto. Abrimos un nuevo baúl, tenía doble candado. En un cofre encontramos ciento ocho diamantes finamente tallados. En otro, diez piedras largas, parecían de vidrio, pero eran diamantes en bruto. Debimos salir porque el humo estaba irritándole los ojos a Dora. Regresamos a la ciudad, compramos velas grandes. Después de desayunar con la señora Delia volvimos a salir, no le dijimos nada de la cueva. Cuando entramos decidimos destapar un baúl color negro, estilo pirata, encontramos 46 mil dólares y unos cilindros de pasta que contenían pinturas cuidadosamente enrolladas. Había una con un majestuoso caballo árabe. En otras, opulentos palacios. Estaban firmadas por Winston Churchill.

__ Recuerdo haber leído en alguna revista que este General tenía una pasión oculta por la pintura, se desplazaba en secreto al Medio Oriente a darle rienda suelta a su gusto, me dijo Dora. En el mismo tubo encontramos un recorte de periódico donde resaltaban el robo de estas pinturas del museo londinense.

__Aclarado el misterio, exclamó de nuevo, se trata de un ladrón internacional.

__Ya lo creo.

Destapamos un paquete forrado con cinta adhesiva. Contenía recortes de periódicos ingleses, franceses, alemanes, turcos, españoles, rusos e italianos. Dedicamos unos minutos a leer los titulares: “Atacada embajada americana en Riad”. “Estalla artefacto explosivo en la embajada francesa, en Londres”. “Tomada la sede de la OPEP, en Viena”. “Asesinado en Zagreb presunto espía americano”. “Asesinan al industrial inglés Joseph Sieff”. “Estalla bomba en banco israelí”. “Asaltada embajada americana en España”. “Mueren dos policías en atentado en el metro de Paris”. “Secuestrado avión de Air France, llevado a Entebbe, Uganda”. “En Praga mueren dos policías americanos que actuaban en encubierto, las víctimas departían en un bar de la calle Mêlnik. “Destruyen embajada americana en Australia”. “Secuestrado embajador francés en La Haya”. “El F. B. I promete pronta captura del Chacal”. “Fue visto el Chacal en Khobar, dicen informantes”. “El Chacal asalta mina de diamantes en Ghana, dicen que para financiar gobierno de Palestina”. “Estados Unidos impondrá tres cadenas perpetúas al Chacal”. Asesinados dos agentes franceses del D.S.T. “Asaltada morada de Nancy Sánchez Falcón, la novia de Ilich Ramírez Sánchez, alias el Chacal. “El Chacal se esconde en Jartum, Sudán, dicen autoridades francesas”. “Gobierno ruso apoya al Chacal, afirma la C. I. A.” Enseguida comprendimos que el dueño de esto ya no lo iba a necesitar por estar confinado en la prisión Nestlé, Francia. Consideramos no involucrar a doña Delia por si se presentase algún lío, así que le dijimos adiós, haciéndole creer que nos íbamos, pero lo que hicimos fue arrendar un apartamento para ir sacando con cuidado el dinero y los diamantes. Lo demás lo dejamos donde estaba.

__ ¿Y ahora qué sigue? Me preguntó Dora Lilia.

__Tenemos la tarea más hermosa, o sea la de casarnos y tener dos hijos, ten, es mi anillo de compromiso.

Ella se echó en mis brazos como una madre mimando a su pequeño. Nos casamos en Argentina, como me lo pidió. Un mes después compramos un prestigioso hotel en Buenos Aires, pusimos de administradora a Guadalupe Ferrer, y nos fuimos a vivir a una cabaña en el  campo, dispuestos a morir de viejos, uno al lado del otro.

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Un Comentario

  1. elena2704

    En general me gustó la historia. Cada destino está lleno de detalles interesantes pero pienso que al transcribir su relato el autor debió espaciar los párrafos para hacer más agradable su lectura. Es solamente una cuestión de presentación.
    Saludos

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